Hasta donde la oración nos lleve

Hasta donde la oración me lleve

Ciclo C – Domingo XVII Tiempo Ordinario

Lucas 11, 1-13
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:  Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquéllos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan! »
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Para centrar la atención en qué nos dice el evangelio este fin de semana, me parece oportuno citar una película alemana, titulada “Hasta donde los pies me lleven”. El protagonista que dice no creer en Dios, sin embargo tiene actitudes y valores en su vida que podrían ser los del más ferviente cristiano. Incluso llega a rezar el Padrenuestro, mientras huye del campo de concentración en Siberia, donde fue enviado con una condena de 25 años de trabajos forzados, después de II Guerra Mundial. El film está basado en hechos reales.

Tenemos a Jesús que enseña, a petición de sus discípulos, cómo deben orar. Y nos encontramos con el Padrenuestro. Es la oración más conocida de la historia, me atrevo a decir, y nosotros cristianos, podríamos estar muy orgullosos de ello. Sin embargo siempre me asalta una duda: ¿Hasta qué punto estamos convencidos de lo que rezamos o repetimos?

Por supuesto que cada uno, podríamos decir, reza a su manera. Seguramente el Padrenuestro es y puede ser paradigma de oración, pero tenemos que encontrar nuestro mejor modo de acercarnos y estar con Dios. Porque para eso es la oración, para tener y expandir un espacio interior de convivencia con Dios mismo. De nada sirven las “fórmulas mágicas” de oración, ni los patrones establecidos arbitrariamente. Decir que todo el mundo tiene que hacer la Coronilla de la Misericordia, para estar a bien con Dios, no es cierto. A algunos les ayudará muchísimo, a otros simplemente no les resultará muy bien. En este tema también hay libertad. Aunque sí creo que hay tener en cuenta algunos puntos que ayudarán a que nuestra oración tenga el espíritu de lo que Jesús nos enseña hoy.

Tal vez lo primero que deberíamos hacer es comenzar por el final del evangelio. Es decir: Pedir el Espíritu Santo. Él será quien inspire mejor en nosotros el modo de dirigirnos a Dios. Porque podemos decir que es el mismo Dios quien suscitará nuestra plegaria. Ya decía san Agustín: Nada de lo que digamos a Dios antes no ha sido inspirado por Dios mismo en nosotros.

El resto tiene que ver con “pedir en plural”. Por supuesto que muchas de nuestras oraciones son a título personal. Incluso creo que gran parte de la oración que hacemos es de forma individual. Pero si nos fijamos en el Padrenuestro, vemos que el tiempo verbal que utiliza es la primera persona del plural, el “nosotros”. Tal vez por dos motivos. Porque nuestra oración no debe ser egoísta, donde sólo prima el “yo”: Yo te pido, dame esto, dame aquello, yo necesito. También debemos pensar en el bien común, en los otros, en el que tenemos a nuestro lado y que también tiene necesidades. Y lo segundo seguramente tiene que ver con lo que Jesús quiere que hagamos: Que recemos juntos. ¿Cuántos nos juntamos a rezar? Está bien decir que la Eucaristía es una oración en común, pero ¿acaso somos capaces de reunirnos para hacer nuestra oración? No sé si hoy es una costumbre, pero lo era para las primeras comunidades cristianas. ¿Rezamos en familia?

Por otro lado, nuestra oración debe ser tenaz. No podemos claudicar en nuestras plegarias, simplemente porque las cosas que pedimos no suceden de un modo inmediato. Si nos fijamos en el ejemplo que nos trae el evangelio, vemos que la insistencia del que va a pedir pan a su amigo no queda reducida a una sola vez. Jesús mismo nos anima a insistir.

Lo siguiente será tener confianza. No podemos rezar y pedir y al mismo tiempo estar pensando: “No creo que Dios me conceda esto”, “es demasiado lo que le estoy pidiendo”, “tal vez el Señor nos conceda lo que pedimos, pero es muy difícil”. Tenemos que aprender a confiar y esperar, con la certeza de que ya lo tenemos y por consiguiente agradecer. ¿Acaso no nos dice el mismo Jesús, en el evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 24: «Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas»? Entonces, si creemos que ya las hemos obtenido, deberíamos agradecer.

Y aquí es donde vuelvo a citar aquella película alemana, “Hasta donde los pies me lleven”. Es que me parece percibir en aquél hombre que, aun viendo las condiciones en la que vive, no deja de buscar, de pedir podríamos decir, el volver a casa. Está convencido de que va a regresar con su esposa y sus hijos y es capaz de caminar 14.000 km., con tal de hacer realidad aquello que más anhela.

Si vale la comparación: ¿Hasta dónde hemos sido capaces de esperar, perseverar y pedir, con tal de que Dios nos responda? Y claro que surge otra duda: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué Dios nos tiene que hacer esperar tanto? Tal vez la respuesta la podamos encontrar en lo que, otra vez, san Agustín nos dice: «Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros”. (La ciudad de Dios, 20, 22).

Lo principal: Saber que Dios es nuestro padre y nos escucha.

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Íntimo

intimidad con Dios (web)

Marcos 1, 29-39
Jesús fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre, y se lo dijeron de inmediato. Él se acercó, la tomó de la mano y la hizo levantar. Entonces ella no tuvo más fiebre y se puso a servirlos. Al atardecer, después de ponerse el sol, le llevaron a todos los enfermos y endemoniados, y la ciudad entera se reunió delante de la puerta. Jesús sanó a muchos enfermos, que sufrían de diversos males, y expulsó a muchos demonios; pero a éstos no los dejaba hablar, porque sabían quién era El. Por la mañana, antes que amaneciera, Jesús se levantó, salió y fue a un lugar desierto; allí estuvo orando. Simón salió a buscarlo con sus compañeros, y cuando lo encontraron, le dijeron: «Todos te andan buscando». Él les respondió: «Vayamos a otra parte, a predicar también en las poblaciones vecinas, porque para eso he salido». Y fue por toda la Galilea, predicando en las sinagogas de ellos y expulsando demonios.
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Hoy tenemos a Jesús que comienza a interactuar de un modo más directo y decidido con las personas. Cura a los que están enfermos, como la suegra de Pedro y a todos aquellos que se acercaban a verlo para ser sanados. También expulsa demonios. Podríamos decir que es una jornada intensa de trabajo, la cual, el mismo Cristo, concluye buscando un lugar para hacer oración, antes de ir por nuevos lugares.

Las curaciones, sin duda, son extraordinarias. Si a nosotros pueden llamarnos la atención, imagínense a los de aquél tiempo. Estarían más que asombrados. Así vemos cómo acudían a Jesús y lo buscaban, con tal de poder liberarse de los males que les aquejaban. Y, seguramente, nosotros haríamos lo mismo si supiéramos que el Hijo de Dios anda curando en algún lugar. Lo iríamos a ver, a pedirle que también nos cure. De hecho algo parecido pasa cuando se sabe de alguien que, tal vez un sacerdote, tiene el don de la curación. Las personas acuden en masa para poder ser sanados.

Entonces, aquellas personas como nosotros, debemos descubrir qué encontramos en Jesús y sus curaciones. Muchos, simplemente eso, una liberación de algo que aqueja y nada más. De hecho, en la actualidad, Dios vuelve a existir para algunos que se ven atormentados por una dolencia o un problema. Cuanto más grave la dificultad, más patente se vuelve Dios. ¿Y después? Después, habiendo encontrado al Señor y sus milagros, unos cuantos siguen con él, aunque otros se olvidan hasta el próximo dolor. En esto es bueno que nosotros también sepamos descubrir si queremos estar cerca de Dios por sus prodigios, por algo más o por qué razón.

Lo siguiente a considerar es el momento de oración que Cristo busca. Bien podríamos argumentar que, siendo el Hijo de Dios y pudiendo realizar tantos portentos, no era tan necesario que se pusiera a orar; tal vez cumplió con una formalidad o fue una manera de enseñarnos que hay que rezar. Pero lo que está claro es que nadie puede dudar de que Dios estaba con Jesús. Sin embargo, este apartarse a orar, más allá de la enseñanza que creamos ver, creo que manifiesta el lado más humano de Cristo. Su necesidad de renovarse interiormente para seguir adelante.

Es bueno entonces considerar cómo es nuestro comportamiento con respecto a la oración. Si Jesús necesitaba hablar con su padre a solas, con cuánta mayor razón nosotros. Tal vez los puntos a reflexionar son: ¿Cuánto tiempo estoy a solas con Dios? ¿En mi interior resuena hueco o resuena Dios? Y en esto me refiero a mucho más que hacer determinados actos piadosos y repetir una lista de interminable de oraciones. Es que, sin desmerecer la recitación de plegarias hechas, me parece que el diálogo de Jesús con su Padre es mucho más, es algo íntimo. Me atrevo a describirlo como un abrazo amoroso. Entonces la pregunta es: ¿Qué tan íntimo es Dios para cada uno de nosotros?

Bien hasta ahí, pero me pregunto si esto es todo lo que podemos encontrar en este evangelio y los comienzos de la actuación de Jesús. Y me atrevo a decir que no. Hay mucho más. Este es el puntapié inicial de algo mucho más grande, más trascendente, un anticipo de lo que viene, es casi una declaración de amor, es una puerta abierta a la esperanza, desde donde podemos visualizar el mundo de Dios, caracterizado, especialmente, por su amor. Amor que cura, que acompaña, que abraza, que sostiene, que quita miedos, que realiza sueños, amor que sana heridas, que libera, que acepta, que calma, que anima, que destraba, que da vida. Y el modo de expresar lo que creo ver en Dios, a través de este evangelio, son los siguientes versos. Y animo a leerlos con esta premisa, aunque su autor no haya tenido esa intención: Es Dios quien nos recita este poema, en la intimidad, en el corazón de cada uno. Pensemos que él, sentado a nuestro lado nos dice:

No te rindas, de Mario Benedetti

Estos comienzos de Jesús, son mucho más que milagros, y ese plus es lo que debemos buscar y encontrar. Y sólo lo veremos, lo experimentaremos, a partir de nuestra intimidad con él. Sólo desde la vida interior, desde nuestro espíritu unido al de Dios, podremos descubrir y adentrarnos en una nueva dimensión, en el mundo divino, en lo eterno. Y eso hará que nosotros también, al igual que la suegra de Pedro una vez curada, seamos capaces de levantarnos y ponernos a amar, a servir a los demás.

Por cierto, el poema es de Mario Benedetti y se titula “No te rindas”.

Inconsciencia

María y José

Lucas 1, 26-38
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido., Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; El será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?»
El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra».
Y el Ángel se alejó.
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Hoy tenemos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Y bien sabemos que nos referimos al momento en que la Ella fue concebida por sus padres, Ana y Joaquín. La Madre de Jesús —dice el dogma de 1854— no tuvo mancha, no tuvo pecado original, porque desde el primer momento fue preparada para recibir, en su seno, al mismo Hijo de Dios.

Esto, tal vez no es fácil de entender. Es parte de las verdades de nuestra fe y no dudamos en afirmarlo. Asimismo, con respecto a la Virgen María, siempre tenemos palabras de elogio, y títulos que le hemos puesto, para decir bien la dignidad que reconocemos en ella. Le llamamos Purísima, Inmaculada, Reina del Cielo, Madre Gloriosa, y tantos otros añadidos que nos parecen poco y se quedan cortos para tan grande persona. Todo es muy lindo y está muy bien si queremos expresar el amor que le tenemos a María, la madre de Jesús. Sin embargo, siempre me pienso que, al mismo tiempo, nos aleja de este gran modelo humano. Tantos nombres rimbombantes la hace casi inalcanzable, cuando en realidad creo que está muy al alcance de cualquier ser humano, porque sus virtudes también pueden ser nuestras. Podemos, con esfuerzo seguramente, ser humildes, generosos, confiados en Dios, con un Sí incondicional, como lo fue aquella muchacha de Nazaret que le dijo Sí al anuncio que recibió de parte de Dios, por medio del ángel.

Y hoy nos encontramos con este evangelio, el de Lucas, que nos lleva a aquél momento de la anunciación. El cual nos dice mucho, nos interpela, porque también nuestra vida puede, o no, con el texto. Por eso, la propuesta es, al ritmo de unos versos que escribí hace unos años, reflexionar este evangelio:

En qué estabas pensando, María,
que te convenció con tan poco argumento

Pocas cosas tuvo que explicar el ángel para convencer a María de hacer lo que Dios había pensado. Ella, fácilmente, accede a la voluntad de su Señor. Y esto nos cuestiona a nosotros. Bien podríamos preguntarnos: ¿Nos convence Dios? ¿Accedemos con facilidad a lo que él nos pide? ¿O acaso le pedimos muchos argumentos, para tener bien claro lo que va a suceder si accedemos a lo pedido? Ojalá tuviéramos la docilidad de María, para que Dios, a través de nosotros pueda obrar su amor. A veces tengo la impresión de que al Señor le pedimos que estén bien fundamentadas sus peticiones, para recién darle un sí.

En qué estabas pensando, María,
que no mediste las consecuencias

Y claro, ella no midió las consecuencias. Poco tuvo en cuenta que podía ser repudiada por los suyos si aparecía embarazada sin haberse casado aún con José. No tuvo en cuenta las consecuencias, y dijo Sí. Esto nos hace pensar si con Dios nosotros obramos de igual manera. ¿O somos más bien calculadores? Si Él nos pide algo, me parece, lo pensamos dos veces. Tratamos de saber bien qué nos puede pasar si hacemos lo que se nos pide, no vaya a ser cosa que quedemos como tontos delante de los demás, o hagamos el ridículo. Sí, está bien que Dios nos pida —decimos— pero tampoco podemos hacer algo descabellado, o perder una amistad, por defender unos valores.

En qué estabas pensando, María,
que no pusiste tus condiciones

Sabiendo que de ahí en más iba a dejar de ser la simple muchacha de Nazaret, podría haber exigido algunas cosas, algunos beneficios en honor al prestigio y al status que obtenía. Sin embargo ella no impone sus condiciones. ¿Y nosotros? ¿Le ponemos condiciones a Dios? Se me ocurre que en ocasiones sí que pasamos la lista de nuestras exigencias. Dios —le decimos— voy a perdonar a tal persona (o voy a ayudarla), pero en atención a esto te pido esto otro. También es el famoso “te prometo” que voy a hacer tal cosa, si me das tal otra. ¿Nos pasa eso?

En qué estabas pensando, María,
que no exigiste respuestas

Si repasamos el texto, vemos que apenas si hay una pregunta de parte de la Virgen: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?» Y el ángel le explica que el poder el Altísimo la cubrirá con su sombra y que a partir de ahí toda la magia divina se realizará. ¿Qué habrá entendido aquella muchacha? ¿Qué entendeos nosotros? Sin embargo ella acepta, sin más. ¿Hacemos lo mismo o le exigimos a Dios que se aclare, que nos dé respuestas, que no se quede callado porque tenemos muchas dudas? Cuántas veces se escucha: ¡Estoy enojado con Dios! ¡Cómo fue capaz de permitir esto y aquello! Hasta que no me diga el por qué, no pienso volver a la Iglesia. Es el continuo por qué, por qué, que no nos falta. Es que queremos saber, es nuestro derecho y Dios, si nos pide algo, nos debe más que una explicación. Digo: Ojalá que podamos imitar a María en su forma de proceder con Dios.

En qué estabas pensando, María,
que sin entender lo arriesgaste todo

No hubo nada en la vida de María que ella no puso en riesgo, con tal de hacer la voluntad de Dios. ¿Nos pasa igual? ¿O más bien, antes de embarcarnos en cualquier empresa divina, exigimos ciertos seguros? ¿Acaso, para con Dios, buscamos que no quede ningún cabo suelto? ¿Cuánto, de verdad, arriesgamos? Cuántos dicen que creen tener, por ejemplo, vocación religiosa o sacerdotal, y sin embargo nunca arriesgan, no vaya a ser que se equivoquen o se pierdan —dicen— el vivir la vida.

Son muchas ideas para pensar, muchas preguntas para responder y cada uno sabrá encontrar su verdad. Tal vez sirva, por eso les dejo esta poesía-oración completa (sepan disculpar si la métrica no es la adecuada). Es la mejor forma de expresar lo que pienso cuando leo este evangelio…

En qué estabas pensando

En qué estabas pensando, María,
que te convenció con tan poco argumento.
Será que las propuestas de Dios
nos agarran desprevenidos.

En qué estabas pensando, María,
que no mediste las consecuencias.
Será que cuando se ama al Señor,
se esfuman los miedos.

En qué estabas pensando, María,
que no pusiste tus condiciones.
Será que cuando se tiene a Dios bien dentro,
nos condiciona su amor.

En qué estabas pensando, María,
que no exigiste respuestas.
Será que cuando Dios está vivo en nosotros,
ya las tenemos todas.

En qué estabas pensando, María,
que sin entender lo arriesgaste todo.
Es que con Dios, el único riesgo
es ganarse la vida eterna.

¿En qué estabas pensando, María? ¿En qué?
Viva tu inconsciencia divina que estuvo,
por el amor a Dios y de Dios, sostenida.

Resistencia

Dar aquello que hemos recibido de Dios...
Dar aquello que hemos recibido de Dios…

Lucas 18, 1-8
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: “Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario”. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”». Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? »

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Después de leer el evangelio tuve dos ideas. La una unida a la otra y, para abordar estos temas, creo nos puede valer el tener en cuenta una película titulada: “Resistencia”, “Defiance” en inglés. También se podría traducir el título original por insubordinación. El film, basado en hecho reales, cuenta a cerca de la proeza de tres hermanos que luchan por salvar sus vidas, refugiándose en los bosques cercanos a su casa en Bielorrusia, después de que los nazis han matado a su familia. A medida que se extienden los rumores sobre su entrega y coraje, otras personas de toda clase y condición, se unen a ellos y se muestran dispuestos a arriesgarlo todo por un instante de libertad.

Hoy tenemos a Jesús que nos presenta una parábola donde una pobre viuda insiste a un juez descreído y soberbio que le haga justicia. Éste accede al pedido, no por hacer honor a su función, sino para que la mujer deje de molestarlo.

Aquí, lo primero que podemos resaltar es la fe y paciencia que tiene la mujer, quien no se cansa de pedir hasta obtener lo que necesita. Entonces podemos decir que, análogamente,  así debería se nuestra oración: Impregnada de fe y paciencia. Sobre todo si tenemos en cuenta que los tiempos de Dios, a veces, no son los tiempos nuestros. No todo sale a pedir de boca, pero ciertamente Dios termina dando respuestas. A esto podríamos añadir que si aquél juez malo supo dar a la viuda lo que precisaba, Dios, que es bondad, nos va a socorrer. No tengamos duda en ello, sino fe.

Y avanzando en lo que nos presenta la Palabra de Dios, vemos que se nos presenta un gran tema: La justicia. El juez no teme a Dios y tampoco le importan las personas –nos cuenta Jesús. Bien podríamos decir que es un déspota. Y suponemos que hacía lo que le venía en gana, es decir, actuaba haciendo justicia si le parecía bien. O tal vez legislaba para quienes le interesaban o podían retribuirle algún beneficio. En cambio, la pobre viuda, que es imagen del desamparo en la época de Cristo, lo único que le reportaba al magistrado era fastidio.

Todo esto, si lo miramos con los ojos de nuestra época, no podemos menos que pensar en la corrupción de los que detentan poder. Son los que, en parangón con el aquél juez, no temen a Dios y tampoco les importa las personas. El único interés es hacer lo que a ellos les beneficia. Aunque, en ocasiones sí hacen justicia, que es para lo que están, pero a lo mejor sólo es un tentempié para los más desamparados. Y esta actuación es los sigue sosteniendo a aquellos mismos en el lugar de privilegio en el que están.

Aquí es donde traigo a colación la película citada al principio. La misma nos cuenta cómo se resiste al ataque mortal de aquellos que creen poder decidir quién tiene que vivir y quién no. Aquellos tres hermanos, también por un acto de fe, son capaces de buscar lo que saben que les pertenece: La libertad. Del mismo modo, nosotros desde la fe, que significa adherirse y entregarse a una persona: Jesús; deberíamos poder resistir con tal de obtener lo que necesitamos. La pregunta sería: ¿Cuánto hemos sido capaces de aguantar y esperar hasta que se haga justicia o lleguemos a recibir aquellos que le pedimos a Dios?

Y en esto no podemos olvidarnos de los desamparados, de los que siguen esperando que se haga justicia. Por un lado, no debemos perder la fe, y creer que todo puede estar mejor de lo que está, donde la realidad social puede ser más equitativa. Pero al mismo tiempo deberíamos revisar nuestras acciones concretas para hacer realidad la justicia que tanto esperan algunos. Y aquí estamos hablando desde la equidad de bienes hasta la equidad de justicia, pasando por el trato ecuánime en la convivencia diaria.

Hay que resistir, hay que tener fe, pero al mismo tiempo hay que actuar, haciendo todo lo que esté a nuestro alcance. Aquella viuda no sólo se contentó con pedir y confiar en que se le iba a dar lo necesario, sino que fue y volvió, insistiendo, una y otra vez. Y si en alguna medida pensamos que estamos más del lado del juez, no por ser como él en su actitud ante Dios y las personas, sino por tener la posibilidad de actuar en favor de los más desamparados, tal vez es el momento de empezar a trabajar.

Si de verdad somos hijos de Dios, no podemos menos que pedir y esperar, confiados en Dios y, al mismo tiempo, dar aquello que de él hemos recibido.