El Ego

Elegir

Ciclo B – Domingo XXVIII Tiempo Ordinario

Marcos 10, 17-30
Jesús se puso en camino. Un hombre corrió hacia Él y, arrodillándose, le preguntó: «Maestro bueno, ¿qué debo hacer para heredar la Vida eterna?» Jesús le dijo: «¿Por qué me llamas bueno? Sólo Dios es bueno. Tú conoces los mandamientos: No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio, no perjudicarás a nadie, honra a tu padre y a tu madre». El hombre le respondió: «Maestro, todo eso lo he cumplido desde mi juventud». Jesús lo miró con amor y le dijo: «Sólo te falta una cosa: ve, vende lo que tienes y dalo a los pobres; así tendrás un tesoro en el cielo. Después, ven y sígueme». Él, al oír estas palabras, se entristeció y se fue apenado, porque poseía muchos bienes. Entonces Jesús, mirando alrededor, dijo a sus discípulos: «¡Qué difícil será para los ricos entrar en el Reino de Dios!»
Los discípulos se sorprendieron por estas palabras, pero Jesús continuó diciendo: «Hijos míos, ¡qué difícil es entrar en el Reino de Dios! Es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja, que un rico entre en el Reino de Dios». Los discípulos se asombraron aún más y se preguntaban unos a otros: «Entonces, ¿quién podrá salvarse?» Jesús, fijando en ellos su mirada, les dijo: «Para los hombres es imposible, pero no para Dios, porque para El todo es posible».
Pedro le dijo: «Tú sabes que nosotros lo hemos dejado todo y te hemos seguido». Jesús respondió: «Les aseguro que el que haya dejado casa, hermanos y hermanas, madre y padre, hijos o campos por mí y por la Buena Noticia, desde ahora, en este mundo, recibirá el ciento por uno en casas, hermanos y hermanas, madres, hijos y campos, en medio de las persecuciones; y en el mundo futuro recibirá la Vida eterna».

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“El amor es feliz cuando puede dar algo. El ego es feliz cuando puede quitar algo”. Esta es una frase de Osho, también conocido como Bhagwan Shri Rashnísh, un místico orador y líder espiritual, fundador del Movimiento Osho. Tiene influencias de Buda y Krishnamurti, entre otros místicos. Y aunque para algunos puede parecer lejos del mensaje de Jesús, en este caso me atrevo a decir que nos puede ayudar a reflexionar sobre el Evangelio.

Qué difícil es para los ricos entrar en el Reino de los Cielos. Es una sentencia que, prácticamente, no deja lugar a la duda, más aún cuando sabemos que aquél hombre se fue entristecido porque poseía muchos bienes, y no fue capaz de venderlos para ir tras Jesús. Y vemos que tanto en aquél momento, como ahora (me parece) lo que dice Jesús genera algo de preocupación, tal vez un poco más a aquellos que pueden contar un poco más de riqueza. Sin embargo, es una realidad que debería preocuparnos a todos, aunque apenas tengamos unos pocos centavos en el bolsillo.

Después de escuchar este pasaje de Marcos, la primera, y rápida, conclusión que podemos sacar es: Los ricos difícilmente vayan al cielo y los pobres ya están salvados. Con este pensamiento, sería muy fácil hacer el camino de la salvación, porque bastaría hacerse pobre, y entonces todo arreglado. Sin embargo vemos que, por voluntad propia, casi nadie quiere hacerse pobre para ganarse el cielo. Ni siquiera los que hacen votos de pobreza, por consagrarse a Dios. Y no digo que no se viva con plenitud ese voto, sino que a nadie le gusta ser pobre pobre, casi sin comida ni vestido.

Otra conclusión a la que podríamos llegar es que ser pobre, para evitar esa riqueza que nos condena, significa hablar de desprendimiento. Si somos desprendidos, entonces podemos tener todo el oro del mundo, porque nada nos cuesta soltarlo —decimos—, aunque siempre solemos poner otras medidas en el medio, como: Doy (me desprendo) según mis posibilidades. Pero eso tampoco creo que sea garantía de salvación segura. Entre otras razones porque Jesús le dice a quien se acerca a preguntar que venda todo. Sí, todo.

Otros hablan de pobres de espíritu. Lo cuál, la verdad, no entiendo bien. Parece que hablamos de humildad, y puede que así tenga más sentido, aunque creo que estamos mezclando una dimensión espiritual con otra material y utilizando valores del espíritu para referirnos a problemas más tangibles. Por otro lado, Jesús no le dice a aquél hombre que vaya y sea humilde y después lo siga. Además, podemos encontrar ricos muy humildes y pobres muy soberbios.

Y todo esto no sé si tiene fácil solución, porque según el panorama que se ve en la actualidad, casi todos queremos acumular lo más que se pueda, con prudencia —dicen algunos— o para asegurarnos al menos una vida tranquila. Y esto lo asociamos a la felicidad, o al menos a la paz personal. Sin embargo el mensaje de Jesús es bien claro y de una radicalidad profunda: Él pide que se entregue todo. Y por eso traigo el pensamiento de Osho, no porque este místico quiera hablar y aclarar lo que dijo Jesús, sino porque puede darnos una pista para adentrarnos hacia donde Cristo nos quiere llevar.

Osho decía: “El amor es feliz cuando puede dar algo. El ego es feliz cuando puede quitar algo”. Y creo que este tema de los ricos que se condenan y los pobres que se salvan, tiene que ver con el Ego personal y no tanto con la cantidad de dinero. El Ego necesita afianzarse, sentirse seguro, y por eso nos lleva a acumular, a aferrarnos a muchos tipos y modos de riqueza como el dinero, el poder, la vanagloria, la belleza, los logros, los puestos, el prestigio, los títulos, los premios, el conocimiento, la sabiduría, la intelectualidad, las alabanzas, los derechos de exigir a los demás, el sentir que siempre los otros nos deben algo. Y Jesús quiere que nos desprendamos de todo esto. Que seamos capaces dejarlo todo con tal de salir de nosotros mismos y encontrarnos con el amor, con Dios y con las demás personas. Porque en el dar y darnos existe el único modo de ser realmente de Dios y realmente felices.

Este es el punto más alto y trascendente al que Jesús nos invita a llegar: A olvidarnos de nosotros mismos, para alcanzar la máxima cuota de amor que se traduce en entregarse, en saber morir, por amor a Dios y al prójimo. Ahí el “ego” deja de dominarnos y por lo tanto dejamos de buscar seguridades, riquezas, que alimentan ese “Yo” y que no nos deja obtener la salvación. Es un camino que podemos elegir o rechazar. Porque, igual que el personaje del Evangelio, tenemos la opción de darnos media vuelta y marcharnos por donde vinimos, a pesar de, como aquél hombre, haber cumplido con todos los mandamientos del Señor.

Y no está mal observar la ley de Dios con precisión, guardando cada uno de los preceptos de la Iglesia, pero sabemos que eso no es suficiente, aunque genere una mirada amorosa del Señor hacia nosotros. Es preciso que vendamos nuestras riquezas, del tipo que sean, con tal de poder alcanzar, desde ahora, la vida verdadera, la vida eterna.

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Ser el primero

Madre Teresa

Ciclo B – Domingo XXV Tiempo Ordinario

Marcos 9, 30-37
Jesús atravesaba la Galilea junto con sus discípulos y no quería que nadie lo supiera, porque enseñaba y les decía: «El Hijo del hombre va a ser entregado en manos de los hombres; lo matarán y tres días después de su muerte, resucitará». Pero los discípulos no comprendían esto y temían hacerle preguntas.
Llegaron a Cafarnaúm y, una vez que estuvieron en la casa, les preguntó: «¿De qué hablaban en el camino? » Ellos callaban, porque habían estado discutiendo sobre quién era el más grande. Entonces, sentándose, llamó a los Doce y les dijo: «El que quiere ser el primero debe hacerse el último de todos y el servidor de todos».
Después, tomando a un niño, lo puso en medio de ellos y, abrazándolo, les dijo: «El que recibe a uno de estos pequeños en ni Nombre, me recibe a mí, y el que me recibe no es a mí al que recibe sino a Aquél que me ha enviado».
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—¿Sigue preguntándose cada mañana frente al espejo quién es y cuál es su lugar en el mundo?

—Nunca en mi vida he hecho frente al espejo algo distinto a lo que hacen las demás personas. Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido: Soy el hijo del telegrafista de Aracataca. 

Así respondió Gabriel García Márquez ante la pregunta de Boris Muñoz, periodista venezolano, en un reportaje de Página/12 en 1997. Y por supuesto que en aquella época no leía ese diario (ahora tampoco), pero a mí me llegó la entrevista como diez años después, por el poder de resurrección de textos pasados que tiene internet. Y creo que esto nos puede ayudar a reflexionar acerca del Evangelio de hoy

Jesús y sus discípulos en una conversación de sordos (con perdón de todos los que tienen problemas de audición), pero tengo la impresión de que Cristo les está contando y enseñando lo más importante de su misión y “lugar en el mundo” y aquellos hombres siguen hablando de lo que parece que más les preocupa e interesa: Quién es el más grande entre ellos. Por eso el Hijo de Dios se sienta y vuelve a enseñarles lo más importante.

Primero vemos que Jesús les está diciendo que él va a sufrir, morir y resucitar, pero los discípulos, en palabras de Marcos, no entendían y temían hacerle preguntas, o tal vez no querían hablar del tema. Y a nosotros creo que nos hubiera pasado algo parecido, porque lo que no nos conviene lo preferimos lejos, lo esquivamos o nos hacemos los distraídos. Lo que Cristo decía no le convenía a nadie, porque se acabaría lo magnífico de las proezas del Mesías. Sin embargo Jesús sabe el camino que tiene que recorrer, pese a la incomprensión de los suyos.

Y esto me hace pensar si a nosotros también nos gustan “las glorias”. En eso, creo no equivocarme, todos gozamos, porque poder triunfar en algo y ser reconocido, es un dulce que gusta a la mayoría de las personas. Y es lógico que sea así, porque también eso nos da felicidad, y todos queremos ser felices. Y esta es la preocupación que tienen los apóstoles, porque si se termina Jesús, se terminan las posibilidades para todos ellos. Hoy miramos todo esto desde otra perspectiva, con otros ojos, pero en aquél momento, para un hombre común de la época, verse a la par de alguien que cura enfermos y tiene un mensaje transformador, no era poca cosa, sino más bien una gran oportunidad. Pensemos un momento cómo hubiéramos actuado nosotros. ¿Acaso no nos sentiríamos muy importantes si fuéramos del grupo de elegidos de Jesús?

Pero Jesús, más allá de llamarles la atención, o de enojarse con sus discípulos, lo que hace es sentarse a hablar con ellos otra vez. Con la intención de reconducir lo que a aquellos hombres les preocupaba: «Quién era el más grande». Entonces Cristo les dice aquella frase contradictoria: «El que quiere ser el primero debe hacerse el último de todos y el servidor de todos», y aquí está la clave para ellos, y para nosotros, seguidores de Cristo. No les pregunta acerca qué va a suceder en Jerusalén, o cuántos días van a pasar hasta que el Hijo del hombre resucite, sino que se ocupa en aclara que el que quiera ser el primero se debe hacer el servidor de todos.

Antes le contaba acerca de lo que Gabriel García Márquez respondió: «Nunca me he preguntado quién soy, porque siempre lo he sabido: Soy el hijo del telegrafista de Aracataca». Y si bien no sé con exactitud cuál era la intención de esta respuesta, sí me atrevo a sacar una conclusión: Sabía de donde venía, no olvidaba su origen y, a pesar de tener con qué creerse muy importante, sin embargo parece mantenerse con los pies sobre la tierra. Y, teniendo en cuenta esto, creo que el Evangelio de hoy nos está dando la clave de qué es lo importante. Es como saber de donde venimos y para qué estamos. Aunque creo que todavía no lo aprendemos por completo. Y digo esto porque las respuestas son muy variadas, cuando nos preguntamos: ¿Somos los servidores de todos?

Aquí la cuestión es clara y directa: Ser cristiano, ser hijo de Dios, es ser servidor de todos. Y esto no podemos perderlo de vista. Diría que es vital, no son sólo palabras bonitas de Jesús, sino que es el pase para entrar al cielo. No hay otra manera. Ya podemos hablar de lo grandioso que es Dios, de que es Todopoderoso y de que hace milagros, pero nada de eso nos va a valer si no servimos a los demás. No hay novena ni rezo que nos salve, sólo el amor que entreguemos a las personas cuando nos ponemos a su servicio. Y no pensemos entonces que no hay que rezar ni hacer un acto piadoso, porque esto está bien y nos hace muy bien, pero las oraciones que hacemos deben ser el combustible para poder servir desde el amor.

Tal vez a aquellos hombres les pasaba lo que nos pasa a nosotros, o al menos a mí, que cuando nos preguntamos si somos servidores de todos, no sólo nos cuestiona, sino que nos sentimos incómodos, porque queda en evidencia que todavía nos falta para llegar a dar una respuesta definitiva, o un sí rotundo y verdadero. Y esto, no porque no amemos a Dios, o no aceptemos su mensaje, sino porque en ocasiones nos toca reconocer que, realmente, no somos servidores de todos, sino de algunos, de unos pocos, o de los que nosotros elegimos, cuando no elegimos que nos sirvan. Y esto dice mucho de lo que somos como cristianos. Y probablemente nos pasa porque priorizamos otras cosas que creemos que son más importantes, cuestiones que también pueden ser buenas, pero que tal vez están lejos de lo que hoy nos pide Jesús.

Ser los primeros, claro que sí, pero los primero en servir y amar al que tenemos a nuestro lado.

Cuarto movimiento

Violinista

Ciclo B – Domingo II Cuaresma

Marcos 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo».
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».

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Hace un tiempo escuché interpretar el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, por la “West-Eastern Divan Orchestra”, ideada y dirigida por Daniel Barenboim. Y aunque la cultura musical, especialmente referida a la música clásica, no sea muy profunda, cualquiera puede admirar y disfrutar lo que Beethoven compuso. Fue su obra máxima, aun a pesar de la acuciante sordera que padecía. En este cuarto movimiento escuchamos lo que comúnmente conocemos como el “Himno de la alegría”, cuya letra es de la “Oda a la alegría” del poeta Friedrich von Schiller. Y claro que con estos datos estamos lejos de lo que fue la transfiguración de Jesús, pero creo que nos puede ayudar a reflexionar acerca de lo que sucedió en el monte Tabor.

Tenemos al Hijo de Dios transfigurado y aquellos tres, Pedro, Santiago y Juan, que ven a su maestro junto a Elías y Moises. Quieren quedarse, a petición de Pedro, pero son llevados de vuelta junto al resto de los apóstoles, a la vida que hasta el momento traían, bajo ordenes estrictas de no contar nada de lo que vieron y escucharon.

Sin embargo, y sin quitar veracidad al texto, llama la atención el que, a pesar de la admiración y supuesto conocimiento de lo que sería la gloria de Dios, aquellos apóstoles no dijeran nada de lo ocurrido. O fueron muy obedientes, o tal vez no entendieron mucho lo que les había sucedido, ya que, si seguimos leyendo a Marcos, todo parece continuar como si aquél episodio no hubiera existido. También sabemos que este texto puede haber sido añadido con posterioridad, lo que se conoce como una interpolación, y que lo del monte fuera una experiencia posterior a la Resurrección. Pero sin duda, sea cuando haya sido, hay un mensaje claro que también nosotros debemos descubrir y hacer nuestro.

Probablemente, lo más importante a tener en cuenta sea el que aquellos hombres descubrieron lo más trascendente de Jesús, su plenitud, a la cual también estaban llamados, igual que lo estamos nosotros, hijos de Dios. Hacia allí, hacia esa totalidad o culminación, nos tenemos que dirigir y creo que se logra desde la vida interior, desde descubrir esa presencia de Dios dentro de nosotros mismos. Tal vez, para entender mejor aún lo que decimos, sean muy precisas las palabras de san Agustín: «Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé, tu estabas dentro de mí y yo por fuera te buscaba».

Pero, ¿cómo logramos aquello? ¿A base de rezos, sacrificios y pura misa? Claro que todo esto siempre va a ser muy útil y recomendable y no lo podemos dejar de lado, pero se me ocurre que la clave está en otro lugar.

Antes recordaba lo magnífico de la Novena Sinfonía, una obra maestra a pesar de las dificultades de su creador. Beethoven fue capaz de generar aquello, a pesar de su sordera, porque supo oír con claridad en su interior y distinguir qué sonidos eran los adecuados, qué tiempo debían tener y en qué momento sonar. Y me parece que la transfiguración les dio la clave a aquellos hombres, para poder componer con exactitud lo que Dios quería.

A mi entender, el punto a destacar de este evangelio es el siguiente: «Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo». Ahí está la clave. Les dijo y nos dice, que de ahí en más es a Jesús al que tenemos que escuchar. Todo el resto está muy bien, Moisés que se lo asocia con la ley, Elías que representa a los profetas, son muy válidos, pero para poder componer la sinfonía divina hace falta escuchar con claridad al Hijo de Dios. A nadie más. Incluso me atrevo a decir que nos vendría bien, como cristianos, despegarnos un poco del Antiguo Testamento. No porque esté mal o no nos sirva, sino porque parece que sigue pesándonos más de la cuenta y el mensaje de Jesús queda entonces en un segundo plano. Parece que estamos más familiarizados con el “ojo por ojo” de Moisés antes que el “ama a tu enemigo” del Hijo de Dios.

Hoy tenemos muchas voces que se nos juntan y, en más de una ocasión, no sabemos bien a cuál atender. Algunos hablan en nombre de Jesús, y no vamos a decir que ninguno tiene razón, pero es necesario que aprendamos a distinguir el mensaje del mismo Cristo. En esto debemos crecer, madurar como hijos de Dios, y aprender a escuchar al Señor en nuestro interior. Un cristiano sin vida interior como mucho será un cristiano intelectual, pero no alguien que vibra al sonido de Dios.

Siempre habrá personas que puedan ayudarnos a remar mar adentro, para poder llegar a la plenitud que supone descubrir a Dios, sin olvidar que la voz del maestro siempre irá acorde a palabras como: amor, servicio, entrega, generosidad, perdón, misericordia, libertad. Lo que desentone con estos términos y su significado, seguro que no son notas del Señor, por muy alabados y ponderados que sean los mensajes.

Tal vez sería bueno, salvando las distancias y sin ánimos de ofender, el volvernos sordos, como Beethoven, para poder escuchar con claridad a Dios que nos habla en el corazón.  De ese modo terminaremos transfigurados igual que Jesús.

Lo que queda

Abandono
Marcos 1, 21-28
Jesús entró en Cafamaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga de ellos un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen! » Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea. Palabra del Señor.
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Poema de Juan Ramón Jiménez

 

De esta poesía de Juan Ramón Jimenez, visto con ojos literarios, bien se podría decir que el poeta busca la trascendencia y que la única forma de perdurar es a través del poema. Es él y su ser poeta, el que va más allá de la existencia, pero que al mismo tiempo son uno. Y así, el análisis podría llevarnos a varias formas de leer estos versos. Es lo maravilloso que descubro en la literatura, más en la poesía, que lleva el pensamiento y los sentimientos a lugares que, tal vez, ni el mismo autor pensó o sintió. Y en este caso, caprichosamente, deseo que pensemos este poema bajo la luz de una pregunta: ¿Qué o quién quedará en pie cuando muramos?

Hoy tenemos a Jesús que comienza a darse a conocer, especialmente en su forma de hablar y de actuar. Los del templo están admirados por la autoridad con la que el Nazareno habla. Es una nueva forma de escuchar lo que, seguramente, habían oído antes de otros entendidos de la ley de Dios. Sumando, además, el prodigio, la liberación de aquél endemoniado; curado en sábado, como para llamar, aún más, la atención.

La manera de hablar de Jesús es distinta. ¿En qué? Supongo que en el templo leyó lo que decía la Palabra de Dios y, según el texto de Mateo, dijo lo mismo que decían los escribas, pero a la gente le sonaba distinto, con autoridad. Y por supuesto que lo primero que tenemos que hacer es no asociar ese “hablar con autoridad” como un “detentar poder”. Creo que está lejos de Jesús la imagen que, a veces, se tiene de Dios; aquél ser supremo que manda, ordena y hace justicia, desde arriba, desde lo alto. Cristo, que es Dios, habla de tu a tú con las personas, sabe de sus dolores y es capaz de liberar. Sus palabras, me parece, son palabras dichas desde la vivencia personal, de lo que él tenía en el corazón, de aquello que más revelaba a Dios. No habla desde una letra, o desde una ley aprendida de memoria.

En nuestro caso, las preguntas que se nos presentan son: ¿A Dios lo conocemos intelectual o vivencialmente? Nuestro modo de hablar de Dios a los demás, ¿es una repetición de conocimientos (mandamientos, preceptos, normas, definiciones, tradiciones, cuestiones teológicas) o una expresión de la vivencia personal? ¿Qué es lo que más convence hoy a la gente? Me atrevo a decir que, probablemente, a la Iglesia en general le hace falta que los cristianos -sin distinción de cargos- hablen más de la experiencia de Dios que de los deberes y preceptos que hay que saber y cumplir. Parece obvio, pero no sé si, cuando hablamos de nuestra fe, hablamos del amor de Dios y de nuestro amor a Dios. O tal vez la pregunta debería ser: ¿Hablamos de Dios?

Lo siguiente a considerar es la expulsión del espíritu impuro. Y este es un hecho concreto, más allá de las palabras. Dijo, convenció tal vez, mucho más a los que tenía en frente de él. Nos cuenta Mateo que todos quedaron asombrados. En esto, podríamos decir, se cumple el dicho popular: Obras son amores y no buenas razones. Y es lo que también tenemos que tener muy presente en nuestro ser hijos de Dios. Al igual que Jesús, es necesario que nuestra forma de actuar sea parecida a la de Cristo. Deberíamos ser personas capaces de servir, de liberar, de amar a los demás. Es la mejor manera de hablar de Dios y de lo que significa para nosotros. Es probable que los que critican diciendo que “venimos aquí a golpearnos el pecho, pero que después somos iguales o peores que los que no creen en nada”, se queden sin argumentos.

También en esto deberíamos considerar si acaso nos tiene atrapado algún espíritu inmundo. Y en esto no vayamos a creer que estamos hablando de poseídos, como el de la película “El exorcista”. Deberíamos pensar que todo aquello que nos mantiene lejos de Dios, que nos deshumaniza, o que hace que sólo vivamos para lo efímero, probablemente sea uno de esos espíritus que no hacen más que ahogarnos y esclavizarnos. ¿Qué nos tiene atados y no nos deja trascender, alcanzar la plenitud a la que Dios nos llama?

Y ahora sí, vuelvo al poema de Juan Ramón Jiménez y digo que, visto con ojos de fe, ojalá quede en pie, cuando muramos, el bien que hicimos a las personas, el amor que dimos, el servicio que prestamos, las palabra de Dios que pronunciamos. Porque nada de lo demás va a quedar, mucho menos el poder que detentemos, el prestigio que acumulemos o los bienes que contemos.

Es necesario que descubramos en Jesús esa autoridad con la que habla y que reconozcamos su forma de obrar. Esas son las claves para mejorar, para trascender, para llegar a la plenitud a la que estamos llamados. Y es lo que debemos imitar, hacer nuestro, sabiendo que en esto no estamos solos. Dios mismo es quien -parafraseando al poeta- va a nuestro lado aunque no lo veamos y nos olvidemos de él, es quien calla cuando hablamos, o nos perdona cuando odiamos.

Hace falta un testimonio de Dios más vivo y no sólo intelectual. Así, ya no seremos nosotros, seremos Dios.