Completa Existencia

Ciclo A – Vigilia Pascual

Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. ” Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de alegría y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
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“El Realismo nos avisa que el sufrimiento es una parte consustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos la existencia quedaría incompleta”.

Esta es una afirmación que hace Victor Frankl, en su obra “El hombre en búsqueda de sentido”. Claro que lo que escribe lo hace desde la experiencia de haber pasado, sufrido y sobrevivido a un campo de exterminio. Y no está pensada desde lo que celebramos esta noche, pero nos puede ayudar a cerrar el círculo de comprensión.

Mateo nos cuenta, con un estilo directo y simple, que Jesús ya no está entre los muertos, que no está en el sepulcro donde van a buscarlo las mujeres, sino que ha Resucitado. Y que ahora hay que volver a Gelilea para ver de nuevo al Maestro. Y nosotros imaginamos a aquellas dos yendo y dándose con la sorpresa de una gran piedra movida. Y afirmamos sin temor que Él ha resucitado y que creemos y aceptamos lo que pasó. Es una realidad de nuestra fe. Sin embargo, me pregunto: Una vez que hemos conocido y aceptado ¿por qué tenemos que volver a recordarlo y celebrarlo cada año? ¿Por qué parece que empezamos de cero y tenemos que volver a convertirnos (es lo que escuchamos desde el miércoles santo)? ¿Acaso el año pasado no lo habíamos entendido y celebrado también?

Es que tal vez hay una pregunta que no podemos dejar de responder: ¿En qué ha cambiado nuestra vida después de esta Semana Santa? Y aquí vale hacerlo en singular. Preguntarnos a nosotros mismos: ¿En qué ha cambiado mi vida?

Cada uno de nosotros va narrando una existencia, que seguimos escribiendo día a día. Pero siendo sinceros, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que esta historia, la nuestra, no sólo está hecha de episodios vivos, sino de capítulos oscuros. Los problemas, los sufrimientos, las penas, las tristezas, los desengaños, la mentira, la calumnia, al envidia, el egoísmo, la indiferencia, la soledad, el insulto, el desprecio, la delincuencia, el olvido, las malas caras, los malos tratos, las infidelidades, la falta de armonía, la ira, la venganza, el rencor, la intolerancia, el racismo, la droga, el alcohol, la miseria… todos son capítulos sin luz que nos meten dentro de una tumba. Y somos nosotros quienes elegimos estar dentro, a medida que dejamos que el corazón se nos llene de todo esto que hemos enumerado.

Y tal vez estamos en alguna de esas oscuridades, pero hoy viene un ángel, o el mismo Dios, a mover la piedra que nos tiene encerrados y nos invita a salir. Y esto no significa únicamente pensar en el cuerpo glorioso que tendremos, sino también en que vivir como resucitados puede ser una realidad hoy mismo. Es vivir y morir, cada día, para poder resucitar.

Antes citaba a Victor Frankl, porque el dolor, el sufrimiento y la misma muerte son parte de nuestra existencia. Y esta quedará incompleta si no estuvieran aquellos momentos. Y lo mismo nos pasa con nuestra vida de fe. También en ella pasamos por la duda, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Porque hay que saber morir a todo aquello que nos encierra, que nos pone en medio de la oscuridad, para poder luego resucitar con el mismo Jesús. Es necesario morir para vivir. Así es como, podríamos decir, logramos una completa existencia.

Depende de nosotros salir de este encierro. Dios nos libera, nos invita a volver a la vida y esto lo aceptamos con entera libertad. Nadie nos obliga. Ni el mismo Dios. Hay que elegir, si queremos resucitar con Cristo y ser personas nuevas, renovadas, alegres, optimista, esperanzadas, generosas, solidarias, bondadosas, fieles, con buena cara para los demás, sonrientes, de los que tratan bien a todos, amables, compañeros, hijos de la verdad, honestos, comprometidos, pacientes, tolerantes, hijos de la luz, lejos de la oscuridad que confundimos con intimidad… ¿O acaso preferimos seguir, aunque oliendo bien a áloe y a mirra, envueltos en una sábana e inertes?

Hoy tenemos fuego (luz y calor) y agua, que son signos de la vida nueva en Dios y también elementos necesario para que tengamos vida biológica. Tal vez sólo nos falta volver a Galilea, donde nos cita Cristo, para volver a escuchar la Buena Nueva. Allí comenzó todo, y habrá que dejar, habrá que morir a lo que sea necesario, habrá que dejar los sudarios y las mortajas, con tal de poder acudir a nuestro encuentro.

Ojalá esta fuera nuestra última pascua. No porque muramos ahora, mañana o el lunes, sino porque hemos comprendido, de verdad y con profundidad, lo que significa que Jesús haya muerto y resucitado. Ojalá pudiéramos decir, con honestidad, que no necesitamos de ayunos ni abstinencias, que la cuaresma no tiene sentido, que hacer la visita a la siete iglesias y los via crucis no caben entre nosotros. Ojalá pudiéramos gritar y afirmar que estos días son un sinsentido porque nuestra vida ha cambiado por fin y de verdad. Porque hemos muerto, pero estamos vivos.

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Lo que de verdad importa

Ciclo A – Domingo V de Cuaresma

Juan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá? » Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se sanará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? » Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron? » Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? » Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tu me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera! ». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
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Ante un hecho tan humano, como lo es la muerte misma, no son sólo los humanos los que sufren la pérdida, también Dios, Jesús, que es humano al mismo tiempo, llora la pérdida de su amigo. Se conmueve.

En la época en la que vivimos nos falta todavía lograr ser humanos en serio. Bueno, no todo es así y menos mal que hay quienes viven su “ser humanos” con profundidad, si no, esto no habría quién pudiera aguantarlo.

Recuerdo una película que vi hace poco tiempo. Se titula “Lo que de verdad importa”. Desde el inicio este film tiene algo especial: Es completamente benéfico. La historia es simple y misteriosa al mismo tiempo. Aunque también deberíamos decir que es de una espiritualidad sin reflexión alguna. Más bien es “mágica”. Pero es cierto que apunta justo al centro de lo que una gran mayoría anhelamos, de uno u otro modo: Un milagro. O mejor, el señor de los milagros. A todos nos vendría bien que alguien nos curara mágicamente. Entonces, podríamos decir, seguimos en el mismo esquema de lo que esperaba la gente en el tiempo de Jesús.

Y es que parece que es lo que más recordamos y anhelamos de Jesús de Nazaret. Ojalá pudiéramos tocarlo, y todo quedaría solucionado —decimos con cierta nostalgia. Aún así, me cuesta creer que nuestra fe en Dios es más grande cuanto más grande es la evidencia de su milagrosa intercesión.

Si nos fijamos en las palabras de Marta y de María, ellas deseaban que Jesús hubiera llegado antes de que muriese Lázaro. Es que esperaban el milagro de la curación. Lo mismo nos pasaría a nosotros. Sin embargo vemos que Cristo no llega y luego llora por la pérdida de su amigo. ¿Cómo es que llora si, según nos relata el evangelio, sabía lo que iba a hacer?

Este es el punto que deseo subrayar del mismo Dios y de su humanidad: No deja de conmoverse con el que está sufriendo. Y así lo hace (eso me gusta pensar y creer) con nosotros cada vez que pasamos por algún dolor. Él no se ausenta, sino que llora a nuestro lado y nos vuelve a dar esperanza. Y de esto, probablemente, somos conscientes, aunque me parece que en ocasiones no nos satisface del todo. Tal vez porque seguimos deseando (y rabiando porque no sucedió como queríamos) que Cristo se hubiera adelantado y evitado nuestro sufrimiento.

Y esto es lo que aprendemos de este evangelio: Que Dios no puede ser aquél que sólo viene a evitarnos los golpes y dolores, aquél que sólo está para remediar nuestros males y evitar los desgarros y las pérdidas. Porque si esa es nuestra concepción de él, entonces pueden surgir preguntas como: ¿Por qué Dios permite esto?

La vida transcurre, con sus alegrías y sus penas, incluida la muerte, episodio tan indeseado como cierto de suceder. Entonces nos aferramos a la promesa de Jesús, de vivir eternamente con él. Y todo lo percibimos como una suerte de premio que consuela nuestra incertidumbre de no saber qué va a suceder, una vez que muramos. Pero no creo que sea exactamente esa la propuesta de Cristo.

Para hacerlo fácil y corto: Él nos promete una vida nueva desde el momento en que lo aceptamos en nuestro corazón. Bien podríamos decir que él se hace nuestra Resurrección, de modo inmediato, porque hemos sido capaces de dejar todo aquello que nos ata y no nos deja ser de Dios. Luego, viviendo esta nueva vida en Él, no hay muerte que valga, porque no dejará de ser una anécdota en este vivir continuo con el Señor.

Creo que a esta conclusión y experiencia personal llegaron aquellos que pudieron decir, como Santa Teresa:

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

¿Qué es entonces lo que de verdad importa?

Como una fragancia

flor violeta

Ciclo A – Domingo II Adviento

Mateo 3, 1-12
En aquellos días, se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: «Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: «Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: “Tenemos por padre a Abraham”. Porque yo les digo que de estas piedras, Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero Aquél que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible».
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“El perdón es la fragancia que derrama la violeta en el talón que la aplastó”

Esta es una frase de Mark Twain, escritor norteamericano, bien conocido por su libro ”Las aventuras de Tom Sawyer”. Pero aquí, si bien el autor nos puede interesar, más nos llama la atención este pensamiento que encabeza la reflexión. Y el evangelio nos pone ante Juan y su llamado a la conversión, él es la voz en el desierto, evocando la figura de quien anuncia lo mejor que está por venir.

Si hablamos de Juan, en seguida lo identificamos y pensamos: Es el primo de Jesús, hijo de Isabel. Un poco raro en sus formas y vestimentas y comidas, pero sabía bien lo que tenía que hacer y cuál era su lugar. Anunciaba la venida del Mesías. Y encarna la figura del profeta descrita en Isaías. Pero en este caso, lo que predica Juan tiene un plus con respecto a los profetas que le precedieron: Presenta a Jesús que vendrá y bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Y el anuncio es tan novedoso que no lo hace desde el templo de Jerusalén, donde yacía toda religiosidad oficial, sino desde el desierto. Es decir, todo lo que viene con Jesús, es totalmente nuevo, y no más de lo mismo en ese momento.

Aquí creo que podemos preguntarnos, si ese Jesús que viene, sigue siendo tan novedoso para nosotros. Aunque tal vez pensamos que las cosas de Dios las tenemos más bien controladas, porque sabemos qué hay que hacer y qué debemos cumplir, con tal de tener contento al Señor. Y más aún en esta época de Adviento y Navidad, donde todo se puede volver una simple repetición de lo que ya sabemos que va a suceder.

Y en este sentido, si queremos hablar de novedad, no tenemos que ponernos a escudriñar a ver qué es lo que todavía no aprendimos del mensaje de Jesús. O qué misterio aún no se nos ha revelado. La novedad no viene por un mensaje oculto descubierto ahora, viene por el cambio que podemos hacer cada uno de nosotros en nuestras vidas. Por eso es novedoso, porque se nos está llamando a mirarnos con detenimiento y reconocer si el camino que estamos andando es el que mejor nos está llevando al encuentro con Jesús. La novedad está en nosotros. Por eso mismo nos dice Juan que nos convirtamos.

Lo siguiente será dar buenos frutos. Y esto es una consecuencia de lo anterior. Es que cuando damos con el camino de Jesús, entonces nuestra vida y nuestros actos toman otro rumbo. Y ahí es donde podemos constatar si de verdad todo se vuelve novedad para nosotros, o si es más de lo mismo

Antes les traía aquella frase de Mark Twain, porque me parece que nos da la imagen mejor para representar este evangelio y las consecuencias que pudiera tener en nuestras vidas. Juan anuncia a Jesús, y éste sí que supo derramar su fragancia aún a causa de sufrir la muerte. La misma suerte tuvo el Juan. Y tal vez a nosotros podría pasarnos lo mismo, si es que descubrimos y aceptamos los cambios necesarios en nuestra existencia, las novedades, que nos llevarán a reencontrarnos con Jesús que viene hacia nosotros en Navidad.

¿Qué tenemos que dejar? ¿Qué tenemos aceptar? ¿Qué tenemos que emprender?

Este adviento que sea un tiempo de cambio, de novedad, de esperanza. Incluso de ansiedad, por estar deseando acunar a Dios una vez más; y contarle lo que fuimos capaces de cambiar, con tal de tenerlo con nosotros.

Se nos está invitando a ser capaces de aceptar derramar nuestra fragancia, a pesar de los golpes, de los cambios, de los talones que aplastan, con tal de que después haya vida, una nueva vida.

Hijos de los hombres

Para volver de la muerte, del pecado, del dolor, de la angustia, hay que dejarse tocar por Dios...
Para volver de la muerte, del pecado, del dolor, de la angustia, hay que dejarse tocar por Dios…

Lucas 7, 11-17
Jesús se dirigió a una ciudad llamada Naím, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud. Justamente cuando se acercaba a la puerta de la ciudad, llevaban a enterrar al hijo único de una mujer viuda, y mucha gente del lugar la acompañaba. Al verla, el Señor se conmovió y le dijo: «No llores». Después se acercó y tocó el féretro. Los que lo llevaban se detuvieron y Jesús dijo: «Joven, Yo te lo ordeno, levántate». El muerto se incorporó y empezó a hablar. y Jesús se lo entregó a su madre. Todos quedaron sobrecogidos de temor y alababan a Dios, diciendo: «Un gran profeta ha aparecido en medio de nosotros y Dios ha visitado a su Pueblo». El rumor de lo que Jesús acababa de hacer se difundió por toda la Judea y en toda la región vecina.
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La película titulada “Hijos de los hombres”, hace un planteamiento crudo acerca de la posible realidad del mundo en 2027: La humanidad ha perdido la capacidad de procrear y las ciudades se ven, más y más, envueltas en violencia y muerte. Incluso los gobiernos reparten un medicamento llamado Quietus, para suicidarse sin dolor. La novedad y la historia se desarrolla alrededor de la única mujer embarazada, después de dieciocho años de esterilidad en toda la tierra. Hay que salvarla y ayudarla a huir de la represión del gobierno inglés y del caos. Tal vez esta realidad imaginada pueda favorecer la reflexión sobre el evangelio.

Tenemos a Jesús que devuelve la vida a un joven fallecido, mientras lo llevaban para ser enterrado. Los testigos, asombrados, salieron a contar lo que había sucedido. La sorpresa y la alegría no era menor, sobre todo por sentir que eran parte de un pueblo elegido por Dios.

Me atrevo a decir que también nos sentimos bendecidos por el Señor cuando nace una vida entre nosotros. Algunos piensan en las complicaciones que esto puede acarrear, pero en general se suscita una alegría en el corazón. Y a mi entender, después de la primera lectura y del evangelio de hoy, se pude concluir que lo que Dios quiere transmitirnos es felicidad. De hecho, la viuda que recupera a su hijo, seguramente, volvió a sentir el gozo de ser madre y de abrazar a quien era llorado por fallecido. Bien podemos afirmar entonces, sin equivocación, que Dios es sinónimo de luz, alegría y vida.

Sin llegar a lo que plantea la película, al mirar la realidad de nuestro mundo, a veces pareciera que favorecemos más por lo oscuro, la muerte o la destrucción. Hay mucha gente que sufre y muere. Algunos a causa de conflictos entre naciones o ideologías, y otros a raíz del egoísmo de la humanidad. Cuántos hay que tiran comida y otros que, en el día, con suerte comen una vez. Y contrapuesto a esto está la realidad que plantea el evangelio. Tal vez un tanto utópica, porque no siempre llegamos a la plenitud del amor, la generosidad, la entrega y la vida ofrecida por Jesús. Es probable que el punto esté en plantearnos, con seriedad, a dónde queremos llegar. Es como en la película –permítanme la comparación. Unos ven muerte a su alrededor, otros encuentran esperanza en el bebé que está por nacer.

Y aquí es donde se presenta Jesús y ofrece lo que trae: Vida. Tanta que es capaz de deshacer a la misma muerte. Diríamos entonces que el evangelio de hoy nos pone en una disyuntiva, al revelarnos la esencia de Dios y para qué viene a nuestro encuentro. Nos ofrece algo nuevo y nos toca decidir si nos detenemos y esperamos a que él haga su prodigio, o por el contrario continuamos, sin pausa, para cumplir con nuestro objetivo.

Podemos pensar en este punto de la palabra de Dios. Parece un dato sin relevancia, o un acto reflejo, pero el hecho de que se detuvieran, los que llevaban el féretro, cuando Jesús toca las andas donde cargaban al joven sin vida, puede ser un dato muy importante. El planteo es el siguiente: En este mundo vamos con nuestras cargas, llevando adelante nuestros intereses, y Dios se cruza en nuestro camino. Queda a nuestro criterio el interrumpir, o no, nuestra marcha y darle cabida al milagro. Es que para poder volver de la muerte, del pecado, del dolor, de la angustia, hay que dejarse tocar por Dios, y para esto hay que hacer un alto en la ruta.

Luego vendrá, casi sin pensarlo, el salir a contar lo que pasó. Aquellos hombres y la viuda y el revivido, salieron a decir lo que sucedió. No podían callar. Y seguro que haremos lo mismo, si es que de verdad Dios interviene en nuestras vidas. Es que la alegría, la vida, la felicidad, la esperanza, no pueden quedar ocultas. Están para ser contadas y compartidas.

Por último, si de verdad descubrimos que Dios nos da una vida nueva, no podemos menos que imitar a Jesús. Es necesario aprender a ver vida donde todos ven muerte. Es que ser hijos de Dios no puede menos que tener una mirada de esperanza. Es compromiso nuestro, según nuestras posibilidades y ante nuestra realidad, el generar vida. Cuántos hay que hoy sólo conocen el lado doloroso de la existencia. Es necesario que ayudemos a descubrir el lado más luminoso y feliz que también es parte de este mundo.

Al principio, aquellos de la película y los del evangelio, sólo palpaban la muerte. Al final, terminan gozando de una nueva vida. Ojalá no nos quedemos con el inicio, sino con el final.