Inesperado

 

Jesús desolado 2

Ciclo B – Domingo XIV Tiempo Ordinario

Marcos 6, 1-6a
Jesús se dirigió a su pueblo, seguido de sus discípulos. Cuando llegó el sábado, comenzó a enseñar en la sinagoga, y la multitud que lo escuchaba estaba asombrada y decía: «¿De dónde saca todo esto? ¿Qué sabiduría es esa que le ha sido dada y esos grandes milagros que se realizan por sus manos? ¿No es acaso el carpintero, el hijo de María, hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón? ¿Y sus hermanas no viven aquí entre nosotros? » y Jesús era para ellos un motivo de escándalo. Por eso les dijo: «Un profeta es despreciado solamente en su pueblo, en su familia y en su casa». Y no pudo hacer allí ningún milagro, fuera de sanar a unos pocos enfermos, imponiéndoles las manos. Y Él se asombraba de su falta de fe.

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El Hombre Bicentenario, es una película protagonizada por Robin Williams. Nos cuenta la historia, en el futuro, de un robot capaz de tener un comportamiento casi humano. Lo curioso de este androide es que, a diferencia del resto, puede aprender, ser creativo y tener sentimientos humanos. Y, aunque lejos del relato del Evangelio, encuentro algo particular que puede ayudarnos a pensar en lo que le sucede a Jesús con su gente.

Después de leer la Palabra de Dios, una de las cosas en las que me quedo pensando es en ese rechazo y, digamos, “desconocimiento” por parte de los vecinos del pueblo de Jesús. No porque era la primera vez que lo veían, sino porque tienen una imagen del Hijo de María muy distinta a la que ven en aquél hombre, que se pone a enseñarles en el templo. Se percibe hasta una desconfianza hacia Cristo e incluso se llega a una situación antipática: «Jesús era para ellos un motivo de escándalo».

Visto desde nuestra realidad y conocimiento, para nosotros es extraño el trato que le dan a Jesús. Con razón podríamos preguntarnos cómo es que rechazan al Hijo de Dios, o cómo aquellas personas son capaces de menospreciar a quien -era por todos conocido- hacía milagros y hablaba en nombre de Dios. Sin embargo, algo parecido nos pasa, o nos puede llegar a pasar a nosotros, cuando alguien, incluso el mismo Dios, no se comporta como nosotros esperamos que lo haga.

En mi reflexión, entiendo que aquellas personas que hacen un listado, en forma de preguntas, describen a alguien que conocen: El carpintero, el Hijo de María, el hermano de Santiago, de José, de Judas y de Simón; pero que no se corresponde con el Jesús que tienen delante, quien habla como un profeta, con sabiduría. Y bien podríamos decir: Aquellos esperaban que aquél hombre actuara de una forma y eso no sucedió. Por otro lado, creo que no aceptaban que “ese” pudiera hablar con tanta elocuencia y verdad, sin tener a nadie que avalara su conocimiento.

Antes recordaba aquella película de Robin Williams, y aunque no puedo decir que es una auténtica obra de arte, tiene una escena donde el dueño del robot va a la empresa donde lo compró, a contarles lo que aquél humanoide es capaz de hacer, especialmente tener sentimientos humanos. Entonces el presidente de la empresa ofrece devolver el dinero de la compra o sustituir el androide por otro, ya que no está teniendo el comportamiento esperado. Y, me parece que algo similar le sucede a Jesús con la gente de su pueblo, y a nosotros con Dios y las personas en general.

En nuestro caso, claro que reconocemos la sabiduría y la verdad de Jesús, y hemos aprendido que Dios es como nos lo han enseñado. Incluso, sin querer, a veces llegamos a confundirlo con las leyes y preceptos de nuestra religión. No porque sustituyamos al Señor, sino porque tendemos a pensar, y a tener una mayor tranquilidad de conciencia, cuando más y mejor cumplimos lo que está mandado, porque así Dios está contento y nosotros salvados. Por tanto, tal vez de un modo inconsciente, pensamos que por nuestro cumplimiento Dios tiene que estar a bien con nosotros y por lo tanto actuar, responder o dar del modo en que entendemos que debe ser y hacer.

Esperamos de Dios determinados comportamientos y si no sucede así, hay veces en las que llegamos a molestarnos con él o perdemos toda confianza. Y esto, tal vez, se parezca mucho al rechazo de aquellos hacia Jesús en el templo. No es extraño, entonces, que haya personas que dicen estar enojadas con Dios. Será que, poco a poco, esperamos como aquél empresario, que el robot actúe de una forma y no de manera inesperada o no programada. Y Dios no es, o no debe ser, el fruto de nuestros ordenamientos religiosos ni las ideas que nosotros hagamos de él. Él, como Jesús, habla y actúa libremente, desde el amor no condicionado, aunque a nosotros nos nos guste, no nos conforme o no entre dentro de lo cálculos divinos que podemos hacer.

Finalmente, señalar algo que venimos afirmando desde hace dos domingos: La fe. La fe necesaria para que Jesús obre milagros. Creo que no es justo pensar que Jesús se fue sin hacer ningún prodigio porque fue cuestionado o porque no lo reconocieron como el enviado o el Hijo de Dios. Ni hizo ningún signo porque la gente no creía en él y en el bien que podía llegar a hacerles. Así también debemos creer, tener fe y confianza en que Dios sí puede hasta donde nosotros no llegamos. Sin fe nos quedamos como aquellos: Vacíos.

Con todo, me atrevo a decir que Dios quiere que, salvando las distancias, seamos el “hombre bicentenario”, aquél que sorprende, que siente, que crea y que, aun a pesar de la sorpresa que le pueda generar a muchos, sea capaz de amar libre y sin condicionamientos, como ama Dios. Estamos llamados y hechos para eso, aunque pareciera que ese no es el comportamiento habitual entre nuestros iguales.

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El Amor

 

 

El amor verdadero

Ciclo B – Domingo III Cuaresma

Juan 2, 13-25
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio. » Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: «El celo por tu Casa me consumirá».
Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar.» Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y Tú lo vas a levantar en tres días?» Pero Él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
Mientras estaba en Jerusalén, durante la fiesta de la Pascua, muchos creyeron en su Nombre al ver los signos que realizaba. Pero Jesús no se fiaba de ellos, porque los conocía a todos y no necesitaba que lo informaran acerca de nadie: Él sabía lo que hay en el interior del hombre.
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Es el amor. Tendré que ocultarme o que huir…
Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo.
Ya el cántaro se quiebra sobre la fuente, ya el hombre se
levanta a la voz del ave, ya se han oscurecido los que miran
por las ventanas, pero la sombra no ha traído la paz.
Es, ya lo sé, el amor: la ansiedad y el alivio de oír tu voz,
la espera y la memoria, el horror de vivir en lo sucesivo.
Es el amor con sus mitología, con sus pequeñas magias inútiles.
Hay una esquina por la que no me atrevo a pasar.
Ya los ejércitos me cercan las hordas.
(Esta habitación es irreal; ella no la ha visto.)
El nombre de una mujer me delata.
Me duele una mujer en todo el cuerpo.

Este es un fragmento de “El amenazado”, una poesía de Jorge Luis Borges, de su obra “El oro de los tigres”, y nos hace pensar en la dimensión de lo que puede significar estar enamorado. Y un verso que significa esa realidad es el siguiente: «Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo». Y todo esto parece que dista un abismo del Evangelio de hoy, aunque me atrevo a decir que puede ayudarnos a profundizar en él.

Jesús echa a los mercaderes del templo diciendo: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». Es cuestionado por esa acción y la respuesta que él da a la gente, sin duda, nadie la entendió. Se quedaron con la literalidad de la destrucción del templo, ya que no contaban con la explicación que da Juan, relacionando el templo con el cuerpo de Jesús y su resurrección. Aún así, me parece que el Nazareno deja un mensaje claro, para aquellos y para nosotros.

Sabemos que el movimiento en el templo de Jerusalén era el habitual. Todos los años los judíos acudían allí antes de la Pascua. Y debían ofrecer el sacrificio mandado por la ley. Así expiaban sus pecados. Y los mercaderes no eran simples oportunistas, sino que tenían los animales aptos para el sacrificio y el dinero puro del templo para la ofrenda. No era permitido otro tipo de moneda. Luego, era necesario que estuvieran allí. Esto ya debería alejarnos de cualquier idea que nos señale a los malos y especuladores cambistas, aunque esto sostuviera un culto que Dios no quiere.

Muchos de los que se acercaban a Jerusalén se sentían aliviados y creían granjearse la amistad de Dios por ofrecer un sacrificio, cumpliendo con todos y cada uno de los preceptos mandados por la ley. Tal vez entendían que habían compensado las malas acciones y volvían a su casa. Y esta forma y actitud se repetía año tras año, sin un cambio profundo en sus vidas. Y una situación similar nos puede suceder a nosotros. Creer que vamos a ir derechitos al cielo por cumplir algunas normas de la Iglesia, confesarse de vez en cuando y realizar un poco de ayuno y sacrificio. Cuando en realidad podemos estar más lejos que cerca. Y esto es lo que no quiere Jesús.

Por supuesto que las prácticas piadosas que podamos hacer siempre nos van a ayudar. El peligro está en pensar que habiendo cumplido con lo mandado ya estamos completos. La fe, la religión, se convierten poco a poco en una negociación. A lo mejor de un modo inconsciente creemos que por la práctica religiosa realizada tenemos un derecho adquirido, y resulta que Dios se mueve en términos de amor y gratuidad, lejos de todo comercio. Y no sé si nosotros más bien tendemos a hacer tratos con Dios.

Jesús arremete contra todos aquellos que, aun dentro de legalidad, sostenían un culto que se podía reducir a una transacción. Lo único válido es un culto desde el corazón, intentando alcanzar el corazón de Dios, por el amor que le tenemos, porque primero nos hemos sentido amados por él. Los actos y las prácticas religiosas, recién cobran valor cuando son el fruto de una expresión del amor. Si no, no sirven.

Ahora traigo a la memoria aquél poema de Borges, quien describe lo que se padece al estar enamorados, y da a entender que sólo se existe si se está, si se tiene a quien se ama. Y me parece que es el mensaje que Jesús quiere dejar. Nos dice: Basta de confusiones, basta de trueque, basta de querer comprar los favores de Dios. Misericordia quiero y no sacrificios, como antes había dicho el profeta Isaías, y el Hijo de Dios lo vuelve a recordar, no sólo a aquellos, sino a nosotros también. Y quiere acabar con todo aquél negocio montado. Porque la gente aprendió que así se negocia con Dios. Y nosotros, un poco más, un poco menos, seguimos en el mismo esquema si creemos que a Dios lo podemos conformar con algo distinto al amor verdadero.

Ojalá, me atrevo a decir, un día perdamos la cordura por el amor a Dios y de Dios y terminemos escribiendo versos como los de Borges, porque sabemos que no existimos si no tenemos a Dios. Y por supuesto que esto no sólo se reduce a recitar unos versos, sino a todo acto de amor que se pueda realizar y que hable del amor que le tenemos a Dios. Sabiendo que el mejor lugar para amarlo está en la persona que tenemos a nuestro lado, haciendo el esfuerzo de amar lo más parecido a como lo hizo Jesús de Nazaret.

Si esto no es así, tal vez deberían corrernos a latigazos, porque seguimos sin entender.

Sin patio

"Dios es Amor"
“Dios es Amor”

Juan  2, 13-22
Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio». Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura:  “El celo por tu Casa me consumirá”.  Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?» Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar». Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?» Pero Él se refería al templo de su cuerpo. Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que Él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.
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“Vos sabés que el primer retablo que vi en México estaba en una iglesita en ruinas. Son obras de arte primitivo, pero arte. Me quedé deslumbrado; me explicaron que los retablos eran pagos de promesas. Me acerqué; era maravilloso, pero no me animé a robarlo. Será la infancia católica. Aunque el retablo no era muy santo que digamos. Porque decía: Gracias Virgen santísima porque cuando las tropas de Pancho Villa entraron a mi pueblo violaron a mi hermana y a mí no…”

Este texto es lo que Eduardo Galeano le contó a una chica mexicana que se acercó a saludarlo, mientras él era entrevistado para el diario La Nación (Publicado en la edición impresa, el martes 31 de diciembre de 2013). Tal vez, lo primero que podemos pensar, es que el único punto en común con el evangelio de hoy es que se habla de un templo, de una iglesita en ruinas, dado que lo acontecido en el relato de Juan, el evangelista, ocurre a las puertas del templo de Jerusalén.

Lo primero que podemos decir es que el evangélico de hoy es una declaración de intenciones, por parte de Jesús. Y (realmente me gustaría hacerlo por escrito) para nada nos puede servir como justificativo para un arranque de ira o rabia, por el cual todos podemos pasar. ¡Cuántas veces he escuchado que “si a Jesús le pasó lo de echar a los mercaderes del templo, a latigazos, cómo no me va a pasar a mí algo parecido! Nada más equivocado en la interpretación de la Palabra de Dios.

La reacción de Jesús no puede ser tan cierta, según se narra. Pensemos en la imagen de aquél momento. Miles de personas acercándose al templo. Recordemos que la Pascua Judía estaba próxima y muchos, extranjeros incluidos, iban a Jerusalén. Por lo tanto aquello estaba atestado también de guardias que vigilaban y evitaban cualquier disturbio. Todos los años pasaba lo mismo, entonces la seguridad que se disponía era grande. Como cuando hay un clásico de fútbol. River y Boca. Miles de policías para custodiar y evitar desorden. Pero, igualmente, podemos decir que el accionar de Jesús tiene que haber sido más que un simple discurso, aunque no pudiera echar a todos los cambistas y negociantes, con sus bueyes y palomas, fuera de aquél lugar.

Por otro lado, hay que saber que los que hacían negocio no estaban infringiendo la ley ni eran meros oportunistas. Todo aquello era necesario para llevar adelante el culto y los sacrificios. Incluso cambiar monedas, porque al templo sólo se podían ofrecer las monedas puras, acuñadas por el mismo templo, entonces era necesario, para los que llegaban, cambiar su dinero por el permitido.

Si seguimos, podríamos decir que Jesús cita al profeta Zacarías, que dice: “En aquel día se leerá en los cascabeles de los caballos: “consagrado a Yahvé”, y serán las ollas de la casa de Yahvé como copas de aspersión delante del altar; y toda olla de Jerusalén y de Judá estará consagrada a Yahvé Sebaoth; y ya no habrá comerciante en la casa de Yahvé en aquel día” (Za 14, 20). Y se apoya en este texto para declarar lo que declara: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio».

Ya el profeta Zacarías había anunciado que en el tiempo mesiánico todo estaría imbuido de Dios y que no hacía falta que los utensilios tuvieran inscripción alguna, como sí tenían las cosas en el tiempo de Jesús, y que decían: “Consagrado a Yahvé”. Es decir, el Mesías, Cristo, arremete contra todo esto que no debía funcionar de aquél modo. Por lo tanto está diciendo también que todo aquél que se acerque a Dios, no necesita de algo especial para dar validez a su culto, porque todo está consagrado a Dios y por Dios. Me pregunto entonces si hoy, de verdad, hemos entendido el mensaje de Jesús. ¿Acaso no parece que seguimos en el mismo esquema de aquél tiempo? ¿Será que nuestros templos y nuestros cultos siguen guardando unas formas parecidas y, de repente, hay quienes creen tener más “acceso a Dios” porque poseen tal o cual objeto que está bendecido? Y si la bendición viene del Papa, mucho mejor, como que vale más que cualquier otro que no lo está.

Jesús está diciendo que todo aquello es inútil y que no son más que barreras para llegar al Señor. Y debemos pensar si la distancia que sentimos que hay entre Dios y cada uno de nosotros, en ocasiones, no es fruto de pensar que hace falta una etiqueta, una inscripción de consagración, un aval, algo que nos diga que podemos llegar hasta él. Cuando en realidad el único requisito es querer y aceptar que Dios entre en nuestras vidas.

Todos estamos llamados a acercarnos a Dios. Y todos quiere decir todos. No debe existir ningún patio de los gentiles, como lo había en el templo de Jerusalén, del cual muchos no podían pasar, porque no eran dignos. Debemos recordar y hacernos conscientes de que nuestro acceso a Dios empieza en el corazón y ahí nadie debería gobernar, más que el mismo amor que Él puso en nosotros. Nada puede impedirnos llegar hasta el Señor.

Y si cité aquél fragmento de la entrevista a Eduardo Galeano, es porque lo que cuenta nos da una imagen de que, al final, mal o bien, correcta o incorrectamente, podemos llegar a Dios, aunque incluso parezca egoísta. Aquella inscripción pareciera que sólo versa sobre el bien propio y no tiene en cuenta el mal ajeno (la pobre hermana ultrajada), pero era una realidad y así lo expresa. Y es lo que debemos procurar. Llegar hasta nuestra salvación, incluso cuando lo hacemos desde nuestra limitación o vida alejada de Dios.

Sólo nos queda pensar en lo que Cristo dice acerca de la construcción del templo y lo que se refiere a su propia vida y cuerpo. Jesús es el nuevo templo y a él nos debemos. Ahí es donde tenemos que acudir, para hacernos uno con él, para que nuestras vidas puedan ser purificadas. Y lo podemos hacer cada vez que nos unimos desde el corazón con el mismo Jesús, a través de hacer lo más esencial es mensaje: Amar y dar la vida por los demás. Es templo de Jesús el que reemplaza cualquier otro templo.

La voz

Canta tu mejor canción a Dios

Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí!» Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»
Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo».

Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia El. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti?» Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
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Hay un programa de televisión llamado “La voz Argentina”. Creo que todos lo conocen, pero podemos señalar que se trata de un show televisivo donde hay un jurado, compuesto de profesionales y artistas musicales, de espaldas a los participantes. Éstos cantan y los que evalúan eligen, sin saber a quién tienen detrás cantando. Escogen la voz que mejor les suena, para trabajar con ellos y convertirlos en cantantes profesionales. Y les cuento esto porque, el otro día, pensaba que lo mismo que le pasó al ciego Bartimeo, le pasa los concursantes.

Hoy tenemos a un ciego que, al enterarse de que Jesús pasaba cerca, comienza a gritar para llamar la atención de Cristo y ser curado por éste, y aunque algunos lo quieren callar, sin embargo se produce el milagro de recuperar la vista. La historia tiene un lindo final, pero hay más que eso. De todo el relato, podríamos recatar palabras como: Fe, perseverancia. grito, adueñarse, milagro, seguimiento, liberación, voz y escucha.

La palabra Fe me sirve para destacar el convencimiento que tenía el ciego, acerca de lo que Jesús podía hacer en él. No duda ni un momento. Aunque otros quieren desanimarlo y callarlo, él grita con mayor fuerza. Si no hubiera estado tan seguro de que podía ser curado, se habría desistido y los represores que le decían que cerrara la boca se habrían ganado. Y en nuestro caso, bien valdría la pena pensar qué tan convencidos estamos de que Dios pueda curarnos, liberarnos de aquello que parece imposible. Y si tenemos un problema serio y aún no resuelto, deberíamos ver qué tan alto hemos llegado a gritar para obtener de Dios lo que queremos.

Y ahora, la mirada la ponemos en los que “defienden” a Jesús, para que éste no sea molestado por un mendigo, tirado al costado del camino. Seguramente tenían buena intención y estaban convencidos de que el Maestro estaba para cosas más importantes, como librar, por fin, al pueblo elegido de la opresión en la que vivían. Felizmente no lograron su objetivo y Jesús se detiene y escucha al ciego. Pero esto me lleva a pensar que esta forma de actuar, la de los que no querían molestar a Cristo, se ha quedado pegada, un poco, en nosotros. Tal vez no nos ocupamos en impedir que alguien hable con Dios, pero tenemos que estar atentos a lo siguiente: Estemos donde estemos, arriba o abajo, es necesario que demos cabida a todas las personas, y no dejemos a nadie de lado, por muy poca cosa que nos parezca. Nadie es tan importante como para no poder detenerse a escuchar a otro. Si los que detentan poder se detuvieran y prestaran atención, escucharan, habría menos desfavorecidos. Por otro lado, no podemos claudicar en nuestros pedidos al Señor, por mucho obstáculo que encontremos.

Por otro lado tenemos el milagro que hace Jesús. No sólo libera de la ceguera, sino que también rehabilita al ciego de algo que le peas igual o más: Éste hombre deja de ser un marginado. El poder ver lo habilita para muchas cosas, como podemos imaginar, pero al mismo tiempo lo deja libre de ataduras a las que se veía sometido, como tener que mendigar para poder vivir. Ni siquiera podía entrar en el templo, como cualquiera con alguna minusvalía o enfermedad, pero a partir de ese momento pudo. Y aquí caben dos preguntas: ¿Cuáles son las cegueras que tenemos y deben ser curadas? ¿Qué nos impide entrar en el templo y acercarnos a Dios?

Una de las cosas a la que no podemos acostumbrarnos es a la ceguera fraterna. Le llamo así a la indiferencia que podemos tener hacia las necesidades que tienen los demás. Normalmente esta enfermedad es causada por el exceso de ego. No se ve más que lo propio. Y, tengamos en cuenta que, si todos padeciéramos de esta ceguera: ¿Cómo sería el mundo entonces? ¿Tendría algún parecido al nuestro y actual?

Es necesario que aprovechemos cuando Dios esté cerca para gritarle y pedirle, totalmente convencidos, que nos cure y libere. Que nos quite todo aquello que no nos deja llegar hasta él, no nos deja entrar en el templo y, tal vez, impide que nos acerquemos a la Eucaristía. Y para esto, puede ayudarnos, igual que los concursantes de La Voz Argentina, tendremos que valernos de nuestras cuerdas vocales para sacar nuestra mejor canción, nuestra mejor voz, hasta que Jesús nos elija, y se detenga a escuchar lo que precisamos de él. Y, cuando lo hagamos convencidos y Cristo actúe en consecuencia, no cabe duda de que seremos ganadores, liberados de todo aquello que nos nos deja ser de Dios. Cantemos, gritemos, que nos escuche y se detenga y cure nuestra ceguera. Entonces, como premio final, no tendremos el Grammy, pero sacaremos boleto para ver y seguir de cerca a nuestro salvador, Jesús.