Pasión

Pasión por Jesús

Ciclo C – Domingo III de Pascua

Juan 21, 1-19
Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros». Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?» Ellos respondieron: «No». Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!» Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar». Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres? », porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le respondió: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.  Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme»
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La película “El secreto de sus ojos” nos trae la historia de un policía, Benjamín Espósito (Ricardo Darín) que, a raíz de querer escribir una novela sobre un asesinato que él investigó, encuentra una nueva pista para poder descubrir al verdadero asesino, quien nunca fue detenido. En una escena, tal vez fundamental en toda la trama, Pablo Sandoval (Guillermo Francella), compañero de aquel policía, le dice a Benjamín Espósito: “Te das cuenta Benjamín, el tipo (el supuesto asesino) puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: No puede cambiar de pasión (su equipo favorito de fútbol).

Por otro lado, lo que intentamos reflexionar, el Evangelio nos trae una escena preciosa. Jesús resucitado se presenta ante los apóstoles que han pasado la noche sin pescar. Uno de ellos cree reconocer al Señor a la orilla del lago y es Pedro el que se lanza al agua para llegar lo antes posible. Y dice el pasaje bíblico que esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los suyos. Aquellos hombres, con Cristo delante, volvían a encontrar el norte y sentido a todo lo que habían vivido. Y ahí es donde creo que tenemos que mirar.

Podemos hablar de lo extraño que es que los discípulos, habiendo reconocido a Jesús, no se atrevieran a preguntarle quién era. También podemos hacer mención a la cantidad de peces, ciento cincuenta y tres, y el significado de este número (ya sabemos que en la Biblia los número no están puestos al azar) y decir que con esta pesca se puede hablar de abundancia. También podemos hacer mención a las tres veces que Cristo le pregunta a Pedro si lo ama, y cómo éste confiesa su amor por Jesús, no sólo de palabra sino de corazón y sin reservas. Pero lo que más llama la atención es lo que les sucede a aquellos pescadores cuando reconocen al Hijo de Dios y descubren que nada se ha perdido, sino que todo se ha transformado y trascendido con Jesús resucitado.

Se me ocurre pensar que el hijo de María y de José, ese que hizo milagros, devolvió la vida a Lázaro y abrazó la cruz por amor, se volvió para los que lo seguían en la única razón de sus vidas, en su más profunda pasión. Por lo tanto, en lo único que a partir de aquella aparición jamás dejarían o cambiarían, aunque les costase la vida. Y, salvando las distancias, es lo que rescato de aquella escena de “El secreto de sus ojos” y que me atrevo a comparar con lo que sucede en este evangelio. Juan, el primero en darse cuenta, le avisa al resto, es el Señor, y los demás, especialmente Pedro, no dudan y van hacia aquél hombre que estaba en la orilla. Seguramente sus corazones le avisaban, más que su vista, que no era cualquiera quien les hablaba, sino el único que los había transformado por completo.

Entonces me pregunto: ¿Nos pasa igual que a aquellos hombres? ¿Cuál es nuestra pasión? ¿Por que o por quién estamos dispuestos a dar la vida? ¿Es Jesús, es Dios, nuestra máxima pasión, lo es todo, absolutamente todo y estamos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de no perder al Señor?

En las grandes pruebas, podría decir alguno, es cuando se ve la pasión y el amor que le tenemos a Dios. Y le damos la razón, pero al mismo tiempo decimos que en las cosas pequeñas y cotidianas también se mide esa pasión y ese amor al Señor, si es que realmente nos apasiona. Porque también puede suceder que fácilmente lo cambiemos por algo, o que no esté entre nuestras prioridades y nuestro ser cristiano se sustente más en una costumbre, una tradición o simplemente una herencia casi inevitable.

Curiosamente, vemos que Cristo llama a los suyos, al inicio, cuando muchos de estos estaban haciendo lo propio, pescando o arreglando las redes. En Lucas 5, 11 leemos: «Y después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, lo siguieron». Lo mismo pasa en esta aparición. Estaban aquellos pescando y Jesús aparece, luego dejan la barca en la orilla y después lo siguen, haciendo propia la misión del Nazareno. Es el Hijo de Dios el que nuevamente irrumpe en la vida de estos hombres, cuando están en sus quehaceres. Y lo mismo, seguramente, nos pasa a nosotros. Sólo nos basta saber si lo reconocemos o no. Lo cual, probablemente, sólo se dé cuando nuestro amor por Dios sea nuestra mayor pasión.

El Señor se sigue apareciendo en nuestras vidas, a veces vestido de gozo y alegría, otras con ropas sucias o un rostro de abandono o de hambre. Y ahí es donde debemos reconocerlo, en nuestro día a día, mientras hacemos lo que llamamos nuestros asuntos. Y ahí es donde nos dice “sígueme”, como le dijo a Pedro, a lo cual sólo podremos responder si nuestra pasión y amor por Dios se parece a la de los discípulos. Ese es el único “secreto”, la única razón, por la cual deberíamos llamarnos hijos de Dios.

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Una furtiva lágrima

Una furtiva lágrima

Ciclo C – Domingo II de Cuaresma

Lucas  9, 28b-36
Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él. Mientras éstos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Él no sabía lo que decía.
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.
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El año pasado, gracias a Guillermo y Zulema, junto con mi amigo Pedro pudimos disfrutar de “El elixir del amor”, ópera de Donizetti. Y, creo que estarán de acuerdo conmigo, el punto más álgido es el momento del aria “Una furtiva lágrima”: Nemorino, el enamorado, reconoce en una lágrima de Adina, que ella también lo ama. Y canta, y llega a decir: ¡Ah Cielo! Sí puedo, sí puedo morir! /Más yo no pido, no pido. /Se puede morir, ¡Se puede morir de amor! Y claro que lo presenciado por Pedro, Santiago y Juan está en otro contexto y en una dimensión diferente, sin embargo, me atrevo a decir, podríamos estar hablando casi de lo mismo.

Cabe, tal vez, destacar lo que los teólogos siempre afirman: Junto a Jesús aparecen Moisés (la ley) y Elias (los profetas). Antiguo y Nuevo Testamento hacen una unidad de la Palabra de Dios. Y aquellos apóstoles son testigos de esto que, como bien se dice, es el anticipo de la gloria futura. Y se encuentran tan bien allí que, a propuesta de Pedro, quieren levantar tres tiendas y quedarse en aquél lugar.

Claro que es importante lo que se nos revela en este capítulo de Lucas, más aún cuando ponemos la atención en la transfiguración de Cristo. Esto es lo importante, decimos, y eso está muy bien. Aunque también creo que a nosotros, por ahora, nos interesa poner los ojos y la atención en otro lugar. Y la pregunta que nos podemos hacer es: ¿Cómo llegan a ese momento de la transfiguración?

Lo primero que decimos es que aquellos cuatro se apartaron a la montaña para orar. Y esto es fundamental y no lo podemos perder de vista. Todos queremos encontrar a Dios. Soñamos, rezamos, pedimos y anhelamos poder llegar a verlo y vivir con él para siempre. Pero debemos saber que parte de este proceso, para poder llegar a aquello, es empezar por apartarnos a orar. Lo cual implica querer encontrarse a solas con Dios. Es necesario detenernos, alejarnos del ruido cotidiano para, simplemente, hablar con el Señor. Y en esto, más allá de las formas y los métodos de oración que tengamos, es bueno contarle a Jesús de nosotros y saber de Él. Estar con Él y dejar que Él esté con nosotros, aunque no medien palabras ni oraciones hechas.

Lo segundo será hacer, con mucho empeño, lo que la voz le dice a los tres apóstoles desde la nube: «Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Esto no puede quedar como una anécdota de la vida de aquellos tres, es también para nosotros. Y hoy, me parece, es más necesario que nunca, ya que son muchas las voces que nos quieren marcar el camino, o un camino, que a veces no coincide con el de Dios. Y desde nuestro ser creyentes deberíamos procurar estar en sintonía con aquello que el Señor nos pide, y que siempre tendrá que ver con el amor, la entrega, la generosidad, la solidaridad, la misericordia, el perdón, la alegría y la esperanza.

Antes le contaba acerca de “Una furtiva lágrima” de la obra de Donizetti, haciendo hincapié en aquello que llega a decir quien ve su amor correspondido. Y claro que hablamos de algo distinto a la Transfiguración, pero tal vez, sea lo que más nos ayude a entender lo de evangelio. Empezando por lo que produce en nosotros el amor humano, para llegar al amor de Dios, más trascendente y profundo. Y es que cuando lleguemos a amar con tanta profundidad, entenderemos el anticipo de lo que es el cielo, como ver a Jesús transfigurado. Y ese punto, el más alto y más profundo debemos intentar alcanzar. Y para eso es necesario empezar por lo que dijimos antes: Apartarnos, orar y escuchar lo que Jesús quiere decirnos. Esto nos llevará a Amar, con mayúsculas, al estilo de Dios. Entonces podremos afirmar que hemos visto el cielo abierto. Incluso llegando a decir que se puede morir de amor; que se puede morir por amor, como lo hizo el mismo Jesús.

El cielo está en llegar a amar como ama Dios.

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Una furtiva lágrima, una versión excepcional de Enrico Caruso

Lo perdido

Equilibrio

Ciclo B – Domingo XXIV Tiempo Ordinario

Marcos 8, 27-35
Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas». «Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo? » Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.
Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con sus cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».
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¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

 

Este es un poema de Jorge Luis Borges, titulado “Lo perdido”. En versos, aquél hombre se pregunta por su propia vida y el lado de ésta que no fue. Es lo que ha “perdido”. Tal vez incluso se podría decir que es el deseo de lo que pudo haber sucedido. Y el Evangelio nos trae un diálogo entre Jesús y sus discípulos, donde aquél le pregunta a éstos quién es él para ellos y para la gente. Pedro parece dar la respuesta correcta, pero Cristo termina contándoles lo que va a suceder con él. Y la pregunta fundamental es: «¿Quién dicen que soy yo?» Y aquí es donde creo ver el punto de encuentro entre el poema de Borges y el Evangelio de Marcos.En primer lugar tenemos esta pregunta acerca de la persona de Jesús, que él mismo hace a sus discípulos. Y creo que no está buscando saber si aquellos hombres tienen la respuesta correcta, sino más bien ver qué han descubierto hasta el momento. Y si bien lo que dice Pedro parece ser lo más acertado, a Jesús le interesa saber acerca de la vivencia personal de los apóstoles, que están conviviendo con el mismo hijo de Dios.Por supuesto, esto nos pone delante de una pregunta: ¿Quién es Jesús para nosotros? Y no se trata de dar una definición acerca del Hijo de Dios. No es necesario hacer Cristología, pero sí es imprescindible que descubramos quién es y qué significa Jesús para cada uno de nosotros. Él nos hace esta pregunta, y creo que quiere que respondamos desde el corazón. Y con esto no se busca una respuesta sensiblera y, tal vez, llorona y emocionada, sino que se hace necesario que tomemos el peso de Jesús en nuestras vidas y lo que eso supone en el modo en que vivimos.

Lo que le pasa a Pedro también puede pasarnos a nosotros. Con total precisión podemos dar una respuesta concisa y quedarnos sólo en eso, en una definición y no pasar de ahí. Dios puede ser un concepto bien aprendido que, a la hora de la experiencia vital y personal puede desdibujarse con mucha facilidad. Y a Pedro le pasa algo así. Muy bien iluminado, dice: «Tú eres el Mesías», pero luego su reacción, al escuchar lo que Cristo cuenta acerca de lo que le va a suceder, evidencia que todavía no ha comprendido casi nada. Aquél discípulo, ante lo que acaba de escuchar de Jesús, no ve más que fracaso, y eso no se corresponde, según su parecer, con el Mesías, el enviado de Dios y libertador de Israel. Entonces vemos que Jesús rechaza fuertemente esta actitud, llamando satanás al mismo Pedro.

Y en nuestro caso, tal vez deberíamos pensar si más bien estamos adheridos al Jesús Glorioso, justo, hacedor de milagros y sinónimo de poder lo imposible, pero poco asociado al sacrificio, al dolor y al dar la vida por los demás. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Es modelo o paradigma para nuestras vidas? ¿Nuestro anhelo y esfuerzo van hacia querer parecernos cada vez más a él?

Indefectiblemente, creo que esta reflexión nos lleva a pensar en nuestra propia vida, porque en nuestros actos es donde mejor vemos reflejado lo que comprendemos de Dios. Ahí está la respuesta más auténtica, si queremos saber quién es Jesús para nosotros. Porque el modo en que vivimos y el grado de amor hacia el prójimo, aún teniendo en cuenta las limitaciones personales, nos dirán quiénes somos y qué decimos de Dios.

Entonces presentamos a Borges una vez más, quien habla de su vida y, posiblemente, del anhelo de lo que le hubiera gustado para él, pero que no fue. Del mismo modo podemos ver cómo, para Pedro, el Mesías no puede ser fracaso, cruz, sufrimiento y dolor, sino todo lo contrario. Y Jesús le dice, “pudo haber sido un triunfo” sobre los que oprimen al pueblo judío, pudo haber sido un rey glorioso que todo lo puede y todo aniquila con tal de salir victorioso, pudo haber sido un Mesías sin cruz; pero lo que soy —dice Cristo— es amor, es dolor, sufrimiento, entrega, cruz y resurrección. Y esa es la única realidad de amor de Dios. Esa es —continúa Jesús— mi vida y quiero que también sea tuya.

Hay ocasiones en los que, parafraseando a Borges, junto con Pedro decimos: ¿Dónde estará Jesús, el que pudo haber sido y que no fue, dónde el azar de aplastar a sus enemigos y destruir a los míos? ¿Dónde el que siempre me quita los sufrimientos y el que hace todo lo que le pido, dónde el que aniquila a los que me hacen injusticia, dónde el que mide con mi misma vara? Pero resulta que Dios es otra cosa, tal vez muy distinto a lo que somos, y que siempre resumimos en que es perdón, entrega, amor y sacrificio.

Entonces comenzamos a entender que saber de Dios es saber negarnos a nosotros mismos, y quitar todo Yo individualista y egoísta, para que surja un Yo entregado, capaz de dar la vida por los demás. Y esto es lo que Cristo nos pide, para poder llegar a entender y responder, en verdad, quién es Jesús para nosotros.

Cuarto movimiento

Violinista

Ciclo B – Domingo II Cuaresma

Marcos 9, 2-10
Jesús tomó a Pedro, Santiago y Juan, y los llevó a ellos solos a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos. Sus vestiduras se volvieron resplandecientes, tan blancas como nadie en el mundo podría blanquearlas. Y se les aparecieron Elías y Moisés, conversando con Jesús.
Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Pedro no sabía qué decir, porque estaban llenos de temor. Entonces una nube los cubrió con su sombra, y salió de ella una voz: «Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo».
De pronto miraron a su alrededor y no vieron a nadie, sino a Jesús solo con ellos. Mientras bajaban del monte, Jesús les prohibió contar lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos. Ellos cumplieron esta orden, pero se preguntaban qué significaría «resucitar de entre los muertos».

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Hace un tiempo escuché interpretar el cuarto movimiento de la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven, por la “West-Eastern Divan Orchestra”, ideada y dirigida por Daniel Barenboim. Y aunque la cultura musical, especialmente referida a la música clásica, no sea muy profunda, cualquiera puede admirar y disfrutar lo que Beethoven compuso. Fue su obra máxima, aun a pesar de la acuciante sordera que padecía. En este cuarto movimiento escuchamos lo que comúnmente conocemos como el “Himno de la alegría”, cuya letra es de la “Oda a la alegría” del poeta Friedrich von Schiller. Y claro que con estos datos estamos lejos de lo que fue la transfiguración de Jesús, pero creo que nos puede ayudar a reflexionar acerca de lo que sucedió en el monte Tabor.

Tenemos al Hijo de Dios transfigurado y aquellos tres, Pedro, Santiago y Juan, que ven a su maestro junto a Elías y Moises. Quieren quedarse, a petición de Pedro, pero son llevados de vuelta junto al resto de los apóstoles, a la vida que hasta el momento traían, bajo ordenes estrictas de no contar nada de lo que vieron y escucharon.

Sin embargo, y sin quitar veracidad al texto, llama la atención el que, a pesar de la admiración y supuesto conocimiento de lo que sería la gloria de Dios, aquellos apóstoles no dijeran nada de lo ocurrido. O fueron muy obedientes, o tal vez no entendieron mucho lo que les había sucedido, ya que, si seguimos leyendo a Marcos, todo parece continuar como si aquél episodio no hubiera existido. También sabemos que este texto puede haber sido añadido con posterioridad, lo que se conoce como una interpolación, y que lo del monte fuera una experiencia posterior a la Resurrección. Pero sin duda, sea cuando haya sido, hay un mensaje claro que también nosotros debemos descubrir y hacer nuestro.

Probablemente, lo más importante a tener en cuenta sea el que aquellos hombres descubrieron lo más trascendente de Jesús, su plenitud, a la cual también estaban llamados, igual que lo estamos nosotros, hijos de Dios. Hacia allí, hacia esa totalidad o culminación, nos tenemos que dirigir y creo que se logra desde la vida interior, desde descubrir esa presencia de Dios dentro de nosotros mismos. Tal vez, para entender mejor aún lo que decimos, sean muy precisas las palabras de san Agustín: «Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé, tu estabas dentro de mí y yo por fuera te buscaba».

Pero, ¿cómo logramos aquello? ¿A base de rezos, sacrificios y pura misa? Claro que todo esto siempre va a ser muy útil y recomendable y no lo podemos dejar de lado, pero se me ocurre que la clave está en otro lugar.

Antes recordaba lo magnífico de la Novena Sinfonía, una obra maestra a pesar de las dificultades de su creador. Beethoven fue capaz de generar aquello, a pesar de su sordera, porque supo oír con claridad en su interior y distinguir qué sonidos eran los adecuados, qué tiempo debían tener y en qué momento sonar. Y me parece que la transfiguración les dio la clave a aquellos hombres, para poder componer con exactitud lo que Dios quería.

A mi entender, el punto a destacar de este evangelio es el siguiente: «Éste es mi Hijo muy querido, escúchenlo». Ahí está la clave. Les dijo y nos dice, que de ahí en más es a Jesús al que tenemos que escuchar. Todo el resto está muy bien, Moisés que se lo asocia con la ley, Elías que representa a los profetas, son muy válidos, pero para poder componer la sinfonía divina hace falta escuchar con claridad al Hijo de Dios. A nadie más. Incluso me atrevo a decir que nos vendría bien, como cristianos, despegarnos un poco del Antiguo Testamento. No porque esté mal o no nos sirva, sino porque parece que sigue pesándonos más de la cuenta y el mensaje de Jesús queda entonces en un segundo plano. Parece que estamos más familiarizados con el “ojo por ojo” de Moisés antes que el “ama a tu enemigo” del Hijo de Dios.

Hoy tenemos muchas voces que se nos juntan y, en más de una ocasión, no sabemos bien a cuál atender. Algunos hablan en nombre de Jesús, y no vamos a decir que ninguno tiene razón, pero es necesario que aprendamos a distinguir el mensaje del mismo Cristo. En esto debemos crecer, madurar como hijos de Dios, y aprender a escuchar al Señor en nuestro interior. Un cristiano sin vida interior como mucho será un cristiano intelectual, pero no alguien que vibra al sonido de Dios.

Siempre habrá personas que puedan ayudarnos a remar mar adentro, para poder llegar a la plenitud que supone descubrir a Dios, sin olvidar que la voz del maestro siempre irá acorde a palabras como: amor, servicio, entrega, generosidad, perdón, misericordia, libertad. Lo que desentone con estos términos y su significado, seguro que no son notas del Señor, por muy alabados y ponderados que sean los mensajes.

Tal vez sería bueno, salvando las distancias y sin ánimos de ofender, el volvernos sordos, como Beethoven, para poder escuchar con claridad a Dios que nos habla en el corazón.  De ese modo terminaremos transfigurados igual que Jesús.