El lado luminoso de la vida

El lado luminoso de la vida

Ciclo B – Domingo IV Cuaresma

Juan 3, 14-21
Dijo Jesús: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
El que cree en Él no es condenado, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

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La película “El lado luminoso de la vida”, también conocida como “El lado bueno de las cosas”, cuyo título original es “The Silver Lining Playbook”, nos cuenta la historia de un joven, Pat (Bradley Cooper), que tras pasar ocho meses en una institución mental por agredir al amante de su mujer, vuelve a vivir en casa de sus padres (Robert De Niro y Jacki Weaver). Aunque tiene una actitud positiva y está decidido a recuperar a su ex-mujer, todo cambia para Pat cuando conoce a Tiffany (Jennifer Lawrence), una chica con ciertos problemas y no muy buena reputación. Ambos se ayudarán para encontrar el lado bueno de sus vidas. Y claro que podemos hablar de una bonita historia de amor, pero también de un drama muy profundo por los temas que que presenta la trama del film, aunque lo importante tal vez está en el mensaje de fondo que podemos descubrir, como creo que nos pasa con el Evangelio de hoy.

Juan nos trae varios temas: La cruz y la salvación, la luz y las tinieblas, el creer o no aceptar. Y todo parece una presentación de las posibles situación que se pueden dar entre nosotros y Dios. Pero me atrevo a decir que estamos hablando de un mismo tema que tiene que ver con Dios y su propuesta y nuestra opción personal.

El ofrecimiento del Señor es la Vida Eterna. Y esto nos hace pensar en varios conceptos, tales como: Cielo, paraíso, vida con Dios, salvación, perdón de los pecados, alegría y felicidad sin fin. Y no vamos a negar nada de lo enumerado, pero tampoco podemos dejar de preguntarnos cómo accedemos a todo aquello. Entonces creo que pensamos en el esquema más común que conocemos, el de los méritos. Me comporto de determinada manera y luego Dios revisa si mis acciones están de acuerdo con sus normas y preceptos. Si apruebo, entonces paso a la vida eterna. Tal vez la imagen es la de la maestra con el bolígrafo rojo en mano, dispuesta a marcar los errores. Hoy, es posible que los métodos de corrección sean otros, y no sé si las profesoras corrigen así o te ponen un hashtag (#), una etiqueta, para indicar la corrección (#error #repetirelejercicio #reprobado). El punto es que en este esquema estamos esperando, a ver si el juicio sale favorable. Y esto tiene que ver bastante con el Antiguo Testamento.

Sin embargo, lo que dice Jesús en el evangelio de Juan es algo diferente. Por supuesto que hablamos de temas parecidos a los anteriores, pero en realidad creo que se no está planteando una nueva visión y percepción de la realidad divina y la Vida Eterna. Si Jesús vino para salvar al mundo y no para condenarlo, entonces se presenta como una alternativa, una opción que nosotros aceptamos si realmente creemos en él. Pero es una acción por parte de nosotros, un movimiento que nos lleva a la luz o a las tinieblas. Somos los que decidimos y eso nos lleva a Dios o lejos de él. No es el Señor quien desde el silencio nos vigila para finalmente terminar dando el visto bueno de nuestras acciones. Los que eligen abrazar la cruz salvadora de Jesús somos nosotros y esa es ya nuestra vida eterna, porque decidimos estar de ese lado.

Antes les conté acerca de aquella película y cómo Pat está decidido a hacer su vida, de tal modo que termine recuperando a su ex mujer. Y si bien no logra su objetivo, su opción sí que lo lleva a algo muy bueno y que él ni siquiera sospechaba. Lo mismo pasa con nuestra aceptación o rechazo de Dios. Optar por él nos llevará a una vida aun mejor de lo que podemos imaginar. Y será al revés si no optamos por él. Pero el “Sí”, o el “No” lo pronunciamos nosotros y esa es nuestra salvación. ¿En qué dirección llevamos la vida?

El que elige a Jesús, aún pasando por el dolor (la cruz) tiene una vida nueva. E imaginariamente podríamos decir que las cosas suceden de este modo:  Elegimos el camino por donde llevar nuestras vidas, y llegamos hasta una gran puerta y llamamos. Y cuando Dios abre y nos ve se alegra, nos abraza y nos hace pasar a disfrutar una vida plena con él. Tal vez puede pasar que no nos abra él, pero recordemos que el camino hasta ese lugar, antes, lo elegimos nosotros.

No quiero reducir esto a un simple viaje donde Dios sólo espera, ya que él, constantemente, nos dará lo necesario (su Gracia) con tal de que sigamos firmes en nuestra opción. Incluso nos la ofrecerá para volvernos hacia él, si nos hemos alejado. Pero caemos en lo mismo otra vez: Nosotros somos los que decidimos si aceptamos o no. San Agustín decía: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti», y esto nos revela cuán importante es nuestra intervención en nuestra salvación.

Luego, bien podríamos decir que elegir a Dios es decidirnos por las obras buenas, las de la verdad, la justicia, la paz y el bien común. Esas son las que, indefectiblemente, nos llevan al cielo, a una vida única y plena. No así el egoísmo, el individualismo y la desunión. Y aunque no siempre acertemos, creo que sí tiene que estar clara cuál es nuestra opción fundamental, nuestra opción de fondo, y seguro que siempre estaremos con Dios. El “juicio”, como dice el Evangelio, se realiza en lo que decidimos, cuando aceptamos o rechazamos la Luz que vino al mundo.

Ya nos dijo el mismo Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24). Nuestra salvación significa una vida decidida por Dios. Y seguramente eso es vivir el lado luminoso de nuestras vidas.

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Cuarto movimiento

Violinista

Ciclo B – Domingo II Cuaresma

Marcos 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo».
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».

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Hace un tiempo escuché interpretar el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, por la “West-Eastern Divan Orchestra”, ideada y dirigida por Daniel Barenboim. Y aunque la cultura musical, especialmente referida a la música clásica, no sea muy profunda, cualquiera puede admirar y disfrutar lo que Beethoven compuso. Fue su obra máxima, aun a pesar de la acuciante sordera que padecía. En este cuarto movimiento escuchamos lo que comúnmente conocemos como el “Himno de la alegría”, cuya letra es de la “Oda a la alegría” del poeta Friedrich von Schiller. Y claro que con estos datos estamos lejos de lo que fue la transfiguración de Jesús, pero creo que nos puede ayudar a reflexionar acerca de lo que sucedió en el monte Tabor.

Tenemos al Hijo de Dios transfigurado y aquellos tres, Pedro, Santiago y Juan, que ven a su maestro junto a Elías y Moises. Quieren quedarse, a petición de Pedro, pero son llevados de vuelta junto al resto de los apóstoles, a la vida que hasta el momento traían, bajo ordenes estrictas de no contar nada de lo que vieron y escucharon.

Sin embargo, y sin quitar veracidad al texto, llama la atención el que, a pesar de la admiración y supuesto conocimiento de lo que sería la gloria de Dios, aquellos apóstoles no dijeran nada de lo ocurrido. O fueron muy obedientes, o tal vez no entendieron mucho lo que les había sucedido, ya que, si seguimos leyendo a Marcos, todo parece continuar como si aquél episodio no hubiera existido. También sabemos que este texto puede haber sido añadido con posterioridad, lo que se conoce como una interpolación, y que lo del monte fuera una experiencia posterior a la Resurrección. Pero sin duda, sea cuando haya sido, hay un mensaje claro que también nosotros debemos descubrir y hacer nuestro.

Probablemente, lo más importante a tener en cuenta sea el que aquellos hombres descubrieron lo más trascendente de Jesús, su plenitud, a la cual también estaban llamados, igual que lo estamos nosotros, hijos de Dios. Hacia allí, hacia esa totalidad o culminación, nos tenemos que dirigir y creo que se logra desde la vida interior, desde descubrir esa presencia de Dios dentro de nosotros mismos. Tal vez, para entender mejor aún lo que decimos, sean muy precisas las palabras de san Agustín: «Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé, tu estabas dentro de mí y yo por fuera te buscaba».

Pero, ¿cómo logramos aquello? ¿A base de rezos, sacrificios y pura misa? Claro que todo esto siempre va a ser muy útil y recomendable y no lo podemos dejar de lado, pero se me ocurre que la clave está en otro lugar.

Antes recordaba lo magnífico de la Novena Sinfonía, una obra maestra a pesar de las dificultades de su creador. Beethoven fue capaz de generar aquello, a pesar de su sordera, porque supo oír con claridad en su interior y distinguir qué sonidos eran los adecuados, qué tiempo debían tener y en qué momento sonar. Y me parece que la transfiguración les dio la clave a aquellos hombres, para poder componer con exactitud lo que Dios quería.

A mi entender, el punto a destacar de este evangelio es el siguiente: «Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo». Ahí está la clave. Les dijo y nos dice, que de ahí en más es a Jesús al que tenemos que escuchar. Todo el resto está muy bien, Moisés que se lo asocia con la ley, Elías que representa a los profetas, son muy válidos, pero para poder componer la sinfonía divina hace falta escuchar con claridad al Hijo de Dios. A nadie más. Incluso me atrevo a decir que nos vendría bien, como cristianos, despegarnos un poco del Antiguo Testamento. No porque esté mal o no nos sirva, sino porque parece que sigue pesándonos más de la cuenta y el mensaje de Jesús queda entonces en un segundo plano. Parece que estamos más familiarizados con el “ojo por ojo” de Moisés antes que el “ama a tu enemigo” del Hijo de Dios.

Hoy tenemos muchas voces que se nos juntan y, en más de una ocasión, no sabemos bien a cuál atender. Algunos hablan en nombre de Jesús, y no vamos a decir que ninguno tiene razón, pero es necesario que aprendamos a distinguir el mensaje del mismo Cristo. En esto debemos crecer, madurar como hijos de Dios, y aprender a escuchar al Señor en nuestro interior. Un cristiano sin vida interior como mucho será un cristiano intelectual, pero no alguien que vibra al sonido de Dios.

Siempre habrá personas que puedan ayudarnos a remar mar adentro, para poder llegar a la plenitud que supone descubrir a Dios, sin olvidar que la voz del maestro siempre irá acorde a palabras como: amor, servicio, entrega, generosidad, perdón, misericordia, libertad. Lo que desentone con estos términos y su significado, seguro que no son notas del Señor, por muy alabados y ponderados que sean los mensajes.

Tal vez sería bueno, salvando las distancias y sin ánimos de ofender, el volvernos sordos, como Beethoven, para poder escuchar con claridad a Dios que nos habla en el corazón.  De ese modo terminaremos transfigurados igual que Jesús.

Dios no es omnipotente

Dios cuida de nosotros

Mateo  25, 31-46
Jesús dijo a sus discípulos:  Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria rodeado de todos los ángeles, se sentará en su trono glorioso. Todas las naciones serán reunidas en su presencia, y Él separará a unos de otros, como el pastor separa las ovejas de los cabritos, y pondrá a aquéllas a su derecha y a éstos a su izquierda.
Entonces el Rey dirá a los que tenga a su derecha: «Vengan, benditos de mi Padre, y reciban en herencia el Reino que les fue preparado desde el comienzo del mundo, porque tuve hambre, y ustedes me dieron de comer; tuve sed, y me dieron de beber; era forastero, y me alojaron; estaba desnudo, y me vistieron; enfermo, y me visitaron; preso, y me vinieron a ver».
Los justos le responderán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, y te dimos de comer; sediento, y te dimos de beber? ¿Cuándo te vimos forastero, y te alojamos: desnudo, y te vestimos? ¿Cuando te vimos enfermo o preso, y fuimos a verte? »  Y el Rey les responderá: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmIgo».
Luego dirá a los de su izquierda: «Aléjense de mí, malditos; vayan al fuego eterno que fue preparado para el demonio y sus ángeles, porque tuve hambre, y ustedes no me dieron de comer; tuve sed, y no me dieron de beber; era forastero, y no me alojaron; estaba desnudo, y no me vistieron; enfermo y preso, y no me visitaron».
Éstos, a su vez, le preguntarán: «Señor, ¿cuándo te vimos hambriento o sediento, forastero o desnudo, enfermo o preso, y no te hemos socorrido? » Y Él les responderá: «Les aseguro que cada vez que no lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, tampoco lo hicieron conmIgo».  Éstos irán al castigo eterno, y los justos a la Vida eterna.
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«Cuando veo almas muy diligentes a entender la oración que tienen muy encapotadas cuando están en ella (que parecen que no osan bullir ni menear el pensamiento, porque no se les vaya un poquito de gusto y devoción que han tenido), háceme ver cuán poco entienden del camino por donde se alcanza la unión. Y piensan que allí está todo el negocio. Que no, hermanas, no; obras quiere el Señor, y que si ves una enferma a quien puedes dar algún alivio, no se te dé nada de perder esa devoción y te compadezcas de ella». Morada quinta (3,11).

Estas palabras de Santa Teresa de Jesús son como un indicador, a mi entender, de lo más importante del evangelio de este domingo. Por supuesto que lo que más llama la atención es el juicio planteado o el estar a la derecha o a la izquierda es lo, pero creo que debe ser lo último que tendría que preocuparnos.

En el esquema religioso que tenemos, una de las cosas que no dudamos en afirmar es que Dios es todopoderoso. Y por supuesto, siempre está un argumento filosófico, una paradoja, que pareciera hacer dudar de aquella afirmación, que dice: “Un ser omnipotente no puede crear una piedra tan pesada que él mismo no pueda levantar”. Se evidencia una limitación lógica. Y aunque muchos filósofos y teólogos hayan querido dar razón de todo esto, prefiero quedarme con la idea de que a Dios poco le importa ser omnipotente o tener una súper gloria o ser Rey del Universo. Estos, recordemos, no dejan de ser atributos que nosotros inventamos, tal vez para hacer absoluto un pensamiento religioso.

Sigo afirmando que lo importante de este domingo no está en refrendar poderes o potencias, y no por eso Jesús deja de ser quien es, y lo fundamental tampoco es el juicio, o juicios, por los que tenemos que pasar. Seguramente, es todo un desafío para muchos cristianos dejar de pensar en el momento en que van a ser juzgados por el tribunal divino. Aún así, a pesar de que estas ideas estén muy arraigadas en nosotros, no podemos perder de vista lo más valioso de hoy: Jesús nos enseña cuál es el camino a seguir.

Antes cité a Santa Teresa, especialmente porque ella, en su Morada Quinta, refleja una consonancia con lo principal de este domingo. Nos dice: No te quedes embelesado en tu oración, dejando de lado a quien necesita de tu cuidado y amor. Lo mismo entendieron, por ejemplo, san Agustín y san Juan de la Cruz. El primero llega a decir: “Ama y haz lo que quieras”. El segundo: “A la tarde, te examinarán en el amor”. Todo va en el mismo sentido de las palabras de Cristo: «Les aseguro que cada vez que lo hicieron con el más pequeño de mis hermanos, lo hicieron conmigo». Y esto es lo importante.

A tal punto importa esto que tenemos que entender que el Reino de Dios no es un lugar misterioso y lejano. Él nos dice: «El Reino de Dios ya está entre ustedes» (Lc 17, 21),  entonces importa comenzar a vivir en este Reino y no creer que estamos a la espera de poder entrar. Si aceptamos a Dios en nuestras vidas, por completo —y, por favor, no creamos que esto se circunscribe a un perfecto cumplimiento de los preceptos de la Iglesia— empezaremos a vivir como ciudadanos de este reinado divino. Ahora, ya, hoy mismo.

Sólo el que ama, es decir, el que viste al desnudo, el que da de beber al sediento, el que cuida al enfermo, el que aloja al forastero y viste al desnudo, el que se ocupa en serio, con hechos concretos, del hermano, del que tiene a su lado, ese es parte del reino de Dios. Entonces sí es posible afirmar, Jesucristo Rey del Universo, de nuestro universo, del propio, porque reina el legado principal: El amor de Dios. Y todo esto se extiende incluso al amor que podemos dar al ayudar a otros que, aún teniéndolo todo, necesitan que alguien los cuide, los escuche, los limpie, como pueden ser nuestros padres. Aunque a muchos cristianos les pesa tener que cuidarlos, porque se ven encerrados en las enfermedades y limitaciones que sufren quienes le dieron la vida. Ahí está el hermano al que tengo que cuidar y amar. Aunque sólo sea por agradecer que aquellos nos cuidaron desde que nacimos.

Finalmente, afirmo sin miedo a equivocarme que Dios no es omnipotente. Y en la medida que nos parezcamos un poco a él, estaremos más cerca del Reino. Y digo que Dios no es omnipotente, porque no es capaz de crear un ser humano al que él no pueda amar.

Pelícano

Jesús es pan partidoJuan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede damos a comer su carne? » Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mi. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».
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“Quiere mucho a sus hijos, y hallándolos en el nido muertos por las serpientes, se desgarra el pecho y, bañándolos con su sangre, los vuelve a la vida”.  De este modo se refiere al pelícano Leonardo da Vinci en su Bestiario. Toda esta leyenda acerca de cómo actúa el pelícano con sus crías, antes había aparecido en la Edad Media, donde la tradición cristiana ponía a aquella ave como símbolo eucarístico, viendo en su sangre vivificadora la figura de la sangre redentora de Cristo. Incluso de esto nos habla el mismo san Agustín en sus Enarraciones sobre los Salmos. Él escribe: «Se dice que estas aves matan a sus polluelos a picotazos y que, una vez muertos, los lloran por tres días en el nido; en fin, se dice también que, hiriéndose la madre gravemente a sí misma, derrama su sangre sobre sus hijos, con la cual rociados reviven […] Si es verdad, observad cómo conviene a Aquel [Cristo] que nos vivificó con su sangre…» (Enarr. in Ps. 101, 8).

Si bien esta simbología parece anticuada, sin embargo también nos puede servir para reflexionar acerca del Corpus Christi.

Hoy tenemos a Jesús que insiste en que, para tener vida, debemos comer su cuerpo y beber sus sangre, de lo cual los judíos se sorprenden. La literalidad de aquellas palabras, ciertamente asustan o espantan. Aunque aquí debemos hacer la salvedad siguiente: Jesús está hablando desde la concepción judía del hombre, en la cual el cuerpo, o el hombre-cuerpo, se refiere a la persona. Bien se podría entender que está diciendo que el que tome su persona, lo que él es, tendrá vida eterna. Lo mismo con la sangre. Esta significa la vida misma y no es un mero símbolo. Por consiguiente, el que tome la vida de Jesús, ese vivirá eternamente.

Para nosotros no es fácil tampoco asimilar todos estos conceptos, aunque aseguremos saber qué es lo que sucede en la Eucaristía y qué es esto del Cuerpo de Cristo. Y aquí, me atrevo a decir que, probablemente, lo que vemos y entendemos es el milagro, la magia, que sucede cuando el sacerdote consagra el pan y el vino. Vemos pan y vino, pero decimos, convencidos, de que son el cuerpo y sangre de Jesús. Y todo acaba ahí, en el rito. Nosotros, en el mejor de los casos, lo recibimos y por un momento nos sentimos tocados por Dios, pero luego seguimos con nuestra vidas. Tal vez un poco distintos, pero no tanto. Por supuesto que no pretendo generalizar, pero me parece que nos sucede más o menos así.

Éste es un día especial para poder pensar y asimilar, con mayor profundidad, lo que significa el Cuerpo de Cristo. Y, si me permiten, diría que es la vida del mismo Jesús la que se nos entrega, lo cual no es para sentirnos reconfortados por un momento, como cuando uno recibe una caricia y más tarde casi que se ha olvidado cómo fue, sino para descubrir que la comunión verdadera es la que hace que nuestras vidas cambien radicalmente.

Aquí nos puede servir aquella imagen del pelícano, donde su sangre cambia el estado de los polluelos, éstos vuelven a vivir. Y eso hizo Cristo con nosotros. Nos da su vida para que revivamos, pero a una vida que no puede ser una simple continuación de lo que venía siendo, sino algo mejor, porque tener vida de Dios en nosotros, siempre tiene que superar, en bien, en amor, en entrega, a lo que era antes. Incluso tiene que llevar a aprender a dar la vida propia por los demás. Entonces nos podemos preguntar: ¿En qué se nota que recibo el Cuerpo de Cristo? ¿Sigo siendo exactamente el mismo que antes de la comunión?

Comer a Cristo, en la Eucaristía, es asimilar todo lo que ese pan significa. Ese es el signo que lleva, que conecta con la realidad trascendente que es Dios mismo, es decir Jesús. Si ese signo, ese pan, no nos une a esa realidad divina, que va más allá de los sentidos, entonces no sirve para nada. Sólo hay sacramento, verdadera comunión. cuando a través del signo, del pan y del vino, nos hacemos uno con lo significado: Dios. Aquí es donde cobra mayor fuerza y sentido el asistir a misa. Para eso se reunían los primeros cristianos, para la fracción del pan, y comían juntos, haciendo memoria de lo que Jesús hizo. ¿Acaso no debemos hacer lo mismo los que nos decimos seguidores de Cristo?

Para celebrar el Corpus Christi de la mejor manera, más allá de cantos, de custodias de doradas, de casullas blancas, de incienso y de procesiones, lo debemos hacer del mismo modo que Jesús: Comer el pan que nos ofrece, que es él mismo y ser pan partido para los demás. Así fue Cristo durante toda su vida, para hacer la voluntad del Padre, y es lo que quiere que hagamos. Si no hacemos comunión con él y nos volvemos otro Cristo, los demás ornamentos y fiestas sobran.

Seguramente será un buen indicio de que estamos asimilando el pan de vida cuando, de alguna forma, nos empecemos a parecer al pelícano, y no nos importe desgarrarnos y sangrar, con tal de que otros tengan vida, como lo hizo Jesús con nosotros. Esto es el Corpus Christi: Hoy, y en cada Eucaristía, Jesús vuelve a partirse para darnos darnos vida.