Saber elegir

sber-elegir

Ciclo A – Domingo I de Cuaresma

Mateo 4, 1-11
Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto, para ser tentado por el demonio. Después de ayunar cuarenta días con sus cuarenta noches, sintió hambre. Y el tentador, acercándose, le dijo: «Si tú eres Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes». Jesús le respondió: «Está escrito: “El hombre no vive solamente de pan, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios”». Luego el demonio llevó a Jesús a la Ciudad santa y lo puso en la parte más alta del Templo, diciéndole: «Si tú eres Hijo de Dios, tírate abajo, porque está escrito: “Dios dará órdenes a sus ángeles, y ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra”». Jesús le respondió: «También está escrito: “No tentarás al Señor, tu Dios”». El demonio lo llevó luego a una montaña muy alta; desde allí le hizo ver todos los reinos del mundo con todo su esplendor, y le dijo: «Te daré todo esto, si te postras para adorarme». Jesús le respondió: «Retírate, Satanás, porque está escrito: “Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto”». Entonces el demonio lo dejó, y unos ángeles se acercaron para servirlo.
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Antes había un proceso que consistía en pensar, crear, escribir y publicar. Ahora se empieza por el fin, por publicar.

Esto lo leí en un artículo titulado “La literatura según Jorge Luis Borges” y creo que describe, entre otras cosas, la inmediatez en la que pretendemos vivir. Y el evangelio de hoy nos habla de tentaciones, desiertos y ayunos. ¡Cómo han cambiado los tiempos! ¿Es que han cambiado realmente o creemos que han cambiado?

Es verdad que no vivimos en el tiempo de Jesús, aunque que cualquiera que quiera pasarse en el desierto cuarenta días, con sus cuarenta noches, sin comer, seguramente morirá, como pasaría también en aquella época. Y eso no ha cambiado. Aunque en el caso de Jesús (no lo ponemos en duda) tal vez lo más importante no es saber si comió o no comió, o si fueron cuarenta días y treinta y nueve noches; en cambio sí interesa saber cómo hacemos nuestra esa experiencia, que no es ajena a nuestra naturaleza, porque todos sufrimos tentaciones.

Bien podemos clasificar las tentaciones y saber que surgen a nivel de nuestros sentidos (tentación de convertir las piedras en pan), o como vanagloria y engreimiento, que no es otra cosa que una presunción y orgullo de lo que uno puede valer (tírate y verás cómo los ángeles te sostienen), o tal vez en forma de poder (ofrecimiento de todos los reinos). Y así tan bien definidas, se ve con claridad cuál es cada una de ellas, pero en la vida real, no siempre aparece todo tan distinguido. Y ahí está lo que, a mi entender, debemos aprender de Jesús: A saber darnos cuenta y elegir entre lo bueno y lo que aparenta ser bueno. Y lo bueno está en aquello que nos hace más humanos y más de Dios.

Así mismo, estos días de desierto que nos cuenta el evangelio son signos del camino que debemos hacer. Y me gusta pensar que no sólo son sinónimo de un tiempo donde nos golpeamos el pecho, porque somos muy malos y pecadores y por lo tanto hay que hacer penitencia. Y a pesar de que tal vez tenemos faltas que necesitan enmienda, también este puede ser un período donde aprendemos a fortalecernos, para afrontar las tentaciones que pueden venir. Para ello habrá que hacer un alejamiento del actual pensamiento dominante, donde creemos que todo es inmediato, porque el cielo, no se gana en dos días.

Aquella afirmación de Borges manifiesta una realidad que, tal vez, es la de muchos que desean escribir un libro y que, a priori, están pensando con quién van a publicar y la presentación del libro, antes de haber terminado de escribir. Y es que, si bien es bueno buscar y luchar por alcanzar nuestros objetivos, también está claro que todo lleva un proceso, es decir, un desierto. Y en el caso que nos ocupa hoy, no pocas veces, el desierto será el que surge de no saber elegir bien y caer en las tentaciones que se nos presentan, porque la fragilidad de nuestra humanidad, a veces, no da para más que para el ensayo y el error. Y es con estos golpes como aprendemos a mirar y evaluar cada opción que tenemos delante, para ir, poco a poco, eligiendo como elige Jesús. Y este proceso es necesario. No podemos simplemente dar el salto y pasar del día uno al día cuarenta.

Y mientras hacemos el desierto, es bueno recordar que contamos con la Gracia de Dios, que nos ayudará a soportar calor y la hambruna. Sin caer en la idea de que es Dios quien, mágicamente, evita que caigamos en las tentaciones que sufrimos. Él nos ayudará, pero también somos nosotros los que debemos luchar, como lo hizo el mismo Jesús. Quien, aun siendo el Hijo de Dios, sufrió el ser tentado.

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Expectativas propias

Jesús es tentado

Ciclo C – Domino I de Cuaresma

Lucas 4, 1-13
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si Tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan». Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si Tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto».  Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si Tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno.
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“Con el fin de construir nuestra nación, debemos superar nuestras propias expectativas”.

Esta es una frase que Nelson Mandela (Morgan Freeman), en la película “Invictus”, le dice al capitán de los Springboxs, François Pienaar (Matt Damon), en un diálogo que mantienen ambos en la casa presidencial. Y a partir de ese momento comienza todo un movimiento para que, no sólo aquél equipo gane el Mundial de Rugby de 1995, sino para que esto sea motivo, causa y cauce de la unión de toda una nación, y así superar el apartheid. Y claro que el evangelio trata un tema muy distinto y muy nuestro a la vez, ya que las tentaciones no sólo son de Jesús. Y este pasaje bíblico creo que podemos abordarlo también a partir de aquél pensamiento.

Estas tres tentaciones, que también son nuestras, las podríamos resumir en tentaciones de placer, de gloria y poder, y de vanagloria. Y evidentemente las respuestas de Jesús nos parecen lo más acertado: “No sólo de pan vive el hombre”, “Adorarás al Señor tu Dios” y “No tentarás al Señor tu Dios”. Y, en teoría, sabemos que debe ser así, sin embargo nos vemos más que en aprietos a la hora de decir “No” a las tentaciones que padecemos.

Si bien podemos detenernos en más de una explicación, con ejemplos incluidos, en cada una de las tentaciones, creo que sería bueno resaltar de ellas el punto en común. Aquellas y las que podamos pensar, siempre nos llevan a un mismo lugar: “Sólo pensar en nosotros mismos”. Y de ahí viene el desenlace de lo que llamamos mal o consecuencias del pecado. Y es que cada opción egoísta que hacemos, nos aparta de lo que Dios quiere de nosotros y nos aleja de las personas que tenemos a nuestro lado. Porque sólo pensamos en nuestros propios intereses y beneficios y los demás van quedando lejos de nuestro centro de atención.

Si Jesús hubiera hecho caso y aceptado las ofertas que tuvo, seguramente su misión se habría convertido en un espejismo o una ilusión. Así nos pasa a nosotros, cuando creemos que nuestro cometido principal se sustenta en las fantasías y felicidades que nos venden a diario. Entonces empezamos a bregar para conquistar lo que no es, lo que no existe. O lo que sólo existe en la irrealidad de la ambición y el egoísmo. Y todo por querer conquistar aquello que llamamos felicidad, o lo que pensamos que nos va a hacer felices. Siempre manteniéndonos en el centro de la escena y como beneficiarios únicos.

Antes les traía una frase de Mandela, que dice: “Con el fin de construir nuestra nación, debemos superar nuestras propias expectativas”, y en cuestiones de fe, religión y amor a Dios y al prójimo, debería ser de un modo parecido. Para construir este Reino de Dios, del cual formamos parte, hace falta que dejemos de pensar de un modo individual y egoísta, que vayamos más allá de las expectativas personales y busquemos construir lo que hemos repetido durante años, la Civilización del Amor. Que más bien parece una frase hecha antes que una realidad. Es decir, que evitemos caer en la tentación de sólo pensar en nosotros mismos, para pensar en bien de todos.

Aquí tal vez cabe pensar cómo es nuestra vida, qué proyectos llevamos adelante, en relación a nuestro ser hijos de Dios. Jesús nos ha confiado una misión: Hacer a todos los pueblos sus discípulos. ¿Es ese el objetivo que tenemos personalmente? ¿Buscamos que nuestros planes también tengan que ver con los de Dios? Y cuando pienso en los planes de Dios, no estoy pensando en las grandes proezas evangelizadoras, o en súper misioneros que entregan su vida hasta el martirio, sino que pienso en esos actos de amor que deberíamos ser capaces de hacer. Como “perder el tiempo” escuchando a alguien que lo necesite, o dándole algo de comer a una persona que nos pide todos los días, aunque nos veamos tentados a no hacerlo, pensando que eso no le va a cambiar la vida.

Habrá que aprender a superar, como Jesús, las tentaciones de poder, placer y vanagloria, aunque estas se enmascaren de otras formas y aunque siempre encontremos una razón para justificar nuestros actos. Y para eso tendremos que saber mirar más más allá de las propias expectativas y hacer nuestro el proyecto de amor para la humanidad, pensado por Dios. Sabiendo que la fuerza para no caer la vamos a encontrar en su Gracia, es decir, en dejar que Dios nos habite.

Como Reyes

Servir como el Rey

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario – Jesucristo Rey del Universo

Juan 18, 33b-37
Pilato llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres Tú el rey de los judíos? » Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? » Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho? » Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey? » Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».
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Cuentan que en un lugar lejano, tal vez por algunos conocido, pero que casi nadie visitó, había un Rey. Siempre daba órdenes y nadie se atrevía a contradecirlo. No era un mal hombre, pero tenía un carácter de los que te hacen dudar antes de hacer una broma o contar un chiste. Había días que no hablaba casi nada. Tal vez porque llevar adelante un reino requiere ser precavido en la toma de decisiones.

Es verdad que no tenia muchas dificultades internas y tampoco con otros pueblos. La última vez que hubo un conflicto con un reino vecino, resolvieron la disputa con un torneo de caballeros con armaduras y armas simuladas y corteses, para que nadie saliera herido. Por supuesto, este gran Rey del que estamos hablando, salió victorioso, gracias a sus hombres más valientes y con mejor destreza para la lucha.

Un día, aquél Rey, ordenó que se hicieran tantas coronas como habitantes tenía el reino. Algunos pensaron que había enloquecido. Tal vez desea ejercer tanto su poder —comentaban— que necesita una corona para usar delante de cada uno de sus súbditos. Unos pocos prefirieron no cuestionar, ya que para eso era el Rey, y podía hacer lo que le viniera en gana. Los días pasaron y por fin los orfebres terminaron la última corona necesaria.

Entonces todo el pueblo fue convocado a las puertas del palacio. Salió el Rey al gran pórtico y se detuvo, vistiendo su mejor traje de gala. Observó por un rato a todos los que esperaban saber qué iba a suceder. Mientras, entre la gente y su majestad, había largas mesas llenas de coronas. Todas iguales. Brillantes, como las del propio Rey. Éste se acercó a ellas y tomó la primera que tuvo a mano. Llamó al súbdito que tenía delante y éste se acercó. Nadie entendía nada. Incluso aquél hombre, casi un anciano, al ver lo que el Rey pretendía, se resistió y no quiso recibir la corona. Pero el Rey insistió y, con una mirada firme y decidida, le indicó que inclinara la cabeza. Así, sin mediar palabras o explicaciones, todos fueron coronados. Finalmente el Rey habló.

—Queridos hijos. Hace muchos años que vengo siendo vuestro Rey, pero no fue hasta ahora que entendí cómo hacer de este reino un reino mejor. A partir de este momento, todos somos Rey.

El bullicio no se hizo esperar. Para algunos se confirmaba el diagnóstico de demencia. Otros no hicieron más que reír. Pero el Rey continuó.

—Algunos dirán que enloquecí, pero no es eso. Es que ahora, si cada uno de vosotros se siente Rey y siente suyo este reino, confío en que también querrán lo mejor para él, como han visto que he pretendido. Si trabajan, trabajan para su reino y no para el Rey. Como buenos reyes, entonces, buscarán el bien común y no el beneficio propio. Lucharán por defender su territorio y serán capaces de dar hasta vuestra vida por él. Nadie será esclavo ni súbdito de nadie, aunque todos siempre tendrán a un Rey al lado a quién servir. Y actuarán según se exige a los reyes.

Al principio nadie sabía qué hacer, pero poco a poco todos se lo tomaron muy en serio. Si alguien pretendía empezar a demandar atenciones de otro, caía en la cuenta de que ese otro también era rey y por lo tanto había que servirle antes que pretender ser servido. Todos reyes y todos súbditos, unos de otros.

Así es como un reinado se convirtió en muchos, para ser, al final, uno solo lleno de reyes.

 

Esta idea de reinado, para los entendidos de todos los tiempos, sólo puede existir en las fábulas, casi irrisorias. Sin embargo, es lo que se me ha ocurrido si pienso en el Reino de Dios. Y por supuesto que no pretendo dar una definición de lo que significa el que Jesús diga que su realeza no es de este mundo. Pero no puedo menos que imaginar un reino totalmente diferente a cómo concebimos los reinos. Si Jesús dice que su reinado no es de aquí, entonces tiene que ser muy diferente a cualquiera que se haya pensado a lo largo de los siglos.

Los tipo de reyes que conocemos, son aquellos que llevan corona, un precioso cetro y mucho poder, y es lo que hemos querido otorgarle a Jesús. Siempre se afirma y se dice que él es el dueño de todo un imperio, que está lleno de gloria y poder. Pero creo que eso está lejos de lo que en realidad nos quiso decir. Y si bien celebramos esta solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, y está muy bien hacerlo, habría que revisar y ver qué es exactamente lo que celebramos.

En el evangelio de Juan, Cristo nos dice: «He nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz». Y aquí creo que está la clave. Si él es nuestro Rey, entonces se convierte en nuestro modelo de verdad y vida. Y por lo tanto deberíamos fijarnos en las virtudes que tiene y que lo hacen Rey. No es el poder, no es la gloria, no es la corona de oro fino, ni el cetro, sino aquello que lo destaca por encima de todos: Su humildad, su servicio, su entrega, su amor y su misericordia. Y estas son los valores que debemos asumir para ser parte del Reino de Dios. Esa es la verdad que debemos escuchar.

Y si aquél cuento propone que todos somos parte del reino, donde todos somos reyes, es porque hacemos nuestras las virtudes del Rey y vivimos como nuestro Rey, como Jesús, y por lo tanto hacemos nuestra su humildad, su servicio, su amor, su perdón y su misericordia. No hay otra forma, no hay otra manera. Este Rey del Universo vino a reinar nuestras vidas, a transformarlas y nos invita a reinar con él, según la Verdad, según lo que él es.

Jesucristo Rey, sí, rey del amor que transforma cualquier pueblo y cualquier nación. Lejos de ser un rey dominante y poderoso que sólo mira desde arriba. Se hace uno con nosotros, para que reinemos con él.

Cuestión de hidalguía

Don Quijote y Sancho Panza

Ciclo B – Domingo XXIX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 35-45
Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes? » Ellos le dijeron: «Concédenos sentamos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?» «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».
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Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra […] Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

Este es un fragmento extraído de Don Quijote de la Mancha, donde encontramos los consejos que aquél caballero le da a Sancho Panza antes de irse éste a gobernar la Ínsula de Barataria. Y, aunque podemos decir que son elocuentes, al mismo tiempo vemos que son recomendaciones simples, claras y directas. Además, diría que son esenciales para todo aquel que ostente poder y lo ejerza sobre otros. Y el Evangelio nos cuenta acerca de la petición de Santiago y Juan, que quieren estar uno a cada lado de Jesús. Situación que llama la atención, no sólo a Cristo, sino también a los demás apóstoles, quienes se indignan con este asunto, tal vez porque entienden que esas cosas no se pueden pedir, o porque aquellos dos se adelantaron a pedir lo que, tal vez, todos ambicionaban.

Aquí la pregunta está en ponernos a pensar qué pretenden estos dos discípulos cuando piden lo que piden. Incluso, según nos cuenta Marcos, Santiago y Juan dicen estar dispuestos a beber el cáliz del que beberá Jesús, cosa que éste no niega que vayan a hacer. Pero a todos nos parece entender, más allá de las buenas intenciones que Santiago y Juan pudieron haber tenido, que estos dos buscan ocupar un puesto de gloria y privilegio, ya sea donde sea que esté el Reino de Jesús, en la tierra o en el cielo.

Aquí vemos que, me atrevo a decir, en la actualidad no somos tan distintos de aquellos. A todos nos gusta poder asegurarnos el porvenir. Y cuanto más firme y seguro sea, mucho mejor. Nadie quiere vivir en una incertidumbre, y mucho menos en una que sea del tipo económico, por poner un ejemplo. Un puesto, una posición, si es buena, siempre nos viene bien. Y ahí, tal vez podemos decir, se nos pega, en ocasiones, la ambición. Nosotros le llamamos hacer carrera, en el trabajo, por ejemplo, y nos embarcamos en una lucha que nos hace llegar, igual que los discípulos, a pretender lugares que los consideramos de privilegio. Y está bien progresar y ser los mejores en lo que hacemos, pero ¿eso es todo? ¿Es ese el objetivo de nuestra vida? Y cuando lo logramos, después, ¿qué sigue?

Y si ampliamos las miras, vemos que este tema puede ir ligado a lo que llamamos poder. Es probable que digamos que eso está lejos de nosotros, pero en ocasiones no es tan así. Y si nos toca un puesto de mando, de poder, la pregunta es ¿qué es lo que queremos? ¿qué es lo que buscamos? ¿Buscamos, como dice Jesús, servir a los hermanos?

Es por eso que traigo al Quijote, especialmente por lo siguiente: «Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio». Y junto a esto el mensaje de Jesús, deberíamos pensar qué es lo que estamos buscando. ¿Qué ambicionamos, qué queremos? Y si nos referimos al poder, ¿qué buscamos, adónde vamos con el poder?

Con este tema, vemos que casi siempre corremos el peligro de que se nos embote la cabeza y los sentidos. Entonces comenzamos a actuar como dijimos que no haríamos. Corremos el riesgo de volvernos déspotas y engreídos, llegando incluso a perder la memoria, y olvidamos de dónde venimos y, mucho menos, nos acordamos o sabemos adónde vamos. Porque no vemos otro fin que el beneficio propio. Y como ese bien personal puede ser infinito, ya no hay límites. La pregunta es: ¿Qué haríamos o cómo actuaríamos si nos tocara estar “arriba”, mandando?

Y para no irnos tan lejos, volvemos a poner atención a lo fundamental del mensaje de Jesús. Él dice claramente: «Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos». ¿Esto lo tenemos claro y asimilado? Y me pregunto si lo sabemos de memoria y nada más, porque creo que, en más de una ocasión, especialmente cuando hemos subido “arriba”, parece que rápidamente se nos olvida. Y aquí añado el servicio que debemos a los que viven con nosotros, en casa, a los compañeros de trabajo o de estudio, a los que encontramos en la calle, en la Iglesia, en la parroquia. ¿Estamos al servicio de los demás?

Este es nuestro linaje, donde pertenecemos. Nuestro linaje es de Cristo y si de ahí venimos no podemos deshonrar y deshonrarnos haciendo totalmente lo opuesto al servicio, y sólo buscar ser servidos o servirnos de los demás. Porque ni el mismo Cristo lo hizo. «Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» —nos dice él mismo. ¿Acaso nosotros somos más importantes que Jesús como para pretender servirnos de los demás?

Hagamos gala de nuestro humilde linaje que es el mismo de Cristo.