Desde el corazón

Jesús es Vida
Desde el corazón de Jesús…

Ciclo B – Domingo XIX Tiempo Ordinario

Juan 6, 41- 51
Los judíos murmuraban de Jesús, porque había dicho: «Yo soy el pan bajado del cielo». Y decían: «¿Acaso este no es Jesús, el hijo de José? Nosotros conocemos a su padre y a su madre. ¿Cómo puede decir ahora: “Yo he bajado del cielo? ”»
Jesús tomó la palabra y les dijo: «No murmuren entre ustedes. Nadie puede venir a mí, si no lo atrae el Padre que me envió; y Yo lo resucitaré en el último día. Está escrito en el libro de los Profetas: “Todos serán instruidos por Dios”. Todo el que oyó al Padre y recibe su enseñanza viene a mí.  Nadie ha visto nunca al Padre, sino el que viene de Dios: sólo Él ha visto al Padre. Les aseguro que el que cree tiene Vida eterna. Yo soy el pan de Vida.  Sus padres, en el desierto, comieron el maná y murieron. Pero éste es el pan que desciende del cielo, para que aquél que lo coma no muera. Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo.
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Aquella mujer, la hermana mayor, me habló un largo rato. Hacía mucho que no le contaba sus cosas a alguien que no sea su hermano, en quien ella se reconocía —me dijo. Y agregó: Ahora no puedo ir a la Iglesia. Y recuerdo —continuó con voz pausada— que los sacerdotes hablaban lindo, a su modo, a su manera, con sus palabras, pero eso no es la vida. La vida es lo que se tiene en el corazón y a veces no se dice —concluyó.

Esta historia no es algo inventado, sino lo que me pasó cuando fui a ver a dos hermanos que vivían juntos, aquí, en la capital porteña. Ella tenía noventa y dos y él ochenta y siete años. Los visité para llevarles la comunión y darles la unción de los enfermos. Se ayudaban, como podían, pero sobre todo se acompañaban mientras, todos los días, renovaban la esperanza de que algún familiar los llamara.

Y el Evangelio de hoy nos cuenta acerca del mensaje de Jesús hacia todos los que estaban escuchando. Él se presenta como el Pan de Vida y los judíos —dice la lectura— murmuraban acerca del hijo de María y de José. Me atrevo a decir que cada uno estaba en un canal diferente.

Nosotros, en cambio, somos más avanzados y entendidos y con total seguridad afirmamos y creemos que Jesús es el Pan del Cielo. Más aún cuando está claro que la Eucaristía es el alimento por excelencia para todo hijo de Dios. Tenemos esta bendita suerte de poder recibir al mismo Cristo y nutrirnos de él. Pero lo que no sé si hemos comprendido, verdaderamente, es el significado más claro y profundo de este signo sacramental.

Para nosotros la Eucaristía es lo más sagrado que tenemos y, en la mayoría de las personas, eso supone un respeto profundo por Dios y por este Signo. Es más, procuramos estar bien preparados, libres de pecados —afirmamos—, para sentirnos dignos y así poder recibir a Jesús sacramentado. Es lo que bien nos han enseñado. Sin embargo, no estoy convencido de que hayamos comprendido el mensaje de Jesús en su totalidad, aún sabiendo que es lo único que nos diferencia de cualquier otro credo.

Hoy Jesús nos dice claramente que es por medio de él que vamos a llegar a Dios, dado que, el que cree tiene vida eterna. Y esto parece estar muy claro, pero a veces pienso que más bien nos hemos quedado convencidos de que esto supone dos momentos distintos y lejanos en el tiempo. Uno es creer en el Hijo de Dios y por eso también estamos convencidos de su presencia en la Eucaristía, y otro momento es el de la Vida Eterna, que llegará, con suerte, después de la muerte. Así que, tal vez pensado de un modo exagerado, nuestra vida cristiana se convierte en una espera del premio prometido, cuando en realidad creo que Jesús nos dice que él es el Pan de Vida, pero Vida que se vive desde ahora y después también, pero a partir de aceptar lo que él nos ofrece y no únicamente allá en el paraíso.

Antes le contaba acerca de la anécdota de aquellos dos hermanos, solos en la vejez, especialmente recordando las palabras de aquella buena mujer: “La vida es lo que se tiene en el corazón y a veces no se dice”. Y cito este pensamiento porque creo que el mensaje de Jesús tiene mucho que ver con lo que ella pensaba, o al revés: Vamos a comprender bien lo que significa que Cristo es el Pan de Vida, cuando lo escuchemos y lo hagamos vida en el corazón. Es como poder pasar del conocimiento de su doctrina, en la mente, al conocimiento de su palabra en el corazón.

Jesús lo que quiere de nosotros es que, ya desde ahora, comencemos a vivir esta Vida Nueva, vida de hijos de Dios, la cual no se consigue, aunque recibamos el Pan de la Eucaristía, si no encarnamos su propuesta. Y esto se evidencia en los actos de nuestra vida.

Si somos violentos, impacientes, apáticos, mezquinos, egoístas, mentirosos, aún afirmando que somos católicos, hijos de Dios, es que todavía lo que sabemos de Jesús ronda más en nuestro conocimiento intelectual que en nuestro corazón. En cambio, somos personas completamente nuevas, de Dios, cuando ese Pan de Vida lo hemos asimilado y comenzamos a encarnar los mismos gestos y actos que hizo el mismo Jesús. Entonces, nuestro corazón empezará a bombear sangre que nos llevará a vivir, cada vez más, el amor, la generosidad, la amabilidad, la paz, la entrega, la paciencia, la verdad.

De esto último es de lo que tiene que hablar nuestra vida, aunque haya momentos en los que la limitación y el error nos lleve a hacer lo contrario a lo querido por Dios. Aún así, debemos seguir en la decisión de vivir la Vida de Jesús. Entonces podremos afirmar, sin temor a equivocarnos, que hemos alcanzado la Vida Eterna, porque eso que hemos recibido, eso que hemos comido y encarnado, es verdaderamente el Pan Vivo bajado del cielo.

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La comida equivocada

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Ciclo B – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

Juan 6, 24-35
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste? » Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello». Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? » Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado». Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Les dio de comer el pan bajado del cielo”». Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo». Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús les respondió: « Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed».
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El médico salió a la sala y explicó a Praskovya Fyodorovna que la cosa iba mal y que el único recurso era el opio para disminuir los dolores, que debían de ser terribles.

Era cierto lo que decía el médico, que los dolores de Iván Ilich debían de ser atroces; pero más atroces que los físicos eran los dolores morales, que eran su mayor tormento.

Esos dolores morales resultaban de que esa noche, contemplando el rostro soñoliento y bonachón de Gerasim, de pómulos salientes, se le ocurrió de pronto: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»

Este es un fragmento de un cuento de León Tolstoi, titulado “La muerte de Iván Ilich”. El relato nos pone ante una de las situaciones extremas que puede llegar a vivir una persona. En este caso, a Ivan Ilich se le presenta una de las incertidumbres peores que se puede tener en un lecho de muerte: Dudar acerca de lo que hizo de su vida. Y el Evangelio de hoy nos pone delante de Jesús y de la gente que dialoga con él, lo cual dista de una situación como la del cuento, pero que creo que tienen igual fuerza decisiva y de conclusión.

Jesús ha dejado a la gente que quiere hacerlo rey y ahora, sin pelos en la lengua, les revela las intenciones que tiene aquél grupo de personas: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse». Y les explica lo del Pan del Cielo, que no sabemos bien hasta dónde pudieron entender. Y lo mismo deberíamos preguntarnos nosotros: ¿Hasta dónde entendemos qué es el Pan del Cielo?

Y por supuesto que las respuestas no se hacen esperar, por nuestra parte. Afirmamos con total claridad y seguridad que el Pan del Cielo es Jesús y rápidamente lo asociamos al Pan Eucarístico. Y estamos en lo correcto. Es el Cuerpo de Cristo el que nos da una vida nueva, una vida de Gracia, una vida junto a Dios. Pero me atrevo a decir que es todo eso y más todavía y que sólo se logra entender cuando se vive en realidad.

Y claro que hemos escuchado y aprendido lo que nos dice el Evangelio, pero lo cierto es que, en general, la propia vida la vamos armando como mejor podemos y nos parece, incluso a veces lejos de lo que entendemos que nos pide Dios.

Por otro lado, y esto tal vez requiere una mayor reflexión y autocrítica, es probable que estemos viviendo un esquema parecido al que tenía aquella gente que le pregunta a Jesús:  «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?». Es que, posiblemente, pensamos que hay que cumplir con determinadas normas para estar a bien con Dios y con la Iglesia y de este modo hacernos acreedores de la salvación. Y no voy a oponerme a este esquema, que claramente llevado, con la menor cantidad de fisuras posibles, puede, tal vez, darnos en conclusión la Vida Eterna. Pero creo que la propuesta de Jesús es aún mayor y más profunda y tiene que ver con lo que él afirma: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado», y aquí está, a mi entender, lo más importante. Sin esto creo que “la salvación”, el premio más esperado, se desdibuja.

Antes citaba a Tolstoi, con esta historia de Ivan Ilich, y lo que más me llamó la atención es lo que este hombre dice, casi muriéndose: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?» Y esto me lleva a preguntar una cosa: ¿Y si toda la vida estuvimos haciendo lo que no debíamos? Y no me estoy refiriendo a que hayamos cometido pecado, sino a habernos equivocado en el tipo de pan que hemos comido.

Podemos ponderar mucho tipos de panes, algunos mejores que otros, pero debemos saber que no todos nos dan definitivamente a Dios. Y por supuesto que el más adecuado es el Pan de la Eucaristía. Sin duda, recibirlo es garantía de que vamos por el buen camino, seguramente ese que Jesús quiere que recorramos, pero sin embargo creo que no basta con comulgar. No porque no sea buena la Comunión en sí, sino porque nuestro corazón, aun recibiendo el sacramento, puede estar muy lejos del de Jesús.

Hoy Cristo nos pide algo muy profundo y muy personal: Quiere que, para tener verdadera vida, creamos en él. Y creer en él es adherir nuestro corazón al suyo. Y adherirnos a Jesús es más que cumplir normas y preceptos. Es vivir como vivió él y ese es el punto en el que debemos detenernos y ver si nuestra vida está reflejando eso que creemos.

Creer en Dios, creer en Jesús, no significa ajustarnos a las normas y exigencias de una religión, en este caso la católica, es adherir a la vida propuesta por el mismo Cristo. Y claro que esto supone un esfuerzo grande, porque no resulta fácil mantenerse en comunión con él. Ya sabemos con qué facilidad, en ocasiones, terminamos lejos de Dios. Y, para poder perseverar en esta opción por él, está todo lo que la Iglesia nos propone. Pero lo primero es querer, aceptar, adherir, abrazar a Jesús y su propuesta de vida.

Por último, sin temor a equivocarnos, vivir nuestra vida conforme a la de Cristo, aunque en el camino haya errores y contradicciones que siempre se pueden subsanar, nos da la garantía de no tener que pasar por esa pregunta angustiosa en lecho de muerte, como le pasó a Ivan Ilich: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»

Videntes

eucaristiaLucas 24, 13-35
El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino? » Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días! » «¿Qué cosa? », les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado, a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera El quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron». Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria? » y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a Él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos. y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? » En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón! » Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
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“Pero sucede que en la Iglesia no se piensa. Un obispo sigue diciendo a los ochenta años lo que a los dieciocho le contaron que tenía que decir, y la consecuencia lógica es que siempre tiene un aspecto delicioso…”.  Esta es una afirmación de Lord Henry, en “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde. Dicha en el contexto del primero capítulo tiene su sentido, aunque no deja de ser una crítica. Además, puede tener otras interpretaciones, pero en este caso, creo que lo curioso está en que nos puede servir para pensar el trasfondo más profundo del evangelio de este domingo.

Tenemos a dos discípulos que se dirigen a Emaús y podríamos situarlos en dos momentos: En la oscuridad de la noche, la desesperanza, la decepción y la tristeza y en la luz del día, la alegría, las fuerzas, el entusiasmo y la esperanza. Dos momento antagónicos entre sí que tienen que ver con haber perdido a Jesús, tras ser crucificado y el reconocer vivo a quien creían muerto. Esta misma dicotomía de aquellos, me atrevo a decir, sigue siendo nuestra, la de muchos cristianos en el siglo XXI.

Es verdad que nuestra realidad de creyentes es muy distinta a la de los discípulos. Hay una diferencia muy grande entre lo que aquellos pensaban y creían y lo que nosotros sabemos, pensamos y creemos. Ahora el camino es mucho más fácil, aparentemente, aunque el día a día trae sus complicaciones y contradicciones. A veces vivimos muy convencidos de que Cristo es nuestra salvación y actuamos en consecuencia y otras, a pesar de saber las verdades de nuestra fe, transitamos la noche oscura, donde nada parece cierto.

Al principio les propuse la afirmación que hace un personaje de Oscar Wilde, y si bien, a priori, se puede entender como una crítica a la Iglesia, donde parece que no se piensan las cosas (no podemos olvidar que fue escrito en el siglo XIX), sin embargo nos está diciendo que hay algo que no cambia, que permanece. Y hacemos bien en afirmar que eso que siempre está son las verdades de nuestra fe, pero más que eso, en realidad lo que es inmutable es Dios mismo. Él permanece y, tanto para los discípulos que se dirigen a Emaús como para nosotros, siempre nos ofrece la misma vida infinita, la misma felicidad eterna, la misma salvación.

Y aquí creo que podría estar el punto interesante, para pensar lo que nos cuenta la Palabra de Dios. Aquellos hombres habían perdido el norte una vez que vieron que Jesús estaba muerto. Ya no tenían al que iba a librar a Israel. Lo que poseían había desaparecido. Luego, al reconocer al resucitado, sienten que sus vidas cambian nuevamente, porque recuperan lo que les habían sustraído. Y nosotros seguimos, en alguna medida, inmersos en el mismo esquema. Cuántas veces escuchamos a personas que dicen que han perdido la fe, y la razón de esta situación son las dificultades que tienen y no pueden resolver. Pensaban que Dios iba a solucionar todo y, al ver que las cosas no caminan, se sienten abandonados. Nadie los va a liberar. Lo que poseían, lo han perdido. Pareciera que para ellos Dios ha cambiado. Pero en cuanto se vislumbra la solución, entonces se vuelve a la alegría y a la fe firme. ¿Acaso no estamos en el mismo esquema de Emaús?

En este ida y vuelta de pérdida y recupero de la fe, según nuestra vivencia, los únicos que cambian somos nosotros. Dios sigue estando igual de vivo y presente como siempre, pero no lo reconocemos como antes. Porque, en palabras del mismo Evangelio, nosotros “esperábamos” que Dios actuara de tal manera, esperábamos que la Iglesia hiciera tal cosa, esperábamos que el sacerdote hiciera lo que imagino que debe hacer, esperaba que tal persona obrar de tal forma. La mirada parte desde nuestras perspectivas y expectativas y de ese modo resulta más difícil reconocer a Jesús Resucitado, el cual no deja de ser quien es.

Aquí, el problema está en reconocer, o no, la presencia de Dios. Pero, felizmente, al menos tenemos dos claves, diría fundamentales, que nos ayudarán para que Dios no se nos escape. Una es la vivencia personal y profunda de Jesús. Y el mejor lugar para lograrlo es en la Eucaristía. Y en esto, aclaro, no nos referimos a “oír misa”, como a veces señalamos. Ir a misa no es suficiente. Puedo ir al cine y no experimentar más que el paso del tiempo delante de una pantalla. Vivenciar la Eucaristía es sentarnos al rededor de la mesa del Señor y compartir su pan. Ahí es donde vamos a reconocer, sin confusiones, que Dios está vivo. Y él siempre está. No se ausenta.

Lo segundo, es saber que esta vivencia siempre se da en comunidad y en la comunidad. Aquellos eran dos caminando hacia Emaús, luego volvieron a encontrarse con el resto, para compartir la experiencia. Y esto es importante, más en nuestra época, donde la carrera individual también se se ha instalado en la fe cristiana. No somos ni podemos pretender ser héroes ante el desafío de conquistar a Dios solos. Jesús se hace presente cuando estamos reunidos. Así es más fácil reconocerlo.

Para todo esto, tal vez sirva, debemos comenzar por suscitar momentos donde compartir, en comunidad, la experiencia personal que tenemos de Dios. ¿Dónde? En casa, por ejemplo. ¿Cuántas veces hablamos de Dios en familia? No me refiero a tomar la lección de catequesis a los niños que van a hacer la primera comunión, sino a hablar de qué ha descubierto cada uno, en su interior, acerca de Dios, eso que se vive, tal vez, al recibir el pan de la Eucaristía.

Música

Partitura musical
Lo mejor de la música es lo que se encuentra detrás de las notas…

Lucas 2, 22-40
Cuando llegó el día fijado por la Ley de Moisés para la purificación de ellos, llevaron al niño a Jerusalén para presentarlo al Señor, como está escrito en la Ley: «Todo varón primogénito será consagrado al Señor». También debían ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o de pichones de paloma, como ordena la Ley del Señor.
Vivía entonces en Jerusalén un hombre llamado Simeón, que era justo y piadoso, y esperaba el consuelo de Israel. El Espíritu Santo estaba en él y le había revelado que no moriría antes de ver al Mesías del Señor. Conducido por el mismo Espíritu, fue al Templo, y cuando los padres de Jesús llevaron al niño para cumplir con él las prescripciones de la Ley, Simeón lo tomó en sus brazos y alabó a Dios, diciendo:  «Ahora, Señor, puedes dejar que tu servidor muera en paz, como lo has prometido, porque mis ojos han visto la salvación que preparaste delante de todos los pueblos: luz para iluminar a las naciones paganas y gloria de tu pueblo Israel».
Su padre y su madre estaban admirados por lo que oían decir de Él. Simeón, después de bendecirlos, dijo a María, la madre: «Este niño será causa de caída y de elevación para muchos en Israel; será signo de contradicción, y a ti misma una espada te atravesará el corazón. Así se manifestarán claramente los pensamientos íntimos de muchos».
Había también allí una profetisa llamada Ana, hija de Fanuel, de la familia de Aser, mujer ya entrada en años, que, casada en su juventud, había vivido siete años con su marido. Desde entonces había permanecido viuda, y tenía ochenta y cuatro años. No se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día con ayunos y oraciones. Se presentó en ese mismo momento y se puso a dar gracias a Dios. Y hablaba acerca del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén.
Después de cumplir todo lo que ordenaba la Ley del Señor, volvieron a su ciudad de Nazaret, en Galilea. El niño iba creciendo y se fortalecía, lleno de sabiduría, y la gracia de Dios estaba con Él.
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Hace poco leí lo siguiente: “Lo mejor de la música es lo que se encuentra detrás de las notas”. Es una frase de Gustav Mahler, compositor y director de orquesta, de finales del siglo XIX y principios del XX. Nacido en lo que actualmente es la República Checa, pero que en aquél entonces pertenecía del Imperio Austríaco. Es cierto que desde el momento en que Jesús fue presentado en el templo, hasta la época de este músico austríaco, pasó mucho tiempo, pero creo que podemos encontrar un punto en común entre ambos hechos.

Hoy, Lucas nos relata cómo y qué pasó cuando, según mandaba la ley judía, María y José llevan al niño al templo para presentarlo. Allí sucede lo que menos esperaban: Las palabras de Simeón, quien dice estar en paz porque finalmente ha visto al salvador, y luego la profetiza Ana, quien también agradece a Dios y habla acerca de la redención que viene. Los padres de Jesús —dice Lucas— estaban admirados, no podían creer lo que escuchaban.

Es verdad que todo este acontecimiento, visto desde nuestra época, nos parece normal. Como era el hijo de Dios, estas cosas debían suceder así. Pero lo cierto es que la sorpresa de María y de José nos hablan de otra situación. Para ellos no era común lo que estaba sucediendo, y eso que María sabía lo que el ángel le había anunciado. Sin embargo, hay sorpresa. Lo mismo para los otros personajes que aparecen en el relato. Hay algo diferente en el niño que se presenta. Lo reconocen como el Mesías, como la luz que va a iluminar a las naciones. ¿Por qué? ¿Acaso Jesús tenía una marca de nacimiento, un lunar raro, algo que lo distinguiera de los demás niños? La respuesta es: No. Entonces, ¿qué suscita tantas alabanzas y profecías?

Todo sucede en el marco del templo de Jerusalén, lo cual ya nos presenta una realidad especial. Tal vez podríamos decir que ahí está la clave. Dado que esta familia de Nazaret está en un lugar sagrado, frente a personas entregadas a Dios, entonces es normal que se reconozca algo único en el bebé. Pero no. No es por el edificio sagrado, ni el ambiente, ni por la gente consagrada a Dios. Es por la acción del Espíritu Santo. Esa es la principal razón de este gran reconocimiento del Hijo de Dios. Y todo esto si es que damos por verdad lo que nos relata el evangelio de hoy. Y no es que sea una mentira, pero más allá de si son acontecimientos históricos, o no, está lo que sí quiere resaltar el Evangelista: La acción de Dios en la persona, en este caso Simeón y Ana, que hace que vean más allá de lo evidente.

Antes cité una frase de Gustav Mahler, el músico. Quien, con su afirmación, nos lleva más allá de las notas musicales. Si queremos simbolizar la música, lo hacemos con una nota. Es la manera de decir qué sonido es el que suena. Pero la música está libre de todo símbolo, va por detrás, y, en su conjunto y armonía, suena subjetivamente para cada oyente. Si hacemos la prueba y escuchamos al mismo Mahler, en su novena sinfonía, seguramente para cada uno de los aquí presente, le suscitará cosas diferentes. En el interior de cada uno hay cuerdas que hacen ecos de del sonido que se escucha y que dicen algo especial a cada auditor. Aunque nos expliquen y nos digan qué y cómo hay que interpretar la música, a cada persona le genera un sentir distinto. Y lo mismo nos pasa con Dios.

A Simeón y Ana, encontrarse con el que reconocen como enviado divino, les dice algo personal. Les da respuestas que esperaban. Es la acción del Espíritu en el interior de cada uno de ellos. Y en nuestro caso, no podemos menos que pensar que también nos sucede los mismo. O debería. Acabamos de escuchar la Palabra de Dios y no ha dicho lo mismo a todos. Algunos nos hemos quedado, tal vez, con la imagen del niño en el templo. Otros, a lo mejor, les ha impresionado más lo que dicen acerca de Jesús. Así es como entendemos y vivimos a Dios. Cada uno de forma distinta, única. No quiere decir que cada individuo arme un concepto de Dios a su gusto, sino que para poder amar y comprender de verdad al Señor, hace falta que él suene en nuestro interior. Como la música. Así se comienza a ver más allá de lo evidente.

Si celebramos la Eucaristía, no pude ser porque es un precepto de la Iglesia. Tampoco por no cometer un pecado. Ni mucho menos por una simple costumbre. Tiene que ser porque queremos poner atento el oído interior, a ver qué sonido suena que suscite algo nuevo, renovado, más cerca del amor de Dios. Y me atrevo a decir que cabe la posibilidad de que, aunque hayamos venido a misa durante muchos años, es probable que aún sigamos sordos, sin reconocer las notas de la música de salvación. ¿Y cómo sabemos si hay sordera o no? Tal vez si, casi sin darnos cuenta, nos descubramos silbando, tarareando, la melodía de amor que Jesús nos enseña con su vida, podamos afirmar que no padecemos sordera espiritual. Entonces nos volveremos músicos ejecutores de su divina canción. Aprenderemos a ver más allá de lo evidente, más allá de los ritos y los símbolos sagrados, y empezaremos a recocer a Dios como lo vieron los del evangelio.

A Simeón, a Ana, y antes a María y a José. Después a los apóstoles y a todos los que siguieron y siguen a Jesús. El Espíritu, la música de Dios, los hizo vibrar interiormente. A nosotros, que estamos aquí: ¿Ya nos pasó? ¿Nos está pasando? Tal vez haya que abrir más el corazón y el entendimiento, dejar de escucharnos tanto a nosotros mismos y dejar que Dios nos habite. Seguramente, así nuestra vida tomará otro ritmo, más acompasado a lo que Dios quiere de nosotros: Que amemos de verdad. Esa es la respuesta, esa es la salvación. Si Dios no suena, de nada sirve este concierto que llaman Eucaristía, ni siquiera la religión.