Novedad

Ciclo C – Domingo XXVIII Tiempo Ordinario

Lucas 17, 11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! » Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero? » Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
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“Lampe, su criado, le despertaba invariablemente a las cinco de la mañana. Tomaba un té y fumaba una pipa, la única del día. Leía y preparaba las lecciones hasta las siete, recibía a sus alumnos y después de la clase volvía al estudio para trabajar hasta el mediodía. Realizaba su única comida del día acompañado de un grupo cuidadosamente escogido de invitados. El alegre almuerzo y la conversación subsiguiente constituían su principal acto social y se prolongaban hasta la hora del paseo, que realizaba solo, contando los pasos y respirando por la nariz. La caminata le llevaba hasta la casa de su amigo Joseph Green, con el que pasaba la tarde hasta las siete en punto, momento en el que realizaba el legendario paseo vespertino de vuelta a casa, que servía para poner en hora los relojes. Leía hasta las diez y se dormía, tras un protocolo de relajación de un cuarto de hora en el que procuraba dejar la mente en blanco para evitar que los sueños entorpecieran su descanso nocturno” ¹.

Esto es lo que cuentan los que decían saber de él; es la rutina que se conoce de Immanuel Kant, durante los últimos cuarenta años de su vida. A muchos les puede parecer exagerado o casi una tortura vivir repitiendo, exactamente lo mismo, un día tras otro.

Hoy tenemos la curación de los diez leprosos. De los cuales sólo uno vuelve a agradecer a Jesús. Este resalta lo sucedido preguntando si acaso los otros nueve no quedaron también purificados. Y finalmente, elogia la fe del samaritano agradecido por haber quedado sano. Y, evidentemente, lo primero que podemos pensar es acerca de la falta de gratitud de los que no volvieron y elogiamos al que sí lo hizo. Pero en esto hay que destacar que los diez creyeron y confiaron en Cristo, ya que emprendieron su camino para presentarse a los sacerdotes, como les había pedido Jesús, aún sin estar curados. Es en el trayecto cuando ven que están limpios. Sólo uno vuelve. Los otros nueve, suponemos, siguen adelante para cumplir con lo mandado.

Para los diez leprosos, estar sanos no sólo fue sinónimo de vida, de no enfermedad. Significa que pudieron ser restituidos a la sociedad, y que no pasarían más por la humillación de tener que vivir fuera de la ciudad y gritando su dolencia, para que nadie se acerque a ellos. A partir de este milagro, los diez tienen una nueva vida, o recuperan la que tenían, y los sacerdotes eran los que certificaban su salud.

En nuestro caso, no podemos menos que pensar que hay situaciones en las que somos como aquellos leprosos, que piden a gritos que Dios se acuerde de ellos y los purifique. Y, gracias a la fe que tenemos, volvemos a ser nosotros mismo, porque somos restituidos por la mano del Señor. Y en esto también podemos incluir las veces que nos sentimos sanados al recibir el perdón de Jesús. Y aquí habrá que estar alertas, porque también nos puede pasar que, una vez que nos vemos curados, se nos olvida volver a dar las gracias.

¿A dónde vamos con todo esto? En primer lugar a renovar la fe y la confianza puesta en Dios. No tengamos miedo de pedir a gritos lo que necesitamos, pero sobre todo esperemos y creamos que podemos ser curados. Es decir, tenemos que movilizarnos, salir y buscar que Dios nos escuche, no quedarnos aletargados y de brazos cruzados. La fe no es un pensamiento firme y fuerte, es un movimiento interior que transforma y nos transforma. Y en esto, no hay mejores o peores creyentes, pecadores o no pecadores que merecen la cura de Dios. Todos (muy a pesar de lo que piensan algunos), incluidos los que creen no merecer nada del Señor, pueden ser sanados también. Él no ama el pecado, pero sí al pecador, por lo tanto entramos en la categoría de los merecedores del rescate de Dios. Ya vemos que el samaritano, que no era del pueblo elegido, también se beneficia de este milagro.

Antes citaba la rutina de Kant. Y es verdad que tal vez nada tengamos de todo aquello, pero sí me quedo con la palabra, rutina, en la que no debemos caer. Es que como cristianos estamos llamados a descubrir, día a día, la novedad de Dios. Un descubrir que genera nuevas formas y actos en nuestra vida, relacionados con ese reconocer la divinidad en nuestra existencia. Y este es el modo en que actúa el samaritano. Él se descubre limpio, nuevo, restituido, con dignidad, aceptado, y ese reconocimiento de lo nuevo en su vida es lo que lo mueve a desvelar la acción y aceptación de Dios en su corazón. Encuentra la novedad de Dios en su vida y vuelve agradecido. Tanto que se postra delante de Jesús, signo de reconocimiento de la divinidad de Cristo.

Entonces, deberíamos mirar con ojos limpios y percibir lo bueno y novedosos que hay en nosotros y que el Señor nos da y facilita. No podemos ser cristianos de rutina y de ritos bien realizados, de cumplimientos de horarios establecidos, simplemente porque así lo manda la Iglesia. Debemos estar  atentos y no caer en una rutina religiosa que se limite a cumplir con aquello que está prescrito. De este modo es como la religión se vuelve pesada y sin sentido, cuando en realidad Dios siempre es novedad.

Por último, decir que, aunque no estemos enfermos o necesitados, no dejemos de buscar y redescubrir a Dios en lo que somos. Él siempre nos trae algo nuevo a nuestras vidas. Sólo hay que mirar con atención para descubrirlo

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¹ Ivan Bercedo, Jorge Mestre, El sueño del reloj de Immanuel Kant, Revista Ñ digital, Especial La Vanguardia y Clarín.

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Indiferencia

indiferencia

Ciclo C – Domingo XXVI Tiempo Ordinario

Lucas 16, 19-31
Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que se vestía de púrpura y lino finísimo y cada día hacía espléndidos banquetes. A su puerta, cubierto de llagas, yacía un pobre llamado Lázaro, que ansiaba saciarse con lo que caía de la mesa del rico; y hasta los perros iban a lamer sus llagas. El pobre murió y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. El rico también murió y fue sepultado. En la morada de los muertos, en medio de los tormentos, levantó los ojos y vio de lejos a Abraham, y a Lázaro junto a él. Entonces exclamó: «Padre Abraham, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en el agua y refresque mi lengua, porque estas llamas me atormentan». «Hijo mío, respondió Abraham, recuerda que has recibido tus bienes en vida y Lázaro, en cambio, recibió males; ahora él encuentra aquí su consuelo, y tú, el tormento. Además, entre ustedes y nosotros se abre un gran abismo. De manera que los que quieren pasar de aquí hasta allí no pueden hacerlo, y tampoco se puede pasar de allí hasta aquí». El rico contestó: «Te ruego entonces, padre, que envíes a Lázaro a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos: que él los prevenga, no sea que ellos también caigan en este lugar de tormento». Abraham respondió: «Tienen a Moisés y a los Profetas; que los escuchen». «No, padre Abraham, insistió el rico. Pero si alguno de los muertos va a verlos, se arrepentirán». Pero Abraham respondió: «Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, aunque resucite alguno de entre los muertos, tampoco se convencerán».
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“Repugnancia, piedad, indignación y horror eran emociones vedadas en la psicología del prisionero [del campo de concentración]”.

Esta es una de las conclusiones que Victor Frankl nos cuenta en “El hombre en busca de sentido”, tras el análisis y reflexión de lo sufrido en el campo de concentración de Auschwitz. Es lo que le sucedía a los prisioneros, en lo que él le llama: Segunda Fase, la de apatía.

El evangelio de hoy nos trae al rico y al pobre, en dos mundos que no se cruzan ni aún después de muertos los dos. Jesús nos presenta una historia que nos dice mucho más que una simple conclusión, donde los ricos difícilmente van al cielo y los pobres, prácticamente, por el hecho de se pobres, ya están salvados.

Una primera idea que podemos tener en cuenta es que aquél concepto que se tenía, donde los ricos, por la riqueza que poseían, habían sido bendecidos por Dios, Jesús lo tira por tierra. Ya vemos la suerte del que termina en el infierno. Pero al mismo tiempo no podemos concluir, ligeramente, que el tener riquezas implica dificultad para entra al cielo. Ni tampoco podemos pensar que esta es la mejor manera de consolar al pobre, diciéndole: «Ahora te toca sufrir, pero después vas a ser feliz con Dios». Porque a ninguno de nosotros nos gusta pasar necesidad ni hambre, por mucho cielo que nos prometan.

Lo siguiente será, entonces, pensar cuál es el punto central de este evangelio. Cosa que a mi entender está en la indiferencia del rico hacia el pobre. Eso es lo que al condenado a las llamas lo lleva a terminar de esa manera. No son sus riquezas las que lo mandan al infierno, sino el ser indiferente, apático, al pobre Lázaro que tiene a la puerta de su casa.

Aquí es donde yo retomo lo que nos cuenta Victor Frankl. Es que, salvando las distancias, o sin distancias, en ocasiones, sin saberlo, vivimos en una suerte de “segunda fase”, en la apatía o la indiferencia hacia la pobreza o necesidad de los demás. No me atrevo a decir que sentimos repugnancia, impiedad, indignación y horror por los pobres que vemos, pero sí que en más de una ocasión pasamos sin mirar y seguimos nuestro camino sin hacer caso al que nos pide. Entonces, ¿no nos parecemos un poco al rico del evangelio, aunque no seamos millonarios?

Y en esto, creo que es bueno ampliar las miras. En primer lugar, como venimos viendo, hablamos de los pobres de riqueza material, a los que no podemos dejar de ayudar. Hay que dar de comer al hambriento y vestir al desnudo. Pero también hay pobres de soledad, por ejemplo. Personas que viven abandonadas y olvidadas y que ni siquiera sus familiares le hacen caso. Y así podemos enumerar muchas de las pobrezas que ocurren muy cerca de nosotros, a las que no podemos dejar de responder. Porque si en algo la Iglesia, es decir nosotros los cristianos, nos queremos parecer a Jesús, tendrá que ser en ayudar a todo el que nos necesita. Desafío perenne de nuestro ser hijos de Dios.

Es la indiferencia la que condena, la que nos coloca a un abismo de distancia para poder llegar hasta Dios. Y lo que pasa cuando nos centramos en lo que poseemos, porque corremos el riesgo de volvernos ciegos a estas situaciones de dolor, y por tanto apáticos a la necesidad del que tenemos a nuestro lado, porque nos encontramos muy a gusto entre las cosas que nos prometen aparente felicidad sin fin.

Y es que es esa indiferencia la que a veces produce injusticia y desigualdad, y a nadie le duele, porque se termina ignorando.

Nostalgia del presente

Está viniendo - Adviento I

Ciclo C – Domingo I de Adviento

Lucas 21, 25-28. 34-36
Jesús dijo a sus discípulos: Habrá señales en el sol, en la luna y en las estrellas; y en la tierra, los pueblos serán presa de la angustia ante el rugido del mar y la violencia de las olas. Los hombres desfallecerán de miedo ante la expectativa de lo que sobrevendrá al mundo, porque los astros se conmoverán. Entonces se verá al Hijo del hombre venir sobre una nube, lleno de poder y de gloria. Cuando comience a suceder esto, tengan ánimo y levanten la cabeza, porque está por llegarles la liberación. Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día no caiga de improviso sobre ustedes como una trampa, porque sobrevendrá a todos los hombres en toda la tierra. Estén prevenidos y oren incesantemente, para quedar a salvo de todo lo que ha de ocurrir. Así podrán comparecer seguros ante el Hijo del hombre.
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En aquel preciso momento el hombre se dijo:
Qué no daría yo por la dicha
de estar a tu lado en Islandia
bajo el gran día inmóvil
y de compartir el ahora
como se comparte la música
o el sabor de la fruta.
En aquel preciso momento
el hombre estaba junto a ella en Islandia.

Este poema de Jorge Luis Borges, titulado “Nostalgia del presente”, tal vez lleva nuestro pensamiento a imaginar dos enamorados, uno que habla y otro que se añora. Y claro que el evangelio de hoy no habla de este tipo de amor, sino de los tiempos de catástrofes y sufrimientos, contrarrestados con la esperanza del día de la liberación y la salvación. Y todo esto lo podríamos definir como los tiempos escatológicos, los que vendrán, los tiempos últimos de la humanidad y el universo. Pero a pesar de esta distancia entre poema y lectura, creo poder encontrar un sustento en aquel que nos ayude a profundizar la Palabra de Dios.

A su vez, hoy celebramos el primer domingo de adviento. El primero de cuatro que se presentan como camino de preparación para la celebración del nacimiento de Nuestro Salvador. Y en conclusión, podemos decir que tenemos una celebración cercana, la Navidad, y un tiempo futuro, escatológico que, desde el fe, nos impone respeto y una pregunta: ¿Qué será de nosotros? Y teniendo en cuenta este panorama, tengo la impresión de que nos situamos como en dos momentos: La memoria o recuerdo del nacimiento de Jesús y un final futuro, donde compareceremos ante el Hijo del Hombre. Sin embargo creo que todo esto se conjuga en una sola afirmación: El presente.

Aquí podríamos hacer una afirmación clara y cierta: El adviento nos prepara para celebrar la actualización del nacimiento de Jesús, que es quien nos salva, con lo cual, me atrevo a decir, los tiempos futuros también se hacen presente.

Antes repasábamos aquellos versos de Borges, y Él titula su poema “Nostalgia del presente”, lo cual parece, a priori, una contradicción, ya que la nostalgia evoca algo del pasado, y el presente es ahora. Aún así, también podemos decir que aquella nostalgia también puede ser añoranza de algo que jamás hemos tenido, o de algo que está sucediendo. Y esto tal vez lo entendamos, no desde la lógica del razonamiento, sino desde la ilógica que puede ser la vida del ser humano. Cuántos que se aman, se dicen, el uno al otro: ¿Cuándo nos vemos? Te extraño, quiero verte, mientras se tiene delante a quien es extrañado y deseado. La razón diría: Pero cómo va a decirle que quiere ver a la otra persona, si la tiene delante. En cambio, la “irracionalidad” del enamorado quiere ese momento y el que está por venir, y lo quiere ya. Por eso tal vez Borges dice, Qué no daría yo por la dicha/ de estar a tu lado en Islandia/ —para concluir: En aquel preciso momento/ el hombre estaba junto a ella en Islandia. Tal vez porque en el amor, donde vive uno vive el otro, aunque haya distancia entre los dos.

Y esto es lo que creo que también podemos encontrar en el evangelio. Un futuro que es presente, una salvación que a veces parece estar muy lejos, pero que sin embargo vuelve a suceder cuando Jesucristo nace, para luego salvarnos en la cruz. Es hoy cuando el Señor nos salva, si así lo hemos aceptados en nuestras vidas.

Sabemos que la celebración de la Navidad no es un simple recuerdo de algo que pasó hace más de dos mil años. No es un simple acto de respeto a la memoria de quien fuera el Hijo de Dios. Es una actualización, un volver a vivir hoy lo mismo que pasó en aquél portal de Belén. No podemos quedarnos sólo con la nostalgia de lo hermoso del nacimiento. Y esto, volvemos a afirmar, vuelve a ser nuestra salvación. Podríamos decir, que aquello que esperamos con cierto misterio, la liberación por el Hijo del Hombre que vendrá sobre un nube de gloria, ya sucedió y vuelve suceder. Y esto es lo que creo que deberíamos asimilar: Que este nacimiento es ya el signo de nuestra liberación y salvación, si lo aceptamos y creemos en Jesús. Es como decirle a Jesús, parafraseando a Borges: Qué no daría yo por la dicha/ de estar contigo, Jesús mío —para luego concluir: En aquel preciso momento/ estamos ya con él vivos en el cielo.

Es vivir hoy lo que creemos futuro, y para esto debemos prepararnos en este adviento, que es el camino que hacemos para encontrar a Dios que quiere y vuelve a nacer en nuestras vidas, si así lo aceptamos. Y mientras vamos, ojalá que no nos dejemos aturdir, —en palabras del evangelio— por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, que nos distraen de lo más importante: El nacimiento de nuestra salvación.

Amor sin cruz

Crucificado

Ciclo B – Viernes Santo

Para leer la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según san Juan (18, 1—19, 42), hacer click aquí
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“Impulsados por el amor, los fragmentos del mundo se buscan mutuamente, de manera que el mundo pueda llegar a ser”. Esta es una frase muy sugerente de Teilhard de Chardin, religioso Jesuita, paleontólogo y filósofo francés, fallecido en 1955. También cabe decir que su escritos están en entredicho y hasta prohibidos por la Santa Sede. Los temas controvertidos son varios, pero en este caso no entramos en disquisiciones teológicas, sino simplemente nos abocamos a lo que la frase puede sugerirnos y ayudarnos para la reflexión de este Viernes Santo.

Hemos recordado, una vez más, la pasión de Jesucristo. Y no sé hasta donde nos moviliza, o conmueve. Aunque también sólo puede se un recuerdo, doloroso, pero nada más que una memoria de lo que nos han contado. Y en especial hoy nos detenemos ante la figura de la cruz y el crucificado. Es el punto de atención y el que, al mismo tiempo nos causa desconcierto. Incluso surgen preguntas como: ¿Por qué Jesús tuvo que morir así? ¿Era realmente necesario? ¿No tenía Dios otra forma de salvarnos?

Básicamente todos estos cuestionamientos, me parece, tienen un punto en común: Nos apena ver el sufrimiento y nos quedamos con la imagen horrible de un hombre descarnado y sanguinolento que paga por lo que no hizo. Mira todo lo que sufrió por nosotros, por mí —podemos decir— cómo vamos a seguir portándonos mal —tal vez concluimos. Al mismo tiempo agradecemos que por él obtengamos la salvación, aunque no sé si realmente comprendemos esta muerte relacionada con el que nosotros nos libremos de la pena y de la culpa de nuestros errores.

Entonces, para dar un mejor enfoque al por qué Jesús murió en la cruz, deberíamos asimilar que todo esto no tiene validez por la cruz en sí misma, ni por el sufrimiento físico de Jesús, aunque eso es, probablemente, lo que más nos conmueve, sino que lo vivido y padecido por Cristo tiene su validez por el amor que él manifiesta en esta entrega. Y si hoy adoramos la cruz, no estamos haciendo prensa de su desgarradora muerte, sino de su profundo amor, explícito en esa cruz.

Jesús vivió en un momento en el que sus obras y su mensaje tenían una gran chance de terminar como terminó el Hijo de Dios y, sin embargo, él no se echa atrás, sino que sigue adelante con lo que sabía era lo mejor para todo el mundo: Descubrir el verdadero rostro de Dios y su infinito amor, aunque esto lo llevara a morir como lo hizo.

Esta es la razón más profunda que hoy debemos comprender, que Dios es capaz de morir crucificado para decirnos que nos ama, para no mostrar ambigüedades, para no ser incoherente, para ser claro en su mensaje. No le importa perder la vida con tal de enseñarnos cómo se llega a la salvación. Y es lo que nosotros deberíamos hacer, además de los ritos de adoración y memoria: Comenzar a imitar esta forma de amar y plantearnos que para ser cristianos, para ser seguidores de Cristo, tenemos que ser capaces de amar dando la vida por los demás. Y esto incluso se puede entender hasta de un modo literal. Y por supuesto que no estamos pidiendo la muerte de nadie, porque incluso sin la muerte física puede haber un amor similar al de Jesús, lo cual nos salvará. No es la muerte en sí misma la que salva, sino el amor por el cual la asumimos.

La frase de Teilhard de Chardin nos habla de que el mundo va a llegar a ser cuando los fragementos del mundo, impulsados por el amor, se unan. Y la clave está también en ese impulso, el del amor. Y es lo que hizo Jesús. «Él mismo había anunciado: Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33). Y así fue. El mundo dividido, fragmentado, se hizo uno a causa del amor manifestado en su cruz. Y seguirá haciéndose uno en la medida que ese amor siga vivo y presente en cada instante de nuestras vidas.

Tenemos que aprender a morir por amor. Así seremos uno con Dios, así habrá cielo para nosotros. Por lo tanto habrá que morir a la maldad, al odio, a la violencia, a la mezquindad, a la apatía, al insulto, al ninguneo. Pero en especial habrá que morir al egoísmo. El que sólo nos hace pensar en nosotros mismos y nos aleja, infinitamente de toda cruz, de todo amor y, principalmente, de toda salvación.