Cuestión de hidalguía

Don Quijote y Sancho Panza

Ciclo B – Domingo XXIX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 35-45
Santiago y Juan, los hijos de Zebedeo, se acercaron a Jesús y le dijeron: «Maestro, queremos que nos concedas lo que te vamos a pedir». Él les respondió: «¿Qué quieren que haga por ustedes? » Ellos le dijeron: «Concédenos sentamos uno a tu derecha y el otro a tu izquierda, cuando estés en tu gloria». Jesús les dijo: «No saben lo que piden. ¿Pueden beber el cáliz que Yo beberé y recibir el bautismo que Yo recibiré?» «Podemos», le respondieron. Entonces Jesús agregó: «Ustedes beberán el cáliz que Yo beberé y recibirán el mismo bautismo que Yo. En cuanto a sentarse a mi derecha o a mi izquierda, no me toca a mí concederlo, sino que esos puestos son para quienes han sido destinados».
Los otros diez, que habían oído a Santiago y a Juan, se indignaron contra ellos. Jesús los llamó y les dijo: «Ustedes saben que aquéllos a quienes se considera gobernantes, dominan a las naciones como si fueran sus dueños, y los poderosos les hacen sentir su autoridad. Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos. Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud».
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Primeramente, ¡oh hijo!, has de temer a Dios, porque en el temerle está la sabiduría, y siendo sabio no podrás errar en nada. Lo segundo, has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocerte saldrá el no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra […] Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio. Inumerables son aquellos que, de baja estirpe nacidos, han subido a la suma dignidad pontificia e imperatoria; y desta verdad te pudiera traer tantos ejemplos, que te cansaran. Mira, Sancho: si tomas por medio a la virtud, y te precias de hacer hechos virtuosos, no hay para qué tener envidia a los que los tienen de príncipes y señores, porque la sangre se hereda y la virtud se aquista, y la virtud vale por sí sola lo que la sangre no vale.

Este es un fragmento extraído de Don Quijote de la Mancha, donde encontramos los consejos que aquél caballero le da a Sancho Panza antes de irse éste a gobernar la Ínsula de Barataria. Y, aunque podemos decir que son elocuentes, al mismo tiempo vemos que son recomendaciones simples, claras y directas. Además, diría que son esenciales para todo aquel que ostente poder y lo ejerza sobre otros. Y el Evangelio nos cuenta acerca de la petición de Santiago y Juan, que quieren estar uno a cada lado de Jesús. Situación que llama la atención, no sólo a Cristo, sino también a los demás apóstoles, quienes se indignan con este asunto, tal vez porque entienden que esas cosas no se pueden pedir, o porque aquellos dos se adelantaron a pedir lo que, tal vez, todos ambicionaban.

Aquí la pregunta está en ponernos a pensar qué pretenden estos dos discípulos cuando piden lo que piden. Incluso, según nos cuenta Marcos, Santiago y Juan dicen estar dispuestos a beber el cáliz del que beberá Jesús, cosa que éste no niega que vayan a hacer. Pero a todos nos parece entender, más allá de las buenas intenciones que Santiago y Juan pudieron haber tenido, que estos dos buscan ocupar un puesto de gloria y privilegio, ya sea donde sea que esté el Reino de Jesús, en la tierra o en el cielo.

Aquí vemos que, me atrevo a decir, en la actualidad no somos tan distintos de aquellos. A todos nos gusta poder asegurarnos el porvenir. Y cuanto más firme y seguro sea, mucho mejor. Nadie quiere vivir en una incertidumbre, y mucho menos en una que sea del tipo económico, por poner un ejemplo. Un puesto, una posición, si es buena, siempre nos viene bien. Y ahí, tal vez podemos decir, se nos pega, en ocasiones, la ambición. Nosotros le llamamos hacer carrera, en el trabajo, por ejemplo, y nos embarcamos en una lucha que nos hace llegar, igual que los discípulos, a pretender lugares que los consideramos de privilegio. Y está bien progresar y ser los mejores en lo que hacemos, pero ¿eso es todo? ¿Es ese el objetivo de nuestra vida? Y cuando lo logramos, después, ¿qué sigue?

Y si ampliamos las miras, vemos que este tema puede ir ligado a lo que llamamos poder. Es probable que digamos que eso está lejos de nosotros, pero en ocasiones no es tan así. Y si nos toca un puesto de mando, de poder, la pregunta es ¿qué es lo que queremos? ¿qué es lo que buscamos? ¿Buscamos, como dice Jesús, servir a los hermanos?

Es por eso que traigo al Quijote, especialmente por lo siguiente: «Haz gala, Sancho, de la humildad de tu linaje, y no te desprecies de decir que vienes de labradores; porque, viendo que no te corres, ninguno se pondrá a correrte; y préciate más de ser humilde virtuoso que pecador soberbio». Y junto a esto el mensaje de Jesús, deberíamos pensar qué es lo que estamos buscando. ¿Qué ambicionamos, qué queremos? Y si nos referimos al poder, ¿qué buscamos, adónde vamos con el poder?

Con este tema, vemos que casi siempre corremos el peligro de que se nos embote la cabeza y los sentidos. Entonces comenzamos a actuar como dijimos que no haríamos. Corremos el riesgo de volvernos déspotas y engreídos, llegando incluso a perder la memoria, y olvidamos de dónde venimos y, mucho menos, nos acordamos o sabemos adónde vamos. Porque no vemos otro fin que el beneficio propio. Y como ese bien personal puede ser infinito, ya no hay límites. La pregunta es: ¿Qué haríamos o cómo actuaríamos si nos tocara estar “arriba”, mandando?

Y para no irnos tan lejos, volvemos a poner atención a lo fundamental del mensaje de Jesús. Él dice claramente: «Entre ustedes no debe suceder así. Al contrario, el que quiera ser grande, que se haga servidor de ustedes; y, el que quiera ser el primero, que se haga servidor de todos». ¿Esto lo tenemos claro y asimilado? Y me pregunto si lo sabemos de memoria y nada más, porque creo que, en más de una ocasión, especialmente cuando hemos subido “arriba”, parece que rápidamente se nos olvida. Y aquí añado el servicio que debemos a los que viven con nosotros, en casa, a los compañeros de trabajo o de estudio, a los que encontramos en la calle, en la Iglesia, en la parroquia. ¿Estamos al servicio de los demás?

Este es nuestro linaje, donde pertenecemos. Nuestro linaje es de Cristo y si de ahí venimos no podemos deshonrar y deshonrarnos haciendo totalmente lo opuesto al servicio, y sólo buscar ser servidos o servirnos de los demás. Porque ni el mismo Cristo lo hizo. «Porque el mismo Hijo del hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por una multitud» —nos dice él mismo. ¿Acaso nosotros somos más importantes que Jesús como para pretender servirnos de los demás?

Hagamos gala de nuestro humilde linaje que es el mismo de Cristo.

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Inconsciencia

María y José

Lucas 1, 26-38
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido., Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; El será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?»
El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra».
Y el Ángel se alejó.
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Hoy tenemos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Y bien sabemos que nos referimos al momento en que la Ella fue concebida por sus padres, Ana y Joaquín. La Madre de Jesús —dice el dogma de 1854— no tuvo mancha, no tuvo pecado original, porque desde el primer momento fue preparada para recibir, en su seno, al mismo Hijo de Dios.

Esto, tal vez no es fácil de entender. Es parte de las verdades de nuestra fe y no dudamos en afirmarlo. Asimismo, con respecto a la Virgen María, siempre tenemos palabras de elogio, y títulos que le hemos puesto, para decir bien la dignidad que reconocemos en ella. Le llamamos Purísima, Inmaculada, Reina del Cielo, Madre Gloriosa, y tantos otros añadidos que nos parecen poco y se quedan cortos para tan grande persona. Todo es muy lindo y está muy bien si queremos expresar el amor que le tenemos a María, la madre de Jesús. Sin embargo, siempre me pienso que, al mismo tiempo, nos aleja de este gran modelo humano. Tantos nombres rimbombantes la hace casi inalcanzable, cuando en realidad creo que está muy al alcance de cualquier ser humano, porque sus virtudes también pueden ser nuestras. Podemos, con esfuerzo seguramente, ser humildes, generosos, confiados en Dios, con un Sí incondicional, como lo fue aquella muchacha de Nazaret que le dijo Sí al anuncio que recibió de parte de Dios, por medio del ángel.

Y hoy nos encontramos con este evangelio, el de Lucas, que nos lleva a aquél momento de la anunciación. El cual nos dice mucho, nos interpela, porque también nuestra vida puede, o no, con el texto. Por eso, la propuesta es, al ritmo de unos versos que escribí hace unos años, reflexionar este evangelio:

En qué estabas pensando, María,
que te convenció con tan poco argumento

Pocas cosas tuvo que explicar el ángel para convencer a María de hacer lo que Dios había pensado. Ella, fácilmente, accede a la voluntad de su Señor. Y esto nos cuestiona a nosotros. Bien podríamos preguntarnos: ¿Nos convence Dios? ¿Accedemos con facilidad a lo que él nos pide? ¿O acaso le pedimos muchos argumentos, para tener bien claro lo que va a suceder si accedemos a lo pedido? Ojalá tuviéramos la docilidad de María, para que Dios, a través de nosotros pueda obrar su amor. A veces tengo la impresión de que al Señor le pedimos que estén bien fundamentadas sus peticiones, para recién darle un sí.

En qué estabas pensando, María,
que no mediste las consecuencias

Y claro, ella no midió las consecuencias. Poco tuvo en cuenta que podía ser repudiada por los suyos si aparecía embarazada sin haberse casado aún con José. No tuvo en cuenta las consecuencias, y dijo Sí. Esto nos hace pensar si con Dios nosotros obramos de igual manera. ¿O somos más bien calculadores? Si Él nos pide algo, me parece, lo pensamos dos veces. Tratamos de saber bien qué nos puede pasar si hacemos lo que se nos pide, no vaya a ser cosa que quedemos como tontos delante de los demás, o hagamos el ridículo. Sí, está bien que Dios nos pida —decimos— pero tampoco podemos hacer algo descabellado, o perder una amistad, por defender unos valores.

En qué estabas pensando, María,
que no pusiste tus condiciones

Sabiendo que de ahí en más iba a dejar de ser la simple muchacha de Nazaret, podría haber exigido algunas cosas, algunos beneficios en honor al prestigio y al status que obtenía. Sin embargo ella no impone sus condiciones. ¿Y nosotros? ¿Le ponemos condiciones a Dios? Se me ocurre que en ocasiones sí que pasamos la lista de nuestras exigencias. Dios —le decimos— voy a perdonar a tal persona (o voy a ayudarla), pero en atención a esto te pido esto otro. También es el famoso “te prometo” que voy a hacer tal cosa, si me das tal otra. ¿Nos pasa eso?

En qué estabas pensando, María,
que no exigiste respuestas

Si repasamos el texto, vemos que apenas si hay una pregunta de parte de la Virgen: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?» Y el ángel le explica que el poder el Altísimo la cubrirá con su sombra y que a partir de ahí toda la magia divina se realizará. ¿Qué habrá entendido aquella muchacha? ¿Qué entendeos nosotros? Sin embargo ella acepta, sin más. ¿Hacemos lo mismo o le exigimos a Dios que se aclare, que nos dé respuestas, que no se quede callado porque tenemos muchas dudas? Cuántas veces se escucha: ¡Estoy enojado con Dios! ¡Cómo fue capaz de permitir esto y aquello! Hasta que no me diga el por qué, no pienso volver a la Iglesia. Es el continuo por qué, por qué, que no nos falta. Es que queremos saber, es nuestro derecho y Dios, si nos pide algo, nos debe más que una explicación. Digo: Ojalá que podamos imitar a María en su forma de proceder con Dios.

En qué estabas pensando, María,
que sin entender lo arriesgaste todo

No hubo nada en la vida de María que ella no puso en riesgo, con tal de hacer la voluntad de Dios. ¿Nos pasa igual? ¿O más bien, antes de embarcarnos en cualquier empresa divina, exigimos ciertos seguros? ¿Acaso, para con Dios, buscamos que no quede ningún cabo suelto? ¿Cuánto, de verdad, arriesgamos? Cuántos dicen que creen tener, por ejemplo, vocación religiosa o sacerdotal, y sin embargo nunca arriesgan, no vaya a ser que se equivoquen o se pierdan —dicen— el vivir la vida.

Son muchas ideas para pensar, muchas preguntas para responder y cada uno sabrá encontrar su verdad. Tal vez sirva, por eso les dejo esta poesía-oración completa (sepan disculpar si la métrica no es la adecuada). Es la mejor forma de expresar lo que pienso cuando leo este evangelio…

En qué estabas pensando

En qué estabas pensando, María,
que te convenció con tan poco argumento.
Será que las propuestas de Dios
nos agarran desprevenidos.

En qué estabas pensando, María,
que no mediste las consecuencias.
Será que cuando se ama al Señor,
se esfuman los miedos.

En qué estabas pensando, María,
que no pusiste tus condiciones.
Será que cuando se tiene a Dios bien dentro,
nos condiciona su amor.

En qué estabas pensando, María,
que no exigiste respuestas.
Será que cuando Dios está vivo en nosotros,
ya las tenemos todas.

En qué estabas pensando, María,
que sin entender lo arriesgaste todo.
Es que con Dios, el único riesgo
es ganarse la vida eterna.

¿En qué estabas pensando, María? ¿En qué?
Viva tu inconsciencia divina que estuvo,
por el amor a Dios y de Dios, sostenida.

Carlomagno

Desde lo que somos, podemos cambiar el mundo...
Desde lo que somos, podemos cambiar el mundo…

Lucas14, 1. 7-14
Un sábado, Jesús entró a comer en casa de uno de los principales fariseos. Ellos lo observaban atentamente. Y al notar cómo los invitados buscaban los primeros puestos, les dijo esta parábola:
«Si te invitan a un banquete de bodas, no te coloques en el primer lugar, porque puede suceder que haya sido invitada otra persona más importante que tú, y cuando llegue el que los invitó a los dos, tenga que decirte: “Déjale el sitio”, y así, lleno de vergüenza, tengas que ponerte en el último lugar.
Al contrario, cuando te inviten, ve a colocarte en el último sitio, de manera que cuando llegue el que te invitó, te diga: “Amigo, acércate más”, y así quedarás bien delante de todos los invitados. Porque todo el que se eleva será humillado, y el que se humilla será elevado».
Después dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.
Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.
¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»
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“Cuando la imprenta aún no existía, el emperador Carlomagno formó amplios equipos de copistas, que en Aquisgrán crearon la mejor biblioteca de Europa.
Carlomagno, que tanto ayudó a leer, no sabía leer. Y analfabeto murió, a principios del año 814.”
Este pequeño relato que, bien contado por Eduardo Galeano, refleja un fragmento de la historia, tal vez nos pueda servir como punto de apoyo para reflexionar acerca del evangelio.
Si bien la palabra de Dios es una fuente inagotable, me atrevo a acotar la de este domingo en dos puntos. Uno es el hecho de los primeros y últimos puestos, donde Jesús aconseja no buscar los primeros lugares, dando más valor a aquél que se humilla, porque será enaltecido. Y el segundo tema a tener en cuenta es la invitación a comer que hay que hacer a los pobres, lisiados y paralíticos, porque éstos no podrán devolver el favor.
Si nos centramos en lo primero, bien podemos pensar que aquí se nos da un buen consejo de relaciones públicas. Es casi una estrategia para quedar bien con los demás. Pero, más allá de una buena recomendación, me parece que la intención de Cristo no es dar una simple orientación de buenos modales. Él quiere que entendamos que no es propio de los hijos de Dios el ir buscando el primer puesto, por el lugar en sí mismo, que puede entenderse como privilegio y vanagloria terrenal. En cambio sí desea que tengamos un lugar de privilegio en el cielo, lo cual sólo se consigue a través de la humildad, la que aparentemente se encuentra en los últimos sitios.
Entonces, es oportuno aclarar qué entendemos por humildad. Y empezamos diciendo que no significa desprecio de sí mismo, ni tampoco es una visión negativa de la propia persona, donde no hay nada bueno en ella, y ni siquiera lo podemos igual con la pusilanimidad. En cambio sí es reconocer, con sinceridad, lo que se es. Con virtudes y defectos. Es lo que santa Teresa decía: Humildad es andar en verdad, y eso es saber aceptar qué y quiénes somos. Sin exagerar las limitaciones y sin empequeñecer los valores propios.
El verdadero humilde no se preocupa de serlo. Lo es y vive y actúa con normalidad, aceptando su ser por completo. El auténtico, como Jesús, ese es humilde. Tal vez sí, sabiendo que hay que rechazar la soberbia, la vanagloria, la altivez, la arrogancia, el orgullo.
Cabe aclarar que Cristo no pide que seamos mediocres. Al contrario, quiere que seamos los primeros, pero los mejores según los valores del reino. Y eso implica que también se sea, como consecuencia, el mejor como hijo, como padre, como profesional, porque lo bueno de Dios lo tengo en mi vida al servicio de las personas.
Ahora sí que retomo lo citado al principio. Y me parecía poder citar aquél ejemplo para poner en evidencia el gesto de aquél Rey y Emperador, supo aceptar su limitación, pero más allá lamentarse y sólo despertar compasión, o esconder su casi analfabetismo, pugnó por un renacimiento de la cultura y una mayor educación. Así, muchos podían decir que sabían más que el Rey, pero eso no importó. Él sabía quién era y qué tenía que hacer. No voy a detenerme en analizar la humildad de Carlomagno, pero sí me parece que es un gesto desde humilde. Los que no tenían formación, quería que la tuvieran.
Y si avanzamos al segundo punto de reflexión, creo que el evangelio nos propone un cambio en nuestras relaciones humanas. Quiere que nos sentemos en la mesa, a la misma altura, de los que tienen menos o son excluidos. Y esto va muy unido a todo lo anterior. Es como un actitud nueva ante la vida, donde se reconoce la grandeza, lo bueno, lo valioso de los que están “por debajo”, los pobres, los que parece que no tienen oportunidades.
El mundo nos impone que tenemos que preocuparnos de estar y quedar bien con los que están arriba. Con ellos parece que hay que tener buenos modales y sonrisas a flor de boca. ¿Y qué pasa con los que visten y huelen mal porque no tienen ni siquiera dónde ducharse? ¿Cómo es el trato que le damos a los que vemos tirados en la calle, o vienen a pedirnos una moneda? Y esto no quiere decir que nos tenemos que volver andrajosos para estar a la altura de ellos, sino ayudar, proveer, según nuestras posibilidades, lo que tengamos para que ellos salgan de donde están, para que estén mejor y con mayor dignidad.
Si un Rey supo tomar una decisión desde su limitación, para bien de todos, nosotros también podemos, desde el amor de Dios en nosotros, hacer que este mundo, esta sociedad, cambie.

Parecido

Parecidos...
Parecidos…

Lucas 1, 39-45
Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
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En la sección de neonatología, los dos, felices, comentaban e intentaban descubrir quién era cada uno de los que estaba al otro lado del cristal que enmarcaba la sala.

—¿Es ese de blanco? –preguntó Matías.

—Sí, creo que es ese –contestó Santiago.

—Aunque no estoy muy seguro –volvió a opinar Matías–. Mirando bien, ahora diría que es el que está al lado, el de celeste. Es que tiene un parecido muy grande con vos. Ya sé que es pronto para aventurar familiaridad en un rostro, pero ese de celeste es de nariz respingada, igual que la tuya.

—¡Ah, es verdad! Tal vez tienes razón –asintió Santiago–. ¿Y el tuyo?

—Es ese, el de la esquina –afirmó Matías–. Con solo ver lo inquieto que está, no me cabe duda de que es él. Es un rasgo, inconfundible, un sello familiar.

Matías y Santiago suspiraron y ambos empezaron a llorar, y sólo se calmaron cuando les dieron su biberón y sintieron una voz que los tranquilizaba; Santiago la del que vestía de celeste y Matías la del inquieto.

No podía menos que contarles un cuento, uno que apareció en mi cabeza no se bien cuándo, pero es lo que, si me permiten, tal vez nos pueda ayudar en la reflexión del evangelio de este domingo. En la palabra de Dios tenemos al escena de María que visita a Isabel. Ambas embarazadas y esperando, gozosas, después de que el Señor las bendijo con una vida en su seno. Me atrevo a decir que es un milagro lo que ocurrió en cada una de ellas. En Isabel porque a pesar de ser estéril, y de su vejez, espera dar a luz a Juan. En María porque va a ser la Madre de Dios. Y si imaginamos sus conversaciones, seguro que nos preguntamos qué charlarían estas dos mujeres, qué ilusiones tendrían sobre sus hijos y cómo se imaginarían que sería cada uno de ellos. Esto, me parece, no tiene mucho de diferente con lo que hoy pueda pensar, o soñar, una madre que espera dar a luz.

Y si especulamos acerca de lo que podrían comentar, tal vez no acertemos mucho, pero seguramente pensaron sobre el parecido de sus hijos. Al padre, a la madre, a los dos. Toda una incógnita. Aunque hay rasgos que no podemos negar, y que aparecen en el texto. Son los que Isabel posee y que, al mismo tiempo, reconoce en María. Aquí no hablamos de parecidos de ojos o nariz, sino de tres virtudes muy patentes, que están en las protagonistas de este pasaje: La fe, la humildad y estar llenas del Espíritu Santo.

La fe

Isabel le dice feliz a María porque ha creído lo que el Señor le anunció. Está claro que es un rasgo típico de la Madre de Jesús y, bien podríamos decir, una característica que no puede quedar fuera del hijo. A María, no cabe duda, se la reconoce como mujer de fe. Y, al mismo tiempo, Isabel también es tan creyente como María. Cree y acepta que la que ha llegado es la madre de su Señor, sin lugar a dudas. Isabel también se identifica por este rasgo. Juan no será diferente.

Humildad

En María la reconocemos porque, a pesar de que va a ser la Madre de Dios, es capaz de ir a visitar a su prima. No le importan los títulos. No se queda en su casa como una reina, esperando que le sirvan. Argumentos tenía, tal vez, para exigir un trato delicado y cómodo, por ser la Madre del Salvador, sin embargo va a servir y ayudar a Isabel. Y en Isabel también reconocemos esta virtud. Ella misma se pregunta: “¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme?”. Sabe a quién tiene delante y no se engríe por ello. No se siente más importante que María. Consecuentemente, los hijos deberían parecerse a ellas en esto también.

Llenas del Espíritu Santo

María lo recibió en el momento de la anunciación, Isabel en este encuentro que nos relata el evangelio. Ambas están llenas de Dios. Otro rasgo más que tienen en común y que las hace, podríamos decir, únicas. Sería lógico pensar que sus hijos también estarán llenos del Espíritu Santo.

Ahora bien, teniendo en cuenta estos tres elementos que caracterizan a estas madres, nos podríamos preguntar: Nosotros ¿A quién nos parecemos? También tenemos algo que ver con María e Isabel. Somos hijos de Dios, igual que ellas. Y si hablo de parecidos es porque a este evangelio lo tenemos que pensar según estas tres virtudes, y ver si son parte de lo que nos caracteriza como cristianos. Somos familia de Dios y si hay rasgos de él que se heredan estos no pueden faltar.

En el cuento del principio, son los bebés quienes están identificando a sus padres. Creen reconocerlos por algunos rasgos. Y esta imagen nos puede valer para esta Navidad, cada vez más patente, donde el Niño Dios se nos presenta. Viene de forma humilde, a pesar de ser Dios, él mismo es el objeto de fe y está lleno del Espíritu Santo. Entonces, cuando nazca, nos mirará y nos reconocerá, si es que tenemos un parecido con él, si es que somos personas de fe, humildes y llenas del Espíritu Santo.

Es bueno que en esta Navidad revisemos nuestros rasgos de Dios.