Lo que de verdad importa

Ciclo A – Domingo V de Cuaresma

Juan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá? » Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se sanará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? » Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron? » Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? » Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tu me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera! ». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
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Ante un hecho tan humano, como lo es la muerte misma, no son sólo los humanos los que sufren la pérdida, también Dios, Jesús, que es humano al mismo tiempo, llora la pérdida de su amigo. Se conmueve.

En la época en la que vivimos nos falta todavía lograr ser humanos en serio. Bueno, no todo es así y menos mal que hay quienes viven su “ser humanos” con profundidad, si no, esto no habría quién pudiera aguantarlo.

Recuerdo una película que vi hace poco tiempo. Se titula “Lo que de verdad importa”. Desde el inicio este film tiene algo especial: Es completamente benéfico. La historia es simple y misteriosa al mismo tiempo. Aunque también deberíamos decir que es de una espiritualidad sin reflexión alguna. Más bien es “mágica”. Pero es cierto que apunta justo al centro de lo que una gran mayoría anhelamos, de uno u otro modo: Un milagro. O mejor, el señor de los milagros. A todos nos vendría bien que alguien nos curara mágicamente. Entonces, podríamos decir, seguimos en el mismo esquema de lo que esperaba la gente en el tiempo de Jesús.

Y es que parece que es lo que más recordamos y anhelamos de Jesús de Nazaret. Ojalá pudiéramos tocarlo, y todo quedaría solucionado —decimos con cierta nostalgia. Aún así, me cuesta creer que nuestra fe en Dios es más grande cuanto más grande es la evidencia de su milagrosa intercesión.

Si nos fijamos en las palabras de Marta y de María, ellas deseaban que Jesús hubiera llegado antes de que muriese Lázaro. Es que esperaban el milagro de la curación. Lo mismo nos pasaría a nosotros. Sin embargo vemos que Cristo no llega y luego llora por la pérdida de su amigo. ¿Cómo es que llora si, según nos relata el evangelio, sabía lo que iba a hacer?

Este es el punto que deseo subrayar del mismo Dios y de su humanidad: No deja de conmoverse con el que está sufriendo. Y así lo hace (eso me gusta pensar y creer) con nosotros cada vez que pasamos por algún dolor. Él no se ausenta, sino que llora a nuestro lado y nos vuelve a dar esperanza. Y de esto, probablemente, somos conscientes, aunque me parece que en ocasiones no nos satisface del todo. Tal vez porque seguimos deseando (y rabiando porque no sucedió como queríamos) que Cristo se hubiera adelantado y evitado nuestro sufrimiento.

Y esto es lo que aprendemos de este evangelio: Que Dios no puede ser aquél que sólo viene a evitarnos los golpes y dolores, aquél que sólo está para remediar nuestros males y evitar los desgarros y las pérdidas. Porque si esa es nuestra concepción de él, entonces pueden surgir preguntas como: ¿Por qué Dios permite esto?

La vida transcurre, con sus alegrías y sus penas, incluida la muerte, episodio tan indeseado como cierto de suceder. Entonces nos aferramos a la promesa de Jesús, de vivir eternamente con él. Y todo lo percibimos como una suerte de premio que consuela nuestra incertidumbre de no saber qué va a suceder, una vez que muramos. Pero no creo que sea exactamente esa la propuesta de Cristo.

Para hacerlo fácil y corto: Él nos promete una vida nueva desde el momento en que lo aceptamos en nuestro corazón. Bien podríamos decir que él se hace nuestra Resurrección, de modo inmediato, porque hemos sido capaces de dejar todo aquello que nos ata y no nos deja ser de Dios. Luego, viviendo esta nueva vida en Él, no hay muerte que valga, porque no dejará de ser una anécdota en este vivir continuo con el Señor.

Creo que a esta conclusión y experiencia personal llegaron aquellos que pudieron decir, como Santa Teresa:

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

¿Qué es entonces lo que de verdad importa?

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Así como somos

Abrazo de padre a hijo

(Homilía de la Víspera de Navidad)

Mateo 1, 1-25
Genealogía de Jesucristo, hijo de David, hijo de Abraham: Abraham fue padre de Isaac; Isaac, padre de Jacob; Jacob, padre de Judá y de sus hermanos. Judá fue padre de Fares y de Zará, y la madre de estos fue Tamar. Fares fue padre de Esrón; Esrón padre de Arám; Arám, padre de Aminadab; Aminadab, padre de Naasón; Naasón, padre de Salmón. Salmón fue padre de Booz, y la madre de este fue Rahab. Booz fue padre de Obed, y la madre de este fue Rut. Obed fue padre de Jesé; Jesé, padre del rey David.
David fue padre de Salomón, y la madre de este fue la que había sido mujer de Urías. Salomón fue padre de Roboám; Roboám, padre de Abías; Abías, padre de Asá; Asá, padre de Josafat; Josafat, padre de Jorám; Jorám, padre de Ozías. Ozías fue padre de Joatám; Joatám, padre de Acaz; Acaz, padre de Ezequías; Ezequías, padre de Manasés. Manasés fue padre de Amón; Amón; padre de Josías; Josías, padre de Jeconías y de sus hermanos, durante el destierro en Babilonia.
Después del destierro en Babilonia: Jeconías fue padre de Salatiel; Salatiel, padre de Zorobabel; Zorobabel, padre de Abiud; Abiud, padre de Eliacím; Eliacím, padre de Azor. Azor fue padre de Sadoc; Sadoc, padre de Aquím; Aquím, padre de Eliud; Eliud, padre de Eleazar; Eleazar, padre de Matán; Matán, padre de Jacob. Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo.
El total de las generaciones es, por lo tanto: desde Abraham hasta David, catorce generaciones; desde David hasta el destierro en Babilonia, catorce generaciones; desde el destierro en Babilonia hasta Cristo, catorce generaciones.
Este fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no han vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su Pueblo de todos sus pecados. » Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: La Virgen concebirá y dará a luz un hijo a quien pondrán el nombre de Emanuel, que traducido significa: «Dios con nosotros. » Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa, y sin que hubieran hecho vida en común, ella dio a luz un hijo, y él le puso el nombre de Jesús.
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Cuando uno analiza las redes sociales, pongamos por ejemplo Facebook, nos damos cuenta de que la gran mayoría compartimos las cosas lindas de nuestras vidas. Si visitamos un lugar bonito, o si vamos de vacaciones, o si nos hemos encontrado con un pensamiento o video profundo o divertido, hacemos click en el botón compartir y ponemos a disposición de nuestros amigos aquello que nos ha gustado. Hay también, en menor proporción, personas que hacen un post de algo más desagradable, o al menos triste. Y creo que esto pasa, en teoría, porque queremos que nuestra vida virtual sea linda, fascinante, envidiable. Para problemas, tristezas y amarguras, ya tenemos la vida real.

Pero esta forma de proceder, a mi entender, proviene de una práctica antigua que todos aprendemos. Por ejemplo, si en nuestra historia hay un bisabuelo, o tatarabuelo que tuvo un hijo producto del incesto y, además, un abuelo, que mató al esposo de su amante con la que tuvo un hijo ilegítimo, creo que no lo contaríamos muy alegremente. Mucho menos lo contaríamos por Facebook, porque simplemente son cosas que no hablan bien de nuestra estirpe.

Sin embargo, Mateo en el evangelio de hoy, en la ascendencia de Jesús hace referencia a hechos similares al del ejemplo anterior, entre otros también oscuros. Judá tuvo gemelos con su nuera Tamar, a quienes llamó Fares y Zara (Gen 38, 13-30). También de Fares, dice Mateo, proviene Jesús. El segundo hecho es el de David, el Rey, quien mató a Urias, para ocultar la culpa de haber engendrado un hijo con Betsabé, esposa de Urias. Esto se sabe porque el profeta Natán así lo denuncia  (2 Sam 12, 9). Y vemos que, el evangelista, lo publica en el Facebook de la época (con todo respeto por la Palabra de Dios). ¿Qué se nos quiere decir?

Si seguimos leyendo, sabemos que de todo este árbol genealógico, proviene Jesús. O al menos, es lo que José, padre adoptivo del Hijo de Dios, le trae en herencia. ¿Acaso era necesario dejar constancia de estos hechos para decir de dónde proviene Jesús? ¿No era más lindo relatar el nacimiento, con los angelitos, los pastores, la estrella en el cielo y los reyes magos?

Creo que el mensaje “escondido” es: Dios viene a nuestro encuentro y no precisamente porque tengamos la vida y la familia inmaculada. O porque seamos “santos” y “perfectos” cumplidores de lo que Dios manda (o la Iglesia), sino porque nos ama por completo, con todas nuestras luces y nuestras sombras.

Lo que ocurre hoy, en Navidad, es algo maravilloso. Dios elige encarnar, abrazar, asumir nuestros claroscuros para darnos una vida plena, feliz, si así lo queremos.

Desde lo que somos, dejemos que nazca en nosotros el Niño, como lo dejaron María y José, y seamos capaces de dar a los demás aquello que él nos trae: Paz, bondad, alegría, felicidad, amor y salvación.

Nadie es perfecto, pero hoy todos podemos ser de Dios, porque él quiere ser de nosotros.

Castillos en el aire

Dios le habló en sueños...
Dios le habló en sueños…

Mateo 1, 18-24
Éste fue el origen de Jesucristo: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra, del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: «José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella pro- viene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque Él salvará a su Pueblo de todos sus pecados». Todo esto sucedió para que se cumpliera lo que el Señor había anunciado por el Profeta: “La Virgen concebirá y dará a luz un hijo, a quien pondrán el nombre de Emanuel”, que traducido significa: «Dios con nosotros». Al despertar, José hizo lo que el Ángel del Señor le había ordenado: llevó a María a su casa.

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Una canción que recordé, cuando leí el evangelio de este domingo, fue “Castillos en el aire” de Alberto Cortez. En resumen, la letra  nos cuenta acerca de un hombre que quiere volar, por lo que la gente lo tiene como loco. Sin embargo, aquél hombre se anima a soñar y construir castillos en el aire donde es feliz. Los demás lo condenan a convivir con la gente vestido de cordura, no vaya a ser que las otros también quieran hacer lo mismo y pretender vivir felices como el chiflado que se animó a soñar. Y por supuesto que la letra da para muchas interpretaciones, pero me parecía que la imagen de un Castillo construido en el aire es valiosa para reflexionar.

Por otro lado, que podría ser nuestro caso, así como construimos nuestros proyectos,  nuestro castillos. en ocasiones, de forma abrupta por lo general, caemos en la cuenta de que perdemos aquello que creíamos nuestro, como cuando se nos derrumba el castillo de arena, gracias a una ola inesperada y alargada más de la cuenta. Y creo que es el caso de José. Tenía una novia, María, y estaba desposado con ella (había contrato matrimonial [jurídico], faltaba la boda [religioso]). Tendrían algunos planes hechos en común y un deseo grande de hacer realidad lo que estaba en el pensamiento. De repente él se vio –se me ocurre– vacío. María embarazada, pero no de él. Se cae todo. Y lo lógico era que la denunciara públicamente, aunque decide abandonarla en secreto. Se queda con las manos vacías.

Creo que, de una u otra forma, hemos pasado por la experiencia de José. Y ante esta situación, los más serenos buscan soluciones rápidamente. Otros más nerviosos o ansiosos, se desesperan. José parece de los serenos, aunque seguramente estaría confundido y herido. Pero viene un ángel y, en sueños, le dice lo que pasó y qué tiene que hacer. Aquél acepta y lleva adelante lo que le ha sido revelado. ¿Actuaríamos igual que él en circunstancias parecidas? Me quedan muchas dudas. No porque no nos fiemos de Dios, sino porque, tal vez, tendemos a no dar un paso hasta tener todos cabos atados, y bien atados. 

En las cosas de Dios hace falta mucha confianza. Hay varias cuestiones que requieren un gran acto de fe, como: Creer en un Dios, que es Uno, pero que son tres, la Madre de Dios es Virgen, y madre al mismo tiempo por obra del Espíritu Santo, a Jesús lo matan, pero está vivo -ha resucitado-. Cuando morimos, según nuestra fe, nacemos a la verdadera vida (me pregunto si esta que vivimos es de mentira), tenemos que morir para vivir en serio. No me digan que esto no es un poco complicado. Por supuesto si afirmamos todo lo anterior, dando como respuesta y argumento un “porque sí”, entonces no hay problemas, pero es mejor entender todo desde el Espíritu de Dios en nosotros. Pero aquí no quiero hacer quebraderos de cabeza. Simplemente deseo sacar a la luz nuestra fe y confianza en Dios y sus cosas.

José entendió lo que entendió, e hizo lo que le dijeron. Construyó a partir de “su” castillo roto, para hacer el castillo de Dios, no el propio. 

Me parece que en el evangelio de hoy, Dios, más allá de la historia de salvación narrada y del origen de Jesús, que es muy importante, nos puede enseñar lo siguiente:

  • Si queremos vivir con Dios y en sus cosas, tenemos que estar dispuestos a cambios de planes inesperados.
  • Debemos aprender a escuchar, incluso en sueños, lo que Dios nos va pidiendo.
  • Saber resignar las opciones personales por el bien común.
  • Aprender a esperar que Dios se manifieste y hable, antes que actuar sólo con nuestros criterios.

¿Qué ganamos? Miren, para hacerla corta, ganamos al mismo Dios. Hoy, José se lleva a casa a María, y con ella al Hijo de Dios. Sólo por confiar en lo que el ángel le dijo de parte de Dios. Se lanzó a hacer su voluntad y salió ganando. 

En nuestro caso, a medida que aprendamos a confiar en Dios, y no tanto en nuestra razón y cálculos, también saldremos ganando, porque al final nos llevamos a Dios. Tal vez, con la llegada del Niño Dios, sea hora de comenzar a construir castillos en el aire, en el buen sentido. Castillos que parecen de locura, pero que en realidad son divinos, porque son queridos por Dios. Un lugar donde reine el amor, la paz, la concordia, la esperanza, el perdón, la alegría, la amistad. Y eso se logra si logramos romper nuestros castillos para hacer el de Dios, donde él se hace Emanuel: Dios con nosotros.

Disponible

Es Dios quien llama...
Es Dios quien llama…

Lucas 1, 26-38
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo». Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido., Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; El será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin». María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre? » El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios». María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra». Y el Ángel se alejó.
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¿Qué tengo yo, que mi amistad procuras?
¿Qué interés se te sigue, Jesús mío,
que a mi puerta, cubierto de rocío,
pasas las noches del invierno oscuras?

¡Oh, cuánto fueron mis entrañas duras,
pues no te abrí! ¡Qué extraño desvarío,
si de mi ingratitud el hielo frío
secó las llagas de tus plantas puras!

¡Cuántas veces el ángel me decía:
«Alma, asómate ahora a la ventana,
verás con cuánto amor llamar porfía»!

¡Y cuántas, hermosura soberana,
«Mañana le abriremos», respondía,
para lo mismo responder mañana!              
(Lope de Vega)

Después de recordar este poema de Lope de Vega, no podemos menos que pensar en nosotros y Dios que nos busca constantemente. Al menos, pensarlo así, nos abre una esperanza grande, máxime cuando descubrimos que nuestra vida anda por caminos que no están muy cerca de los de Dios.

El evangelio nos recuerda la anunciación del ángel a María, la cual recibe una única y gran noticia: Va a ser la madre de Dios. Sabemos que ella, servidora del Señor como se define, acepta y asume esta condición por completo. No tiene dudas de que el ángel viene de parte de Dios, aunque sí le cuesta entender cómo va a suceder lo que le anuncian.

Al pensar en la Virgen María, no podemos menos que asociarlo a la pureza, a algo inmaculado o sagrado y, de hecho, esta fiesta viene a afirmar que esta mujer elegida por Dios, desde que fue concebida por sus padres Ana y Joaquín, no tiene pecado original. Y es lo que celebramos hoy, aunque del evangelio, lo que más resuena, a mi entender, es la disponibilidad de María para recibir la noticia del Señor.

Nuestra vida de hijos de Dios está llena formas y modos de expresión de aquella filiación divina, pero más evidente se hace que somos cristianos cuando vivimos según nos pide Jesús. Es decir, cuando amamos a Dios y al prójimo como a uno mismo. Y esto comienza, creo, cuando nos volvemos igual de disponibles que la madre de Cristo.

Estar disponibles, decir sí, es aceptar que Dios entre en nuestra existencia. Y esto no se circunscribe a que él es nuestro padre porque fuimos bautizados, sino que parte de una respuesta personal, desde el corazón, convencidos, de querer que el Señor sea parte de nosotros. Y aquí es donde me vale la imagen implícita y explícita del poema del inicio. Esto es, abrir la puerta y dejar que Dios entre por fin, o diferirlo cada día para un mañana que parece que no llega nunca.

A María, la aparición del Ángel no le sorprende. No se asusta (al menos el evangelio no dice nada de eso) y casi de un modo natural entra en diálogo con el ángel que le anuncia la gran noticia. Más desconcierto le produce el saludo que ella recibe, que el ver a alguien desconocido.

En nuestro caso, me atrevo a decir, estamos más cerca del poema de Lope de Vega que de la vivencia de María. Aunque no quiero ser injusto y negar la profundidad de la relación que podamos tener con Dios. Pero sí me parece que es bueno revisar nuestra disponibilidad hacia el Señor. El saber priorizar sus planes y no los propios. Nos podemos preguntar: ¿Qué tan grande y comprometido es el Sí que le damos a las propuestas del Señor? ¿Dejamos que él irrumpa cuando quiera o acotamos los tiempos dedicados a él?

Con todo, creo que a pesar de nuestros grandes, medianos o pequeños Sí, todavía podemos hacer grandes cosas, como María. Porque simplemente decir Sí es descubrir, como san Pablo, que es Cristo que vive en nosotros.

Hay que intentarlo, hay que quererlo y dejarse llevar. Cada uno tiene que encontrar el propio camino para llegar a Dios. No todos seremos la Virgen María, pero sí podemos imitarla en lo que nos enseña. Hay un sendero individual que, aunque vayamos juntos y nos ayudemos, tenemos que decidirnos a recorrer. Ya lo expresó muy bien León Felipe cuando dijo:

Nadie fue ayer,
ni va hoy,
ni irá mañana
hacia Dios
por este mismo camino
que yo voy.
Para cada hombre guarda
un rayo nuevo de luz el sol…
y un camino virgen
Dios.