Lo que de verdad importa

Ciclo A – Domingo V de Cuaresma

Juan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá? » Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se sanará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? » Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron? » Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? » Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tu me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera! ». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
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Ante un hecho tan humano, como lo es la muerte misma, no son sólo los humanos los que sufren la pérdida, también Dios, Jesús, que es humano al mismo tiempo, llora la pérdida de su amigo. Se conmueve.

En la época en la que vivimos nos falta todavía lograr ser humanos en serio. Bueno, no todo es así y menos mal que hay quienes viven su “ser humanos” con profundidad, si no, esto no habría quién pudiera aguantarlo.

Recuerdo una película que vi hace poco tiempo. Se titula “Lo que de verdad importa”. Desde el inicio este film tiene algo especial: Es completamente benéfico. La historia es simple y misteriosa al mismo tiempo. Aunque también deberíamos decir que es de una espiritualidad sin reflexión alguna. Más bien es “mágica”. Pero es cierto que apunta justo al centro de lo que una gran mayoría anhelamos, de uno u otro modo: Un milagro. O mejor, el señor de los milagros. A todos nos vendría bien que alguien nos curara mágicamente. Entonces, podríamos decir, seguimos en el mismo esquema de lo que esperaba la gente en el tiempo de Jesús.

Y es que parece que es lo que más recordamos y anhelamos de Jesús de Nazaret. Ojalá pudiéramos tocarlo, y todo quedaría solucionado —decimos con cierta nostalgia. Aún así, me cuesta creer que nuestra fe en Dios es más grande cuanto más grande es la evidencia de su milagrosa intercesión.

Si nos fijamos en las palabras de Marta y de María, ellas deseaban que Jesús hubiera llegado antes de que muriese Lázaro. Es que esperaban el milagro de la curación. Lo mismo nos pasaría a nosotros. Sin embargo vemos que Cristo no llega y luego llora por la pérdida de su amigo. ¿Cómo es que llora si, según nos relata el evangelio, sabía lo que iba a hacer?

Este es el punto que deseo subrayar del mismo Dios y de su humanidad: No deja de conmoverse con el que está sufriendo. Y así lo hace (eso me gusta pensar y creer) con nosotros cada vez que pasamos por algún dolor. Él no se ausenta, sino que llora a nuestro lado y nos vuelve a dar esperanza. Y de esto, probablemente, somos conscientes, aunque me parece que en ocasiones no nos satisface del todo. Tal vez porque seguimos deseando (y rabiando porque no sucedió como queríamos) que Cristo se hubiera adelantado y evitado nuestro sufrimiento.

Y esto es lo que aprendemos de este evangelio: Que Dios no puede ser aquél que sólo viene a evitarnos los golpes y dolores, aquél que sólo está para remediar nuestros males y evitar los desgarros y las pérdidas. Porque si esa es nuestra concepción de él, entonces pueden surgir preguntas como: ¿Por qué Dios permite esto?

La vida transcurre, con sus alegrías y sus penas, incluida la muerte, episodio tan indeseado como cierto de suceder. Entonces nos aferramos a la promesa de Jesús, de vivir eternamente con él. Y todo lo percibimos como una suerte de premio que consuela nuestra incertidumbre de no saber qué va a suceder, una vez que muramos. Pero no creo que sea exactamente esa la propuesta de Cristo.

Para hacerlo fácil y corto: Él nos promete una vida nueva desde el momento en que lo aceptamos en nuestro corazón. Bien podríamos decir que él se hace nuestra Resurrección, de modo inmediato, porque hemos sido capaces de dejar todo aquello que nos ata y no nos deja ser de Dios. Luego, viviendo esta nueva vida en Él, no hay muerte que valga, porque no dejará de ser una anécdota en este vivir continuo con el Señor.

Creo que a esta conclusión y experiencia personal llegaron aquellos que pudieron decir, como Santa Teresa:

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

¿Qué es entonces lo que de verdad importa?

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Siempre es hoy

Resurrección

Ciclo C – Domingo de Resurrección

Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.
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Cuando empiezas a tomar conciencia de la vida y las responsabilidades que esta conlleva, se suma, a todos los cliché sociales, el concepto que tienen los que te rodean, acerca de cómo hay que vivir. Argumentos contundentes que delimitan las edades en las que puedes, o debes, hacer determinadas cosas, como cuándo hay que estudiar, salir, viajar, casarte, mudarte, tener hijos, buscar trabajo y otros menesteres que supuestamente van, uno detrás de otro, en los años que te toca caminar sobre esta tierra.
Pero lo que no tiene momento exacto ni único y oportuno, lo que no puede encasillarse en determinados años, meses o días es vivir como resucitados.

Hoy Juan nos recuerda cómo fue que aquellos, mujeres y hombres, empezaron a comprender lo que había sucedido con Jesús. Y nosotros estaremos pensando en su Resurrección y el cuerpo glorioso, que también será el nuestro, Dios mediante. Y probablemente estamos con la idea puesta en el futuro, donde por fin viviremos, resucitados, al lado del Señor. Pero no creo que aquellos hombres, seguidores del nazareno, pensaran en todo esto que nosotros definimos y afirmamos acerca de la Resurrección de Cristo y resurrección nuestra.

Entiendo que, al encontrar el sepulcro vacío, aquellos apóstoles, mujeres incluidas, empezaron a entender qué significaban las palabras que el mismo Jesús les había dicho, acerca de su inevitable pasión y hacia dónde iba con todo aquello. Y comprendieron que resucitar no es un acto externo, sino una vivencia interior. Y así lo comenzaron a vivir, a tal punto que todo en sus vidas se convirtió en llevar y transmitir lo que ellos habían encontrado en el mismo Hijo de Dios. Especialmente su vida de amor por la humanidad.

En nuestro caso, a diferencia de aquella reflexión inicial, la cual hice a raíz de escuchar a Maxim, un señor que a sus 92 años pretendía casarse, con la misma ilusión que lo haría un joven de 20, 25 o 30 años. Y es que, al final, parece ser que no hay dogma de vida que no se pueda romper. Pero sobre todo, no hay momento mejor y adecuado para vivir la resurrección. Más bien diría que todos los momentos son los más oportunos.

Sinceramente, creo que si hacemos un repaso por la vida de Jesús, todo en él fue vivir en una dimensión diferente a la nuestra, como resucitado, pero sin haber muerto todavía. Alguien que es capaz de no condenar, sino de perdonar sin condiciones, alguien que pone la otra mejilla cuando le abofetean, alguien que es capaz de darlo todo, con tal de que el amor de Dios quede patente y sin confusiones, no puede ser otro que alguien que ya vive en un lugar diferente, diría del lado de Dios y eso ya lo hacía ser un hombre resucitado, aunque después, efectivamente, llegara todo lo que fue su pasión, muerte y resurrección.

Y a nosotros nos queda saber que, igual que él, igual que aquellos apóstoles y aquellas mujeres, a veces nos toca soltarnos de la mano de lo políticamente correcto, del sentido común, de la prudencia, de los límites de cordura, para empezar a vivir la resurrección en todo momento. Y eso significa que en cualquier lugar o circunstancia, seremos capaces de vivir el amor de Dios, evidenciado en nuestro amor al prójimo.

La Resurrección no es un concepto solamente, ni una explicación teológica de lo que sucedió con Jesús y de lo que sucederá con nosotros. La Resurrección es una vivencia interior que te hace explotar el corazón, porque estás lleno del amor de Dios y no puedes esperar al momento mejor y oportuno para amar, como ama el Señor.

Es vivir, tal vez como Maxim, que no sabía de edades para hacer lo que creía que tenía que hacer, y saber que vivir con Dios siempre se conjuga en presente. Es hoy que resucitamos con Jesús, porque hoy somos capaces de amar, sin importar la edad que tengamos.

Dentro de ti

Dentro de ti B&N

Ciclo B – Domingo de Resurrección

Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.
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“Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. El camino de la mayoría es fácil… el nuestro difícil”. Este pensamiento es de Hermann Hesse, en su obra “Demian”, publicada bajo el seudónimo de Emil Sinclair. Aquél hombre, germano-suizo, fue escritor, poeta, novelista y pintor y falleció en 1962. Y lo que dice, me parece, nos puede ayudar a reflexionar sobre este gran acontecimiento: La Resurrección de Jesús, la Pascua.

Tenemos una escena fabulosa en el Evangelio de la cual, más allá de lo descrito, también podemos imaginar que sus protagonistas sintieron miedo, desconcierto, angustia, nervios, y posiblemente se preguntaron: ¿Qué pasó? ¿Quién fue? ¿Y Jesús? ¿Y su cuerpo? ¿Qué hacemos ahora?

Lo cierto es que a partir de entonces ellos comenzaron un proceso de asimilación de lo que estaba sucediendo y de lo que Jesús les había venido anunciando. En aquél momento, con el sepulcro vacío, dice la escritura, los apóstoles todavía no entendían, pero después sí, y eso lo sabemos por los escritos posteriores. Comenzaron un proceso interior muy profundo, que los llevo a entender lo que significaba la Resurrección y la Vida Nueva propuesta por Cristo. Y aquí la pregunta es si nosotros también, claramente, hemos entendido la Resurrección.

Rápidamente podemos responder que nos estamos refiriendo a la vida después de la muerte, lo cual nos muestra lo que va a pasar con nosotros, cuando fallezcamos. Resucitaremos, es decir, iremos al cielo con Dios, si así lo merece la vida que hemos llevado. Esto incluso lo afirma el catecismo de la Iglesia Católica: «Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y Él los resucitará en el último día» (CCE nº 989).

Es así que, en el pensamiento general de los creyentes, la Resurrección es un momento que tiene más conexión con el futuro después de esta vida, antes que con en el momento presente, aunque sabemos que nuestros actos tienen consecuencias sobre esa posible resurrección. Y no vamos a decir que eso esté mal, pero tal vez esta forma de entender la Resurrección nos fija más en la idea de un premio que se espera obtener por la Gracia de Dios y no tanto de una posibilidad de vida actual, aquí y ahora, como resucitados.

Antes citaba a Hermann Hesse, quien afirma que «No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse»; y me parece oportuno tomar este pensamiento para plantear que la Resurrección tiene que ver, totalmente, con la vida interior de cada uno de nosotros. Tiene que ver con el “espíritu y no con la “carne”, tiene que ver con la realidad interna y no tanto con la externa, o al menos no en primera instancia. Es así que, para comenzar a vivir como resucitados tenemos que hacer el proceso que hicieron los apóstoles y pasar de lo externo, como pueden ser los milagro, por ejemplo, a lo interno, a una vida nueva, la de Dios.

Por lo tanto, si comenzamos a vivir como resucitados ahora, esa vida perdurará, no acabará con la muerte física. Será un continuar viviendo lo que ya conocimos antes. Es lo que les pasó a los discípulos y a los santos y a todos aquellos que cambiaron su vida por completo, porque entendieron quién era Jesús antes y después de la muerte, el cual fue siempre el mismo, y supieron que vivir como resucitados no tiene raíces en las “felicidades externas y caducas” que nos hacen creer que ahí está el cielo, y que incluso llegan a suscitar cualquier acto con tal de obtenerlas, aun actos que nos alejan de Dios. Y esto no significa necesariamente que tenemos que arrojar fuera todo lo que somos y tenemos, para decir que entendimos la Resurrección, sino que significa que empezamos a vivir lo más auténtico que tenemos de Dios dentro de de cada uno nosotros. Cosas como el humildad, la generosidad, la solidaridad, pero especialmente el amor, que luego se traducirán en actos concretos de vida.

Nos daremos cuenta de que estamos viviendo como resucitados si nos situamos más en el amor que en el egoísmo. La vida interior profunda, la de los resucitados en Cristo, se condice con el amor auténtico, el más parecido al de Dios. En cambio, si nuestra vida está situada más en las realidades externas, es muy probable que estemos más familiarizados con el egoísmo. Tal vez por eso a los que viven una vida interior funda en el amor de Dios les es más fácil pasar por la muerte física, no así a los que viven más externamente, en el egoísmo, porque se aferran a lo que creen su mayor tesoro, lo que pueden ver y tocar.

Esto es posible para cualquiera que así lo desee y se decida a vivir la Resurrección, ahora; experiencia auténtica del amor de Dios. Y, parafraseando a Hesse, una vez que sintamos en Dios auténticamente ya no podremos elegir otro camino, aunque éste sea el más difícil. Porque vivir como Resucitados no es fácil, pero tampoco es imposible. Entonces, ¿qué tenemos que hacer para vivir esta Vida Nueva? Tenemos que decidirnos a amar. Así, como los apóstoles, poco a poco iremos entendiendo lo que es la Resurrección.

A la luz del día

ResucitadoJuan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?» Jesús les respondió:  «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».. Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se sanará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?» Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba! » Pero algunos decían: «Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»  Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera! ». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
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Rima LVIII -Gustavo Adolfo Bécquer-

 

Después de estos versos de la Rima LXXIII de Gustavo Adolfo Bécquer, no podemos menos que pensar en el tema central del evangelio: A Lázaro muerto en una tumba y su vuelta a la vida. Está claro que de este modo, por la afirmación del mismo Jesús, aquella gente, admirada, aceptó y creyó que él había sido enviado por Dios. Aunque no sabemos hasta dónde llegaron a comprender todo lo que Cristo les enseñó en aquél momento. Esto, también nos llega a nosotros y debemos preguntarnos si, por ver cómo un muerto recupera la vida, también creemos en el Hijo de Dios.

Tenemos a Marta y a María que llaman a Jesús para que cure a su hermano enfermo. Luego se lamentan de que aquél no haya llegado a tiempo, pero Jesús —nos dice— tiene claro que así deben suceder las cosas para gloria de Dios. Finalmente, termina devolviendo la vida a su amigo Lázaro, no sin antes dejarnos una imagen muy humana de su dolor (como hombre que era), demostrado en las lágrimas que derrama. Y de esto nos podemos quedar con varias ideas o mensajes. Una es que no hay imposibles para Dios. Otra puede ser que Jesús era verdadero hombre, pero también verdadero Dios, por el milagro que hizo. Además, podemos pensar el tema de la resurrección de los muertos. O a lo mejor, se nos ocurre reflexionar acerca de nuestra muerte y nuestra resurrección.

Por supuesto que no vamos a meternos en un tema un tanto macabro, pero al fin y al cabo es una realidad de la que no nos vamos a escapar. De hecho, cuanto más lejos esté el fin—decimos— mucho mejor. Nadie tiene apuro en salir de este mundo. Esto es algo que a todos, en mayor o menor medida nos preocupa, más cuando miramos nuestra vida y nos preguntamos si seremos admitidos en el cielo. Y, añadido a esto último, tenemos cuestiones acerca de cómo será aquello, de qué manera nos encontraremos con Dios, si van a estar nuestros seres queridos esperándonos y cuál será el aspecto que tendremos. Suponiendo que creemos en la Resurrección prometida por Jesús, entendida a nuestro modo, y al de Marta.

No nos gusta mucho hablar de la muerte, y menos de la propia, pero visto desde el mensaje de Jesús, creo que nuestra mayor preocupación no debe ser la muerte y sus consecuencias, sino cómo vivimos hasta que llega el día menos deseado. Y para esto vuelvo a traer los versos de Bécquer, ya que nos pone delante la descripción de una muerte y su funeral y entierro, destacando la soledad de los muertos, y al mismo tiempo dejando preguntas acerca del destino final que tendremos. Es una poesía helada y cruda. Pero esto contrasta (por eso cito esta rima) con una parte del evangelio que me parece muy importante. Jesús dice: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».

Nosotros decidimos si, en la vida, caminamos de día o de noche y, dependiendo de nuestra opción, la vida puede significar quedarnos en un nicho donde se hielan los huesos, o vivir en un cálido abrazo con Dios. Y esto último sucederá desde el momento en que aceptemos el mensaje de Jesús. Si le damos cabida, entonces vivimos bajo la luz, es decir, resucitados. Es que lo que dice el evangelio supera la visión de Marta, y la nuestra, acerca de la resurrección, y que afirma: Al final de la vida resucitaremos. Jesús nos viene a decir que con él ya tenemos una nueva vida, la definitiva, una vida gloriosa. Él dice: «Yo soy la Resurrección y la Vida». Lo hace en tiempo presente. El que lo acepta, acepta esta nueva vida de resucitado, de luz, hoy, no sólo para el futuro. Hay que dejar de pensar la resurrección como una perpetuidad de la vida biológica que tenemos.

Qué hacer entonces, es la duda que nos surge. Y podríamos resumir en que, en el día a día, debemos esforzarnos en vivir la vida bajo la luz, aceptando al mismo Cristo. Esa debe ser nuestra única preocupación, y después que venga la muerte cuando quiera. Y eso significa que nuestras obras y actos tienen mucho que ver con lo que Dios nos pide a todos: Siempre resumido en el amor a Dios y al prójimo.

Si vivimos bajo esta opción de “a plena luz del día”, incluso podríamos afirmar, desde la fe, que tenemos vida en serio, y si nuestros actos son más bien fieles a la oscuro y a la nocturnidad, entonces, aunque respiremos, estamos muertos, antes y después de la muerte. Somos nosotros los que decidimos.

Hay que añadir que nunca está la suerte echada de una vez para siempre. Porque nosotros mismos fluctuamos. A veces actuamos bajo la luz y otras en la oscuridad. Tendremos que esforzarnos entonces para que la mayoría de nuestros actos sean de luz, de aceptación de lo que Cristo nos ofrece. Y si descubrimos que estamos un poco parecidos a lázaro, vendados de los pies a la cabeza, en una tumba y malolientes, todavía nos queda la posibilidad de poder escuchar a Jesús que nos dice: «¡Lázaro, ven afuera!».

¿Cómo vivimos? ¿Somos de la luz o de la oscuridad? Dejemos que Jesús nos desate y nos deje ir, para poder vivir a plena luz del día, es decir Resucitados.