Novedad

Ciclo C – Domingo XXVIII Tiempo Ordinario

Lucas 17, 11-19
Mientras se dirigía a Jerusalén, Jesús pasaba a través de Samaría y Galilea. Al entrar en un poblado, le salieron al encuentro diez leprosos, que se detuvieron a distancia y empezaron a gritarle: «¡Jesús, Maestro, ten compasión de nosotros! » Al verlos, Jesús les dijo: «Vayan a presentarse a los sacerdotes». Y en el camino quedaron purificados. Uno de ellos, al comprobar que estaba sanado, volvió atrás alabando a Dios en voz alta y se arrojó a los pies de Jesús con el rostro en tierra, dándole gracias. Era un samaritano. Jesús le dijo entonces: «¿Cómo, no quedaron purificados los diez? Los otros nueve, ¿dónde están? ¿Ninguno volvió a dar gracias a Dios, sino este extranjero? » Y agregó: «Levántate y vete, tu fe te ha salvado».
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“Lampe, su criado, le despertaba invariablemente a las cinco de la mañana. Tomaba un té y fumaba una pipa, la única del día. Leía y preparaba las lecciones hasta las siete, recibía a sus alumnos y después de la clase volvía al estudio para trabajar hasta el mediodía. Realizaba su única comida del día acompañado de un grupo cuidadosamente escogido de invitados. El alegre almuerzo y la conversación subsiguiente constituían su principal acto social y se prolongaban hasta la hora del paseo, que realizaba solo, contando los pasos y respirando por la nariz. La caminata le llevaba hasta la casa de su amigo Joseph Green, con el que pasaba la tarde hasta las siete en punto, momento en el que realizaba el legendario paseo vespertino de vuelta a casa, que servía para poner en hora los relojes. Leía hasta las diez y se dormía, tras un protocolo de relajación de un cuarto de hora en el que procuraba dejar la mente en blanco para evitar que los sueños entorpecieran su descanso nocturno” ¹.

Esto es lo que cuentan los que decían saber de él; es la rutina que se conoce de Immanuel Kant, durante los últimos cuarenta años de su vida. A muchos les puede parecer exagerado o casi una tortura vivir repitiendo, exactamente lo mismo, un día tras otro.

Hoy tenemos la curación de los diez leprosos. De los cuales sólo uno vuelve a agradecer a Jesús. Este resalta lo sucedido preguntando si acaso los otros nueve no quedaron también purificados. Y finalmente, elogia la fe del samaritano agradecido por haber quedado sano. Y, evidentemente, lo primero que podemos pensar es acerca de la falta de gratitud de los que no volvieron y elogiamos al que sí lo hizo. Pero en esto hay que destacar que los diez creyeron y confiaron en Cristo, ya que emprendieron su camino para presentarse a los sacerdotes, como les había pedido Jesús, aún sin estar curados. Es en el trayecto cuando ven que están limpios. Sólo uno vuelve. Los otros nueve, suponemos, siguen adelante para cumplir con lo mandado.

Para los diez leprosos, estar sanos no sólo fue sinónimo de vida, de no enfermedad. Significa que pudieron ser restituidos a la sociedad, y que no pasarían más por la humillación de tener que vivir fuera de la ciudad y gritando su dolencia, para que nadie se acerque a ellos. A partir de este milagro, los diez tienen una nueva vida, o recuperan la que tenían, y los sacerdotes eran los que certificaban su salud.

En nuestro caso, no podemos menos que pensar que hay situaciones en las que somos como aquellos leprosos, que piden a gritos que Dios se acuerde de ellos y los purifique. Y, gracias a la fe que tenemos, volvemos a ser nosotros mismo, porque somos restituidos por la mano del Señor. Y en esto también podemos incluir las veces que nos sentimos sanados al recibir el perdón de Jesús. Y aquí habrá que estar alertas, porque también nos puede pasar que, una vez que nos vemos curados, se nos olvida volver a dar las gracias.

¿A dónde vamos con todo esto? En primer lugar a renovar la fe y la confianza puesta en Dios. No tengamos miedo de pedir a gritos lo que necesitamos, pero sobre todo esperemos y creamos que podemos ser curados. Es decir, tenemos que movilizarnos, salir y buscar que Dios nos escuche, no quedarnos aletargados y de brazos cruzados. La fe no es un pensamiento firme y fuerte, es un movimiento interior que transforma y nos transforma. Y en esto, no hay mejores o peores creyentes, pecadores o no pecadores que merecen la cura de Dios. Todos (muy a pesar de lo que piensan algunos), incluidos los que creen no merecer nada del Señor, pueden ser sanados también. Él no ama el pecado, pero sí al pecador, por lo tanto entramos en la categoría de los merecedores del rescate de Dios. Ya vemos que el samaritano, que no era del pueblo elegido, también se beneficia de este milagro.

Antes citaba la rutina de Kant. Y es verdad que tal vez nada tengamos de todo aquello, pero sí me quedo con la palabra, rutina, en la que no debemos caer. Es que como cristianos estamos llamados a descubrir, día a día, la novedad de Dios. Un descubrir que genera nuevas formas y actos en nuestra vida, relacionados con ese reconocer la divinidad en nuestra existencia. Y este es el modo en que actúa el samaritano. Él se descubre limpio, nuevo, restituido, con dignidad, aceptado, y ese reconocimiento de lo nuevo en su vida es lo que lo mueve a desvelar la acción y aceptación de Dios en su corazón. Encuentra la novedad de Dios en su vida y vuelve agradecido. Tanto que se postra delante de Jesús, signo de reconocimiento de la divinidad de Cristo.

Entonces, deberíamos mirar con ojos limpios y percibir lo bueno y novedosos que hay en nosotros y que el Señor nos da y facilita. No podemos ser cristianos de rutina y de ritos bien realizados, de cumplimientos de horarios establecidos, simplemente porque así lo manda la Iglesia. Debemos estar  atentos y no caer en una rutina religiosa que se limite a cumplir con aquello que está prescrito. De este modo es como la religión se vuelve pesada y sin sentido, cuando en realidad Dios siempre es novedad.

Por último, decir que, aunque no estemos enfermos o necesitados, no dejemos de buscar y redescubrir a Dios en lo que somos. Él siempre nos trae algo nuevo a nuestras vidas. Sólo hay que mirar con atención para descubrirlo

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¹ Ivan Bercedo, Jorge Mestre, El sueño del reloj de Immanuel Kant, Revista Ñ digital, Especial La Vanguardia y Clarín.

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El Greco

Curacón del ciego, de El Greco
Curacón del ciego, de El Greco

Ciclo B – Domingo XXX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! » Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí! » Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia El. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? » Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
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Si me refiero a Doménikos Theotokópoulos, probablemente no muchos caigamos en la cuenta de quién estamos hablando, aunque tal vez sí nos dice mucho más el escuchar hablar de una pintura de “El Greco”, pintor del final del Renacimiento (entre el siglo XVI y el XVII). Este excepcional artista, nos dejó plasmado un pasaje de la vida de Jesús: La curación del ciego. Y es lo que me detuve a mirar pensando en el evangelio de este domingo. Apenas si entiendo algo de arte y de pintura, pero sí me atrevo a decir que la escena, al menos desde lo que me suscita interiormente, refleja con bastante acierto lo que Marcos en su evangelio nos quiso dejar por escrito.

Tenemos al grupo de discípulos que rodean a Jesús y que, en principio, impiden que el ciego llegue hasta Cristo. Concretamente le dicen que se calle, que no moleste al maestro con sus gritos. Sin embargo, como sabemos, aquél hombre, Bartimeo, no se da por vencido y logra que el Maestro le quite la ceguera. Parece uno más de los muchos milagros que hizo el Hijo de Dios, pero este tiene unas particularidades que no tienen otros, como dar a conocer el nombre del ciego.

Es verdad que lo primero que podemos resaltar es que Jesús alaba la fe de Bartimeo, necesaria para ser curado. Es el punto de arranque, lo cual ya debería hacernos pensar en la fe propia. Nosotros también le pedimos muchas cosas a Dios, a veces las obtenemos y otras no. ¿Tendrá que ver la fe que ponemos o tenemos para recibir una Gracias del Señor? ¿Creemos, estamos convencidos de verdad, que Dios lo puede hacer?

Por otro lado, y antes de pasar a la acción propia de Jesús, podemos poner la mirada en la actuación de los discípulos. Aquí es donde creo que El Greco se luce mucho. En la pintura podemos ver distintas posturas y expresiones de quienes acompañaban a Cristo. Algunos parecen reflejar indignación, otros una cierta apatía, unos pocos parecen estar murmurando acerca de lo que está sucediendo, uno parece sorprendido, otro en una clara actitud de ayuda al ciego, uno con aire de cierto desprecio hacia lo que ve. Y tal vez no fue esa la reacción de quienes rodeaban al Nazareno, pero la pintura sí parece enseñar lo que encierran las palabras del evangelista Marcos: «Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Reprenderlo es signo de rechazo, parece percibirse la molestia y la pesadez que se siente cuando alguien, en este caso un ciego, hace saber a gritos que necesita algo. Y hoy en día no sé si reaccionaríamos de igual modo que aquellos. Más aún si fuéramos nosotros los que acompañamos a Jesús. Eso me hace acordar a muchos fieles laicos que rodean a sus pastores y se convierten en custodios del mismo y regulan quién puede y quién no puede acercarse al cura y hablarle o pedirle algo. Y claro que está bien acompañar y cuidar a un sacerdote, pero volverse el filtro de visitas es otra cosa. Y, en esto también me atrevo a decir que a veces a los curas nos gusta esta “barrera” y la fomentamos y entonces son los laicos los que se ven obligados a dar excusas con tal de no molestar al sacerdote. Habrá que buscar el equilibrio, pero no podemos negar que los consagrados estamos para eso, para servir a los que vienen gritando necesidad y a eso hay que responder. No podemos vivir al resguardo de la sacristía o de nuestras muchas ocupaciones.

Lo siguiente es fijarnos en Jesús. Vemos en la pintura a un Cristo compasivo, que toma de la mano al ciego, y está tocando sus ojos, con delicadeza, sin apuros, en un gesto simple, sin enfado, sin reflejar malestar, totalmente apartado del resto de los que sí veían inconvenientes para que esta curación tenga lugar. Y creo que justamente Jesús es lo que quiere enseñarnos, el modo de atender a quien nos pide algo. Y aquí ampliamos las miras, porque no podemos quedarnos sólo en ciego. Cabe que nos preguntemos si nosotros respondemos de igual modo cuando alguien nos pide algo. Deberíamos revisar el modo en el que nos comportamos. Y tal vez veamos que realmente nuestros gestos se parecen mucho a los de Cristo y eso será una alegría y una gracias. Pero también puede suceder que nos parezcamos poco al Maestro y que, en más de una ocasión, nuestra respuesta, ante la petición e insistencia de alguien, esté más cerca a la imagen que se refleja de los discípulos.

Puede ser que no tengamos tiempo para atender a nadie. Somos personas tan ocupadas que no podemos detenernos ante las minucias de problemas que tienen los demás. Por otro lado es probable que, en ocasiones, sintamos molestia o hasta enfado, por lo pesados que pueden ser algunos al pedir. Tal vez porque encontramos que los demás son muy demandantes, según nuestro criterio. También puede suceder que creamos que de los problemas y necesidades de los demás, más aún en lo relativo a dificultades materiales, se tienen que ocupar otros o algunas instituciones, para eso pagamos los impuestos y damos limosna. Y en todo esto, no podemos quedarnos sólo con “los molestos” de la calle que piden, sino también debemos incluir a “los molestos” que tenemos en casa que se atreven a pedirnos algo. La pregunta es: ¿Cuál es mi actitud, mi respuesta y mi forma de tratar al que me necesita?

Y, después de pensar y reflexionar sobre este evangelio, añadiendo lo que El Greco nos dejó en su pintura, lo que se me ocurre pedirle a Dios es que nos ayude a responder y atender, a los que nos necesitan, del modo más parecido al suyo, deteniéndonos, ocupando tiempo y atención sobre el necesitado. Aunque tal vez lo más urgente, a mi modo de entender la Palabra de Dios, es que nosotros recobremos la vista, para poder ver y reconocer las carencias de aquellos que están con nosotros o pasan a nuestro lado. Porque mientras tengamos la vista de aquellos apóstoles, difícilmente podamos pensar en hacer un alto en el camino para atender a la demanda de cualquiera, ya que siempre veremos primero el propio interés y no el del prójimo.

Lenguaje de Dios

Lenguaje del Arte

Ciclo B – Domingo XXIII Tiempo Ordinario

Marcos 7, 31-37
Cuando Jesús volvía de la región de Tiro, pasó por Sidón y fue hacia el mar de Galilea, atravesando el territorio de la Decápolis. Entonces le presentaron a un sordomudo y le pidieron que le impusiera las manos. Jesús lo separó de la multitud y, llevándolo aparte, le puso los dedos en las orejas y con su saliva le tocó la lengua; Después, levantando los ojos al cielo, suspiró y le dijo: «Efatá», que significa: «Ábrete». Y en seguida se abrieron sus oídos, se le soltó la lengua y comenzó a hablar normalmente. Jesús les mandó insistentemente que no dijeran nada a nadie, pero cuanto más insistía, ellos más lo proclamaban y, en el colmo de la admiración, decían: «Todo lo ha hecho bien: hace oír a los sordos y hablar a los mudos».

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“Una novela sólo se explica por sí misma. Lo que cualquier obra de arte “significa” sólo puede ser captado, develado, descubierto, desde su propio lenguaje. No se puede contar con palabras una sinfonía o una sonata. Como tampoco se puede pintar un poema o razonar una escultura”. Esto es lo que dice Abelardo Castillo, cuentista, dramaturgo y ensayista argentino, cuando se refiere al “Lenguaje del arte”, en su libro “Ser escritor”.  Y es verdad que el texto tiene que ver con el sentido y la interpretación de la novela, donde el escritor mismo debe experimentarla, descubrirla y entenderla. Así también lo debe hacer el lector. Y el Evangelio nos trae una curación milagrosa que, aquellas personas, no pudieron dejar de contar, aunque Jesús les pidió que no lo hicieran.

Y claro que lo debían contar, no por chismorreos, sino porque algo tan sorprendente no se puede callar. Sin embargo creo que Jesús tenía un propósito y no era, justamente, hacer lo que hacía para ganar seguidores o fama, sino para restituir a la persona que tenía delante. Así mismo, creo que no era su objetivo venir a hacer milagros, aunque los hizo, especialmente por amor a la persona que se lo pedía, sino que su misión era poder dar a conocer la verdad de Dios. Los milagros, me atrevo a decir, eran un efecto colateral. Muy buenos e importantes para quienes se beneficiaban de ellos, pero no el centro de lo que Cristo había venido a hacer.

Sin embargo, sabemos que aquellas personas, muchas de ellas, se quedaron más, o solamente, con los prodigios del Hijo de Dios y no supieron ver más allá. Y creo que lo mismo nos pasa a nosotros. Somos, en general, muy milagrero-adictos. Y claro que debemos serlo, porque Dios es el único que puede hacer posible lo que para nosotros no lo es, pero también debemos saber mirar más allá de las sanaciones.

Y si nos fijamos en el proceder de Jesús, y hacemos un intento de análisis de la forma en la que cura, vemos que primero sana el oído y luego la lengua. Esto me hace pensar en los niños que, antes de hablar, deben poder escuchar. De ahí la dificultad de poder hablar que tienen las personas con problemas de audición. Si no se escucha, no se conocen los sonidos y no se los puede reproducir.

Aquí me atrevo a decir que, más allá de la curación, hay una catequesis, donde el mismo Cristo nos indica el camino a recorrer para poder hablar de Dios. Primero hay que escuchar el mensaje para luego poder decir palabras que vienen del Señor. Y nosotros también deberíamos poder o aprender a escuchar lo que Dios quiere decirnos, a cada uno de nosotros, para entonces poder hablar a los demás (y de los demás) según su mensaje. En un sentido inverso diría que cuanto más nuestra vida habla de violencia, odio, rencor, negar el perdón, maltrato, daño al que está a mi lado, apatía, egoísmo, mezquindad, más sordos estamos, porque pareciera que nada hemos escuchado de la Palabra de Dios.

En cambio, aquél que logra escuchar con atención y asimilar lo que Jesús propone, necesariamente tiene que empezar a hablar el lenguaje de Cristo con su vida. Como aquél sordomudo o la gente que experimentaba estos portentos curativos. No podía callar porque necesitaban hablar de lo que Dios había hecho en sus vidas. Y me pregunto si nuestra actitud de cristianos va en la misma dirección. ¿Hablamos de lo que escuchamos de Dios? ¿Hablamos de él o preferimos callar para no incomodar a los demás, cosa que decimos para justificarnos? Aunque tal vez la pregunta debería ser: ¿Realmente escuchamos a Dios o más bien preferimos hacer nuestro camino independiente?

Antes citaba a Abelardo Castillo y él se refiere al lenguaje del arte, y en particular al lenguaje de la novela, el cual, si no se habla, difícilmente el escritor y el lector puedan llegar a comprenderla por completo. Y eso no se transmite, como una enseñanza matemática, sino que se debe experimentar personalmente. Es la única forma real de poder llegar a comprenderla y escribirla. Y lo mismo pasa con el Evangelio, con el mensaje de Jesús. Tenemos que ser capaces de hablar su mismo idioma para poder comprender el amor y la misericordia de Dios y lo realmente transcendente de esta vida. De otra forma es imposible llegar a hablar y actuar las palabras de Jesús. Pero para esto hace falta lo que ya dijimos: Poder escuchar. Si seguimos sordos a Dios, el cambio no se producirá nunca y nos pasará lo que sucedió hace pocos días, donde un niño inocente muere ahogado por la barbarie, la incomprensión y la dureza del corazón de los adultos, que sólo buscan un interés propio a través de una guerra que, como todas, es absurda por mucho que la justifiquen, y que siempre será de poco valor en comparación con la vida de una criatura.

Todavía no hemos llegado, nos falta el “efata”, el “ábrete”. Creo que en el mundo seguimos igual de sordos que el hombre del pasaje bíblico, sin escuchar a Dios.

Libres

Confiar

Ciclo B – Domingo XII Tiempo Ordinario

Marcos 4, 35-41
Un día, al atardecer, Jesús dijo a sus discípulos: «Crucemos a la otra orilla». Ellos, dejando a la multitud, lo llevaron en la barca, así como estaba. Había otras barcas junto a la suya. Entonces se desató un fuerte vendaval, y las olas entraban en la barca, que se iba llenando de agua. Jesús estaba en la popa, durmiendo sobre el cabezal. Lo despertaron y le dijeron: «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos? » Despertándose, Él increpó al viento y dijo al mar: «¡Silencio! ¡Cállate! » El viento se aplacó y sobrevino una gran calma. Después les dijo: «¿Por qué tienen miedo? ¿Cómo no tienen fe? » Entonces quedaron atemorizados y se decían unos a otros: «¿Quién es éste, que hasta el viento y el mar le obedecen? »
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Libre es aquél que sabe transformarse. Y sólo sabe transformarse quien es capaz de desprenderse de lo antiguo y seguir la próxima gran marcha hacia lo desconocido”.

Esta frase es de Bert Hellinger, psicoterapeuta alemán. No puedo decir que he leído mucho sobre los escritos de este hombre, pero esta pensamiento, en particular, me llamó la atención. Por supuesto que cada uno de nosotros tendrá un concepto de libertad, pero junto a este que presento podemos, por qué no, abordar el evangelio de este domingo.

Nos volvemos a encontrar con un portento de Jesús. Calma la tempestad, y los discípulos, que estaban aterrados, quedan tan sorprendidos que reconocen, en su última pregunta, que no saben a quién tienen a su lado. «¿Quién es este que hasta el viento y el mar le obedecen?» —se preguntaron.

De esto, fácilmente, podemos inducir un cuestionamiento personal: ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Es el de los milagros? ¿Es el que nos salva cada vez que lo necesitamos? ¿Es el Hijo de Dios Todopoderoso? ¿Es el que me da aquello que no logro alcanzar? ¿El que me vigila a ver si me porto bien?

Del relato de Marcos, creo que podemos deducir que hay una falta de confianza, por parte de los apóstoles, hacia Jesús. Aquellos que seguían a Cristo a todas partes, que lo escuchaban en todo momento, que lo vieron hacer milagros, sin embargo en esta ocasión dudan y piden a gritos que Jesús los salve. «¡Maestro! ¿No te importa que nos ahoguemos?» —reclaman. Y si bien, probablemente, cualquiera de nosotros puede criticar esta falta de seguridad, creo que seguimos viviendo algo parecido en distintas oportunidades.

Cuando se nos presentan problemas graves en la familia, o en la vida personal, tal vez alguna enfermedad seria, empezamos, lógicamente, a desesperarnos, y claro que hacemos bien en pedir a Dios, a grito pelado, que nos salve, mientras él parece dormido, desentendido de lo que estamos sufriendo. Incluso nos da la sensación de que poco le importamos, y lo único que podemos hacer es gritar, como aquellos hombres que veían que se hundían.

Y probablemente sea una falta de confianza en Dios, pero también creo que eso tiene que ver con haber puesto al Señor sólo en un lugar externo. Es él el que, desde lo alto, nos hace milagros, nos responde, nos ayuda, nos salva, nos lleva, y claro, como está tan alto, supuestamente, necesitamos llamarlo a gritos. Cuando en realidad, al mismo tiempo, también nos habita y, entonces, esa falta de confianza se puede traducir en falta de creencia, por no creer que Dios está ahí, dentro de cada uno de nosotros y que no se ha desentendido ni es indiferente a nuestro dolor. Y por lo tanto no hace falta gritar, ni enojarnos (como puede pasarnos cuando no vemos respuestas).

Antes citaba Bert Hellinger, el cual hace un planteamiento interesante acerca de quién es libre realmente. Y me parecía bueno presentarlo a colación del Evangelio de hoy, ya que entiendo que creer en Dios y confiar en él tiene que ver con el grado de libertad que poseemos. Si es libre aquél que se transforma por ser capaz de dejar lo antiguo, lo fijo, lo conocido, lo que “da seguridad”, entonces es alguien capaz de confiar, aunque lo que venga sea desconocido, o doloroso. Y más desde el punto de vista de la fe. Porque confiamos, y por lo tanto nos volvemos realmente libres, porque sabemos, sin necesidad de pegar gritos, que Dios está ahí y no nos abandonará jamás, aunque parezca dormido.

Tal vez, lo que pasa es que, casi siempre, llegamos a descubrir si tenemos libertad y confianza plena cuando llega la tempestad. Cuando vemos que la barca de Jesús en la que vamos, porque decidimos embarcarnos al decirle sí, se bambolea por los vientos y las olas del mar, entonces aflora lo que realmente hay en nosotros. Y si hay fe, confianza y libertad (porque no hay apegos), entonces no temeremos a nada, porque sabemos que Dios está, porque no tenemos nada que perder, y llegaremos con Jesús a la otra orilla.

Así mismo, hará falta que cultivemos todo esto, que crezcamos en la confianza puesta en Dios. Y para ello habrá que madurar en nuestra creencia y dejar de sólo ver a Dios como el gran padre, paternalista, a quien tenemos que reclamar cuando no vemos la respuesta esperada. Es que la libertad y la confianza también nos hace adultos en la fe, capaces de sumar y poner lo que somos y sabemos al servicio, para que entre todos, entre Dios y nosotros, calmemos la tempestad y lleguemos al destino esperado.

Jesús nos invita a ir a la otra orilla del lago, tal vez desconocida. Entonces deberíamos preguntarnos: ¿Estamos dispuestos y nos sentimos plenamente libres y confiados para ir donde nos lleva? Si la respuesta es sí, entonces estaremos totalmente abiertos a la voluntad de Dios, que, a veces, nos puede llevar a amar lugares y personas, donde ni siquiera imaginamos que podremos lograrlo.