El Greco

Curacón del ciego, de El Greco
Curacón del ciego, de El Greco

Ciclo B – Domingo XXX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! » Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí! » Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia El. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? » Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
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Si me refiero a Doménikos Theotokópoulos, probablemente no muchos caigamos en la cuenta de quién estamos hablando, aunque tal vez sí nos dice mucho más el escuchar hablar de una pintura de “El Greco”, pintor del final del Renacimiento (entre el siglo XVI y el XVII). Este excepcional artista, nos dejó plasmado un pasaje de la vida de Jesús: La curación del ciego. Y es lo que me detuve a mirar pensando en el evangelio de este domingo. Apenas si entiendo algo de arte y de pintura, pero sí me atrevo a decir que la escena, al menos desde lo que me suscita interiormente, refleja con bastante acierto lo que Marcos en su evangelio nos quiso dejar por escrito.

Tenemos al grupo de discípulos que rodean a Jesús y que, en principio, impiden que el ciego llegue hasta Cristo. Concretamente le dicen que se calle, que no moleste al maestro con sus gritos. Sin embargo, como sabemos, aquél hombre, Bartimeo, no se da por vencido y logra que el Maestro le quite la ceguera. Parece uno más de los muchos milagros que hizo el Hijo de Dios, pero este tiene unas particularidades que no tienen otros, como dar a conocer el nombre del ciego.

Es verdad que lo primero que podemos resaltar es que Jesús alaba la fe de Bartimeo, necesaria para ser curado. Es el punto de arranque, lo cual ya debería hacernos pensar en la fe propia. Nosotros también le pedimos muchas cosas a Dios, a veces las obtenemos y otras no. ¿Tendrá que ver la fe que ponemos o tenemos para recibir una Gracias del Señor? ¿Creemos, estamos convencidos de verdad, que Dios lo puede hacer?

Por otro lado, y antes de pasar a la acción propia de Jesús, podemos poner la mirada en la actuación de los discípulos. Aquí es donde creo que El Greco se luce mucho. En la pintura podemos ver distintas posturas y expresiones de quienes acompañaban a Cristo. Algunos parecen reflejar indignación, otros una cierta apatía, unos pocos parecen estar murmurando acerca de lo que está sucediendo, uno parece sorprendido, otro en una clara actitud de ayuda al ciego, uno con aire de cierto desprecio hacia lo que ve. Y tal vez no fue esa la reacción de quienes rodeaban al Nazareno, pero la pintura sí parece enseñar lo que encierran las palabras del evangelista Marcos: «Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Reprenderlo es signo de rechazo, parece percibirse la molestia y la pesadez que se siente cuando alguien, en este caso un ciego, hace saber a gritos que necesita algo. Y hoy en día no sé si reaccionaríamos de igual modo que aquellos. Más aún si fuéramos nosotros los que acompañamos a Jesús. Eso me hace acordar a muchos fieles laicos que rodean a sus pastores y se convierten en custodios del mismo y regulan quién puede y quién no puede acercarse al cura y hablarle o pedirle algo. Y claro que está bien acompañar y cuidar a un sacerdote, pero volverse el filtro de visitas es otra cosa. Y, en esto también me atrevo a decir que a veces a los curas nos gusta esta “barrera” y la fomentamos y entonces son los laicos los que se ven obligados a dar excusas con tal de no molestar al sacerdote. Habrá que buscar el equilibrio, pero no podemos negar que los consagrados estamos para eso, para servir a los que vienen gritando necesidad y a eso hay que responder. No podemos vivir al resguardo de la sacristía o de nuestras muchas ocupaciones.

Lo siguiente es fijarnos en Jesús. Vemos en la pintura a un Cristo compasivo, que toma de la mano al ciego, y está tocando sus ojos, con delicadeza, sin apuros, en un gesto simple, sin enfado, sin reflejar malestar, totalmente apartado del resto de los que sí veían inconvenientes para que esta curación tenga lugar. Y creo que justamente Jesús es lo que quiere enseñarnos, el modo de atender a quien nos pide algo. Y aquí ampliamos las miras, porque no podemos quedarnos sólo en ciego. Cabe que nos preguntemos si nosotros respondemos de igual modo cuando alguien nos pide algo. Deberíamos revisar el modo en el que nos comportamos. Y tal vez veamos que realmente nuestros gestos se parecen mucho a los de Cristo y eso será una alegría y una gracias. Pero también puede suceder que nos parezcamos poco al Maestro y que, en más de una ocasión, nuestra respuesta, ante la petición e insistencia de alguien, esté más cerca a la imagen que se refleja de los discípulos.

Puede ser que no tengamos tiempo para atender a nadie. Somos personas tan ocupadas que no podemos detenernos ante las minucias de problemas que tienen los demás. Por otro lado es probable que, en ocasiones, sintamos molestia o hasta enfado, por lo pesados que pueden ser algunos al pedir. Tal vez porque encontramos que los demás son muy demandantes, según nuestro criterio. También puede suceder que creamos que de los problemas y necesidades de los demás, más aún en lo relativo a dificultades materiales, se tienen que ocupar otros o algunas instituciones, para eso pagamos los impuestos y damos limosna. Y en todo esto, no podemos quedarnos sólo con “los molestos” de la calle que piden, sino también debemos incluir a “los molestos” que tenemos en casa que se atreven a pedirnos algo. La pregunta es: ¿Cuál es mi actitud, mi respuesta y mi forma de tratar al que me necesita?

Y, después de pensar y reflexionar sobre este evangelio, añadiendo lo que El Greco nos dejó en su pintura, lo que se me ocurre pedirle a Dios es que nos ayude a responder y atender, a los que nos necesitan, del modo más parecido al suyo, deteniéndonos, ocupando tiempo y atención sobre el necesitado. Aunque tal vez lo más urgente, a mi modo de entender la Palabra de Dios, es que nosotros recobremos la vista, para poder ver y reconocer las carencias de aquellos que están con nosotros o pasan a nuestro lado. Porque mientras tengamos la vista de aquellos apóstoles, difícilmente podamos pensar en hacer un alto en el camino para atender a la demanda de cualquiera, ya que siempre veremos primero el propio interés y no el del prójimo.

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Cuestión de hidalguía

Don Quijote y Sancho Panza

Ciclo B – Domingo XXIX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 35-45
Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes? » Ellos le dijeron: «Concédenos sentamos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?» «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».
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Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra […] Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

Este es un fragmento extraído de Don Quijote de la Mancha, donde encontramos los consejos que aquél caballero le da a Sancho Panza antes de irse éste a gobernar la Ínsula de Barataria. Y, aunque podemos decir que son elocuentes, al mismo tiempo vemos que son recomendaciones simples, claras y directas. Además, diría que son esenciales para todo aquel que ostente poder y lo ejerza sobre otros. Y el Evangelio nos cuenta acerca de la petición de Santiago y Juan, que quieren estar uno a cada lado de Jesús. Situación que llama la atención, no sólo a Cristo, sino también a los demás apóstoles, quienes se indignan con este asunto, tal vez porque entienden que esas cosas no se pueden pedir, o porque aquellos dos se adelantaron a pedir lo que, tal vez, todos ambicionaban.

Aquí la pregunta está en ponernos a pensar qué pretenden estos dos discípulos cuando piden lo que piden. Incluso, según nos cuenta Marcos, Santiago y Juan dicen estar dispuestos a beber el cáliz del que beberá Jesús, cosa que éste no niega que vayan a hacer. Pero a todos nos parece entender, más allá de las buenas intenciones que Santiago y Juan pudieron haber tenido, que estos dos buscan ocupar un puesto de gloria y privilegio, ya sea donde sea que esté el Reino de Jesús, en la tierra o en el cielo.

Aquí vemos que, me atrevo a decir, en la actualidad no somos tan distintos de aquellos. A todos nos gusta poder asegurarnos el porvenir. Y cuanto más firme y seguro sea, mucho mejor. Nadie quiere vivir en una incertidumbre, y mucho menos en una que sea del tipo económico, por poner un ejemplo. Un puesto, una posición, si es buena, siempre nos viene bien. Y ahí, tal vez podemos decir, se nos pega, en ocasiones, la ambición. Nosotros le llamamos hacer carrera, en el trabajo, por ejemplo, y nos embarcamos en una lucha que nos hace llegar, igual que los discípulos, a pretender lugares que los consideramos de privilegio. Y está bien progresar y ser los mejores en lo que hacemos, pero ¿eso es todo? ¿Es ese el objetivo de nuestra vida? Y cuando lo logramos, después, ¿qué sigue?

Y si ampliamos las miras, vemos que este tema puede ir ligado a lo que llamamos poder. Es probable que digamos que eso está lejos de nosotros, pero en ocasiones no es tan así. Y si nos toca un puesto de mando, de poder, la pregunta es ¿qué es lo que queremos? ¿qué es lo que buscamos? ¿Buscamos, como dice Jesús, servir a los hermanos?

Es por eso que traigo al Quijote, especialmente por lo siguiente: «Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio». Y junto a esto el mensaje de Jesús, deberíamos pensar qué es lo que estamos buscando. ¿Qué ambicionamos, qué queremos? Y si nos referimos al poder, ¿qué buscamos, adónde vamos con el poder?

Con este tema, vemos que casi siempre corremos el peligro de que se nos embote la cabeza y los sentidos. Entonces comenzamos a actuar como dijimos que no haríamos. Corremos el riesgo de volvernos déspotas y engreídos, llegando incluso a perder la memoria, y olvidamos de dónde venimos y, mucho menos, nos acordamos o sabemos adónde vamos. Porque no vemos otro fin que el beneficio propio. Y como ese bien personal puede ser infinito, ya no hay límites. La pregunta es: ¿Qué haríamos o cómo actuaríamos si nos tocara estar “arriba”, mandando?

Y para no irnos tan lejos, volvemos a poner atención a lo fundamental del mensaje de Jesús. Él dice claramente: «Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos». ¿Esto lo tenemos claro y asimilado? Y me pregunto si lo sabemos de memoria y nada más, porque creo que, en más de una ocasión, especialmente cuando hemos subido “arriba”, parece que rápidamente se nos olvida. Y aquí añado el servicio que debemos a los que viven con nosotros, en casa, a los compañeros de trabajo o de estudio, a los que encontramos en la calle, en la Iglesia, en la parroquia. ¿Estamos al servicio de los demás?

Este es nuestro linaje, donde pertenecemos. Nuestro linaje es de Cristo y si de ahí venimos no podemos deshonrar y deshonrarnos haciendo totalmente lo opuesto al servicio, y sólo buscar ser servidos o servirnos de los demás. Porque ni el mismo Cristo lo hizo. «Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» —nos dice él mismo. ¿Acaso nosotros somos más importantes que Jesús como para pretender servirnos de los demás?

Hagamos gala de nuestro humilde linaje que es el mismo de Cristo.

Morir Sin Cruz Ni Sangre

Jesús lava los piesJuan 13, 1-15
Antes de la fiesta de Pascua, sabiendo Jesús que había llegado su hora de pasar de este mundo al Padre, El, que había amado a los suyos que quedaban en el mundo, los amó hasta el fin.
Durante la Cena, cuando el demonio ya había inspirado a Judas Iscariote, hijo de Simón, el propósito de entregarlo, sabiendo Jesús que el Padre había puesto todo en sus manos y que Él había venido de Dios y volvía a Dios, se levantó de la mesa, se sacó el manto y tomando una toalla se la ató a la cintura. Luego echó agua en un recipiente y empezó a lavar los pies a los discípulos y a secárselos con la toalla que tenía en la cintura. Cuando se acercó a Simón Pedro, éste le dijo: «¿Tú, Señor, me vas a lavar los pies a mí?» Jesús le respondió: «No puedes comprender ahora lo que estoy haciendo, pero después lo comprenderás». «No, le dijo Pedro, ¡Tú jamás me lavarás los pies a mí!» Jesús le respondió: «Si Yo no te lavo, no podrás compartir mi suerte». «Entonces, Señor, le dijo Simón Pedro, ¡no sólo los pies, sino también las manos y la cabeza!» Jesús le dijo: «El que se ha bañado no necesita lavarse más que los pies, porque está completamente limpio. Ustedes también están limpios, aunque no todos». Él sabía quién lo iba a entregar, y por eso había dicho: «No todos ustedes están limpios».
Después de haberles lavado los pies, se puso el manto, volvió a la mesa y les dijo: «¿comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes».

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“Lo que orienta las acciones de un verdadero hombre no son los dictámenes de un Creador, sino su propia voluntad”… Te pregunto, ¿eres un hombre?. Porque si tú eres un hombre, tú puedes matar”. “¡Ya comenzó! ¡esta lluvia es para lavarnos del mundo, pero somos hombres! ¡decidimos si vivimos o morimos y unidos somos invencibles!” “El Arca, las bestias y todas tus mujeres son mías. construiré un nuevo mundo, ¡a mí imagen!” Esas son tres frases que dice, con convicción, Tubal-Caín, el personaje malo de la -recién estrenada- película, titulada Noé. No hago propaganda de este film. De hecho se aleja del relato bíblico, pero cuando la vi, al escuchar estas afirmaciones (después las busqué en internet) me quedé pensando que pueden estar reflejando alguna verdad de la humanidad. Tal vez nos puedan servir de contrapunto para la reflexión de este Jueves Santo.

Hoy nos convocamos en la Iglesia para celebrar el día de la institución eucarística, la última cena de Jesús. También festejamos el día del sacerdocio y lo que llamamos el día del amor fraterno. Y vemos que, a pesar del gran y único significado del pan partido por el Hijo de Dios, el evangelio, lo que más resalta es el lavatorio de los pies. Vemos incluso que Pedro puede quedar fuera de lo que Cristo propone, si aquél no se deja lavar los pies. ¿Tan importante es este gesto?

En el conocimiento teórico de nuestra religión, hemos aprendido que hay que amar a las personas, que tenemos que buscar la voluntad de Dios, como lo hace Jesús, que hay que amar al prójimo como a nosotros mismos, que no podemos dejar de tener a Dios sobre todas las cosas. Pero en el día a día, esta teoría, a veces, se pone un poco difícil de llevar adelante. No digo que no se pueda, ni que nadie lo intente. Incluso creo que hay personas que verdaderamente viven todo esto con una gran profundidad y convencimiento. Aunque, al mismo tiempo, también creo que hay muchas afirmaciones que van apareciendo y que se instalan en nuestra existencia y casi tienen la misma fuerza, en nosotros, que nuestras verdades de fe, aunque nada tengan que ver con Dios.

Antes cité tres frases del personaje malo de la película Noé, el cual, todo el tiempo, se define como “el hombre”. Y cuando dice que su condición de hombre es la que le da el poder de decidir, si viven o mueren, que son invencibles, que quiere construir un nuevo mundo según su imagen, y que lo que lo orienta no es un creador, sino su voluntad, me hace pensar que en el fondo, estas afirmaciones no están tan lejos de lo que podamos estar creyendo y asintiendo, casi sin darnos cuenta. De hecho, bajo capa de decir que “nos tenemos que realizar”, damos cabida a pensar nada más que en nosotros mismos. ¿Y esto tiene que ver con lo que hoy dice Jesús?

Este Jueves, es más que un día de amor fraterno. No es un simple gesto de amor que Jesús hace con sus discípulos. Y, por lo tanto, no podemos quedarnos con lo lindo que es ver a Jesús hacer lo que hace. Es el ejemplo a seguir. Un mandato, diría yo. Es el camino para poder llegar a Dios. De esta forma claro que tenemos que ver con él. Si esto no es parte de lo que somos, servidores, me parece que estamos lejos de cualquier reino divino, al menos del que predicó Cristo.

Los que nos decimos seguidores de Jesús, tenemos que empezar a comprender que a Dios se llega por el servicio y el amor al prójimo, y esto no puede quedar en una simple teoría. Tiene que ser efectivo, real. Han pasado más de dos mil años y todavía seguimos dando muchas vueltas en el rito y el incienso, pensando que así es como agradamos al Señor. Pero el camino más directo y sin fisuras es recordar las palabras de Jesús y hacerlas vida. Dice él: «¿Comprenden lo que acabo de hacer con ustedes? Ustedes me llaman Maestro y Señor, y tienen razón, porque lo soy. Si Yo, que soy el Señor y el Maestro, les he lavado los pies, ustedes también deben lavarse los pies unos a otros. Les he dado el ejemplo, para que hagan lo mismo que Yo hice con ustedes».

¿Estamos dispuestos a abajarnos, a tener a nuestros hermanos como más importantes, y a servirles en todo lo que necesiten? Pensemos, ¿quién está necesitando de nuestra ayuda y no le hacemos caso? Una vez que aprendamos a lavar los pies del hermano, y lo hagamos en serio, podremos dar el siguiente paso, el de la cruz. Llegaremos a ser capaces de dar la vida por los demás.

El de Jesús no es un gesto cualquiera, es el modo de hacernos entender que, aunque sin cruz ni sangre, podemos dar la vida por los demás. Sabiendo morir al egoísmo, al orgullo y la omnipotencia que a veces creemos tener.

¿Qué gesto de amor vas a hacer por tu hermano?

Cheques

Chiste de MafaldaMateo 6, 24-34
Dijo Jesús a sus discípulos: Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer o qué van a beber, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos? » Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.

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—Ahí está —dice Mafalda— esa palomita no sabe lo que es el dinero y sin embargo es feliz.

—¿Vos crees que el dinero es todo en esta vida, Manolito? —pregunta Mafalda.

—No, por supuesto que el dinero no es todo —responde Manolito, y agrega— también están los cheques.

En esta oportunidad, citando a un genio de las tiras cómicas, como es Quino, nos ponemos a tono con el tema del evangelio. Y, a mi entender, palpamos esta realidad de lo material y espiritual que, en principio, parecen no poder conjugarse al mismo tiempo. El evangelio nos plantea, en palabras de Jesús, una dicotomía muy fuerte. Prácticamente nos vemos impelidos por Cristo a tener que optar, por uno o el otro, porque no se puede servir a Dios y al dinero al mismo tiempo. Además, nos termina diciendo que sólo hay una cosa por la cual desgastar la vida: El Reino de Dios y su justicia.

A esto, para tener una visión más amplia a la hora de abordar el tema, creo que es bueno agregar que la expresión que aparece en la escritura, cuando nosotros leemos “dinero”, utiliza el término Mammon. Esta es una palabra aramea que significa «riqueza». Y, al mismo tiempo, se asocia a Mammona, el Dios del dinero. Luego, el mensaje de Cristo va más allá de simplemente hacer una contraposición entre Dios y el dinero o la riqueza. Su planteamiento se mueve -si así me permiten expresarlo- en el plano de la divinidad y a quién le rendimos culto o adoración.

Este es el planteamiento de fondo que no podemos perder de vista. Es que el evangelio nos está hablando más al corazón que al bolsillo. Y debemos saber a quién le rinde honores el primero. Por lo tanto habrá que preguntarse, con sinceridad: ¿Quién es mi Señor? ¿A quién le rindo culto? ¿Por quién me desvivo? ¿Quién es ese Señor al que quiero tanto que con sólo pensar que lo pierdo ya no puedo dormir? Es bueno saber responder todo esto. Sin miedo. Con verdad absoluta, porque es una verdad personal. Dios seguramente lo sabe, y nos sigue amando como siempre, sea cual sea la respuesta.

Y aquí, teniendo presente aquél chiste de Mafalda, creo que debemos ampliar aún más el espectro. Manolito, muy seguro en su afirmación, aclara que no sólo existe el dinero, sino también los cheques, que es más de lo mismo, con otro nombre. Por lo tanto, si nosotros nos referimos al dinero, o a la riqueza, en este caso, teniendo en cuenta el planteamiento de fondo que hace Cristo, cuando decimos dinero, también decimos, pasiones, vicios, fama, lo material, las glorias personales. Al fin y al cabo, como al dinero, podemos estar rindiéndole culto a alguna de estas últimas vivencias, a tal punto, que Dios queda en un segundo plano y para cuando necesitamos algo, si se nos presentan grandes dificultades.

También, hay que ser realistas, hay muchas cosas materiales que las compra el dinero, las cuales son necesarias. Y no podemos imaginarnos vivir del aire en este mundo. Con lo cual, seguramente, el desafío más grande lo tenemos en aprender a darle el valor justo a las cosas y no dejar de optar por Dios, si es que se presenta la disyuntiva entre uno y otro ser divino.

Con todo, y según la respuesta personal que vamos encontrando ante las preguntas acerca de quién es mi Señor, tenemos que concluir que nuestro cometido siempre tiene que ser “buscar el Reino de Dios y su justicia”. Si vemos que en nuestras vidas está ganando el dinero, entonces hay que abocarse, con mucho empeño, al Reino de Dios. Y si creemos que, sinceramente, la opción es Dios y no la riqueza, habrá que seguir optando por el Reino. Y si estamos “fifty fifty” entre el Señor y el dios mammon, también habrá que decantarse por el Reino.

Donde buscar el Reino de Dios y su justicia, significa que debemos luchar por la justicia, la paz, el amor, el amor, el amor, el amor, el amor, el amor, el amor, la fraternidad, la solidaridad, el servicio, la humildad, la caridad y, finalmente, el amor. Y todo esto hecho carne en la vivencia que tenemos, en el día a día, con el hermano que tenemos a nuestro lado. Porque es ahí donde se opta por el Reino, a través de estos valores: En el prójimo. En él, junto a los cuidados que le podamos proporcionar, especialmente a los más desvalidos, es donde le decimos Sí a Dios. Y esto tiene que ser concreto y no morir en las teorías y legislaciones religiosas que, no pocas veces, nos embotan la cabeza y el corazón, sin dejar espacio para otra cosa que no sea el cumplimiento, casi farisaico, de los supuestos deberes de nuestra fe.

¿Por qué quedarnos con una felicidad caduca, pasajera, aunque aparenta ser imperecedera, cuando podemos tener la fortuna de una vida eterna con Dios, empezando desde ya?