Completa Existencia

Ciclo A – Vigilia Pascual

Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. ” Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de alegría y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
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“El Realismo nos avisa que el sufrimiento es una parte consustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos la existencia quedaría incompleta”.

Esta es una afirmación que hace Victor Frankl, en su obra “El hombre en búsqueda de sentido”. Claro que lo que escribe lo hace desde la experiencia de haber pasado, sufrido y sobrevivido a un campo de exterminio. Y no está pensada desde lo que celebramos esta noche, pero nos puede ayudar a cerrar el círculo de comprensión.

Mateo nos cuenta, con un estilo directo y simple, que Jesús ya no está entre los muertos, que no está en el sepulcro donde van a buscarlo las mujeres, sino que ha Resucitado. Y que ahora hay que volver a Gelilea para ver de nuevo al Maestro. Y nosotros imaginamos a aquellas dos yendo y dándose con la sorpresa de una gran piedra movida. Y afirmamos sin temor que Él ha resucitado y que creemos y aceptamos lo que pasó. Es una realidad de nuestra fe. Sin embargo, me pregunto: Una vez que hemos conocido y aceptado ¿por qué tenemos que volver a recordarlo y celebrarlo cada año? ¿Por qué parece que empezamos de cero y tenemos que volver a convertirnos (es lo que escuchamos desde el miércoles santo)? ¿Acaso el año pasado no lo habíamos entendido y celebrado también?

Es que tal vez hay una pregunta que no podemos dejar de responder: ¿En qué ha cambiado nuestra vida después de esta Semana Santa? Y aquí vale hacerlo en singular. Preguntarnos a nosotros mismos: ¿En qué ha cambiado mi vida?

Cada uno de nosotros va narrando una existencia, que seguimos escribiendo día a día. Pero siendo sinceros, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que esta historia, la nuestra, no sólo está hecha de episodios vivos, sino de capítulos oscuros. Los problemas, los sufrimientos, las penas, las tristezas, los desengaños, la mentira, la calumnia, al envidia, el egoísmo, la indiferencia, la soledad, el insulto, el desprecio, la delincuencia, el olvido, las malas caras, los malos tratos, las infidelidades, la falta de armonía, la ira, la venganza, el rencor, la intolerancia, el racismo, la droga, el alcohol, la miseria… todos son capítulos sin luz que nos meten dentro de una tumba. Y somos nosotros quienes elegimos estar dentro, a medida que dejamos que el corazón se nos llene de todo esto que hemos enumerado.

Y tal vez estamos en alguna de esas oscuridades, pero hoy viene un ángel, o el mismo Dios, a mover la piedra que nos tiene encerrados y nos invita a salir. Y esto no significa únicamente pensar en el cuerpo glorioso que tendremos, sino también en que vivir como resucitados puede ser una realidad hoy mismo. Es vivir y morir, cada día, para poder resucitar.

Antes citaba a Victor Frankl, porque el dolor, el sufrimiento y la misma muerte son parte de nuestra existencia. Y esta quedará incompleta si no estuvieran aquellos momentos. Y lo mismo nos pasa con nuestra vida de fe. También en ella pasamos por la duda, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Porque hay que saber morir a todo aquello que nos encierra, que nos pone en medio de la oscuridad, para poder luego resucitar con el mismo Jesús. Es necesario morir para vivir. Así es como, podríamos decir, logramos una completa existencia.

Depende de nosotros salir de este encierro. Dios nos libera, nos invita a volver a la vida y esto lo aceptamos con entera libertad. Nadie nos obliga. Ni el mismo Dios. Hay que elegir, si queremos resucitar con Cristo y ser personas nuevas, renovadas, alegres, optimista, esperanzadas, generosas, solidarias, bondadosas, fieles, con buena cara para los demás, sonrientes, de los que tratan bien a todos, amables, compañeros, hijos de la verdad, honestos, comprometidos, pacientes, tolerantes, hijos de la luz, lejos de la oscuridad que confundimos con intimidad… ¿O acaso preferimos seguir, aunque oliendo bien a áloe y a mirra, envueltos en una sábana e inertes?

Hoy tenemos fuego (luz y calor) y agua, que son signos de la vida nueva en Dios y también elementos necesario para que tengamos vida biológica. Tal vez sólo nos falta volver a Galilea, donde nos cita Cristo, para volver a escuchar la Buena Nueva. Allí comenzó todo, y habrá que dejar, habrá que morir a lo que sea necesario, habrá que dejar los sudarios y las mortajas, con tal de poder acudir a nuestro encuentro.

Ojalá esta fuera nuestra última pascua. No porque muramos ahora, mañana o el lunes, sino porque hemos comprendido, de verdad y con profundidad, lo que significa que Jesús haya muerto y resucitado. Ojalá pudiéramos decir, con honestidad, que no necesitamos de ayunos ni abstinencias, que la cuaresma no tiene sentido, que hacer la visita a la siete iglesias y los via crucis no caben entre nosotros. Ojalá pudiéramos gritar y afirmar que estos días son un sinsentido porque nuestra vida ha cambiado por fin y de verdad. Porque hemos muerto, pero estamos vivos.

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Ciegos

Ciclo A – Domingo IV de Cuaresma

Juan 9, 1-41
Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús- nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». 

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?» Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo». Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos? » Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está? » Él respondió: «No lo sé». 

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? » Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? » El hombre respondió: «Es un profeta». Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? » Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta».

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él». 

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?» Él les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? » Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones? » Y lo echaron. 

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre? » El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en El? » Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante Él. 

Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos? » Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece».
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Con el evangelio de Juan no podemos menos que pensar en algunas de las imágenes y signos que encontramos. Primero tenemos el barro, que nos evoca el relato de la creación del Génesis. Y en este caso tenemos a Jesús que, con barro, da una nueva vida al ciego de nacimiento Porque no sólo es la vista la que obtiene aquél hombre, sino toda una forma de estar en el mundo. A partir de aquél momento, podríamos decir, ya no depende de nadie. Incluso puede dejar de ser un mendigo a la puerta del templo, porque se puede valer por sí mismo.

También vemos que aquél hombre dejaría de estar etiquetado y nadie pensaría que es a causa del pecado, el suyo o el de sus antepasados, por lo cual no puede ver. Recobra una dignidad que no sólo le da un nuevo lugar en la sociedad en la que vive, sino también en su vida en el ámbito religioso.

Al mismo tiempo, y tal vez sea el punto a destacar con mayor vehemencia, encuentra a Dios en su vida. Reconoce, por vista propia, al mismo Jesús, Hijo de Dios, y lo acepta en su vida. Deja de estar en la oscuridad para pasar a vivir en luz de Dios.

Y así podríamos enumerar muchos beneficios que se desprenden de este milagro. Sin embargo, aquellos que lo rodean, no hacen más que resaltar la prohibición a la que se tendría que haber sometido, no sólo él, sino Jesús también. No hay rastros, en todo el relato, de que se alegren de que el ciego por fin pueda ver. No hay ánimos de querer celebrar el gran milagro del que son testigos. Sólo ven error y pecado, por haber desobedecido la ley de Moisés, por haber sido curado en sábado y por dejar de manifiesto que Jesús era el Mesías.

Entonces surge al menos una pregunta: ¿Qué tenemos de ciego y qué tenemos de fariseos y publicanos?

Para ayudarnos a reflexionar, podemos ver y escuchar lo que nos cuenta Pilar Sordo, en el siguiente video:

Me parece oportuno este video porque, si respondemos a aquella pregunta, tengo la impresión de que al final tenemos que aceptar que a veces somos el ciego y otras somos fariseos y publicanos.

Fariseos y publicanos porque nos puede pasar que no reconocemos lo bueno que está pasando delante de nuestro ojos y sólo vemos problemas, dificultades, errores o pecado en los demás. Reclamamos, tal vez, que los otros hacen lo que no deben, o dejan de hacer lo que, a nuestro criterio, deberían hacer. Nos molesta que otros no se ajusten a los tiempos y normas que nosotros mismos preferimos imponer, porque así nos viene bien, porque así lo hemos decidido. Y nos perdemos de ver que, en tantas ocasiones, Dios sigue haciendo milagros delante de nosotros.

Y somos ciegos porque no vemos la infinidad de cosas buenas que están en nuestras vidas, como las supo reconocer aquél ciego que se acercó a la consulta de aquella psicóloga, Pilar Sordo. Porque nos parece normal que podamos caminar, ver, escuchar, compartir, tener un lugar donde vivir, una persona a nuestro lado a quien abrazar, pan en nuestra mesa y la libertad de poder elegir, reconocer y amar a Dios.

¿Dónde estás, Jesús, con tu barro?
Úntame los ojos,
que quiero volver a ver.
Así diré, sin duda:
Creo,
porque al fin te pude ver.

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imagen bombilla encendida

Ciclo A – Domingo V del Tiempo Ordinario

Mateo 5, 13-16
Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo.
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De vacaciones en Yorkshire, los Chesterton (Frances Blogg y Gilbert Chesterton) conocen al padre O’Connor, un sacerdote que les sorprende con su inteligencia y simpatía. Pero Chesterton reconoce que: «Si me hubieran dicho que diez años más tarde sería yo un misionero mormón en alguna isla de caníbales, no me hubiera sorprendido tanto como la idea de que quince años después yo haría con él mi confesión general y sería recibido en la Iglesia que él servía». En el padre O’Connor, Chesterton nos dice que encontró a un sacerdote, a un hombre de mundo, aún hombre del otro mundo, a un hombre de ciencia y a un viejo amigo.

Este texto es un fragmento del libro “Dios y lo náufragos”, de José Ramón Ayllón. Tenemos apenas una reseña de la vida de Gilbert Chesterton, aquél que tan vivamente habló y escribió acerca de uno de sus personajes de ficción más conocido, el Padre Brown. Inspirado en el antes mencionado padre John O’Connor, quien influyó decisivamente en la conversión de Chesterton. Y al mismo tiempo nos encontramos con la sencillez del mensaje de Jesús. Sal y luz son los elementos que se nos presentan como decisivos a la hora de cambiar el mundo.

Sabemos que la sal sirve para salar y, sin pensarlo, lo asociamos a la comida. Y cuando hablamos de alimentos preparados, de la sal no nos acordamos hasta que esta falta o sobra. A todos nos gusta comer los alimentos bien sazonados, donde la sal sea la justa, ni más, ni menos. Y así podríamos entender nuestra forma de ser sal en el mundo.

Cuando en los ambientes en los que nos movemos se habla mal, o en contra, de los valores en los que creemos, por ejemplo, siempre está la posibilidad de callarnos y no dar nuestro parecer. Las razones de esta actitud pueden ser múltiples, pero sin duda estamos ante una situación en la que nos quedamos cortos de sal. Pero también puede suceder que nos vayamos al otro extremo, como cuando comenzamos a demonizar todo, a poner leyes y prohibiciones divinas que, según entendemos, es lo que todo el mundo tiene que acatar. Entonces, confundimos transmitir la fe con dar un discurso moralizante, y por lo tanto, echamos demasiada sal a la comida.

Aquí es donde debemos poner mucha atención, porque está en nuestras manos el ser la sal adecuada, para que otros encuentren vida en Dios, como aseguramos que hemos encontrado nosotros. Aunque puede suceder que esto no nos importe demasiado, porque bastante ya tenemos con cumplir con las obligaciones religiosas que tenemos. Y esta postura es muy respetable, aunque casi seguro esto es sinónimo de habernos convertido en la sal que no sirve más que para ser pisada, dicho con palabras del evangelio.

Y luego tenemos al luz. Aquí tal vez nos vale pensar en una bombilla, en un foco de luz iluminado, impreso en un hoja de papel. Y claro que evoca lo que conocemos como un artefacto que es capaz de iluminar la oscuridad, aunque por sí mismo no sirve para alumbrar. Si lo sacamos del bolsillo en un lugar donde apenas vemos, no nos va a ayudar, por muy buena que pueda ser la impresión de la imagen. Lo mismo sucede cuando nos sabemos bien la teoría de cómo ser buenos cristianos, pero no ponemos en práctica nada de lo que sabemos. Nos quedamos con tener una cabeza bien ilustrada y poco más.

Pero si nos situamos en la idea de que somos como una lámpara, bien sabemos que esta no funcionará hasta que esté enchufada a la corriente eléctrica. Así nosotros, debemos saber que para ser luz del mundo, hace falta estar conectados con Dios. No hay forma de iluminar si no hay conexión, y ni siquiera nuestras vidas de hijos de Dios tiene sentido. Como no tiene utilidad alguna cualquier reflector que, sin corriente, vemos colgando de una pared.

Pensar entonces en aquél pasaje de la vida de Chesterton que, aun si ser el único caso de conversión que conocemos, nos refleja cómo recibió luz y sal, en la medida óptima. Para terminar entonces abrazando la fe y siendo uno de los cristianos que también, a través de sus textos, supo transmitir lo que recibió. Aquí, seguramente cabe entonces subrayar que aquél padre O’Connor sí que supo entender lo que Jesús nos propone en el evangelio.

¿Y nosotros? ¿Estamos siendo sal y luz? ¿Iluminamos a los demás con la luz divina que llevamos dentro o es que se nos ha roto un filamento y no somos capaces de brillar, aunque decimos estar conectados con Dios? En esto último no hay de qué preocuparse, ya que Dios mismo es el mejor electricista que podrá repararnos, para que sigamos dando Su luz.

A la luz del día

ResucitadoJuan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella». Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba.
Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá?» Jesús les respondió:  «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».. Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se sanará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto?» Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron?» Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba! » Pero algunos decían: «Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»  Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios?» Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tú me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera! ». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
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Rima LVIII -Gustavo Adolfo Bécquer-

 

Después de estos versos de la Rima LXXIII de Gustavo Adolfo Bécquer, no podemos menos que pensar en el tema central del evangelio: A Lázaro muerto en una tumba y su vuelta a la vida. Está claro que de este modo, por la afirmación del mismo Jesús, aquella gente, admirada, aceptó y creyó que él había sido enviado por Dios. Aunque no sabemos hasta dónde llegaron a comprender todo lo que Cristo les enseñó en aquél momento. Esto, también nos llega a nosotros y debemos preguntarnos si, por ver cómo un muerto recupera la vida, también creemos en el Hijo de Dios.

Tenemos a Marta y a María que llaman a Jesús para que cure a su hermano enfermo. Luego se lamentan de que aquél no haya llegado a tiempo, pero Jesús —nos dice— tiene claro que así deben suceder las cosas para gloria de Dios. Finalmente, termina devolviendo la vida a su amigo Lázaro, no sin antes dejarnos una imagen muy humana de su dolor (como hombre que era), demostrado en las lágrimas que derrama. Y de esto nos podemos quedar con varias ideas o mensajes. Una es que no hay imposibles para Dios. Otra puede ser que Jesús era verdadero hombre, pero también verdadero Dios, por el milagro que hizo. Además, podemos pensar el tema de la resurrección de los muertos. O a lo mejor, se nos ocurre reflexionar acerca de nuestra muerte y nuestra resurrección.

Por supuesto que no vamos a meternos en un tema un tanto macabro, pero al fin y al cabo es una realidad de la que no nos vamos a escapar. De hecho, cuanto más lejos esté el fin—decimos— mucho mejor. Nadie tiene apuro en salir de este mundo. Esto es algo que a todos, en mayor o menor medida nos preocupa, más cuando miramos nuestra vida y nos preguntamos si seremos admitidos en el cielo. Y, añadido a esto último, tenemos cuestiones acerca de cómo será aquello, de qué manera nos encontraremos con Dios, si van a estar nuestros seres queridos esperándonos y cuál será el aspecto que tendremos. Suponiendo que creemos en la Resurrección prometida por Jesús, entendida a nuestro modo, y al de Marta.

No nos gusta mucho hablar de la muerte, y menos de la propia, pero visto desde el mensaje de Jesús, creo que nuestra mayor preocupación no debe ser la muerte y sus consecuencias, sino cómo vivimos hasta que llega el día menos deseado. Y para esto vuelvo a traer los versos de Bécquer, ya que nos pone delante la descripción de una muerte y su funeral y entierro, destacando la soledad de los muertos, y al mismo tiempo dejando preguntas acerca del destino final que tendremos. Es una poesía helada y cruda. Pero esto contrasta (por eso cito esta rima) con una parte del evangelio que me parece muy importante. Jesús dice: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él».

Nosotros decidimos si, en la vida, caminamos de día o de noche y, dependiendo de nuestra opción, la vida puede significar quedarnos en un nicho donde se hielan los huesos, o vivir en un cálido abrazo con Dios. Y esto último sucederá desde el momento en que aceptemos el mensaje de Jesús. Si le damos cabida, entonces vivimos bajo la luz, es decir, resucitados. Es que lo que dice el evangelio supera la visión de Marta, y la nuestra, acerca de la resurrección, y que afirma: Al final de la vida resucitaremos. Jesús nos viene a decir que con él ya tenemos una nueva vida, la definitiva, una vida gloriosa. Él dice: «Yo soy la Resurrección y la Vida». Lo hace en tiempo presente. El que lo acepta, acepta esta nueva vida de resucitado, de luz, hoy, no sólo para el futuro. Hay que dejar de pensar la resurrección como una perpetuidad de la vida biológica que tenemos.

Qué hacer entonces, es la duda que nos surge. Y podríamos resumir en que, en el día a día, debemos esforzarnos en vivir la vida bajo la luz, aceptando al mismo Cristo. Esa debe ser nuestra única preocupación, y después que venga la muerte cuando quiera. Y eso significa que nuestras obras y actos tienen mucho que ver con lo que Dios nos pide a todos: Siempre resumido en el amor a Dios y al prójimo.

Si vivimos bajo esta opción de “a plena luz del día”, incluso podríamos afirmar, desde la fe, que tenemos vida en serio, y si nuestros actos son más bien fieles a la oscuro y a la nocturnidad, entonces, aunque respiremos, estamos muertos, antes y después de la muerte. Somos nosotros los que decidimos.

Hay que añadir que nunca está la suerte echada de una vez para siempre. Porque nosotros mismos fluctuamos. A veces actuamos bajo la luz y otras en la oscuridad. Tendremos que esforzarnos entonces para que la mayoría de nuestros actos sean de luz, de aceptación de lo que Cristo nos ofrece. Y si descubrimos que estamos un poco parecidos a lázaro, vendados de los pies a la cabeza, en una tumba y malolientes, todavía nos queda la posibilidad de poder escuchar a Jesús que nos dice: «¡Lázaro, ven afuera!».

¿Cómo vivimos? ¿Somos de la luz o de la oscuridad? Dejemos que Jesús nos desate y nos deje ir, para poder vivir a plena luz del día, es decir Resucitados.