Ser iguales

Jesús 2 (light)

Ciclo B – Domingo XX Tiempo Ordinario

Juan 6, 51-59
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede damos a comer su carne? » Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. el que coma de este pan vivirá eternamente». Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.
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El otro día leí una frase atribuida a George Bernard Shaw, escritor y dramaturgo irlandés, quien pasó de la educación cristiana protestante al ateísmo, para terminar definiéndose a sí mismo como librepensador. La frase decía: “Hay otra vida, pero está en esta”.

El Evangelio nos vuelve a presentar el insistente discurso de Juan acerca del mensaje de Jesús y el Pan de Vida. Esto, seguramente, por su afán de dejar bien claro lo importante que es para la comunidad cristiana entender lo que aquellos hombres judíos no comprendieron en aquél momento. Y Bernard Shaw y su frase, más bien parecieran contradecir lo que Cristo afirma, porque hasta podría entenderse como una negación a la vida después de la muerte, como si únicamente existiera esta vida que vivimos, y nada más. Sin embargo, creo que, en esencia, están afirmando casi lo mismo.

Una vez más recordamos que el Hijo de Dios es el Pan vivo bajado del cielo, con el añadido, en palabras de Jesús, de tener que comer su carne y su sangre, para poder tener vida eterna, es decir, verdadera vida.

Lo primero que podemos afirmar, sin lugar a dudas, es que Jesús es el camino para poder llegar verdaderamente a Dios. Y eso implica que debemos comer su cuerpo y su sangre, es decir, hacer una sola cosa su vida y la nuestra. Y si bien creemos que todo se refiere a la Eucaristía, también deberíamos pensar qué simboliza el que Cristo sea el pan y el vino que se parte y reparte, hechos cuerpo y sangre.

Si pensamos sólo en el momento eucarístico, la lógica nos dice que al comer al mismo Cristo Eucaristía, se inicia un proceso de asimilación y de nutrición de nuestras vidas con lo que comemos. Lo raro es que después nuestros actos y nuestro cuerpo hablen más bien de comer algo muy distinto a Dios. ¿Acaso no deberíamos “destilar santidad” tras haber ingerido al mismo Jesús? ¿Qué es lo que pasa? Aclaro que estoy tratando de referirme a lo más literal de la afirmación de comer el Pan de la Eucaristía. Si comemos, digo yo, deberíamos volvernos eso que comemos, ¿no es así?

Y por supuesto que nuestra vida, en ocasiones, recorre caminos muy lejanos a los de Jesús, porque nuestros actos más bien contradicen su mensaje, pero eso lo justificamos diciendo que somos débiles, frágiles y pecadores y por consiguiente nos equivocamos. Y es cierto que somos vulnerables, pero ¿dónde queda el Cristo que comemos?

Con todo el respeto que le debemos a la Eucaristía, aún así me atrevo a afirmar, entonces, que no es suficiente recibir el Cuerpo de Cristo y tiene que haber algo más. Y eso, tal vez sea lo que no puede dejar de suceder para que realmente tengamos una vida nueva. Jesús afirma: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.» Y aquí está la clave y salto fundamental y trascendente que hace verdad el discurso de Cristo, a lo cual yo llamaría Unidad. Unidad de Jesús con el Padre y unidad, en potencia, de nosotros con Jesús.

Antes citaba a Bernard Shaw, que nos decía: “Hay otra vida, pero está en esta”, y aunque parezca lejos del evangelio, creo que podríamos pensar la frase como una afirmación a favor de poder vivir una vida distinta, tal vez mejor, una vida nueva, sin esperar a otra más adelante. Empezar ahora, desde la vida que tenemos, y experimentar algo nuevo. Y es lo mismo que nos está expresando Jesús al decirnos que, tras hacernos con su vida completa, ahora mismo podemos empezar una vida con Dios y no sólo después de la muerte.

Recibir el Cuerpo de Jesús, esto lo hemos experimentado, no es garantía de vivir su misma vida. Y tal vez no lo sea porque  estamos acostumbrados al signo, es decir, a recibir sólo el pan y no su vida. Y con esto me refiero a que, sin negar la presencia de Cristo en la forma eucarística, su vida no la terminamos de hacer nuestra, porque estamos, probablemente, muy aferrados, o muy convencidos, de que esta vida que vivimos es lo único que tenemos y no queremos arriesgarnos a hacerla de otro modo, donde no podamos controlar todo de manera clara y segura. Podríamos decir, nos cuesta mucho dar un espacio transformador a Dios en nuestra existencia. Más bien (perdón si exagero) la Eucaristía se convierte en una suerte de antídoto o protección, como una pastilla, o un premio, o un seguro que nos cuida de todo mal, pero en esencia seguimos siendo nosotros mismo, que es lo que nos interesa.

Me atrevo a afirmar que a Dios le decimos que sí, siempre y cuando la batuta la sigamos teniendo nosotros. En cambio, llegar a ser uno con Cristo, seguramente pasa por dejarnos llevar de su mano y, sin querer, empezar a confundirnos con él, a tal punto de poder llegar a afirmar lo que dijo san Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Pero alcanzar tal grado de unión con Dios supone haber hecho nuestra su vida, con todo lo que ello supone, una vida en completa unión con él. Entonces comenzaremos a actuar, con hechos concretos, como lo hizo Jesús. No sólo diremos, de memoria, que hay que amar al prójimo, sino que lo haremos realmente. Visitaremos al enfermo, daremos de comer al hambriento, vestiremos al desnudo, iremos a ver al preso y perdonaremos al que nos ha ofendido. Y eso sí que es volverse pan y vino, cuerpo y sangre, nosotros también, para partirnos y repartirnos, como el mismo Jesús.

Si recibir a Jesús no tiene estas consecuencias vitales, entonces sólo estamos recibiendo un signo y no a Jesús por completo. Y por supuesto que esto es gradual. Nadie se vuelve otro Cristo de la noche a la mañana, pero sí creo que es posible llegar a tal grado de amor a Dios. Eso nos hace trascender, nos hace empezar a vivir una vida completamente nueva, aunque sigamos respirando del mismo modo como hasta ahora. Por eso sí que podemos decir que hay otra vida, pero comienza en esta y sigue después.

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Desde el corazón

Jesús es Vida
Desde el corazón de Jesús…

Ciclo B – Domingo XIX Tiempo Ordinario

Juan 6, 41- 51
Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: “Yo he bajado del cielo? ”»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: “Todos serán instruidos por Dios”. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza viene a mí.  Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo Él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida.  Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.
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Aquella mujer, la hermana mayor, me habló un largo rato. Hacía mucho que no le contaba sus cosas a alguien que no sea su hermano, en quien ella se reconocía —me dijo. Y agregó: Ahora no puedo ir a la Iglesia. Y recuerdo —continuó con voz pausada— que los sacerdotes hablaban lindo, a su modo, a su manera, con sus palabras, pero eso no es la vida. La vida es lo que se tiene en el corazón y a veces no se dice —concluyó.

Esta historia no es algo inventado, sino lo que me pasó cuando fui a ver a dos hermanos que vivían juntos, aquí, en la capital porteña. Ella tenía noventa y dos y él ochenta y siete años. Los visité para llevarles la comunión y darles la unción de los enfermos. Se ayudaban, como podían, pero sobre todo se acompañaban mientras, todos los días, renovaban la esperanza de que algún familiar los llamara.

Y el Evangelio de hoy nos cuenta acerca del mensaje de Jesús hacia todos los que estaban escuchando. Él se presenta como el Pan de Vida y los judíos —dice la lectura— murmuraban acerca del hijo de María y de José. Me atrevo a decir que cada uno estaba en un canal diferente.

Nosotros, en cambio, somos más avanzados y entendidos y con total seguridad afirmamos y creemos que Jesús es el Pan del Cielo. Más aún cuando está claro que la Eucaristía es el alimento por excelencia para todo hijo de Dios. Tenemos esta bendita suerte de poder recibir al mismo Cristo y nutrirnos de él. Pero lo que no sé si hemos comprendido, verdaderamente, es el significado más claro y profundo de este signo sacramental.

Para nosotros la Eucaristía es lo más sagrado que tenemos y, en la mayoría de las personas, eso supone un respeto profundo por Dios y por este Signo. Es más, procuramos estar bien preparados, libres de pecados —afirmamos—, para sentirnos dignos y así poder recibir a Jesús sacramentado. Es lo que bien nos han enseñado. Sin embargo, no estoy convencido de que hayamos comprendido el mensaje de Jesús en su totalidad, aún sabiendo que es lo único que nos diferencia de cualquier otro credo.

Hoy Jesús nos dice claramente que es por medio de él que vamos a llegar a Dios, dado que, el que cree tiene vida eterna. Y esto parece estar muy claro, pero a veces pienso que más bien nos hemos quedado convencidos de que esto supone dos momentos distintos y lejanos en el tiempo. Uno es creer en el Hijo de Dios y por eso también estamos convencidos de su presencia en la Eucaristía, y otro momento es el de la Vida Eterna, que llegará, con suerte, después de la muerte. Así que, tal vez pensado de un modo exagerado, nuestra vida cristiana se convierte en una espera del premio prometido, cuando en realidad creo que Jesús nos dice que él es el Pan de Vida, pero Vida que se vive desde ahora y después también, pero a partir de aceptar lo que él nos ofrece y no únicamente allá en el paraíso.

Antes le contaba acerca de la anécdota de aquellos dos hermanos, solos en la vejez, especialmente recordando las palabras de aquella buena mujer: “La vida es lo que se tiene en el corazón y a veces no se dice”. Y cito este pensamiento porque creo que el mensaje de Jesús tiene mucho que ver con lo que ella pensaba, o al revés: Vamos a comprender bien lo que significa que Cristo es el Pan de Vida, cuando lo escuchemos y lo hagamos vida en el corazón. Es como poder pasar del conocimiento de su doctrina, en la mente, al conocimiento de su palabra en el corazón.

Jesús lo que quiere de nosotros es que, ya desde ahora, comencemos a vivir esta Vida Nueva, vida de hijos de Dios, la cual no se consigue, aunque recibamos el Pan de la Eucaristía, si no encarnamos su propuesta. Y esto se evidencia en los actos de nuestra vida.

Si somos violentos, impacientes, apáticos, mezquinos, egoístas, mentirosos, aún afirmando que somos católicos, hijos de Dios, es que todavía lo que sabemos de Jesús ronda más en nuestro conocimiento intelectual que en nuestro corazón. En cambio, somos personas completamente nuevas, de Dios, cuando ese Pan de Vida lo hemos asimilado y comenzamos a encarnar los mismos gestos y actos que hizo el mismo Jesús. Entonces, nuestro corazón empezará a bombear sangre que nos llevará a vivir, cada vez más, el amor, la generosidad, la amabilidad, la paz, la entrega, la paciencia, la verdad.

De esto último es de lo que tiene que hablar nuestra vida, aunque haya momentos en los que la limitación y el error nos lleve a hacer lo contrario a lo querido por Dios. Aún así, debemos seguir en la decisión de vivir la Vida de Jesús. Entonces podremos afirmar, sin temor a equivocarnos, que hemos alcanzado la Vida Eterna, porque eso que hemos recibido, eso que hemos comido y encarnado, es verdaderamente el Pan Vivo bajado del cielo.

La comida equivocada

Escuchar

Ciclo B – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

Juan 6, 24-35
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste? » Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello». Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? » Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado». Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Les dio de comer el pan bajado del cielo”». Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo». Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús les respondió: « Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed».
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El médico salió a la sala y explicó a Praskovya Fyodorovna que la cosa iba mal y que el único recurso era el opio para disminuir los dolores, que debían de ser terribles.

Era cierto lo que decía el médico, que los dolores de Iván Ilich debían de ser atroces; pero más atroces que los físicos eran los dolores morales, que eran su mayor tormento.

Esos dolores morales resultaban de que esa noche, contemplando el rostro soñoliento y bonachón de Gerasim, de pómulos salientes, se le ocurrió de pronto: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»

Este es un fragmento de un cuento de León Tolstoi, titulado “La muerte de Iván Ilich”. El relato nos pone ante una de las situaciones extremas que puede llegar a vivir una persona. En este caso, a Ivan Ilich se le presenta una de las incertidumbres peores que se puede tener en un lecho de muerte: Dudar acerca de lo que hizo de su vida. Y el Evangelio de hoy nos pone delante de Jesús y de la gente que dialoga con él, lo cual dista de una situación como la del cuento, pero que creo que tienen igual fuerza decisiva y de conclusión.

Jesús ha dejado a la gente que quiere hacerlo rey y ahora, sin pelos en la lengua, les revela las intenciones que tiene aquél grupo de personas: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse». Y les explica lo del Pan del Cielo, que no sabemos bien hasta dónde pudieron entender. Y lo mismo deberíamos preguntarnos nosotros: ¿Hasta dónde entendemos qué es el Pan del Cielo?

Y por supuesto que las respuestas no se hacen esperar, por nuestra parte. Afirmamos con total claridad y seguridad que el Pan del Cielo es Jesús y rápidamente lo asociamos al Pan Eucarístico. Y estamos en lo correcto. Es el Cuerpo de Cristo el que nos da una vida nueva, una vida de Gracia, una vida junto a Dios. Pero me atrevo a decir que es todo eso y más todavía y que sólo se logra entender cuando se vive en realidad.

Y claro que hemos escuchado y aprendido lo que nos dice el Evangelio, pero lo cierto es que, en general, la propia vida la vamos armando como mejor podemos y nos parece, incluso a veces lejos de lo que entendemos que nos pide Dios.

Por otro lado, y esto tal vez requiere una mayor reflexión y autocrítica, es probable que estemos viviendo un esquema parecido al que tenía aquella gente que le pregunta a Jesús:  «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?». Es que, posiblemente, pensamos que hay que cumplir con determinadas normas para estar a bien con Dios y con la Iglesia y de este modo hacernos acreedores de la salvación. Y no voy a oponerme a este esquema, que claramente llevado, con la menor cantidad de fisuras posibles, puede, tal vez, darnos en conclusión la Vida Eterna. Pero creo que la propuesta de Jesús es aún mayor y más profunda y tiene que ver con lo que él afirma: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado», y aquí está, a mi entender, lo más importante. Sin esto creo que “la salvación”, el premio más esperado, se desdibuja.

Antes citaba a Tolstoi, con esta historia de Ivan Ilich, y lo que más me llamó la atención es lo que este hombre dice, casi muriéndose: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?» Y esto me lleva a preguntar una cosa: ¿Y si toda la vida estuvimos haciendo lo que no debíamos? Y no me estoy refiriendo a que hayamos cometido pecado, sino a habernos equivocado en el tipo de pan que hemos comido.

Podemos ponderar mucho tipos de panes, algunos mejores que otros, pero debemos saber que no todos nos dan definitivamente a Dios. Y por supuesto que el más adecuado es el Pan de la Eucaristía. Sin duda, recibirlo es garantía de que vamos por el buen camino, seguramente ese que Jesús quiere que recorramos, pero sin embargo creo que no basta con comulgar. No porque no sea buena la Comunión en sí, sino porque nuestro corazón, aun recibiendo el sacramento, puede estar muy lejos del de Jesús.

Hoy Cristo nos pide algo muy profundo y muy personal: Quiere que, para tener verdadera vida, creamos en él. Y creer en él es adherir nuestro corazón al suyo. Y adherirnos a Jesús es más que cumplir normas y preceptos. Es vivir como vivió él y ese es el punto en el que debemos detenernos y ver si nuestra vida está reflejando eso que creemos.

Creer en Dios, creer en Jesús, no significa ajustarnos a las normas y exigencias de una religión, en este caso la católica, es adherir a la vida propuesta por el mismo Cristo. Y claro que esto supone un esfuerzo grande, porque no resulta fácil mantenerse en comunión con él. Ya sabemos con qué facilidad, en ocasiones, terminamos lejos de Dios. Y, para poder perseverar en esta opción por él, está todo lo que la Iglesia nos propone. Pero lo primero es querer, aceptar, adherir, abrazar a Jesús y su propuesta de vida.

Por último, sin temor a equivocarnos, vivir nuestra vida conforme a la de Cristo, aunque en el camino haya errores y contradicciones que siempre se pueden subsanar, nos da la garantía de no tener que pasar por esa pregunta angustiosa en lecho de muerte, como le pasó a Ivan Ilich: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»

Los Miserables

Cristo, cuerpo y sangre, nos sacan de la miseria...
Cristo, cuerpo y sangre, nos sacan de la miseria…

Lucas 9, 11b-17
Jesús habló a la multitud acerca del Reino de Dios y devolvió la salud a los que tenían necesidad de ser sanados. Al caer la tarde, se acercaron los Doce y le dijeron: «Despide a la multitud, para que vayan a los pueblos y caseríos de los alrededores en busca de albergue y alimento, porque estamos en un lugar desierto». Él les respondió: «Denles de comer ustedes mismos». Pero ellos dijeron: «No tenemos más que cinco panes y dos pescados, a no ser que vayamos nosotros a comprar alimentos para toda esta gente». Porque eran alrededor de cinco mil hombres. Entonces Jesús les dijo a sus discípulos: «Háganlos sentar en grupos de alrededor de cincuenta personas». y ellos hicieron sentar a todos. Jesús tomó los cinco panes y los dos pescados y, levantando los ojos al cielo, pronunció sobre ellos la bendición, los partió y los fue entregando a sus discípulos para que se los sirvieran a la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con lo que sobró se llenaron doce canastas.
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El humano sometido a la necesidad extrema es conducido hasta el límite de sus recursos, y al infortunio para todos los que transitan por este camino.

Trabajo y salario, comida y cobijo, coraje y voluntad, para ellos todo está perdido. La luz del día se funde con la sombra y la oscuridad entra en sus corazones; y en medio de esta oscuridad el hombre se aprovecha de la debilidad de las mujeres y los niños y los fuerza a la ignominia. Luego de esto cabe todo el horror. La desesperación encerrada entre unas endebles paredes da cabida al vicio y al crimen…

Parecen totalmente depravados, corruptos, viles y odiosos; pero es muy raro que aquellos que hayan llegado tan bajo no hayan sido degradados en el proceso, además, llega un punto en que los desafortunados y los infames son agrupados, fusionados en un único mundo fatídico.

Ellos son “Los Miserables”, los parias, los desamparados.      (Victor Hugo, Los Miserables)

Después de este fragmento de Victor Hugo, autor de “Los Miserables”, se pueden abrir muchos cuestionamientos. Personalmente traigo a colación este texto para ambientarnos en una situación concreta: La de los que están necesitados, los que son “miserables”. Y si bien no vamos a hablar del porqué de este estado de algunas personas, ni vamos a entrar en políticas disquisiciones, sí creo que, desde la visión del cristiano y ante tamaño acontecimiento como es el Corpus Christi, todos somos miserables, necesitados, y ahí es donde el Corpus tiene una fuerza inconmensurable.

Jesús está conmovido ante la multitud que lo sigue. Más de cinco mil personas que lo escuchan y van a donde él se dirija. Los apóstoles quieren despachar a la gente, pero el Hijo de Dios dice que no. Les da una orden, un mandato: Denles ustedes de comer. Así, el Mesías, no se desentiende de la situación, sino que se hace cargo. Ocurre el milagro de la multiplicación de los peces y los panes y la multitud reafirma su convicción de que con Cristo están salvados.

Es verdad que lo primero que tenemos en mente es el milagro de la comida abundante. Literalmente, Jesús les da de comer hasta saciarse, y sobra más de lo que tenían al principio. Por supuesto que está bien comparar este acontecimiento narrado con la Eucaristía, la cual es el alimento por excelencia que podemos tener. Comer al mismo Dios nos llena de fuerzas, no sólo espirituales, sino también físicas. Es la grandiosidad del Cuerpo y la Sangre de Cristo que satisfacen cualquier necesidad. Esto lo sabemos y experimentamos cuando comulgamos el pan del cielo. Y los ojos de la fe, y la convicción del corazón, nos dicen que no son pan y vino, sino que, por obra del Espíritu Santo, son aquél cuerpo crucificado y aquella sangre derramada para nuestra salvación.

Y si hablamos de pan y de quedar saciados, entendemos que primero hay una necesidad que precisa ser satisfecha. Aquellos que seguían a Cristo buscaban no sólo alimento, sino también ser curados, ser aleccionados, ser guiados hacia eso que Jesús prometía: El Reino de Dios. Hasta ahora estaban en búsqueda del Mesías y aparentemente en el Nazareno lo habían encontrado. Aquellos eran “los miserables”, los necesitados, los muchas veces olvidados, y Jesús se ocupa de ellos.

Nosotros, tal vez, no estamos tirados en la calle, ni mendigando, pero también tenemos necesidades. No lo poseemos todo. Y llegar a este reconocimiento nos posibilita dar el paso, fundamental, para entender el Corpus Christi. Si aseguramos que lo tenemos todo, entonces no nos hace falta ni Dios. Pero me inclino más a pensar que, nuestro caso es muy parecido al de muchas personas necesitadas de este mundo. Y en primer lugar diríamos que Cristo, que se entrega en cuerpo y sangre, es la mejor respuesta a cualquier carencia que tengamos, especialmente las espirituales.

A su vez, Cristo es alimento, es pan, para otros tipos de hambre. Recordemos que él, como dice el evangelio, a la multitud le enseña acerca del Reino de Dios. Y eso no es comentar lo lindo que se ve la tierra desde una nube. Hablar del Reino es hablar de paz, de justicia, de libertad, de felicidad, de saciedad, de amor, de igualdad, de esperanza, de entrega. Estos son los peces y los panes que también comieron de boca de Jesús, y quedaron satisfechos. Y si no hubiera sido así, nadie habría ido detrás del hijo de María.

Si falta lo que ofrece el Reino y el Cuerpo y Sangre de Cristo, entonces nos queda un mundo de miserables, de necesitados. Ávidos de poder saciar el hambre que tienen. Esa falta de Reino y de los beneficios que éste trae consigo, patente entre quienes estaban en la montaña junto a los doce, hoy lo seguimos padeciendo. Hay muchos miserables que no tienen paz, ni justicia, ni libertad, ni esperanza, ni amor, ni pan. Y es a éstos, y es a nosotros, a quiénes hoy Jesús ofrece su mismo cuerpo, como mejor alimento para acabar con aquella miseria.

Seguramente nos reconocemos algo menesterosos, un tanto “miserables” y Jesús nos saca de ahí y nos da una vida completamente nueva, Entonces quedará de nuestra parte hacer lo posible para que otros también dejen de pasar hambre. Es el papel de los apóstoles el que nos corresponde encarnar. Tenemos que colaborar para que otros puedan comer y dejar la miseria de lado. Eso es Corpus Christi: Ser alimentados y alimentar con misma vida de Dios, recibida en la Eucaristía.