Amor sin fin

 

Ciclo A – Domingo III de Cuaresma

Juan 4, 5-42
Jesús llegó a una ciudad de Samaría llamada Sicar, cerca de las tierras que Jacob había dado a su hijo José. Allí se encuentra el pozo de Jacob. Jesús, fatigado del camino, se había sentado junto al pozo. Era la hora del mediodía.
Una mujer de Samaría fue a sacar agua, y Jesús le dijo: «Dame de beber». Sus discípulos habían ido a la ciudad a comprar alimentos. La samaritana le respondió: «¡Cómo! ¿Tú, que eres judío, me pides de beber a mí, que soy samaritana? » Los judíos, en efecto, no se trataban con los samaritanos. Jesús le respondió: «Si conocieras el don de Dios y quién es el que te dice: “Dame de beber”, tú misma se lo hubieras pedido, y Él te habría dado agua viva». «Señor, le dijo ella, no tienes nada para sacar el agua y el pozo es profundo. ¿De dónde sacas esa agua viva? ¿Eres acaso más grande que nuestro padre Jacob, que nos ha dado este pozo, donde él bebió, lo mismo que sus hijos y sus animales?» Jesús le respondió: «El que beba de esta agua tendrá nuevamente sed, pero el que beba del agua que Yo le daré, nunca más volverá a tener sed. El agua que Yo le daré se convertirá en él en manantial, que brotará hasta la Vida eterna». «Señor, le dijo la mujer, dame de esa agua para que no tenga más sed y no necesite venir hasta aquí a sacarla». Jesús le respondió: «Ve, llama a tu marido y vuelve aquí». La mujer respondió: «No tengo marido». Jesús continuó: «Tienes razón al decir que no tienes marido, porque has tenido cinco y el que ahora tienes no es tu marido; en eso has dicho la verdad». La mujer le dijo: «Señor, veo que eres un profeta. Nuestros padres adoraron en esta montaña, y ustedes dicen que es en Jerusalén donde se debe adorar». Jesús le respondió: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén ustedes adorarán al Padre. Ustedes adoran lo que no conocen; nosotros adoramos lo que conocemos, porque la salvación viene de los judíos. Pero la hora se acerca, y ya ha llegado, en que los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad, porque esos son los adoradores que quiere el Padre. Dios es espíritu, y los que lo adoran deben hacerlo en espíritu y en verdad». La mujer le dijo: «Yo sé que el Mesías, llamado Cristo, debe venir. Cuando Él venga, nos anunciará todo». Jesús le respondió: «Soy Yo, el que habla contigo».
En ese momento llegaron sus discípulos y quedaron sorprendidos al verlo hablar con una mujer. Sin embargo, ninguno le preguntó: «¿Qué quieres de ella? » o «¿Por qué hablas con ella? »
La mujer, dejando allí su cántaro, corrió a la ciudad y dijo a la gente: «Vengan a ver a un hombre que me ha dicho todo lo que hice. ¿No será el Mesías? » Salieron entonces de la ciudad y fueron a su encuentro. Mientras tanto, los discípulos le insistían a Jesús, diciendo: «Come, Maestro». Pero Él les dijo: «Yo tengo para comer un alimento que ustedes no conocen». Los discípulos se preguntaban entre sí: «¿Alguien le habrá traído de comer? » Jesús les respondió: «Mi comida es hacer la voluntad de Aquél que me envió y llevar a cabo su obra. Ustedes dicen que aún faltan cuatro meses para la cosecha. Pero Yo les digo: Levanten los ojos y miren los campos: ya están madurando para la siega. Ya el segador recibe su salario y recoge el grano para la Vida eterna; así el que siembra y el que cosecha comparten una misma alegría. Porque en esto se cumple el proverbio: “Uno siembra y otro cosecha”. Yo los envié a cosechar adonde ustedes no han trabajado; otros han trabajado, y ustedes recogen el fruto de sus esfuerzos».
Muchos samaritanos de esa ciudad habían creído en Él por la palabra de la mujer, que atestiguaba: «Me ha dicho todo lo que hice». Por eso, cuando los samaritanos se acercaron a Jesús, le rogaban que se quedara con ellos, y Él permaneció allí dos días. Muchos más creyeron en Él, a causa de su palabra. Y decían a la mujer: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo».
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“No hay ni una sola historia de amor real que tenga un final feliz. Si es amor, no tendrá final. Y si lo tiene, no será feliz”.

Este pensamiento es de Fernando Pessoa, poeta y escritor portugués, aunque en algún lugar lo vi atribuido a Joaquín Sabina, cantautor, poeta y pintor español. Y aunque la fuente tiene su importancia, en este caso daré prioridad a lo que nos transmite y a lo que creo que puede ayudarnos en la reflexión del evangelio.

Jesús ante la samaritana, un diálogo profundo, con muchas verdades de la realidad de los dos y de Dios que transforma la vida de aquellos que descubren un nuevo camino por el que vivir. No en vano él le dice a ella: «Créeme, mujer, llega la hora en que ni en esta montaña ni en Jerusalén ustedes adorarán al Padre». No es en el pozo de Jacob ni en el templo de Jerusalén donde descubrirán el rostro de Dios, sino en lo que Jesús llega a revelarles.

Y un aspecto claro que queda en evidencia es que para Dios no existen barreras religiosas ni sociales, que le impidan poder llegar hasta el ser humano. De una u otro forma se acerca, irrumpe, dialoga. Y en este caso es con una mujer samaritana, con la cual Jesús, por ser judío, no podía dirigirle al palabra. Ella también es consciente de aquél impedimento, pero se interesa por esto nuevo que se  le presenta. Tal vez la novedad de Dios es la que no deja indiferente a nadie.

Sabemos del dialogo entre los dos y vemos cómo ella reconoce en Jesús a un profeta, al Mesías. Lo mismo aquellos que también escuchan a Cristo y son capaces de decir: «Ya no creemos por lo que tú has dicho; nosotros mismos lo hemos oído y sabemos que Él es verdaderamente el Salvador del mundo». Y no es precisamente el que Jesús haya “adivinado” que tuvo cinco maridos lo que les convence, sino las palabras que escuchan y que calma la sed interior que siempre habían sentido.

Y nosotros, ¿hemos encontrado verdaderamente a Dios y hemos calmado nuestra sed, o seguimos yendo a cualquier pozo que nos da agua para seguir viviendo hasta volver a tener sed otra vez? ¿Cuáles son los pozos de los que bebemos?

El agua es fuente de vida, que es el gran don de Dios. El pozo simboliza la nueva vida que da Jesús a quien se le acerca, sediento de Él, y esa nueva vida es Dios mismo que se dona a nosotros. Al mismo tiempo, podemos decir que Jesús tiene sed de la salvación de la samaritana y de toda persona. Dios nos busca y nos ofrece su agua que calma de una vez para siempre. Y somos nosotros los que decidimos si bebemos o no.

Antes les contaba de aquél pensamiento, donde el amor real, si es amor, no tiene fin. Y es que creo que así es el amor de Dios: Sin fin. Y sólo lo experimentaremos si de verdad nos decidimos a amar del mismo modo que lo hace Dios con nosotros. Y esto sólo puede darse si de verdad hemos bebido del agua viva que ofrece Jesús. De ese modo esta historia de amor de la humanidad con Dios, de nosotros con Él, se hace infinita, se hace eterna. Es entonces una historia de amor sin fin.

No confundamos este amor sin fin, esta agua viva, con otros amores, con otras aguas, que sólo pueden calmar la sed de manera temporal.

La verdadera, la que da la vida eterna, nos dejará como aquellos que pidieron a Jesús que se quedara con ellos. Y florará en nosotros la alegría de saber que por fin hemos encontrado lo que con tantas ganas estamos buscando.

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Somos eternos

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Ciclo C – Dom XXXII Tiempo Ordinario

Lucas 20, 27-38
Se acercaron a Jesús algunos saduceos, que niegan la resurrección, y le dijeron: «Maestro, Moisés nos ha ordenado: “Si alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle descendencia, se case con la viuda”. Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió sin tener hijos. El segundo se casó con la viuda, y luego el tercero. Y así murieron los siete sin dejar descendencia. Finalmente, también murió la mujer. Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que los siete la tuvieron por mujer? » Jesús les respondió: «En este mundo los hombres y las mujeres se casan, pero los que son juzgados dignos de participar del mundo futuro y de la resurrección, no se casan. Ya no pueden morir, porque son semejantes a los ángeles y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección. Que los muertos van a resucitar, Moisés lo ha dado a entender en el pasaje de la zarza, cuando llama al Señor “el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob”. Porque Él no es un Dios de muertos, sino de vivientes; todos, en efecto, viven para Él».
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“Un hombre libre en nada piensa menos que en la muerte, y su sabiduría no es una meditación de la muerte, sino de la vida”

Esta es una frase del filósofo neerlandés Baruch Spinoza. Y la tomamos en cuenta para poder reflexionar acerca del evangelio de este domingo, donde parece que se podrían plantear al menos dos situaciones. Una, la del cuestionamiento de los saduceos y otra la respuesta que da Jesús.

En términos generales, y salvando las distancias, creo que, a pesar de los siglos que han pasado, aún hoy seguimos pensando en el más allá como una prolongación de lo que somos aquí. De hecho hay quienes ni siquiera quieren donar sus órganos y desean permanecer con sus cuerpos  “completitos”, no vaya a ser que en la nueva vida, o resurrección final, les vaya a faltar algo. Sería un horror ver a un resucitado tuerto, o sin corazón, ¿verdad? Luego, dejando de lado la ironía, vemos que el interés de quienes preguntan a Jesús parece seguir resonando en la actualidad.

Cristo no hace más que darnos las claves para entender que nada tiene que ver lo que somos ahora y lo que seremos después. Nos dice que nos volveremos semejantes a los ángeles, pero principalmente afirma que nuestro Dios es un Dios de vivos y no de muertos, que es lo que no podemos olvidar. Esto último es lo fundamental y no debería importarnos si vamos a tener alas grandes o pequeñas, o si nuestro aspecto será el que tenemos ahora, aunque con halo angelical.

Creo que este evangelio es especial para preguntarnos qué esperamos, qué creemos y cómo vivimos. Al mismo tiempo surge la eterna incógnita que resulta ser la muerte, nuestra muerte. Ninguno queremos llegar a ella, o casi nadie la quiere cerca, pero debemos decir que es parte de lo que somos y que no lo podremos evitar. Y no es el caso de ponernos dramáticos o negativos, sino de saber aceptar la realidad de nuestra naturaleza caduca. Y aquí entra en juego aquello que el Hijo de Dios nos promete, aunque tal vez siempre nos queda la duda de si de verdad nos tocará lo que nos han dicho. Y esto último porque, a mi entender, más nos hemos focalizado en el castigo de perder la vida eterna y “morirnos para siempre” si nos portamos mal, que en la esperanza de estar siempre con Dios, desde ya, porque ahora también es cuando estamos vivos y con Él somos eternos.

Aquella cita de Spinoza nos puede ayudar a pensar si estamos centrados en una meditación sobre la vida más que de muerte. Y lo digo porque creo que deberíamos ver nuestro ser como un existencia continua, ahora y después. Ahora en esta forma humana que hemos adquirido, después de un modo, según nuestra fe, angelical junto a Dios. Por lo tanto deberíamos meditar con mayor profundidad acerca de nuestra vida en Dios. No por querer saber cómo es todo aquello que desconocemos, sino por poner atención en el modo en que vivimos, y ver si esta vida que hacemos la hacemos para estar, continuamente junto al Señor. Y si es así, esto mismo no puede más que llenarnos de esperanza.

En todo esto, probablemente, la dificultad mayor reside en lo aferrado que estamos a esta existencia y por lo tanto, lo que tal vez más buscamos, casi sin darnos cuenta, es el modo de eternizarnos y pervivir en la forma en que ahora nos vemos. Aunque podríamos pensar que, si afirmamos que de Dios venimos y a él volvemos, la preocupación no debería ser mayor. ¿Quién de nosotros se acuerda en qué condiciones estábamos antes de nacer? ¿Acaso no podemos suponer que estábamos más que bien y que con igual bienestar estaremos después de muertos? Es que si de Dios venimos y a él volvemos, será entonces que somos parte de su ser eterno, por lo tanto esta vida será un paso dentro de esa eternidad divina. Luego podríamos decir que en paz estamos, porque antes, durante y después de esta vida en el Señor permanecemos.

Todo esto debería volvernos libres, sabiendo que en Dios siempre vamos a estar, con uno u otro aspecto, y entonces nada hay que temer, sólo saber que así, ya somos eternos.

Ser iguales

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Ciclo B – Domingo XX Tiempo Ordinario

Juan 6, 51-59
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede damos a comer su carne? » Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. el que coma de este pan vivirá eternamente». Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.
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El otro día leí una frase atribuida a George Bernard Shaw, escritor y dramaturgo irlandés, quien pasó de la educación cristiana protestante al ateísmo, para terminar definiéndose a sí mismo como librepensador. La frase decía: “Hay otra vida, pero está en esta”.

El Evangelio nos vuelve a presentar el insistente discurso de Juan acerca del mensaje de Jesús y el Pan de Vida. Esto, seguramente, por su afán de dejar bien claro lo importante que es para la comunidad cristiana entender lo que aquellos hombres judíos no comprendieron en aquél momento. Y Bernard Shaw y su frase, más bien parecieran contradecir lo que Cristo afirma, porque hasta podría entenderse como una negación a la vida después de la muerte, como si únicamente existiera esta vida que vivimos, y nada más. Sin embargo, creo que, en esencia, están afirmando casi lo mismo.

Una vez más recordamos que el Hijo de Dios es el Pan vivo bajado del cielo, con el añadido, en palabras de Jesús, de tener que comer su carne y su sangre, para poder tener vida eterna, es decir, verdadera vida.

Lo primero que podemos afirmar, sin lugar a dudas, es que Jesús es el camino para poder llegar verdaderamente a Dios. Y eso implica que debemos comer su cuerpo y su sangre, es decir, hacer una sola cosa su vida y la nuestra. Y si bien creemos que todo se refiere a la Eucaristía, también deberíamos pensar qué simboliza el que Cristo sea el pan y el vino que se parte y reparte, hechos cuerpo y sangre.

Si pensamos sólo en el momento eucarístico, la lógica nos dice que al comer al mismo Cristo Eucaristía, se inicia un proceso de asimilación y de nutrición de nuestras vidas con lo que comemos. Lo raro es que después nuestros actos y nuestro cuerpo hablen más bien de comer algo muy distinto a Dios. ¿Acaso no deberíamos “destilar santidad” tras haber ingerido al mismo Jesús? ¿Qué es lo que pasa? Aclaro que estoy tratando de referirme a lo más literal de la afirmación de comer el Pan de la Eucaristía. Si comemos, digo yo, deberíamos volvernos eso que comemos, ¿no es así?

Y por supuesto que nuestra vida, en ocasiones, recorre caminos muy lejanos a los de Jesús, porque nuestros actos más bien contradicen su mensaje, pero eso lo justificamos diciendo que somos débiles, frágiles y pecadores y por consiguiente nos equivocamos. Y es cierto que somos vulnerables, pero ¿dónde queda el Cristo que comemos?

Con todo el respeto que le debemos a la Eucaristía, aún así me atrevo a afirmar, entonces, que no es suficiente recibir el Cuerpo de Cristo y tiene que haber algo más. Y eso, tal vez sea lo que no puede dejar de suceder para que realmente tengamos una vida nueva. Jesús afirma: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.» Y aquí está la clave y salto fundamental y trascendente que hace verdad el discurso de Cristo, a lo cual yo llamaría Unidad. Unidad de Jesús con el Padre y unidad, en potencia, de nosotros con Jesús.

Antes citaba a Bernard Shaw, que nos decía: “Hay otra vida, pero está en esta”, y aunque parezca lejos del evangelio, creo que podríamos pensar la frase como una afirmación a favor de poder vivir una vida distinta, tal vez mejor, una vida nueva, sin esperar a otra más adelante. Empezar ahora, desde la vida que tenemos, y experimentar algo nuevo. Y es lo mismo que nos está expresando Jesús al decirnos que, tras hacernos con su vida completa, ahora mismo podemos empezar una vida con Dios y no sólo después de la muerte.

Recibir el Cuerpo de Jesús, esto lo hemos experimentado, no es garantía de vivir su misma vida. Y tal vez no lo sea porque  estamos acostumbrados al signo, es decir, a recibir sólo el pan y no su vida. Y con esto me refiero a que, sin negar la presencia de Cristo en la forma eucarística, su vida no la terminamos de hacer nuestra, porque estamos, probablemente, muy aferrados, o muy convencidos, de que esta vida que vivimos es lo único que tenemos y no queremos arriesgarnos a hacerla de otro modo, donde no podamos controlar todo de manera clara y segura. Podríamos decir, nos cuesta mucho dar un espacio transformador a Dios en nuestra existencia. Más bien (perdón si exagero) la Eucaristía se convierte en una suerte de antídoto o protección, como una pastilla, o un premio, o un seguro que nos cuida de todo mal, pero en esencia seguimos siendo nosotros mismo, que es lo que nos interesa.

Me atrevo a afirmar que a Dios le decimos que sí, siempre y cuando la batuta la sigamos teniendo nosotros. En cambio, llegar a ser uno con Cristo, seguramente pasa por dejarnos llevar de su mano y, sin querer, empezar a confundirnos con él, a tal punto de poder llegar a afirmar lo que dijo san Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Pero alcanzar tal grado de unión con Dios supone haber hecho nuestra su vida, con todo lo que ello supone, una vida en completa unión con él. Entonces comenzaremos a actuar, con hechos concretos, como lo hizo Jesús. No sólo diremos, de memoria, que hay que amar al prójimo, sino que lo haremos realmente. Visitaremos al enfermo, daremos de comer al hambriento, vestiremos al desnudo, iremos a ver al preso y perdonaremos al que nos ha ofendido. Y eso sí que es volverse pan y vino, cuerpo y sangre, nosotros también, para partirnos y repartirnos, como el mismo Jesús.

Si recibir a Jesús no tiene estas consecuencias vitales, entonces sólo estamos recibiendo un signo y no a Jesús por completo. Y por supuesto que esto es gradual. Nadie se vuelve otro Cristo de la noche a la mañana, pero sí creo que es posible llegar a tal grado de amor a Dios. Eso nos hace trascender, nos hace empezar a vivir una vida completamente nueva, aunque sigamos respirando del mismo modo como hasta ahora. Por eso sí que podemos decir que hay otra vida, pero comienza en esta y sigue después.

El lado luminoso de la vida

El lado luminoso de la vida

Ciclo B – Domingo IV Cuaresma

Juan 3, 14-21
Dijo Jesús: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
El que cree en Él no es condenado, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

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La película “El lado luminoso de la vida”, también conocida como “El lado bueno de las cosas”, cuyo título original es “The Silver Lining Playbook”, nos cuenta la historia de un joven, Pat (Bradley Cooper), que tras pasar ocho meses en una institución mental por agredir al amante de su mujer, vuelve a vivir en casa de sus padres (Robert De Niro y Jacki Weaver). Aunque tiene una actitud positiva y está decidido a recuperar a su ex-mujer, todo cambia para Pat cuando conoce a Tiffany (Jennifer Lawrence), una chica con ciertos problemas y no muy buena reputación. Ambos se ayudarán para encontrar el lado bueno de sus vidas. Y claro que podemos hablar de una bonita historia de amor, pero también de un drama muy profundo por los temas que que presenta la trama del film, aunque lo importante tal vez está en el mensaje de fondo que podemos descubrir, como creo que nos pasa con el Evangelio de hoy.

Juan nos trae varios temas: La cruz y la salvación, la luz y las tinieblas, el creer o no aceptar. Y todo parece una presentación de las posibles situación que se pueden dar entre nosotros y Dios. Pero me atrevo a decir que estamos hablando de un mismo tema que tiene que ver con Dios y su propuesta y nuestra opción personal.

El ofrecimiento del Señor es la Vida Eterna. Y esto nos hace pensar en varios conceptos, tales como: Cielo, paraíso, vida con Dios, salvación, perdón de los pecados, alegría y felicidad sin fin. Y no vamos a negar nada de lo enumerado, pero tampoco podemos dejar de preguntarnos cómo accedemos a todo aquello. Entonces creo que pensamos en el esquema más común que conocemos, el de los méritos. Me comporto de determinada manera y luego Dios revisa si mis acciones están de acuerdo con sus normas y preceptos. Si apruebo, entonces paso a la vida eterna. Tal vez la imagen es la de la maestra con el bolígrafo rojo en mano, dispuesta a marcar los errores. Hoy, es posible que los métodos de corrección sean otros, y no sé si las profesoras corrigen así o te ponen un hashtag (#), una etiqueta, para indicar la corrección (#error #repetirelejercicio #reprobado). El punto es que en este esquema estamos esperando, a ver si el juicio sale favorable. Y esto tiene que ver bastante con el Antiguo Testamento.

Sin embargo, lo que dice Jesús en el evangelio de Juan es algo diferente. Por supuesto que hablamos de temas parecidos a los anteriores, pero en realidad creo que se no está planteando una nueva visión y percepción de la realidad divina y la Vida Eterna. Si Jesús vino para salvar al mundo y no para condenarlo, entonces se presenta como una alternativa, una opción que nosotros aceptamos si realmente creemos en él. Pero es una acción por parte de nosotros, un movimiento que nos lleva a la luz o a las tinieblas. Somos los que decidimos y eso nos lleva a Dios o lejos de él. No es el Señor quien desde el silencio nos vigila para finalmente terminar dando el visto bueno de nuestras acciones. Los que eligen abrazar la cruz salvadora de Jesús somos nosotros y esa es ya nuestra vida eterna, porque decidimos estar de ese lado.

Antes les conté acerca de aquella película y cómo Pat está decidido a hacer su vida, de tal modo que termine recuperando a su ex mujer. Y si bien no logra su objetivo, su opción sí que lo lleva a algo muy bueno y que él ni siquiera sospechaba. Lo mismo pasa con nuestra aceptación o rechazo de Dios. Optar por él nos llevará a una vida aun mejor de lo que podemos imaginar. Y será al revés si no optamos por él. Pero el “Sí”, o el “No” lo pronunciamos nosotros y esa es nuestra salvación. ¿En qué dirección llevamos la vida?

El que elige a Jesús, aún pasando por el dolor (la cruz) tiene una vida nueva. E imaginariamente podríamos decir que las cosas suceden de este modo:  Elegimos el camino por donde llevar nuestras vidas, y llegamos hasta una gran puerta y llamamos. Y cuando Dios abre y nos ve se alegra, nos abraza y nos hace pasar a disfrutar una vida plena con él. Tal vez puede pasar que no nos abra él, pero recordemos que el camino hasta ese lugar, antes, lo elegimos nosotros.

No quiero reducir esto a un simple viaje donde Dios sólo espera, ya que él, constantemente, nos dará lo necesario (su Gracia) con tal de que sigamos firmes en nuestra opción. Incluso nos la ofrecerá para volvernos hacia él, si nos hemos alejado. Pero caemos en lo mismo otra vez: Nosotros somos los que decidimos si aceptamos o no. San Agustín decía: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti», y esto nos revela cuán importante es nuestra intervención en nuestra salvación.

Luego, bien podríamos decir que elegir a Dios es decidirnos por las obras buenas, las de la verdad, la justicia, la paz y el bien común. Esas son las que, indefectiblemente, nos llevan al cielo, a una vida única y plena. No así el egoísmo, el individualismo y la desunión. Y aunque no siempre acertemos, creo que sí tiene que estar clara cuál es nuestra opción fundamental, nuestra opción de fondo, y seguro que siempre estaremos con Dios. El “juicio”, como dice el Evangelio, se realiza en lo que decidimos, cuando aceptamos o rechazamos la Luz que vino al mundo.

Ya nos dijo el mismo Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24). Nuestra salvación significa una vida decidida por Dios. Y seguramente eso es vivir el lado luminoso de nuestras vidas.