Hasta donde la oración nos lleve

Hasta donde la oración me lleve

Ciclo C – Domingo XVII Tiempo Ordinario

Lucas 11, 1-13
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:  Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquéllos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan! »
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Para centrar la atención en qué nos dice el evangelio este fin de semana, me parece oportuno citar una película alemana, titulada “Hasta donde los pies me lleven”. El protagonista que dice no creer en Dios, sin embargo tiene actitudes y valores en su vida que podrían ser los del más ferviente cristiano. Incluso llega a rezar el Padrenuestro, mientras huye del campo de concentración en Siberia, donde fue enviado con una condena de 25 años de trabajos forzados, después de II Guerra Mundial. El film está basado en hechos reales.

Tenemos a Jesús que enseña, a petición de sus discípulos, cómo deben orar. Y nos encontramos con el Padrenuestro. Es la oración más conocida de la historia, me atrevo a decir, y nosotros cristianos, podríamos estar muy orgullosos de ello. Sin embargo siempre me asalta una duda: ¿Hasta qué punto estamos convencidos de lo que rezamos o repetimos?

Por supuesto que cada uno, podríamos decir, reza a su manera. Seguramente el Padrenuestro es y puede ser paradigma de oración, pero tenemos que encontrar nuestro mejor modo de acercarnos y estar con Dios. Porque para eso es la oración, para tener y expandir un espacio interior de convivencia con Dios mismo. De nada sirven las “fórmulas mágicas” de oración, ni los patrones establecidos arbitrariamente. Decir que todo el mundo tiene que hacer la Coronilla de la Misericordia, para estar a bien con Dios, no es cierto. A algunos les ayudará muchísimo, a otros simplemente no les resultará muy bien. En este tema también hay libertad. Aunque sí creo que hay tener en cuenta algunos puntos que ayudarán a que nuestra oración tenga el espíritu de lo que Jesús nos enseña hoy.

Tal vez lo primero que deberíamos hacer es comenzar por el final del evangelio. Es decir: Pedir el Espíritu Santo. Él será quien inspire mejor en nosotros el modo de dirigirnos a Dios. Porque podemos decir que es el mismo Dios quien suscitará nuestra plegaria. Ya decía san Agustín: Nada de lo que digamos a Dios antes no ha sido inspirado por Dios mismo en nosotros.

El resto tiene que ver con “pedir en plural”. Por supuesto que muchas de nuestras oraciones son a título personal. Incluso creo que gran parte de la oración que hacemos es de forma individual. Pero si nos fijamos en el Padrenuestro, vemos que el tiempo verbal que utiliza es la primera persona del plural, el “nosotros”. Tal vez por dos motivos. Porque nuestra oración no debe ser egoísta, donde sólo prima el “yo”: Yo te pido, dame esto, dame aquello, yo necesito. También debemos pensar en el bien común, en los otros, en el que tenemos a nuestro lado y que también tiene necesidades. Y lo segundo seguramente tiene que ver con lo que Jesús quiere que hagamos: Que recemos juntos. ¿Cuántos nos juntamos a rezar? Está bien decir que la Eucaristía es una oración en común, pero ¿acaso somos capaces de reunirnos para hacer nuestra oración? No sé si hoy es una costumbre, pero lo era para las primeras comunidades cristianas. ¿Rezamos en familia?

Por otro lado, nuestra oración debe ser tenaz. No podemos claudicar en nuestras plegarias, simplemente porque las cosas que pedimos no suceden de un modo inmediato. Si nos fijamos en el ejemplo que nos trae el evangelio, vemos que la insistencia del que va a pedir pan a su amigo no queda reducida a una sola vez. Jesús mismo nos anima a insistir.

Lo siguiente será tener confianza. No podemos rezar y pedir y al mismo tiempo estar pensando: “No creo que Dios me conceda esto”, “es demasiado lo que le estoy pidiendo”, “tal vez el Señor nos conceda lo que pedimos, pero es muy difícil”. Tenemos que aprender a confiar y esperar, con la certeza de que ya lo tenemos y por consiguiente agradecer. ¿Acaso no nos dice el mismo Jesús, en el evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 24: «Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas»? Entonces, si creemos que ya las hemos obtenido, deberíamos agradecer.

Y aquí es donde vuelvo a citar aquella película alemana, “Hasta donde los pies me lleven”. Es que me parece percibir en aquél hombre que, aun viendo las condiciones en la que vive, no deja de buscar, de pedir podríamos decir, el volver a casa. Está convencido de que va a regresar con su esposa y sus hijos y es capaz de caminar 14.000 km., con tal de hacer realidad aquello que más anhela.

Si vale la comparación: ¿Hasta dónde hemos sido capaces de esperar, perseverar y pedir, con tal de que Dios nos responda? Y claro que surge otra duda: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué Dios nos tiene que hacer esperar tanto? Tal vez la respuesta la podamos encontrar en lo que, otra vez, san Agustín nos dice: «Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros”. (La ciudad de Dios, 20, 22).

Lo principal: Saber que Dios es nuestro padre y nos escucha.

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Ser Ungidos de Dios

Caminar con Jesús

Ciclo C – Domingo III del Tiempo Ordinario

Lucas 1, 1-4; 4, 14-21
Muchos han tratado de relatar ordenadamente los acontecimientos que se cumplieron entre nosotros, tal como nos fueron transmitidos por aquéllos que han sido desde el comienzo testigos oculares y servidores de la Palabra. Por eso, después de informarme cuidadosamente de todo desde los orígenes, yo también he decidido escribir para ti, excelentísimo Teófilo, un relato ordenado, a fin de que conozcas bien la solidez de las enseñanzas que has recibido. Jesús volvió a Galilea con el poder del Espíritu y su fama se extendió en toda la región. Enseñaba en las sinagogas de ellos y todos lo alababan. Jesús fue a Nazaret, donde se había criado; el sábado entró como de costumbre en la sinagoga y se levantó para hacer la lectura. Le presentaron el libro del profeta Isaías y, abriéndolo, encontró el pasaje donde estaba escrito: «El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha consagrado por la unción. Él me envió a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». Jesús cerró el Libro, lo devolvió al ayudante y se sentó. Todos en la sinagoga tenían los ojos fijos en Él. Entonces comenzó a decirles: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír».
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Provengo da una familia cristiana. Mi fe ha nacido en mi familia. Mis abuelos eran muy religiosos. Mi madre, mis hermanas y yo rezábamos siempre antes de irnos a la cama. Recuerdo el periodo de la guerra. Durante esos años terribles rezábamos el rosario. Estábamos todos muy impresionados. Me veo de nuevo, medio dormido, respondiendo a los Ave María de mi madre. Siempre hemos sido religiosos. Los domingos íbamos a misa y comulgábamos.

Esto es lo que respondió, acerca de su fe, Ennio Morricone, gran músico y compositor, autor de la banda sonora de más de 400 películas, entre las que se encuentran: “El bueno, el feo y el malo”, “Cinema Paradiso”, “Los intocables” o “La misión”. Y claro que podría ser la declaración de cualquier hijo de Dios, pero llama la atención que un hombre tan famoso hable de su creencia y religión. Y el evangelio nos presenta un episodio de la vida de Jesús, en la sinagoga, donde también hay una declaración clara y precisa.

Que Jesús, delante de los miembros del templo, dijera que el pasaje de Isaías se había cumplido ese día, era presentarse delante de todos como el Ungido de Dios y, evidentemente, esa era una osadía que nadie se atrevía a realizar. Sin embargo, Cristo no duda en decir o hacer lo que cree necesario. Hace un camino, movido por el Espíritu de Dios, y actúa en consecuencia.

Nosotros, tranquilamente, podríamos quedarnos en la sorpresa y admiración de la vida del Hijo de Dios y nada más, o ver qué nos toca de todo esto, en qué nos afecta como Cristianos. Y en esto último descubro lo más interesante y desafiante, ya que parece que  nuestra religión, en gran parte, se ha quedado en el saber sin hacer. Sabemos qué dice Dios, qué nos pide, y sin embargo pareciera que nuestra vida de fe, en mucha ocasiones, se resume a unas prácticas piadosas y poco más.

Antes citaba a Ennio Morricone y su declaración de fe, pero bien podríamos decir que hasta ahí no hay nada de extraordinario en lo que dice, porque podría ser la historia de cualquier persona creyente. Sin embargo, él mismo agrega: “Un hombre creyente es una persona honesta, altruista, respetuosa de Dios y del prójimo. Amar a los otros, aunque la palabra amar puede parecer fuerte, pero es así. Esto es importante. Yo pienso verdaderamente en el bien de los otros, que mi modo de actuar no cause el mal en el prójimo. Es perfectamente normal para mí hacer algo por respeto a la persona con la que me encuentro”. Y esto ya nos llama un poco más la atención, porque no sé si todos los que creemos afirmamos con total rotundidad lo que él dice. Y esto lo traigo, no porque sea este señor el más o el mejor cristiano, sino porque deseo resaltar lo que él ha comprendido como camino o misión, lo cual se vuelve su modo de ser y de vivir.

¿Estamos convencidos del mensaje de Jesús y actuamos de igual modo que él? De esto creo que trata el evangelio de hoy. Él dice que lo que afirma el profeta Isaías se cumple en su persona. Nosotros, me parece, deberíamos aspirar a decir lo mismo. Porque también tenemos a Dios en nosotros. Su Espíritu es el que nos habita y, en consecuencia, el que nos debería empujar «a llevar la Buena Noticia a los pobres, a anunciar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor». ¿Qué o cuánto hacemos de todo esto? Y no vamos a tomar la literalidad de las palabras, pero sí creo que podríamos reducir todo en una sola afirmación: Deberíamos amar y hacer el bien a las personas, a todas, como lo hace Dios.

¿Estamos caminando en la misma dirección que Jesús? Sabemos que, a pesar de las contrariedades, Cristo siempre amó y salvó al ser humano, y nosotros no necesitamos ser exactamente él para amar. Podemos imitarlo desde lo que somos. Cualquier estado de vida es compatible con lo que él nos propone; desde músicos o compositores, a médicos, albañiles o artistas. Siempre que así lo decidamos podremos aspirar a decir, con Jesús: «Hoy se ha cumplido este pasaje de la Escritura que acaban de oír». Tenemos que ayudar, facilitar, o crear las condiciones para que todos encontremos la libertad y la salvación de Dios.

In Time

In time

Ciclo B – Domingo XVII Tiempo Ordinario

Juan 6, 1-15
Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer? » Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente? » Jesús le respondió: «Háganlos sentar».
Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.
Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada». Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo». Jesús, sabiendo que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña
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“In Time” es una película futurista, situada a finales del siglo XXI. El argumento es el siguiente: El tiempo reemplaza al dinero como moneda de cambio. Todo el mundo tiene un aspecto joven, porque a los veinticinco años de edad se detiene el envejecimiento y a cada persona se le da un año más para vivir. Y la gente se muere, a menos que rellene el reloj que tienen implantado en el brazo bajo la piel. A los trabajadores se les paga con minutos de vida y ese tiempo es el que se utilizan para comprar lo que necesitan. Si se atesoran muchos minutos, horas o años, se puede vivir eternamente. Y más de dos mil años antes, el Evangelio nos trae el mensaje de Jesús que dista mucho de aquél escenario, aunque ya entonces presenta una problemática similar a la del film.

Hoy nos encontramos con el episodio de la multiplicación de los peces y los panes. Y a todos nos llama la atención lo que sucede. Dar de comer a tanta gente con tan poca comida, no deja de ser un auténtico milagro que, en principio, sólo Dios, sólo Jesús, puede hacer. Los apóstoles colaboran, aunque también es necesario el aporte del niño que entrega lo que después se multiplicó.

Si repasamos el texto de Juan, él nos presenta dos opciones ante Jesús: Felipe hace cálculos con doscientos denarios (podemos suponer que era una opción viable) y Andrés ofrece lo que el niño llevaba. Y Cristo, sin dudar, elige los pocos peces y panes, aun sabiendo que el dinero era una suma considerable, ya que se calcula que esa cantidad equivalía a más de medio año de salario. Y aquí es donde creo que tenemos que detenernos y tratar de entender, no el milagro, sino el porqué de esta elección.

Si nos fijamos, seguimos teniendo los mismos comunes denominadores que en aquél momento del Evangelio: El dinero y lo que poseemos. Eso no ha cambiado, aun a pesar de lo que el mundo ha evolucionado. Hay quienes tienen para comer en abundancia y otros que pasan hambre. Pero en este caso, creo que Jesús no está denunciado la división entre ricos y pobres, aunque se pueda hacer una lectura de este tipo, sino que está haciendo un llamado mucho más elevado, y eso lo podríamos titular: Llamado al saber compartir.

Antes les contaba acerca de aquella película, “In Time”, donde el tiempo que uno posee es el dinero que tiene para vivir. Y en el film vemos cómo la gente va corriendo de un lado a otro, para aprovechar más su tiempo, la vida. Y surgen entonces, los robos de tiempo entre personas, porque se pueden pasar las horas de una a otra. Todos quieren más y más tiempo, que podríamos decir más y más dinero, para vivir eternamente. Y por supuesto hay uno que tiene un milenio guardado en una bóveda, para él y los suyos, aunque otros se mueran por falta de tiempo.

Y les traigo esta película, porque me parece que tanto en el pasado, en el presente, como en el futuro, seguimos en un mismo esquema. Acumulamos para poder vivir mejor y muy poco hemos aprendido a compartir como Jesús nos enseña hoy. No podemos quedarnos con lo romántico del relato y suspirar por la grandeza de Dios que da de comer, sino que tenemos que aprender a realizar el mismo gesto que hizo Cristo, si de verdad queremos hacer honor a nuestro ser cristianos. Es que decir que somos hijos de Dios y seguidores de Cristo y no saber compartir, nos convierte en mentirosos.

¿Se imaginan cómo quedaría el mundo si de verdad compartiéramos con los demás lo que tenemos? Y para nada estoy hablando de comunismo, porque ya sabemos dónde nos puede llevar esa ideología, pero sí estoy convencido de que habitaríamos en un lugar muy distinto al que tenemos entre manos. Pero, para poder llegar a tal cambio, hace falta algo que es imprescindible: Ser seres trascendentes, místicos si quieren, espirituales tal vez. Porque para poder darlo todo hace falta poder mirar al cielo y buscar otros valores más grandes que los tesoros, que el tiempo o el dinero. Riquezas que no se acaban y que suelen tener que ver con Dios.

Además, creo que también se nos está diciendo que no vale, no sirve, que aquellos que tienen hambre sólo aprendan a ser alimentados por otros. De hecho, vemos en la Palabra de Dios que rápidamente quieren hacer rey a Jesús, pero éste se aparta, se va a la montaña, porque no quiere ser rey y no quiere que aquella gente aprenda mal. Porque el camino fácil es poner arriba al que alimenta a los de abajo y así todos arreglados. Esto no lo quiere Dios, porque todos somos capaces de aprender a compartir y hacernos “alimentadores” de otros.

Sí, habrá que darle de comer al que está muriéndose de hambre, y a eso no podemos ser indiferentes, pero el hambriento, una vez restituido en sus fuerzas y dignidad, tiene que aprender a compartir lo que posee.

Por último, debemos recordar que la salvación, el cielo, no se compra. De nada nos servirán los méritos acumulados si no hemos aprendido a dar todo lo que tenemos, aunque sólo sean cinco panes y dos pescados, para que otros puedan vivir.

Comer, rezar, amar

Comer rezar amar

Ciclo B – Domingo XVI Tiempo Ordinario

Marcos 6, 30-34
Al regresar de su misión, los Apóstoles se reunieron con Jesús y le contaron todo lo que habían hecho y enseñado. Él les dijo: «Vengan ustedes solos a un lugar desierto, para descansar un poco». Porque era tanta la gente que iba y venía, que no tenían tiempo ni para comer. Entonces se fueron solos en la barca a un lugar desierto. Al ver los partir, muchos los reconocieron, y de todas las ciudades acudieron por tierra a aquel lugar y llegaron antes que ellos. Al desembarcar, Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato.

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“Comer, rezar, amar” es una película protagonizada por Julia Roberts. El film está basado en el libro autobiográfico de Elizabeth Gilbert. Y nos cuenta la historia de esta mujer que, tras ver que su vida es “un fracaso”, emprende un viaje para encontrar y encontrarse a sí misma. Y si bien podemos decir que a la verdadera protagonista, la autora del libro, esta experiencia de un año la llevó a un salto cualitativo en su vida, la que se queda a medio camino es la película. No es una súper producción y abarca bastantes lugares comunes en su relato, pero sí creo que refleja y deja claro lo que significó aquella aventura para Elizabeth Gilbert. Y claro que el Evangelio está lejos de hablar de un viaje por el mundo, lleno de paisajes inolvidables, pero también nos hace un llamado claro que, a mi entender, coincide con lo que vemos en la película.

Hoy los protagonistas son los apóstoles. Ellos han vuelto de la misión que les fue confiada por Jesús y lo han hecho con un éxito rotundo. Esto lo sabemos por lo que nos decía el Evangelio del domingo pasado y porque, evidentemente, la gente estaba maravillada de lo que eran capaces de hacer aquellos hombres, por eso los buscaban y seguían a todas partes.

Jesús quiere que se aparten, que busquen un lugar solitario, para descansar, para recuperarse, para meditar, por qué no. Así es que les manda retirarse del gentío, aunque no lo consiguen. Vemos entonces, en palabras de la escritura, lo que sucede: «Jesús vio una gran muchedumbre y se compadeció de ella, porque eran como ovejas sin pastor, y estuvo enseñándoles largo rato». Parece que no hubo descanso.

Sin embargo, por este relato y por lo que el mismo Jesús hace, sabemos lo importante que era para el Hijo de Dios retirarse a orar. Apartarse y quedar a solas con Dios es algo que, aun siendo quien es, no deja de hacer. Y quiere que sus apóstoles hagan lo mismo. ¿Por qué? Para que descansen, es una buena respuesta. Para que renueven sus fuerzas es otra conclusión fácil de sacar. Pero me parece que también pudo haber sido para pensar y reflexionar, acerca de lo que acababan de realizar. Para encontrar, probablemente, el verdadero sentido de toda la experiencia de llevar el Reino de Dios a todos.

La película, o el libro, “Comer, rezar, amar” nos lleva a una situación de reflexión. La protagonista decide cortar y romper con lo que hasta entonces era su vida, para poder encontrarse a sí misma, porque tenía la certeza interior de saber que lo que hacía no era lo que quería para su vida. Y para ello supera el miedo a dejar “lo conocido” y se lanza. Y este punto de autorreflexión me parece que tiene mucho que ver con lo que Jesús le pide a sus apóstoles. Porque aquellos hombres necesitaban volverse a encontrar consigo mismos, y Cristo eso lo sabía, y para eso tenían que dejar lo que estaban haciendo.

Todo el triunfo de la evangelización, el éxito (la gente los buscaba y los seguía) podía haberlos llevado a ponerse en el centro de la escena y eso no lo quería Jesús. Era necesario, como para aquella mujer, romper con lo que estaban haciendo, en este caso no por una insatisfacción, sino para no quedarse con algo que no convenía: La vanagloria y el narcisismo. Y para salvar esta situación, es necesario que ellos se detengan, se aparten y reflexionen. Para poder saber cuál es su lugar y a qué están llamados.

Y esto mismo también nos vale para nosotros. Primero porque estamos llamados a anunciar el Reino de Dios, igual que los apóstoles, y segundo porque en todo siempre será necesario saber quiénes somos y a qué estamos llamados, para no confundirnos y al final terminar predicándonos a nosotros mismos. O por el contrario, terminar predicando lo que no es de Dios. Así que es necesario que paremos, que nos apartemos, que busquemos la calma y que descubramos el verdadero sentido de nuestras vidas de hijos de Dios.

E incluso esto de tomar distancia y reflexionar, también nos puede valer para ver qué estamos haciendo de nuestra vida. Adónde estamos yendo a qué o a quién estamos entregando lo que somos. Adónde vamos con todo el ajetreo diario y si de verdad estamos gastando nuestros años en algo que merece la pena, que trasciende y que no es caduco.

Este retirarse es algo que no podemos dejar de hacer si de verdad queremos saber quiénes somos y al mismo tiempo encontrar a Dios y así poder lograr una auténtica paz interior, la cual todos deseamos.

Curiosamente, la experiencia de aquella mujer comienza cuando ella, entre lágrimas, se arrodilla a solas y vuelve a rezar a Dios después de mucho tiempo .