Lenguaje de Amor

Domingo de Ramos

Ciclo C – Domingo de Ramos

Para leer el texto de la Pasión del Señor, según san Mateo, haz click aquí

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“Pero cuando oí aquellos versos (y, en cierto sentido, llevo oyéndolos desde entonces) supe que el lenguaje también podía ser una música y una pasión. Y así me fue revelada la poesía”.

Esto es lo que dijo Jorge Luis Borges en la última de sus seis conferencias en Harvard, en 1968, cuando habló acerca de la poesía, o más bien deberíamos decir de su poesía. Y por supuesto que su intención no era hacer referencia alguna al Domingo de Ramos, y mucho menos al relato de los últimos y decisivos momentos de la vida de Jesús. Sin embargo, creo que en alguna medida nos puede ayudar a pensar qué celebramos hoy y hacia dónde nos encaminamos esta Semana Santa que comienza en este día.

Es por todos conocido el relato de la pasión de Cristo. A lo mejor se nos puede pasar algún detalle, pero somos conscientes de los momentos más importantes. Como cuando Jesús es entregado por Judas, o cuando al gente pide a Barrabás en lugar del Nazareno, a quien quieren crucificado. Y lo que menos se nos olvida es que el Hijo de Dios termina muerto en la cruz y sepultado, envuelto en un lienzo. Y claro que, en alguna medida, nos conmueve, pero también todo esto se nos queda en el recuerdo de lo que fue. Y por supuesto que no perdemos ni fe ni devoción, pero la distancia con aquél momento nos vuelve más bien espectadores.

Tal vez la pregunta es: ¿Qué sentimos, qué nos pasa, cuando escuchamos la pasión? Y aquí no esperamos romper en amargo llanto, aunque siempre alguien nos puede sorprender, pero sí es bueno que tengamos claro qué aprendemos y qué significa volver a saber del relato del momento más importante de la vida de Jesús. ¿Seguimos como si nada hubiera pasado o descubrimos o redescubrimos algo?

Aquí es donde vuelvo a citar a Borges. Él nos dice que al conjugar la música y la pasión en el lenguaje, lo que surge es la poesía y creo que, si me permiten la comparación, algo así descubrimos cuando vemos que en Jesús convergen su vida y su entrega. Entonces se nos revela lo que es el amor. Bien podríamos concluir que en aquél que confluyen vida y entrega, vida y pasión, tiene como resultado un verdadero amor, capaz de darlo todo. Y es que podremos tener vida, sin entrega real, y claro que será vida, pero tal vez no llegue revelar un verdadero amor. Y puede haber entrega, pero sin vida, como cuando damos únicamente lo que nos sobra, con lo cual volvemos a lo mismo: No se revela entonces un verdadero amor.

Por consiguiente, creo que el domingo de ramos, como los días que le siguen, tenemos un tiempo en el que deberíamos ver qué tanto hemos aprendido a conjugar vida y entrega, vida y pasión, para poder hablar del verdadero amor.

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Lo perdido

Equilibrio

Ciclo B – Domingo XXIV Tiempo Ordinario

Marcos 8, 27-35
Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas». «Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo? » Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.
Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con sus cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».
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¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

 

Este es un poema de Jorge Luis Borges, titulado “Lo perdido”. En versos, aquél hombre se pregunta por su propia vida y el lado de ésta que no fue. Es lo que ha “perdido”. Tal vez incluso se podría decir que es el deseo de lo que pudo haber sucedido. Y el Evangelio nos trae un diálogo entre Jesús y sus discípulos, donde aquél le pregunta a éstos quién es él para ellos y para la gente. Pedro parece dar la respuesta correcta, pero Cristo termina contándoles lo que va a suceder con él. Y la pregunta fundamental es: «¿Quién dicen que soy yo?» Y aquí es donde creo ver el punto de encuentro entre el poema de Borges y el Evangelio de Marcos.En primer lugar tenemos esta pregunta acerca de la persona de Jesús, que él mismo hace a sus discípulos. Y creo que no está buscando saber si aquellos hombres tienen la respuesta correcta, sino más bien ver qué han descubierto hasta el momento. Y si bien lo que dice Pedro parece ser lo más acertado, a Jesús le interesa saber acerca de la vivencia personal de los apóstoles, que están conviviendo con el mismo hijo de Dios.Por supuesto, esto nos pone delante de una pregunta: ¿Quién es Jesús para nosotros? Y no se trata de dar una definición acerca del Hijo de Dios. No es necesario hacer Cristología, pero sí es imprescindible que descubramos quién es y qué significa Jesús para cada uno de nosotros. Él nos hace esta pregunta, y creo que quiere que respondamos desde el corazón. Y con esto no se busca una respuesta sensiblera y, tal vez, llorona y emocionada, sino que se hace necesario que tomemos el peso de Jesús en nuestras vidas y lo que eso supone en el modo en que vivimos.

Lo que le pasa a Pedro también puede pasarnos a nosotros. Con total precisión podemos dar una respuesta concisa y quedarnos sólo en eso, en una definición y no pasar de ahí. Dios puede ser un concepto bien aprendido que, a la hora de la experiencia vital y personal puede desdibujarse con mucha facilidad. Y a Pedro le pasa algo así. Muy bien iluminado, dice: «Tú eres el Mesías», pero luego su reacción, al escuchar lo que Cristo cuenta acerca de lo que le va a suceder, evidencia que todavía no ha comprendido casi nada. Aquél discípulo, ante lo que acaba de escuchar de Jesús, no ve más que fracaso, y eso no se corresponde, según su parecer, con el Mesías, el enviado de Dios y libertador de Israel. Entonces vemos que Jesús rechaza fuertemente esta actitud, llamando satanás al mismo Pedro.

Y en nuestro caso, tal vez deberíamos pensar si más bien estamos adheridos al Jesús Glorioso, justo, hacedor de milagros y sinónimo de poder lo imposible, pero poco asociado al sacrificio, al dolor y al dar la vida por los demás. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Es modelo o paradigma para nuestras vidas? ¿Nuestro anhelo y esfuerzo van hacia querer parecernos cada vez más a él?

Indefectiblemente, creo que esta reflexión nos lleva a pensar en nuestra propia vida, porque en nuestros actos es donde mejor vemos reflejado lo que comprendemos de Dios. Ahí está la respuesta más auténtica, si queremos saber quién es Jesús para nosotros. Porque el modo en que vivimos y el grado de amor hacia el prójimo, aún teniendo en cuenta las limitaciones personales, nos dirán quiénes somos y qué decimos de Dios.

Entonces presentamos a Borges una vez más, quien habla de su vida y, posiblemente, del anhelo de lo que le hubiera gustado para él, pero que no fue. Del mismo modo podemos ver cómo, para Pedro, el Mesías no puede ser fracaso, cruz, sufrimiento y dolor, sino todo lo contrario. Y Jesús le dice, “pudo haber sido un triunfo” sobre los que oprimen al pueblo judío, pudo haber sido un rey glorioso que todo lo puede y todo aniquila con tal de salir victorioso, pudo haber sido un Mesías sin cruz; pero lo que soy —dice Cristo— es amor, es dolor, sufrimiento, entrega, cruz y resurrección. Y esa es la única realidad de amor de Dios. Esa es —continúa Jesús— mi vida y quiero que también sea tuya.

Hay ocasiones en los que, parafraseando a Borges, junto con Pedro decimos: ¿Dónde estará Jesús, el que pudo haber sido y que no fue, dónde el azar de aplastar a sus enemigos y destruir a los míos? ¿Dónde el que siempre me quita los sufrimientos y el que hace todo lo que le pido, dónde el que aniquila a los que me hacen injusticia, dónde el que mide con mi misma vara? Pero resulta que Dios es otra cosa, tal vez muy distinto a lo que somos, y que siempre resumimos en que es perdón, entrega, amor y sacrificio.

Entonces comenzamos a entender que saber de Dios es saber negarnos a nosotros mismos, y quitar todo Yo individualista y egoísta, para que surja un Yo entregado, capaz de dar la vida por los demás. Y esto es lo que Cristo nos pide, para poder llegar a entender y responder, en verdad, quién es Jesús para nosotros.

Cuidado

Cuidado

Ciclo B – Domingo IV de Pascua

Juan 10, 11-18
Jesús dijo: «Yo soy el buen Pastor. El buen Pastor da su vida por las ovejas. El asalariado, en cambio, que no es el pastor y al que no pertenecen las ovejas, cuando ve venir al lobo las abandona y huye, y el lobo las arrebata y las dispersa. Como es asalariado, no se preocupa por las ovejas. 

Yo soy el buen Pastor: conozco a mis ovejas, y mis ovejas me conocen a mí -como el Padre me conoce a mí y Yo conozco al Padre- y doy mi vida por las ovejas. Tengo, además, otras ovejas que no son de este corral y a las que debo también conducir: ellas oirán mi voz, y así habrá un solo rebaño y un solo Pastor. 
El Padre me ama porque Yo doy mi vida para recobrarla. Nadie me la quita, sino que la doy por mí mismo. Tengo el poder de darla y de recobrarla: éste es el mandato que recibí de mi Padre».
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“Si la naturaleza fuera banco, ya la habrían salvado”. Esta es una frase (sacada de contexto) de Eduardo Galeano, de su libro “Los hijos de los días”. Si bien está pensada desde una realidad concreta, creo que nos podría valer para reflexionar acerca del Evangelio del cuarto domingo de Pascua, donde tenemos presente al Buen Pastor.

El evangelista Juan nos presenta a Jesús describiendo y asumiendo la figura del Buen Pastor, quien es capaz de, voluntariamente, dar la vida por las ovejas como lo haría un verdadero pastor.

Entonces, es probable que ya estemos pensando que nosotros somos las ovejas y Jesús es nuestro pastor y que esa figura también la encarnan, en esta época, los sacerdotes. De hecho se utiliza mucho este día para hacer campañas vocacionales. Y todo eso está muy bien, aunque yo iría un poco más a lo que entiendo como fundamental de este texto. Para ello nos podemos hacer algunas preguntas personales: ¿Por quién me dejo guiar o pastorear? ¿Quién o cuál es mi referente? ¿De verdad conozco al Buen Pastor o hablo de lo que me han contado? ¿Cómo sé que estoy escuchando su verdadera voz?

Por supuesto que cuando hablamos desde la fe, enseguida afirmamos, con más o menos convencimiento, que Dios es nuestro guía, que Jesús es nuestro maestro, aunque en la vida cotidiana, en ocasiones, no está muy claro que sea así. Hay muchas normas, costumbres y formas de entender la vida que también nos van marcando el camino y nosotros lo aceptamos con total normalidad. Ejemplo de esto es la convivencia de los novios antes del matrimonio. Hace algunos años era algo que no era muy común, ni siquiera estaba bien visto, pero ahora parece lo más normal del mundo. Y no hago un juicio de valor en este momento, sólo pongo un ejemplo para ver cómo vamos haciendo nuestra vida, aun siendo muy creyentes, guiados también por otros criterios, los sociales en este caso.

Es así que la reflexión la debemos llevar a lo más profundo del corazón y ver cuál es nuestra verdad, y si esa se corresponde con lo que entendemos que debería ser si Jesús es nuestro pastor. Y hago una salvedad: No confundamos la moral religiosa y las normas éticas con la voluntad más genuina de Dios.

Por consiguiente, y aquí es donde creo que hay algo importante, es fundamental conocer, saber con profundidad, de primera mano, quién es el Buen Pastor, quién es Dios. Si sólo nos quedamos con lo que nos han contado y nos han hecho repetir, una y otra vez, y no hemos experimentado personalmente al Señor, es más difícil seguirlo, o es más fácil abandonarlo. Así, probablemente, la religión se nos convierte en un peso muerto. El cual arrastramos hasta que decimos basta. Todo nos puede llegar a  parecer un cuento más y un cuento realmente vacío de contenido, o más bien, sólo lleno de normas que hay que cumplir. Por tanto, conocer y experimentar a Dios es algo absolutamente necesario.

Y el camino para conocer personalmente al Señor comienza cuando experimentamos su amor. Y esto sólo se logra estando cerca de él, o dejando que él se acerque a nosotros. Los apóstoles encontraron y descubrieron a Jesús cuando éste los llamó, otros, como la mujer adúltera, supieron del amor de Dios al sentir la misericordia y el perdón, otros supieron del Mesías al partir el pan. Y lo que tienen en común estas experiencias es La Palabra pronunciada por Jesús. Será entonces el lugar para buscar la Verdad y nuestra verdad. Dejar que su voz, su palabra, resuene dentro de nosotros y poner atención al escucharla, hará que sepamos quién es el Señor y nos ayudará a conocernos a nosotros mismos.

Entonces comenzaremos a reconocer la voz verdadera del Pastor y a no confundirla con otras que se le parecen. Y sabremos que vamos bien porque, poco a poco, sentiremos la necesidad de hacer lo mismo que hace el maestro a quien seguimos. Lo cual podríamos resumir en amar como ama Dios.

Antes citaba a Eduardo Galeano, quien nos decía: “Si la naturaleza fuera banco, ya la habrían salvado”. Y la tomo en este día porque nos enseña cómo llegamos a poner patas arriba los valores, los que realmente importan, priorizando lo que nada tiene que ver con lo que enseña el Buen Pastor. Puede ser que lleguemos a salvaguardar un banco más que a nuestra naturaleza, como también podemos llegar a cuidar más a una mascota que a un ser humano. En no pocas ocasiones, parece que nos duele más abandonar a un perrito que dejar, por ejemplo, a nuestros abuelos solos, o con suerte en un geriátrico que nos quita el problema de en medio y al que nunca, o casi nunca, se visita.

Es así que, a veces nos confundimos y podemos estar lejos de lo que enseña el Buen Pastor. Y se nos olvida lo principal que tenemos que aprender de él: Ser capaces de dar la vida. A lo cual podremos llegar en la medida que conozcamos más a Dios. Y para ello es necesario estar cerca de él. Y, por consiguiente, iremos comprendiendo y pasando de un amor receptivo de la misericordia y el cuidado de Dios a un amor más donativo, como el de Cristo, capaz de cuidar y de entregarse por completo a los demás. Sabiendo que, al mismo tiempo, eso nos llevará a la plenitud de nuestro ser hijos de Dios.

Por tanto, nos convertiremos, cada vez más, en auténticos buenos pastores, aunque no hayamos recibido el orden sagrado. Porque por fin comenzaremos a cuidar y acompañar a otros, amando con el mismo amor de Dios.

¿A quién amamos? ¿A quién seguimos? ¿A quién cuidamos?

Inconsciencia

María y José

Lucas 1, 26-38
El Ángel Gabriel fue enviado por Dios a una ciudad de Galilea, llamada Nazaret, a una virgen que estaba comprometida con un hombre perteneciente a la familia de David, llamado José. El nombre de la virgen era María. El Ángel entró en su casa y la saludó, diciendo: «¡Alégrate!, llena de gracia, el Señor está contigo».
Al oír estas palabras, ella quedó desconcertada y se preguntaba qué podía significar ese saludo. Pero el Ángel le dijo: «No temas, María, porque Dios te ha favorecido., Concebirás y darás a luz un hijo, y le pondrás por nombre Jesús; El será grande y será llamado Hijo del Altísimo. El Señor Dios le dará el trono de David, su padre, reinará sobre la casa de Jacob para siempre y su reino no tendrá fin».
María dijo al Ángel: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?»
El Ángel le respondió: «El Espíritu Santo descenderá sobre ti y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra. Por eso el niño será Santo y será llamado Hijo de Dios. También tu parienta Isabel concibió un hijo a pesar de su vejez, y la que era considerada estéril, ya se encuentra en su sexto mes, porque no hay nada imposible para Dios».
María dijo entonces: «Yo soy la servidora del Señor, que se haga en mí según tu Palabra».
Y el Ángel se alejó.
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Hoy tenemos la Solemnidad de la Inmaculada Concepción de la Virgen María. Y bien sabemos que nos referimos al momento en que la Ella fue concebida por sus padres, Ana y Joaquín. La Madre de Jesús —dice el dogma de 1854— no tuvo mancha, no tuvo pecado original, porque desde el primer momento fue preparada para recibir, en su seno, al mismo Hijo de Dios.

Esto, tal vez no es fácil de entender. Es parte de las verdades de nuestra fe y no dudamos en afirmarlo. Asimismo, con respecto a la Virgen María, siempre tenemos palabras de elogio, y títulos que le hemos puesto, para decir bien la dignidad que reconocemos en ella. Le llamamos Purísima, Inmaculada, Reina del Cielo, Madre Gloriosa, y tantos otros añadidos que nos parecen poco y se quedan cortos para tan grande persona. Todo es muy lindo y está muy bien si queremos expresar el amor que le tenemos a María, la madre de Jesús. Sin embargo, siempre me pienso que, al mismo tiempo, nos aleja de este gran modelo humano. Tantos nombres rimbombantes la hace casi inalcanzable, cuando en realidad creo que está muy al alcance de cualquier ser humano, porque sus virtudes también pueden ser nuestras. Podemos, con esfuerzo seguramente, ser humildes, generosos, confiados en Dios, con un Sí incondicional, como lo fue aquella muchacha de Nazaret que le dijo Sí al anuncio que recibió de parte de Dios, por medio del ángel.

Y hoy nos encontramos con este evangelio, el de Lucas, que nos lleva a aquél momento de la anunciación. El cual nos dice mucho, nos interpela, porque también nuestra vida puede, o no, con el texto. Por eso, la propuesta es, al ritmo de unos versos que escribí hace unos años, reflexionar este evangelio:

En qué estabas pensando, María,
que te convenció con tan poco argumento

Pocas cosas tuvo que explicar el ángel para convencer a María de hacer lo que Dios había pensado. Ella, fácilmente, accede a la voluntad de su Señor. Y esto nos cuestiona a nosotros. Bien podríamos preguntarnos: ¿Nos convence Dios? ¿Accedemos con facilidad a lo que él nos pide? ¿O acaso le pedimos muchos argumentos, para tener bien claro lo que va a suceder si accedemos a lo pedido? Ojalá tuviéramos la docilidad de María, para que Dios, a través de nosotros pueda obrar su amor. A veces tengo la impresión de que al Señor le pedimos que estén bien fundamentadas sus peticiones, para recién darle un sí.

En qué estabas pensando, María,
que no mediste las consecuencias

Y claro, ella no midió las consecuencias. Poco tuvo en cuenta que podía ser repudiada por los suyos si aparecía embarazada sin haberse casado aún con José. No tuvo en cuenta las consecuencias, y dijo Sí. Esto nos hace pensar si con Dios nosotros obramos de igual manera. ¿O somos más bien calculadores? Si Él nos pide algo, me parece, lo pensamos dos veces. Tratamos de saber bien qué nos puede pasar si hacemos lo que se nos pide, no vaya a ser cosa que quedemos como tontos delante de los demás, o hagamos el ridículo. Sí, está bien que Dios nos pida —decimos— pero tampoco podemos hacer algo descabellado, o perder una amistad, por defender unos valores.

En qué estabas pensando, María,
que no pusiste tus condiciones

Sabiendo que de ahí en más iba a dejar de ser la simple muchacha de Nazaret, podría haber exigido algunas cosas, algunos beneficios en honor al prestigio y al status que obtenía. Sin embargo ella no impone sus condiciones. ¿Y nosotros? ¿Le ponemos condiciones a Dios? Se me ocurre que en ocasiones sí que pasamos la lista de nuestras exigencias. Dios —le decimos— voy a perdonar a tal persona (o voy a ayudarla), pero en atención a esto te pido esto otro. También es el famoso “te prometo” que voy a hacer tal cosa, si me das tal otra. ¿Nos pasa eso?

En qué estabas pensando, María,
que no exigiste respuestas

Si repasamos el texto, vemos que apenas si hay una pregunta de parte de la Virgen: «¿Cómo puede ser eso, si yo no tengo relación con ningún hombre?» Y el ángel le explica que el poder el Altísimo la cubrirá con su sombra y que a partir de ahí toda la magia divina se realizará. ¿Qué habrá entendido aquella muchacha? ¿Qué entendeos nosotros? Sin embargo ella acepta, sin más. ¿Hacemos lo mismo o le exigimos a Dios que se aclare, que nos dé respuestas, que no se quede callado porque tenemos muchas dudas? Cuántas veces se escucha: ¡Estoy enojado con Dios! ¡Cómo fue capaz de permitir esto y aquello! Hasta que no me diga el por qué, no pienso volver a la Iglesia. Es el continuo por qué, por qué, que no nos falta. Es que queremos saber, es nuestro derecho y Dios, si nos pide algo, nos debe más que una explicación. Digo: Ojalá que podamos imitar a María en su forma de proceder con Dios.

En qué estabas pensando, María,
que sin entender lo arriesgaste todo

No hubo nada en la vida de María que ella no puso en riesgo, con tal de hacer la voluntad de Dios. ¿Nos pasa igual? ¿O más bien, antes de embarcarnos en cualquier empresa divina, exigimos ciertos seguros? ¿Acaso, para con Dios, buscamos que no quede ningún cabo suelto? ¿Cuánto, de verdad, arriesgamos? Cuántos dicen que creen tener, por ejemplo, vocación religiosa o sacerdotal, y sin embargo nunca arriesgan, no vaya a ser que se equivoquen o se pierdan —dicen— el vivir la vida.

Son muchas ideas para pensar, muchas preguntas para responder y cada uno sabrá encontrar su verdad. Tal vez sirva, por eso les dejo esta poesía-oración completa (sepan disculpar si la métrica no es la adecuada). Es la mejor forma de expresar lo que pienso cuando leo este evangelio…

En qué estabas pensando

En qué estabas pensando, María,
que te convenció con tan poco argumento.
Será que las propuestas de Dios
nos agarran desprevenidos.

En qué estabas pensando, María,
que no mediste las consecuencias.
Será que cuando se ama al Señor,
se esfuman los miedos.

En qué estabas pensando, María,
que no pusiste tus condiciones.
Será que cuando se tiene a Dios bien dentro,
nos condiciona su amor.

En qué estabas pensando, María,
que no exigiste respuestas.
Será que cuando Dios está vivo en nosotros,
ya las tenemos todas.

En qué estabas pensando, María,
que sin entender lo arriesgaste todo.
Es que con Dios, el único riesgo
es ganarse la vida eterna.

¿En qué estabas pensando, María? ¿En qué?
Viva tu inconsciencia divina que estuvo,
por el amor a Dios y de Dios, sostenida.