Ciegos

Ciclo A – Domingo IV de Cuaresma

Juan 9, 1-41
Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús- nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». 

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?» Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo». Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos? » Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está? » Él respondió: «No lo sé». 

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? » Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? » El hombre respondió: «Es un profeta». Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? » Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta».

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él». 

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?» Él les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? » Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones? » Y lo echaron. 

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre? » El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en El? » Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante Él. 

Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos? » Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece».
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Con el evangelio de Juan no podemos menos que pensar en algunas de las imágenes y signos que encontramos. Primero tenemos el barro, que nos evoca el relato de la creación del Génesis. Y en este caso tenemos a Jesús que, con barro, da una nueva vida al ciego de nacimiento Porque no sólo es la vista la que obtiene aquél hombre, sino toda una forma de estar en el mundo. A partir de aquél momento, podríamos decir, ya no depende de nadie. Incluso puede dejar de ser un mendigo a la puerta del templo, porque se puede valer por sí mismo.

También vemos que aquél hombre dejaría de estar etiquetado y nadie pensaría que es a causa del pecado, el suyo o el de sus antepasados, por lo cual no puede ver. Recobra una dignidad que no sólo le da un nuevo lugar en la sociedad en la que vive, sino también en su vida en el ámbito religioso.

Al mismo tiempo, y tal vez sea el punto a destacar con mayor vehemencia, encuentra a Dios en su vida. Reconoce, por vista propia, al mismo Jesús, Hijo de Dios, y lo acepta en su vida. Deja de estar en la oscuridad para pasar a vivir en luz de Dios.

Y así podríamos enumerar muchos beneficios que se desprenden de este milagro. Sin embargo, aquellos que lo rodean, no hacen más que resaltar la prohibición a la que se tendría que haber sometido, no sólo él, sino Jesús también. No hay rastros, en todo el relato, de que se alegren de que el ciego por fin pueda ver. No hay ánimos de querer celebrar el gran milagro del que son testigos. Sólo ven error y pecado, por haber desobedecido la ley de Moisés, por haber sido curado en sábado y por dejar de manifiesto que Jesús era el Mesías.

Entonces surge al menos una pregunta: ¿Qué tenemos de ciego y qué tenemos de fariseos y publicanos?

Para ayudarnos a reflexionar, podemos ver y escuchar lo que nos cuenta Pilar Sordo, en el siguiente video:

Me parece oportuno este video porque, si respondemos a aquella pregunta, tengo la impresión de que al final tenemos que aceptar que a veces somos el ciego y otras somos fariseos y publicanos.

Fariseos y publicanos porque nos puede pasar que no reconocemos lo bueno que está pasando delante de nuestro ojos y sólo vemos problemas, dificultades, errores o pecado en los demás. Reclamamos, tal vez, que los otros hacen lo que no deben, o dejan de hacer lo que, a nuestro criterio, deberían hacer. Nos molesta que otros no se ajusten a los tiempos y normas que nosotros mismos preferimos imponer, porque así nos viene bien, porque así lo hemos decidido. Y nos perdemos de ver que, en tantas ocasiones, Dios sigue haciendo milagros delante de nosotros.

Y somos ciegos porque no vemos la infinidad de cosas buenas que están en nuestras vidas, como las supo reconocer aquél ciego que se acercó a la consulta de aquella psicóloga, Pilar Sordo. Porque nos parece normal que podamos caminar, ver, escuchar, compartir, tener un lugar donde vivir, una persona a nuestro lado a quien abrazar, pan en nuestra mesa y la libertad de poder elegir, reconocer y amar a Dios.

¿Dónde estás, Jesús, con tu barro?
Úntame los ojos,
que quiero volver a ver.
Así diré, sin duda:
Creo,
porque al fin te pude ver.

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El Camino

Bicicleta de campo

Ciclo B – Domingo XXII Tiempo Ordinario

Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23
Los fariseos con algunos escribas llegados de Jerusalén se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras, de la vajilla de bronce y de las camas. Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras? » Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos”. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».
Y Jesús, llamando a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».

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“El Camino” es una novela de Miguel Delibes, quien cuenta la historia de Daniel, el mochuelo, un niño que vive en un pueblo de España, en la posguerra civil. El pequeño tiene que dejar su tierra para mudarse a Madrid y acabar allí sus estudios, porque su padre, el quesero del pueblo, quiere un futuro mejor para su hijo. Y durante la noche antes de la partida, Daniel recuerda todo lo que le ha ocurrido en ese lugar, sus amigos, sus peripecias y descubre que su camino está en esa aldea, no en la capital, que ese valle es su vida y no puede dejarlo.

La novela, que refleja exquisitamente las vivencias y paisajes de aquella aldea, también describe bien el afán religiosos de sus habitantes. Y es aquí donde descubro un punto de encuentro con el Evangelio, que nos habla del comportamiento de Jesús y sus discípulos y cómo estos son corregidos por los fariseos.

«¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?» Es lo primero que le preguntan a Cristo. Y él, sin reparo alguno, los llama hipócritas, porque son pura apariencia y tienen el corazón lejos de Dios.

Pero poniéndonos un poco en el lugar de los escribas, podemos ver que ellos respondían al modo en que habían aprendido a agradar a Dios. Era la forma de sentir que así vivían de un modo correcto, como Dios manda. Y lo tenían tan bien aprendido que exigían a todos que vivieran de la misma forma. Tal vez, lo malo estaba en que también de ese modo creían que tenían “controlado” a Dios. Mientras hicieran lo correcto, Yahvé tenía que ser benévolo y condescendiente con ellos.

Pero volviendo a nuestra época, aunque afirmamos haber superado aquellas disquisiciones religiosas, tengo la impresión de que seguimos, en alguna medida, en un esquema religioso muy similar. Es que en ocasiones, bajo capa de haber “cumplido” con Dios, terminamos creyendo que así lo tenemos todo bajo control. “Yo hago todo lo que me manda la Iglesia —decimos— ¿cómo es que ahora Dios no me responde? Si voy a misa y creo en el Señor, ¿por qué me pasa esta desgracia?” Entonces se evidencia que más nos ocupamos de las abluciones y lavados externos y no de lo realmente importante con respecto a Dios.

Y aquí surgen entonces los cuestionamientos a las normas y preceptos de la Iglesia. Entonces, ¿para qué están? ¿Acaso no sirven para agradar a Dios? ¿Son sólo formas externas y no sirven del todo? ¿Es una manera de “controlarnos” a los cristianos?

Antes, y en el tiempo de Jesús, la forma de darle fuerza al orden social, tuvo mucho que ver con afirmar que había que comportarse de determinada forma porque Dios lo mandaba. Y no era una simple estrategia, pero desde la perspectiva del hombre religioso, los principales mandatos venían dados por Dios. Y el hombre aprende que mientras se cumpla, todo va a ir bien. Si se peca, si no se cumple, entonces vienen las desgracias.

Y este esquema se fue replicando y, si bien no pensamos de igual modo que aquellos, creo que seguimos alimentando nuestra religiosidad con el cumplimiento de lo mandado y no con la propuesta clara de Jesús, que dista mucho de hacer depender el amor de Dios del cumplimiento de normas y preceptos.

Antes citaba a Miguel Delibes con su novela “El Camino”, y me llamó especialmente la atención una parte en el capítulo 2, cuando Sara, la hermana mayor de Roque, un amigo de Daniel el protagonista, para hacer que Roque se portara bien, lo encerraba en el pajar y “le leía, desde fuera, lentamente y con voz sombría y cavernosa, las recomendaciones del alma”. Entonces, ella decía: “Cuando mis ojos vidriados y desencajados por el horror de la inminente muerte, fijen en vos sus miradas lánguidas y moribundas…” Y Roque tenía que responder: “Jesús misericordioso, tened compasión de mí.”

Y esta imagen es la que, de una u otra forma, se sigue repitiendo. Y esto lo afirmo porque a veces escucho cosas como: “Si no se portan bien, Dios los va a castigar”. Como método de educación. Así crecemos, creyendo, aunque nos digan que Dios es amor, que conviene mejor portarse bien. Y con esto no quiero decir que da todo igual y que todo vale, con tal Dios nos va recibir igual, sino que debemos aceptar, por fin, el mensaje que el mismo Cristo predicó hace más de veinte siglos y que nada tiene que ver con meter miedo para hacer lo que llamamos la voluntad de Dios.

Debemos repasar nuestra forma de relacionarnos con Dios y ver si nos importa más nuestro amor a él, así, sin más firuletes, o si más nos pesan los “deberes” que tenemos para con él y que cumplimos tal vez por miedo al castigo, pensando que así nos ganamos su amistad. Porque si nos pesa más lo último, entonces estamos en el esquema de los fariseos, preocupados más por las formas externas que por lo que realmente nos hace de Dios.

Y, según lo que deducimos del mensaje de Jesús, lo que nos hace de Dios es hacer nuestra su propuesta. Él nos propone, primordialmente, amar, y tal amor, para que sea auténtico tiene que salir del corazón. Las apariencias no sirven. Y si no sale Dios, si no sale amor, entonces puede empezar a aparecer lo que Jesús dice que mancha al hombre: «Las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino».

Y de esto es de lo que tenemos que preocuparnos, de lo que sale del corazón, más que de las normas y preceptos cumplidas en apariencia y que para nada garantizan que no salgan en nuestro corazón lo que Jesús dice que sí mancha a la persona.

¿De qué estamos más cerca, del amor a Dios claro y directo o de las cosas que creemos que haciéndolas nos granjean la amistad de Dios?

Cegueras

Curación del ciegoJuan 9, 1-41

Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego? »
«Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús-; nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna? » Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo». Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos? » Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está? » Él respondió: «No lo sé».
El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? » Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? » El hombre respondió: «Es un profeta». Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? » Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta». Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él». Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos? » Él les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? » Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones? » Y lo echaron.
Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre? » El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en El? » Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante Él. Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos? » Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece».
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Se refiere que a la corte de Olaf Tryggvason, que se había convertido a la nueva fe, llegó una noche un hombre viejo, envuelto en una capa oscura y con el ala del sombrero sobre los ojos. El rey le preguntó si sabía hacer algo, el forastero contestó que sabía tocar el arpa y contar cuentos. Tocó en el arpa aires antiguos, habló de Gudrun y de Gunnar y, finalmente, refirió el nacimiento de Odín. Dijo que tres parcas vinieron, que las dos primeras le prometieron grandes felicidades y que la tercera dijo, colérica:
-El niño no vivirá más que la vela que está ardiendo a su lado.
Entonces los padres apagaron la vela para que Odín no muriera. Olaf Tryggvason descreyó de la historia, el forastero repitió que era cierto, sacó la vela y la encendió. Mientras la miraban arder, el hombre dijo que era tarde y que tenía que irse. Cuando la vela se hubo consumido, lo buscaron. A unos pasos de la casa del rey, Odín había muerto.
Este cuento de Jorge Luis Borges, titulado Odín, un poco trágico, nos pone en sintonía con, al menos, dos temas que no podemos obviar en la reflexión del evangelio. Es verdad que, después de leer la Palabra de Dios, nos llama la atención el milagro de la curación del ciego y cómo los fariseos no aceptan lo que sucedió. Pero lo que cuenta la escritura es mucho más que la literalidad del texto.

Si bien hemos dicho que este prodigio, el hacer que un hombre ciego vea, es un hecho importante, debemos ser conscientes de que no es relevante porque sólo Dios puede hacer estas cosas. Juan, el evangelista que redacta este pasaje, se detiene muy poco en cómo fue que recobró la vista, más bien se centra en lo que pasa con esta persona después. No es el hecho milagroso, sino sus consecuencias las que nos tienen que importar.

Por otro lado, vemos que los de la sinagoga no hacen más que inquirir al nuevo vidente y a sus padres, con tal de sacar la verdad que ellos querían escuchar: Deseaban que finalmente Jesús fuera acusado de pecador, como pensaban ellos, entendidos de la ley de Dios. Pero poco les importó que este hombre obtuviera un bien muy preciado, como es la capacidad de poder ver. Parece que no les sorprende, en absoluto, que que el ciego se haya curado. Más les importa el cumplimiento de la ley escrita, que prohibía curar en sábado y también el hacer barro. Esto último por tener relación con lo que dice el Génesis, ya que, para los fariseos, hacer barro en el día de descanso era prolongar el trabajo de Dios del día sexto: De la tierra creó a los animales y al hombre.

Aquí tenemos dos maneras de ver la realidad. Uno la encuentra única y llena de novedades, los otros la ven oscura y confusa. El que ya no es más ciego sabe que su vida ha cambiado para siempre y que, de ahí en más, es otra persona. En cambio los de la sinagoga se ven frustrados. Entienden que esta realidad los supera, entonces prefieren aferrarse a la ley, condenar a Jesús y expulsar al ciego de nacimiento. ¿Por qué no se alegran de lo que sucedió?
Antes les cité el cuento de Borges, Odín, y me pareció oportuna la imagen que nos presenta: Mientras la vela arda, Odín tendrá vida. Cuando aquella se apagó, éste murió. Creo que nos puede llevar el pensamiento a un juego de luz y oscuridad, vida y muerte. Es que si pensamos en el ciego, antes de que Jesús pusiera barro en sus ojos, aquél vivía en un mundo oscuro, limitado, dependiente, lleno frustración, a la puerta del templo. Pero cuando es curado, su vida se vuelve luz, él obtiene una libertad y una autonomía completas. No está más marginado a la puerta de la sinagoga. Puede ir y venir cuando quiera. Y aún más: Puede ver y reconocer a Dios, a Jesús, al salvador, con sus propios ojos, lo cual hace que él se postre ante quien lo curó. Acepta, en el corazón, que Jesús es el Señor.

En cambio los otros, que no hacen más que rechazar la actuación de Dios, se quedan encerrados en sí mismos y con sus leyes, las cuales le dan seguridad. Prefieren su religión, la que pueden controlar, y se quedan en la oscuridad. No reconocen al Hijo de Dios, sino que además lo acusan de pecador. Eso es, como hicieron con el ex ciego, expulsar a Cristo del templo. Si es un pecador es un impuro y no puede acercarse al lugar, supuestamente santo. Es que han hecho de la religión su Dios y han dejado de lado al verdadero Señor. Eso los deja muertos, en la oscuridad, sin luz, con la vela apagada.

Y aquí entramos en juego nosotros también, tal vez en las dos vertientes. Una porque podemos estar ciegos, aunque permanezcamos en el templo, o a la puerta del mismo. Convencidos de que no estamos tan lejos de Dios, pero sin embargo sin poder ver y reconocer quién es el verdadero Señor. Yéndonos con el primero que nos agarre del brazo, ya que, al no poder ver, nos llevan donde quieren, incluso donde no está Dios. Eso es vivir en la oscuridad, aún a plena luz del día.

Por otro lado, hay que tener cuidado de no caer en lo de los fariseos. Pensar que ya lo sabemos todo de Dios, porque dominamos los preceptos y mandatos de la Iglesia. Saber las normas, lo permitido y lo prohibido, no nos va a dar el cielo por el simple cumplimiento de las mismas. Y mucho menos si sólo medimos a los demás, como buenos o malos hijos de Dios, mirando si están dentro de la regla establecida. Esta normativa eclesial tiene que ayudarnos a crecer en el compromiso y el amor a Dios, pero no son el fin, no podemos hacer de la religión nuestro Dios. Admiro a las personas que después de varios meses sin confesarse, se acercan preocupados, sin otro pecado que el no haber asistido a misa el miércoles de ceniza o comido un poco de carne, por olvido, un viernes de cuaresma. Después, cuando saben que el día de las cenizas no es misa de precepto, se quedan en paz por no haber perdido el cielo. Y los admiro porque en ese mismo período de tiempo, creo que junto muchas más cosas para confesar.

Para ser hombres libres, autónomos, y poder optar por el Señor, hay que dejarse curar por él. Es necesario ponernos delante de Jesús para que nos unja con su barro y luego postrarnos ante él, aceptándolo en el corazón, como único dueño de nuestra vida, sabiendo que a él es a quien tenemos que seguir.

¿Cuáles son las cegueras que tenemos y que necesitan ser curadas? ¿De qué tenemos que ir a purificarnos? ¿Es realmente Dios mi único señor o me voy con el primero, o lo primero, que me ofrece felicidad?

Teatro Griego

La actuación de tu vida…

Marcos 7, 1-8. 14-15. 21-23
Los fariseos, con algunos escribas llegados de Jerusalén, se acercaron a Jesús, y vieron que algunos de sus discípulos comían con las manos impuras, es decir, sin lavar. Los fariseos, en efecto, y los judíos en general, no comen sin lavarse antes cuidadosamente las manos, siguiendo la tradición de sus antepasados; y al volver del mercado, no comen sin hacer primero las abluciones. Además, hay muchas otras prácticas, a las que están aferrados por tradición, como el lavado de los vasos, de las jarras, de la vajilla de bronce y de las camas.
Entonces los fariseos y los escribas preguntaron a Jesús: «¿Por qué tus discípulos no proceden de acuerdo con la tradición de nuestros antepasados, sino que comen con las manos impuras?»
Él les respondió: «¡Hipócritas! Bien profetizó de ustedes Isaías, en el pasaje de la Escritura que dice: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos”. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres». Y Jesús, llamando a la gente, les dijo: «Escúchenme todos y entiéndanlo bien. Ninguna cosa externa que entra en el hombre puede mancharlo; lo que lo hace impuro es aquello que sale del hombre. Porque es del interior, del corazón de los hombres, de donde provienen las malas intenciones, las fornicaciones, los robos, los homicidios, los adulterios, la avaricia, la maldad, los engaños, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino. Todas estas cosas malas proceden del interior y son las que manchan al hombre».
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Algo que me gusta muchísimo es el teatro. Y si quieren, por añadidura, el cine. Pero asistir a un espectáculo en vivo, es algo que siempre me ha dejado admirado. Más aún cuando la actuación de alguien despierta los sentimientos más profundos de uno. Tal vez la emoción hasta las lágrimas, o la risa a carcajadas que desahoga y llena la vida. Por lo tanto, pensar en los actores, es pensar en la aquellos que encarnan personajes distintos como si fueran únicos y reales. Y es lo que el evangelio me ha traído a la memoria: El teatro y su personajes, los actores.

En la antigua Grecia, en los inicios del teatro, que siempre eran tragedias, estaban los actores. O más bien, al principio, el único actor. Éste, según la terminología helénica, era el hipócrita. Ese capaz de fingir y representar un personaje distinto a su persona. Normalmente éstos vestían una máscara que los cubría. Así también, un mismo actor, podía representar varios personajes.

Hoy, la crítica es dura para los discípulos y Jesús. Aquellos no cumplen con el rito establecido: La purificación de las manos. Por ende, el reclamo a la falta de atención, formación y observancia a los prescrito por la ley, es al mismo Jesús. Pero éste no se amedrenta ante los entendidos de la templo, sino que arremete contra ellos y los llama hipócritas. Y esto, me parece, nos resulta una expresión fuerte, incluso hasta agresiva. Pero no menos cierta en lo que señala Cristo: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. En vano me rinde culto: Las doctrinas que enseñan no son sino preceptos humanos. Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, por seguir la tradición de los hombres».

Los fariseos quedan en mala posición: desenmascarados. Ellos son los hipócritas, los que fingen, los actores. Y digo actores, porque creo que este término se nos puede hacer un poco más familiar. ¿Quién de nosotros aceptaría, sin protesta, que nos llamaran hipócritas, a la cara? Pero si en lugar de usar el término que emplea Jesús, nos dijeran que somos actores, tal vez nos sentiríamos hasta halagados. Saber que la gente piensa que somos buenos actores, genera más satisfacción que si dijeran que somos buenos hipócritas.

Actores o hipócritas, no importa tanto, si miramos lo esencial del mensaje de Cristo. Él nos pide una correspondencia entre lo que se ve por fuera y lo que hay por dentro. No le interesa tanto la pulcritud de un rito externo cuando por dentro estamos manchados. Es el corazón el que debería importarnos. Estamos en el gran escenario de la vida que sólo admite una actuación. Ésta puede ser de las mejores, de las más reales, o de las más mentirosas. Y en este caso, puesta en escena y vida, deberían confundirse en el sentido positivo. Donde todo lo bueno que ven de nosotros sea reflejo de lo que hay en nuestro interior.

¿Qué hay detrás de la máscara? ¿Quién se oculta realmente detrás del personaje? Ése es el que interesa. Ahí es donde Dios pone la mirada. Y si en nuestro corazón descubrimos algo de lo que nos hace impuros ante Él, como la avaricia, la maldad, el engaño, las deshonestidades, la envidia, la difamación, el orgullo, el desatino, los robos, el homicidio, las malas intenciones, nuestra actuación es pésima. Pero en cambio, si más bien encontramos todo lo que la carta de Santiago nos dice hoy, poniendo en práctica la Palabra, sin contentarnos con sólo oírla, y sin engañarnos a nosotros mismos. Así, probablemente, entenderemos que «la religiosidad pura y sin mancha delante de Dios, nuestro Padre, consiste en ocuparse de los huérfanos y de las viudas cuando están necesitados». Es decir, amar y cuidar a nuestros hermanos como Dios nos dice en su mensaje. Cabe entonces una pregunta: ¿Cuáles son los huérfanos y las viudas de nuestra época, de nuestra ciudad, de nuestra casa, que requieren nuestro cuidado y atención?

Sabemos que el camino no es fácil. Y que en más de una ocasión nos descubriremos como verdaderos hipócritas, actores, pero sin perder de vista que siempre está la posibilidad de volver al escenario y hacer nuestra mejor actuación. No porque finjamos, sino porque realmente, al personaje bueno y auténtico, lo hemos encarnado con la ayuda de la Gracia de Dios. Entonces, miremos por donde miremos, delante o detrás de la máscara, encontraremos un mismo y único ser: Un verdadero hijo de Dios. Y con esto, seguramente, ganamos el Oscar, o lo que sea, es decir el cielo.