Doy fe

una-voz-en-el-desierto

Ciclo A – Domingo II Tiempo Ordinario

Juan 1, 29-34
Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A El me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel». Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».
________________

“[…] me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento”.

Es un fragmento del prólogo de “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Es lo que me vino a la memoria por lo que nos cuenta el evangelio de Juan. Este, tal vez, no hace una declaración de intenciones tan explícita como la que leemos en el texto citado, pero sí creo que comparten un mismo espíritu en su propósito.

Hoy nos encontramos con un gran anuncio por parte de Juan el Bautista. Nos dice claramente que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y hace referencia a lo que él mismo había anunciado con anterioridad. Es decir, da testimonio de lo que vio y de quién es el nazareno. Nosotros, por supuesto, hemos aceptado, de un modo muy natural, toda esta afirmación, aunque pudiéramos no haber entendido el significado profundo de lo que dijo Juan. Esto lo sabemos, así nos lo han enseñado, pero no sé si lo hemos aprehendido por completo.

En la actualidad estamos inundados de información. Hay muchísimos medios por los que recibimos noticias y novedades. Por decir algunos de mayor influencia, tenemos la radio, la televisión e internet. En este último incluimos las siempre-presente redes sociales. Y en más de una ocasión damos total credibilidad a lo que nos cuentan por el simple hecho de que “está en internet”. Es que si está ahí ya casi no cabe duda de la veracidad de lo afirmado. Si nos cuentan que algo sucedió y hay testigos, pues entonces ya no cabe duda alguna. Y lo mismo, salvando las distancias, pasó en el tiempo de Jesús. No existían todos estos medios, pero la palabra de algunos, especialmente los profetas, era tenida como fuente de verdad. Y en este caso Juan hizo lo propio, anunciando y dando testimonio de quién venía para darnos una vida nueva, en el Espíritu.

Así lo creyeron quienes después confirmaron, en persona, que verdaderamente Jesús era el Hijo de Dios y que venía para salvarnos. Lo siguiente, entonces, es preguntarnos: En nuestra época, ¿quién es el Bautista de turno? ¿A quién le toca seguir anunciando y dando testimonio de que Cristo es el Mesías?

Algunos podrán decir que son los curas y las monjas los que tienen el deber de anunciar y dar testimonio. Otros, con mentalidad más amplia y más verdad, afirmarán que somos todos los bautizados quienes debemos seguir dando testimonio y diciendo que verdaderamente aquél hombre es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y claro que este anuncio se hace, aunque no sé si todos los cristianos de a pie nos lo tomamos en serio.

Antes les contaba lo del libro de Umberto Eco, porque quien narra lo escrito no dice algo que le contaron, sino algo que le tocó vivir y eso le da credibilidad. Lo mismo pasa con Juan el Bautista, que cuenta y afirma aquello que vio y oyó. Y nosotros deberíamos correr con la misma suerte. Tendríamos que poder hablar como narrador presencial, o narrador testigo, de aquello que sucedió, para que otros también crean. Y claro que en buena lógica podemos pensar que no tuvimos la suerte de Juan, ni la de los apóstoles, de haber convivido con Jesús, pero es nuestra comunión con el Espíritu de Dios en nosotros y nuestra fe, los que deberían dar razón de nuestro testimonio.

En definitiva, tenemos que ser testigos de quién es Dios y qué hace en nuestras vidas, porque hemos experimentado, en carne propia, su amor. No podemos decir y afirmar lo que otros dicen y cuentan. En cuestiones de fe y de divinidad no vale hablar por boca de otro. Sólo convence aquello que se cuenta como experiencia de vida. Será entonces la falta de vivencia de Dios, en nuestros días, la razón por la cual, cada vez más, son los que no encuentran en él la felicidad.

¿Qué testimoniamos? ¿De qué habla nuestra boca de cristianos? ¿Cuál es la razón más profunda que tenemos para creer en Dios? Y todo esto, ¿se lo contamos a los demás?

Juan el Bautista, somos todos.

Anuncios

Los pequeños

Niño que rezaMateo 11, 25-30
Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.
_______________

Las estadísticas dicen que son muchos los pobres del mundo. Pero los pobres del mundo son muchos más de los que se dice que son. La joven investigadora Catalina Álvarez Insúa, formuló un criterio muy útil para corregir los cálculos. Ella dijo: “Los pobres son los que tienen las puertas cerradas”. Cuando lo dijo, Catalina tenía tres años de edad. La mejor edad para asomarse al mundo y ver.

Este pequeño cuento de Eduardo Galeano, titulado “La pobreza”, nos puede llevar el pensamiento en distintas direcciones. Tal vez una de ellas coincida con el evangelio de este domingo, especialmente cuando escuchamos la gran confesión y oración íntima que hace Jesús: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido».

En la actualidad, como pasaba en el tiempo de Cristo, siempre llaman la atención, y les damos mucho crédito, a aquéllos que demuestran sabiduría, más en el campo de la teología o de las verdades de la religión. Cuando alguien nos habla “desde la cátedra”, tal vez nos deja un poco boquiabiertos y pareciera que, cuando creemos entender los que nos dicen, por fin comprendemos a Dios en su totalidad. Sin embargo hoy Jesús alaba al Padre al reconocer que lo más importante ha sido revelado a aquellos que, en su tiempo, eran los pequeños. Aquí podríamos decir, como sinónimos, los ignorantes, los que menos valen, los no-sabios, lo imprudentes, los humildes de corazón, son los que salen ganando. ¿Acaso hemos olvidado esta afirmación y alabanza del Hijo de Dios?

El esquema de nuestra religión tiene, sin lugar a dudas, un parecido a las formas religiosas del tiempo de Jesús. Había que guardar ciertos preceptos (antes más que ahora) y cumplir con determinados ritos y exigencias del culto, todo con tal de agradar y hacerle saber a Dios que estamos con él. En teoría, afirmamos que el Señor está por encima de todo eso y que mi mejor o peor relación con él no depende de mi mejor o peor cumplimiento de las normas, pero en la práctica, percibimos que estamos a bien con el Pare del cielo si hacemos mejor lo que está mandado en nuestra religión. Y qué es lo hay que hacer, eso nos lo dicen los entendidos. Hace mucho tiempo se repetía, ante cuestionamientos de nuestra fe: Doctores tiene la Santa Madre Iglesia que nos sabrán responder. Es decir: Hay quien ha pensado esto por vos, así que no hay más que buscar la respuesta. En esto, los cristianos somos muy cómodos y, más allá de querer descubrir a Dios, preferimos que nos lo cuenten.

Hoy Jesús viene a decirnos que él está feliz porque son los pequeños, aquellos que se atreven a descubrir quién es Dios, los que reciben la revelación. Y esto, creo, son los que tienen un corazón abierto a la novedad del Señor, los que están convencidos que no lo saben todo y que jamás podrán abarcar al Señor, por completo, con su pensamiento e inteligencia. Sin embargo, los que de alguna manera se saben sabios, corren el riesgo de cerrarse a todo lo nuevo que supone tener la experiencia de Dios en sus corazones.

El cuento de Eduardo Galeano, más allá de hablar de pobreza material, nos dice, entre otras cosas, que los pobres son aquellos que están cerrados al mundo, a lo nuevo y que no quieren ver. Y se me ocurría que es lo que Cristo quiere decirnos hoy: Él se dará a conocer, se revelará, a los que estén dispuesto a no encerrarse, a salir al encuentro, a abrazar la novedad. Y esos son los pequeños, los que saben que no lo saben todo, aunque sepan muchas cosas, incluidas las de Dios, y se parecen a la niña del cuento que tiene la mejor edad para asomarse al mundo y ver.

Con esto no vamos a decir que nos estamos refiriendo al estado de niños, sino a la actitud de quien entiende que tiene mucho por aprender, en este caso, quién es Dios. Y esto quiere decir que tenemos que buscar y experimentar al amor del Señor, cosa que se vive en el corazón, no sólo en la captación del intelecto. Y Jesús quiere que experimentemos lo que él vive con su Padre. Eso no viene por cumplir a rajatabla los preceptos, sino por tener, realmente, a Dios con nosotros.

Amar a Dios, sentir su amor y amar, verdaderamente, al prójimo, al hermano, es una carga más ligera que sólo ser cumplidor de normas y leyes de una institución. Si estamos abocados más a esto último, entonces tenemos una gran carga y más bien estamos cerrados a la experiencia de Dios. Si en cambio nuestra actitud y esfuerzo van en dirección a querer vivenciar a Dios y su amor, nos sentiremos mas libres, más livianos. Tal vez como ejemplo nos sirva pensar cómo nos sentimos cuando hay que “cumplir” con un aporte económico para el sostenimiento de la Iglesia (cuestión necesaria más allá de un precepto), a diferencia  de cómo nos sentimos cuando, sin importarnos la cantidad, efectivamente damos algo y vemos que levantamos a alguien que está caído y desvalido. Lo primero puede surgir de un acatamiento y una razón, lo cual más bien supone una carga. Lo segundo es más de sentir el sufrimiento del otro, lo cual me eleva a los sentimientos de Jesús y a la experiencia del amor de Dios.

Y si queremos pensar en que Jesús es el que aliviana nuestras cargas, es decir, nuestros sufrimientos, nuestros problemas, seguimos hablando en la misma línea. Experimentar la entrañable misericordia de Dios, más allá de ritos y cultos, nos da luz, esperanza, alegría, fuerzas, sentimos que somos capaces de volver a volar, que todo es posible. Pero para esto habrá que ser suficientemente niños, pequeños, humildes de corazón, abiertos a la novedad de Dios. Porque si creo que ya me las sé todas, no queda espacio para el Señor. Los soberbios, orgullosos, engreídos, tienen muchas más dificultades para llegar a lo que Jesús quiere revelar: Dios y su amor.

Prison Break

Prison BreakMateo 16, 13-19
Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Qué dice la gente sobre el Hijo del hombre? ¿Quién dicen que es? » Ellos le respondieron: «Unos dicen que es Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, Jeremías o alguno de los profetas». «Y ustedes, les preguntó, ¿quién dicen que soy? » Tomando la palabra, Simón Pedro respondió: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». Y Jesús le dijo: «Feliz de ti, Simón, hijo de Jonás, porque esto no te lo ha revelado ni la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en el cielo. Y Yo te digo: Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no prevalecerá contra ella. Yo te daré las llaves del Reino de los Cielos. Todo lo que ates en la tierra, quedará atado en el cielo, y todo lo que desates en la tierra, quedará desatado en el cielo».

_______________

Una serie de televisión que seguí con mucho entusiasmo fue Prison Break. Bien podemos traducir el título como Escapar de prisión o la fuga. Esta es la historias de dos hermanos. Uno de ellos, Lincoln, está en la cárcel, condenado a muerte por un crimen que no cometió. El otro, Michael, es un ingeniero que asalta un banco con el propósito de ser capturado y encarcelado en la misma prisión en la que está su hermano esperando ser ejecutado. Todo con el fin de escapar, los dos, de la penitenciaría, utilizando los planos con los que fue edificado el penal y que Michael los lleva tatuados, bajo figuras extrañas, en todo el cuerpo.

Hoy celebramos la fiesta de San Pedro y San Pablo, lo cual, con solo leer la primera lectura, me llevó a recordar esta serie. En los Hechos de los apóstoles vemos como Pedro, con ayuda del ángel, escapa de la cárcel. Pero no es la única razón por la cual cito aquella serie televisiva, sino porque pensando en Pedro y Pablo y en los personajes de la televisión, creo encontrar una similitud que nos puede ayudar en la reflexión de la palabra de Dios.

Por un lado tenemos a Pedro, a quien Jesús encomienda ser la piedra donde edificará su Iglesia (aquí debemos entender pueblo de Dios, no lo que tal vez pensamos, la Iglesia jerárquica), incluso dándole potestad para atar y desatar en la tierra y en cielo. Esto después que Pedro confesara lo que el Espíritu le reveló en el corazón.

Y me gusta poner la atención en Pedro, no por ser el elegido, sino porque, si lo miramos de cerca, es el que más se parece a nosotros, o al revés. Es uno hombre que, aun haciendo una confesión de tal magnitud como la de hoy, no deja de ser el que cree, pero duda, el que confiesa, pero niega, el que es fuerte y débil a la vez. el cobarde y el que es capaz de morir por amor a Cristo. Y estas características son, a mi entender, las que nos vuelve semejantes a él. Aun con mucha fe en Dios que decimos tener, hay momentos que nuestros actos la contradicen. El común denominador, seguramente, es la humanidad y fragilidad que compartimos.

San Pablo es un hombre mucho más intelectual y mejor formado que Pedro. Podríamos definirlo como el más seguro en sus convicciones, tanto para ir en contra como a favor de Cristo, y es el que arriesga más allá de las fronteras. El que lleva un corazón encendido por Dios, con la fortaleza de su convencimiento apoyado en la razón. Y algo de él también tenemos. Quién no ha sentido en algún momento que realmente puede cambiar y ser un completo coherente y fiel al amor de Dios. Cuestión que sólo es posible con la Gracia del mismo Señor.

Pedro y Pablo, dos hombres muy distintos pero con algo en común: Ambos tuvieron une experiencia interior de Dios que los llevó a dar su vida con tal de anunciar lo que escucharon y encontraron en Jesús. Así, si me permiten la comparación, son Lincoln y Michael, los personajes de la serie. El primero parecido a Pedro, que se deja llevar más por los impulsos, a diferencia del segundo que está más cerca de Pablo, quien desde una estrategia estudiada y bien razonada quiere, sin lugar a duda alguna, llevar adelante la fuga de la cárcel. Estos dos hermanos, aunque muy distintos, también tienen un mismo objetivo: Escapar.

Así, ya que celebramos San Pedro y San Pablo, más allá de pensar que es un día que señala la Iglesia, como si fuera el día del periodista, del arquitecto o de la secretaria, en este caso el día del Papa, deberíamos convencernos de que también nosotros, aunque muy distintos como somos, tenemos igual misión que aquellos dos apóstoles. Estamos para seguir llevando adelante el mensaje de Cristo, no únicamente para cumplir con unas normas y ritos de la religión. Si aquellos dos transformaron un mundo llevando el mensaje de Jesús, ¿acaso no debemos hacer más ya que somos unos 2.100 millones de cristianos en el mundo, o si quieren, unos 1.300 millones de católicos?

Pero debo decir, tengo la impresión de que Pedro y Pablo convencieron más que ahora. Es un hecho el que cada vez convence menos la Iglesia a las personas. ¿Por qué razón? Tal vez porque los apóstoles transmitían una vivencia interior muy profunda. Habían experimentado la presencia divina en sus corazones. En cambio ahora más nos centramos en transmitir una doctrina y no a Dios mismo. Tal vez pensamos que sabiendo lo que Dios manda (¿será que manda tanto y del modo que decimos que lo hace, o nos lo hemos inventado un poco?) de ese modo ya estamos evangelizando. Conclusión: Es posible que cada vez se descubra menos a un Dios vivo.

Hoy necesitamos a muchos Pedro y Pablo, que debemos ser nosotros. Personas convencidas, aun con falencias y limitaciones, pero que buscan tener una experiencia viva y profunda de Dios en el corazón, para poder transmitir una vida nueva a los demás. Si no, somos letra escrita y muerta.

Si Pedro es piedra, es piedra viva que forma parte de la construcción del pueblo de Dios del cual también debemos formar parte, porque somos otras piedras vivas y hemos palpado el mismo amor de Dios que nos hace amarlo a cualquier precio. El Señor quiere seguir construyendo su pueblo y para eso cuenta con nosotros, como lo hizo con Pablo y Pedro. ¿Qué estamos esperando para ponernos manos a la obra?

Videntes

eucaristiaLucas 24, 13-35
El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino? » Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días! » «¿Qué cosa? », les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado, a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera El quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron». Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria? » y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a Él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos. y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? » En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón! » Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
_____________

“Pero sucede que en la Iglesia no se piensa. Un obispo sigue diciendo a los ochenta años lo que a los dieciocho le contaron que tenía que decir, y la consecuencia lógica es que siempre tiene un aspecto delicioso…”.  Esta es una afirmación de Lord Henry, en “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde. Dicha en el contexto del primero capítulo tiene su sentido, aunque no deja de ser una crítica. Además, puede tener otras interpretaciones, pero en este caso, creo que lo curioso está en que nos puede servir para pensar el trasfondo más profundo del evangelio de este domingo.

Tenemos a dos discípulos que se dirigen a Emaús y podríamos situarlos en dos momentos: En la oscuridad de la noche, la desesperanza, la decepción y la tristeza y en la luz del día, la alegría, las fuerzas, el entusiasmo y la esperanza. Dos momento antagónicos entre sí que tienen que ver con haber perdido a Jesús, tras ser crucificado y el reconocer vivo a quien creían muerto. Esta misma dicotomía de aquellos, me atrevo a decir, sigue siendo nuestra, la de muchos cristianos en el siglo XXI.

Es verdad que nuestra realidad de creyentes es muy distinta a la de los discípulos. Hay una diferencia muy grande entre lo que aquellos pensaban y creían y lo que nosotros sabemos, pensamos y creemos. Ahora el camino es mucho más fácil, aparentemente, aunque el día a día trae sus complicaciones y contradicciones. A veces vivimos muy convencidos de que Cristo es nuestra salvación y actuamos en consecuencia y otras, a pesar de saber las verdades de nuestra fe, transitamos la noche oscura, donde nada parece cierto.

Al principio les propuse la afirmación que hace un personaje de Oscar Wilde, y si bien, a priori, se puede entender como una crítica a la Iglesia, donde parece que no se piensan las cosas (no podemos olvidar que fue escrito en el siglo XIX), sin embargo nos está diciendo que hay algo que no cambia, que permanece. Y hacemos bien en afirmar que eso que siempre está son las verdades de nuestra fe, pero más que eso, en realidad lo que es inmutable es Dios mismo. Él permanece y, tanto para los discípulos que se dirigen a Emaús como para nosotros, siempre nos ofrece la misma vida infinita, la misma felicidad eterna, la misma salvación.

Y aquí creo que podría estar el punto interesante, para pensar lo que nos cuenta la Palabra de Dios. Aquellos hombres habían perdido el norte una vez que vieron que Jesús estaba muerto. Ya no tenían al que iba a librar a Israel. Lo que poseían había desaparecido. Luego, al reconocer al resucitado, sienten que sus vidas cambian nuevamente, porque recuperan lo que les habían sustraído. Y nosotros seguimos, en alguna medida, inmersos en el mismo esquema. Cuántas veces escuchamos a personas que dicen que han perdido la fe, y la razón de esta situación son las dificultades que tienen y no pueden resolver. Pensaban que Dios iba a solucionar todo y, al ver que las cosas no caminan, se sienten abandonados. Nadie los va a liberar. Lo que poseían, lo han perdido. Pareciera que para ellos Dios ha cambiado. Pero en cuanto se vislumbra la solución, entonces se vuelve a la alegría y a la fe firme. ¿Acaso no estamos en el mismo esquema de Emaús?

En este ida y vuelta de pérdida y recupero de la fe, según nuestra vivencia, los únicos que cambian somos nosotros. Dios sigue estando igual de vivo y presente como siempre, pero no lo reconocemos como antes. Porque, en palabras del mismo Evangelio, nosotros “esperábamos” que Dios actuara de tal manera, esperábamos que la Iglesia hiciera tal cosa, esperábamos que el sacerdote hiciera lo que imagino que debe hacer, esperaba que tal persona obrar de tal forma. La mirada parte desde nuestras perspectivas y expectativas y de ese modo resulta más difícil reconocer a Jesús Resucitado, el cual no deja de ser quien es.

Aquí, el problema está en reconocer, o no, la presencia de Dios. Pero, felizmente, al menos tenemos dos claves, diría fundamentales, que nos ayudarán para que Dios no se nos escape. Una es la vivencia personal y profunda de Jesús. Y el mejor lugar para lograrlo es en la Eucaristía. Y en esto, aclaro, no nos referimos a “oír misa”, como a veces señalamos. Ir a misa no es suficiente. Puedo ir al cine y no experimentar más que el paso del tiempo delante de una pantalla. Vivenciar la Eucaristía es sentarnos al rededor de la mesa del Señor y compartir su pan. Ahí es donde vamos a reconocer, sin confusiones, que Dios está vivo. Y él siempre está. No se ausenta.

Lo segundo, es saber que esta vivencia siempre se da en comunidad y en la comunidad. Aquellos eran dos caminando hacia Emaús, luego volvieron a encontrarse con el resto, para compartir la experiencia. Y esto es importante, más en nuestra época, donde la carrera individual también se se ha instalado en la fe cristiana. No somos ni podemos pretender ser héroes ante el desafío de conquistar a Dios solos. Jesús se hace presente cuando estamos reunidos. Así es más fácil reconocerlo.

Para todo esto, tal vez sirva, debemos comenzar por suscitar momentos donde compartir, en comunidad, la experiencia personal que tenemos de Dios. ¿Dónde? En casa, por ejemplo. ¿Cuántas veces hablamos de Dios en familia? No me refiero a tomar la lección de catequesis a los niños que van a hacer la primera comunión, sino a hablar de qué ha descubierto cada uno, en su interior, acerca de Dios, eso que se vive, tal vez, al recibir el pan de la Eucaristía.