Seguirlo, es tener libertad

Ser lilbres

Ciclo C – Domingo XIII Tiempo Ordinario

Lucas 9, 51-62
Cuando estaba por cumplirse el tiempo de su elevación al cielo, Jesús se encaminó decididamente hacia Jerusalén y envió mensajeros delante de Él. Ellos partieron y entraron en un pueblo de Samaría para prepararle alojamiento. Pero no lo recibieron porque se dirigía a Jerusalén. Cuando sus discípulos Santiago y Juan vieron esto, le dijeron: «Señor, ¿quieres que mandemos caer fuego del cielo para consumirlos? » Pero Él se dio vuelta y los reprendió. Y se fueron a otro pueblo.
Mientras iban caminando, alguien le dijo a Jesús: «¡Te seguiré adonde vayas! » Jesús le respondió: «Los zorros tienen sus cuevas y las aves del cielo sus nidos, pero el Hijo del hombre no tiene dónde reclinar la cabeza». Y dijo a otro: «Sígueme». Él respondió: «Señor, permíteme que vaya primero a enterrar a mi padre». Pero Jesús le respondió: «Deja que los muertos entierren a sus muertos; tú ve a anunciar el Reino de Dios». Otro le dijo: «Te seguiré, Señor, pero permíteme antes despedirme de los míos». Jesús le respondió: «El que ha puesto la mano en el arado y mira hacia atrás, no sirve para el Reino de Dios».
____________

Te deseo, además, que tengas dinero,
porque es necesario ser práctico,
Y que por lo menos una vez por año
pongas algo de ese dinero
frente a ti y digas: “Esto es mío”
sólo para que quede claro
quién es el dueño de quién.

Estos son unos versos de un poema de Victor Hugo, titulado “Un deseo”. Y creo que no nos deja indiferentes. Pero lo cito, no por hablar de lo bueno o malo que puede ser el dinero, sino porque creo que nos puede llevar el pensamiento a lo que entiendo que es  central en el mensaje del evangelio de este domingo.

Tenemos a Jesús reprendiendo a sus discípulos por querer quemar a los samaritanos. ¿Hemos caído en la cuenta de lo seguros que estaban aquellos hombres del poder que tenían? ¿Podríamos decir que tenían una fe que movía montañas y que hacía caer fuego de lo alto? Jesús no los trata de locos, sino que los reprende y, por consiguiente, les impide que hagan lo que habían pensado. En fin, los de aquél pueblo se salvaron. Y por último tenemos tres escenas que tienen un punto en común: El seguimiento de Cristo.

Si ponemos los ojos en aquellos tres que interactúan con Jesús al plantearles el seguimiento al Maestro, vemos que hay preocupaciones que están antes de dar un sí definitivo. Bien podríamos pensar que son muy comprensibles las excusas que dan. Si alguien tiene que enterrar a tu padre o despedirse de los suyos, es lógico que se le dé tiempo para ello. Sin embargo vemos que Cristo exige más. Parece casi inhumano. Pero creo que lo que se dice va mucho más allá de lo narrado. Tal vez la pregunta debería ser: ¿Qué condiciones le ponemos a Dios para hacer su voluntad o seguir sus pasos?

En este punto creo que debemos despegar nuestro razonamiento (si es que va hacia ese lado) y no quedarnos sólo creyendo que nos estamos refiriendo al seguimiento de Jesús bajo una vocación de consagración religiosa especial. Para nada podemos quedarnos con que esto es para los curas, las monjas, los seminaristas y las novicias. Hasta donde sabemos, una de las cosas que nos pide el Señor es amar al prójimo, incluso al enemigo, y la petición se hace para cualquiera de nosotros. Casi igual que si nos dijera que lo sigamos.

Ama a tu hermano que te hace la vida imposible, nos pide. Que es lo mismo que decir, sígueme. Porque nos está diciendo que amemos como ama él. Y nosotros le podemos responder: Bueno, cuando mi hermano se arrepienta y me pida perdón y haga algo para que yo vea que ha cambiado, entonces lo voy a amar y perdonar. ¿No estamos así en el mismo caso del evangelio?

No te que quedes ahí sentado y ayuda a tu esposa, o a tu esposo, o a tus hermanos, o al vecino. Y nosotros podemos responderle: —Espera un poco que descanse yo primero, que vea un poco de televisión y me relaje, porque trabajo todo el día. Después le ayudaré en todo. ¿Volvemos a lo del evangelio?

Sé que pueden sonar exagerados estos ejemplos, pero no por eso menos ciertos. Y no es que seamos malas personas, o que no creamos en Dios, pero seguir a Cristo, por eso nos llamamos cristianos, implica saber descubrir y amar nuestra mayor pasión: A Dios y lo que él es, el amor.

Al principio les traía  unos versos de Victor Hugo, que nos recuerdan, en primer lugar, que no debería ser el dinero el que manda, sino nosotros. Y ahí es donde veo una cierta analogía con el mensaje del evangelio. Es que a veces, el dinero, o la falta de él, son los que nos dominan y vivimos, o estamos en un sinvivir, porque él marca todo lo que es nuestra existencia. Y claro que tiene su importancia el dinero, el mundo se mueve en base a él, pero nuestra vida y las opciones que hacemos deberían ser mucho más grandes, donde nosotros seamos los que mandamos. Y cuando decimos dinero, podemos pensar en muchos o cualquiera de nuestros tesoros personales.

¿Acaso son nuestros propios intereses, nuestras pasiones, o nuestros tesoros los que mandan en nuestra vida? Si sólo priorizamos nuestra comodidad, claro que se nos hará cuesta arriba ayudar a los que tenemos a nuestro alrededor. Si el ego y el orgullo son parte de nuestra riqueza interior, se hará casi imposible perdonar a quien nos ha ofendido, o darle una segunda oportunidad a quien nos ha decepcionado, traicionado o engañado.

Ese es nuestro dinero, nuestra comodidad, nuestro egoísmo, nuestro orgullo, los muertos que nos retienen, el poder que pensamos que tenemos como para mandar fuego del cielo y destruir a quien nos ha rechazado, lo que al final termina gobernando nuestras vidas. Y Jesús, en el evangelio, nos ofrece algo totalmente distinto: Que seamos libres, dueños de nuestra vida, de nuestras pasiones y nuestros amores. Y que nos volvamos capaces de seguirlo, es decir de amar, porque somos capaces de soltar lo que nos retiene y no nos deja ser como él.

¿Qué tan libre somos? Sin duda, seguir a Cristo nos hace verdaderamente libres.

Anuncios

Expectativas propias

Jesús es tentado

Ciclo C – Domino I de Cuaresma

Lucas 4, 1-13
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si Tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan». Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si Tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto».  Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si Tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno.
_____________

“Con el fin de construir nuestra nación, debemos superar nuestras propias expectativas”.

Esta es una frase que Nelson Mandela (Morgan Freeman), en la película “Invictus”, le dice al capitán de los Springboxs, François Pienaar (Matt Damon), en un diálogo que mantienen ambos en la casa presidencial. Y a partir de ese momento comienza todo un movimiento para que, no sólo aquél equipo gane el Mundial de Rugby de 1995, sino para que esto sea motivo, causa y cauce de la unión de toda una nación, y así superar el apartheid. Y claro que el evangelio trata un tema muy distinto y muy nuestro a la vez, ya que las tentaciones no sólo son de Jesús. Y este pasaje bíblico creo que podemos abordarlo también a partir de aquél pensamiento.

Estas tres tentaciones, que también son nuestras, las podríamos resumir en tentaciones de placer, de gloria y poder, y de vanagloria. Y evidentemente las respuestas de Jesús nos parecen lo más acertado: “No sólo de pan vive el hombre”, “Adorarás al Señor tu Dios” y “No tentarás al Señor tu Dios”. Y, en teoría, sabemos que debe ser así, sin embargo nos vemos más que en aprietos a la hora de decir “No” a las tentaciones que padecemos.

Si bien podemos detenernos en más de una explicación, con ejemplos incluidos, en cada una de las tentaciones, creo que sería bueno resaltar de ellas el punto en común. Aquellas y las que podamos pensar, siempre nos llevan a un mismo lugar: “Sólo pensar en nosotros mismos”. Y de ahí viene el desenlace de lo que llamamos mal o consecuencias del pecado. Y es que cada opción egoísta que hacemos, nos aparta de lo que Dios quiere de nosotros y nos aleja de las personas que tenemos a nuestro lado. Porque sólo pensamos en nuestros propios intereses y beneficios y los demás van quedando lejos de nuestro centro de atención.

Si Jesús hubiera hecho caso y aceptado las ofertas que tuvo, seguramente su misión se habría convertido en un espejismo o una ilusión. Así nos pasa a nosotros, cuando creemos que nuestro cometido principal se sustenta en las fantasías y felicidades que nos venden a diario. Entonces empezamos a bregar para conquistar lo que no es, lo que no existe. O lo que sólo existe en la irrealidad de la ambición y el egoísmo. Y todo por querer conquistar aquello que llamamos felicidad, o lo que pensamos que nos va a hacer felices. Siempre manteniéndonos en el centro de la escena y como beneficiarios únicos.

Antes les traía una frase de Mandela, que dice: “Con el fin de construir nuestra nación, debemos superar nuestras propias expectativas”, y en cuestiones de fe, religión y amor a Dios y al prójimo, debería ser de un modo parecido. Para construir este Reino de Dios, del cual formamos parte, hace falta que dejemos de pensar de un modo individual y egoísta, que vayamos más allá de las expectativas personales y busquemos construir lo que hemos repetido durante años, la Civilización del Amor. Que más bien parece una frase hecha antes que una realidad. Es decir, que evitemos caer en la tentación de sólo pensar en nosotros mismos, para pensar en bien de todos.

Aquí tal vez cabe pensar cómo es nuestra vida, qué proyectos llevamos adelante, en relación a nuestro ser hijos de Dios. Jesús nos ha confiado una misión: Hacer a todos los pueblos sus discípulos. ¿Es ese el objetivo que tenemos personalmente? ¿Buscamos que nuestros planes también tengan que ver con los de Dios? Y cuando pienso en los planes de Dios, no estoy pensando en las grandes proezas evangelizadoras, o en súper misioneros que entregan su vida hasta el martirio, sino que pienso en esos actos de amor que deberíamos ser capaces de hacer. Como “perder el tiempo” escuchando a alguien que lo necesite, o dándole algo de comer a una persona que nos pide todos los días, aunque nos veamos tentados a no hacerlo, pensando que eso no le va a cambiar la vida.

Habrá que aprender a superar, como Jesús, las tentaciones de poder, placer y vanagloria, aunque estas se enmascaren de otras formas y aunque siempre encontremos una razón para justificar nuestros actos. Y para eso tendremos que saber mirar más más allá de las propias expectativas y hacer nuestro el proyecto de amor para la humanidad, pensado por Dios. Sabiendo que la fuerza para no caer la vamos a encontrar en su Gracia, es decir, en dejar que Dios nos habite.

Cultura del envase

Esposos

Ciclo B – Domingo XXVII Tiempo Ordinario

Marcos 10, 2-16
Se acercaron a Jesús algunos fariseos y, para ponerlo a prueba, le plantearon esta cuestión: «¿Es lícito al hombre divorciarse de su mujer? » Él les respondió: «¿Qué es lo que Moisés les ha ordenado? » Ellos dijeron: «Moisés permitió redactar una declaración de divorcio y separarse de ella». Entonces Jesús les respondió: «Si Moisés les dio esta prescripción fue debido a la dureza del corazón de ustedes. Pero desde el principio de la creación, “Dios los hizo varón y mujer”. “Por eso, el hombre dejará a su padre y a su madre, y los dos no serán sino una sola carne”. De manera que ya no son dos, “sino una sola carne”. Que el hombre no separe lo que Dios ha unido».
Cuando regresaron a la casa, los discípulos le volvieron a preguntar sobre esto. El les dijo: «El que se divorcia de su mujer y se casa con otra, comete adulterio contra aquélla; y si una mujer se divorcia de su marido y se casa con otro, también comete adulterio».
Le trajeron entonces a unos niños para que los tocara, pero los discípulos los reprendieron. Al ver esto, Jesús se enojó y les dijo: «Dejen que los niños se acerquen a mí y no se lo impidan, porque el Reino de Dios pertenece a los que son como ellos. Les aseguro que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él». Después los abrazó y los bendijo, imponiéndoles las manos.
____________

“Estamos en plena cultura del envase. El contrato de matrimonio importa más que el amor, el funeral más que el muerto, la ropa más que el cuerpo y la misa más que Dios.”

Podemos estar más o menos de acuerdo con esta frase de Eduardo Galeano, pero sí creo que describe una realidad palpable. Tal vez no nos identificamos completamente, pero a alguna de las afirmaciones es probable que le demos la razón. Y esta forma de leer cómo se vive en esta época, es una manera de poner en evidencia el rumbo que tenemos, tal vez lejos de lo que Dios desea para nosotros y de lo que nos dice el Evangelio en este domingo.

El cuestionamiento que le hacen a Jesús, me atrevo a decir, es tan actual hoy como en aquél momento y tengo la impresión de que, en el presente, existen dos posturas ante este tema. Están los que con fuerza acérrima defienden el matrimonio, y para ellos nunca hay razón suficiente que justifique que los esposos se separen, ya que esto es casi un atentado contra todo lo que Dios manda; y, opuestos a aquellos, están los que viven en un facilismo tal que, bajo capa de no coartar la libertad de nadie y con una ligereza tremenda, divorciarse está al alcance de cualquiera que, por ejemplo, simplemente “no sienta” el matrimonio o, como decimos, porque se acabó el amor. En el medio, otro grupo de gente que intenta vivir y salvar la situación como mejor puede.

Y claro que este tema de la separación sigue siendo tan controvertido como siempre. Buscamos soluciones, pero tal vez deberíamos centrar nuestras energías en lo que parece que no llegamos a tener muy en cuenta: El amor con el que hay que fundar la relación de dos personas que deciden compartir sus vidas.

Este es el punto en el que debemos detenernos. Evidentemente hay situaciones en las que dos seres humanos descubren que seguir viviendo juntos parece casi imposible, y aquí hay que mirar cada situación. No podemos exigir que no se separen, y punto. Hay circunstancias en las que dejar de convivir es lo decisión más sana. Y esto no lo afirmo por estar a favor del divorcio, sino porque el trato entre algunos esposos o parejas llega  a niveles de agresión y violencia que no es bueno que sigan juntos. Entonces volvemos al mismo punto: ¿Cuánto de amor verdadero hay y hubo hasta ese momento? Y como primera respuesta clara que podemos dar es que el mayor y único enemigo de dos que dicen amarse es el egoísmo.

A raíz del egoísmo vienen las demás dificultades, como una vida sexual matrimonial que no construye y más bien deshumaniza a los esposos, porque si sólo se busca el placer personal, nada se puede construir, aunque biológicamente surja una vida. Si hay egoísmo y uno de los esposos ya no satisface las necesidades propias del otro, entonces se empieza a mirar hacia fuera. Cuando hay egoísmo, sólo se piensa en el bienestar propio y, muchas veces, la familia comienza a ser un estorbo para lo que llamamos “realización personal”, entonces se emprenden otros caminos. Y claro que está bien realizarse personalmente, pero ¿a qué precio tiene que ser?

El trabajo mayor que hay que hacer es crecer en el amor y esa no es empresa fácil ni simplemente un toque divino que nos hace vivir tal dimensión. Es una construcción personal y compartida, donde cada uno de los esposos, en el caso del matrimonio, debe abrirse a una vida mucho más donativa, donde se entregan el uno al otro y se busca, decididamente, ayudar a su compañero, o compañera, a ser él o ella misma. El amor para nada pretende anular al otro, sino potenciar la humanidad del amado. Si ambos esposos buscan esto, los dos verán que sus vidas son mejores, pero hay que aprender a olvidarse de uno mismo. Y díganme si esto no tiene que ver con Dios, especialmente con Jesús, que se olvida de sí mismo, de su interés personal y se entrega por completo. Tal vez ahí está la medida del amor con la cual debemos compararnos.

Y claro que el tema que nos ocupa, según lo que nos plantea el Evangelio, es el divorcio, o la separación. Y por eso cité a Eduardo Galeano, porque él pone el ojo en lo que, tal vez, más importancia le damos. Nos preocupa mucho lo externo, lo aparente, y nos quedamos en la superficie, y no sabemos mirar más allá, en lo más profundo y trascendente, donde normalmente reside el amor verdadero.

Porque esta dimensión del amor es la única que da validez al sacramento del matrimonio. Me atrevo a decir, tal vez de modo exagerado, que si no hay amor, entonces no hay sacramento. Y con esto no pretendo dar razones para nulidades matrimoniales, sino poner el ojo en lo único que puede fundamentar la decisión de que dos personas decidan compartir sus vidas. Y en esto también incluyó a todos aquellos que, simplemente, eligen vivir juntos, sin firmas de por medio, porque ese amor que creen vivir es tan válido como el de dos que pasaron por el altar. Incluso a veces es un amor más auténtico que el de dos que tienen “los papeles en regla”. Y claro que no es lo mismo tener la bendición de Dios que no tenerla, pero el punto de arranque es el amor de los que dicen y creen amarse.

En este punto busco las razones de por qué muchos no quieren “formalizar” sus vidas con un compromiso más firme. Es verdad que los papeles no hacen al compromiso personal, pero tal vez sea signo de no querer cerrar puertas que después dificulten el momento en el que decidamos marcharnos. Entonces volvemos a una pregunta anterior: ¿Cuánto amor hay en esa relación de pareja? Y esta también vale, otra vez, para los esposos.

Fiablemente, como nota aclaratoria, creo que es bueno recordar que el solo hecho de separarse no impide a los separados a acercarse al sacramento de la comunión. Todavía hay clara evidencia de que en el imaginario católico sigue la idea de que si te separas entonces ya no puedes comulgar. Especialmente en el confesionario es donde se escuchan estas afirmaciones, y hay veces en que, con este mandato de fondo, muchos han dejado de acercarse a la Eucaristía. Otra situación es la de los separados en nueva unión. Estrictamente, con el manual de moral en una mano y el catecismo en la otra, estos últimos no pueden recibir la comunión. Tema de mucho debate actualmente, especialmente a las puertas del Sínodo de la familia que comienza este domingo 4 de octubre.

Un apartado que no puedo dejar de mencionar. El rol de los sacerdotes en todo esto. Simplemente decir que los curas, como solemos decir, no estamos para gobernar matrimonios ni conciencias. No es nuestra función dar directivas, donde los laicos deben acatar lo que la autoridad eclesial dice, así, sin más cuestionamientos. Los sacerdotes estamos para aconsejar, para animar, para sostener, para acompañar, para orar, pero especialmente para servir. Esa es nuestra tarea fundamental, fundada también en el amor a Dios y a las personas. No se puede seguir con el esquema donde concluimos: “Ah, si lo ha dicho el cura, así hay que hacerlo”. Eso no sirve ni debe ser así. Laicos y consagrados somos parte de esta Iglesia de Dios y ambos tenemos fe, voz y madurez suficiente para buscar, entre todos, a la par, la Verdad de Dios.

Dentro de ti

Dentro de ti B&N

Ciclo B – Domingo de Resurrección

Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.
___________

“Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. El camino de la mayoría es fácil… el nuestro difícil”. Este pensamiento es de Hermann Hesse, en su obra “Demian”, publicada bajo el seudónimo de Emil Sinclair. Aquél hombre, germano-suizo, fue escritor, poeta, novelista y pintor y falleció en 1962. Y lo que dice, me parece, nos puede ayudar a reflexionar sobre este gran acontecimiento: La Resurrección de Jesús, la Pascua.

Tenemos una escena fabulosa en el Evangelio de la cual, más allá de lo descrito, también podemos imaginar que sus protagonistas sintieron miedo, desconcierto, angustia, nervios, y posiblemente se preguntaron: ¿Qué pasó? ¿Quién fue? ¿Y Jesús? ¿Y su cuerpo? ¿Qué hacemos ahora?

Lo cierto es que a partir de entonces ellos comenzaron un proceso de asimilación de lo que estaba sucediendo y de lo que Jesús les había venido anunciando. En aquél momento, con el sepulcro vacío, dice la escritura, los apóstoles todavía no entendían, pero después sí, y eso lo sabemos por los escritos posteriores. Comenzaron un proceso interior muy profundo, que los llevo a entender lo que significaba la Resurrección y la Vida Nueva propuesta por Cristo. Y aquí la pregunta es si nosotros también, claramente, hemos entendido la Resurrección.

Rápidamente podemos responder que nos estamos refiriendo a la vida después de la muerte, lo cual nos muestra lo que va a pasar con nosotros, cuando fallezcamos. Resucitaremos, es decir, iremos al cielo con Dios, si así lo merece la vida que hemos llevado. Esto incluso lo afirma el catecismo de la Iglesia Católica: «Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y Él los resucitará en el último día» (CCE nº 989).

Es así que, en el pensamiento general de los creyentes, la Resurrección es un momento que tiene más conexión con el futuro después de esta vida, antes que con en el momento presente, aunque sabemos que nuestros actos tienen consecuencias sobre esa posible resurrección. Y no vamos a decir que eso esté mal, pero tal vez esta forma de entender la Resurrección nos fija más en la idea de un premio que se espera obtener por la Gracia de Dios y no tanto de una posibilidad de vida actual, aquí y ahora, como resucitados.

Antes citaba a Hermann Hesse, quien afirma que «No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse»; y me parece oportuno tomar este pensamiento para plantear que la Resurrección tiene que ver, totalmente, con la vida interior de cada uno de nosotros. Tiene que ver con el “espíritu y no con la “carne”, tiene que ver con la realidad interna y no tanto con la externa, o al menos no en primera instancia. Es así que, para comenzar a vivir como resucitados tenemos que hacer el proceso que hicieron los apóstoles y pasar de lo externo, como pueden ser los milagro, por ejemplo, a lo interno, a una vida nueva, la de Dios.

Por lo tanto, si comenzamos a vivir como resucitados ahora, esa vida perdurará, no acabará con la muerte física. Será un continuar viviendo lo que ya conocimos antes. Es lo que les pasó a los discípulos y a los santos y a todos aquellos que cambiaron su vida por completo, porque entendieron quién era Jesús antes y después de la muerte, el cual fue siempre el mismo, y supieron que vivir como resucitados no tiene raíces en las “felicidades externas y caducas” que nos hacen creer que ahí está el cielo, y que incluso llegan a suscitar cualquier acto con tal de obtenerlas, aun actos que nos alejan de Dios. Y esto no significa necesariamente que tenemos que arrojar fuera todo lo que somos y tenemos, para decir que entendimos la Resurrección, sino que significa que empezamos a vivir lo más auténtico que tenemos de Dios dentro de de cada uno nosotros. Cosas como el humildad, la generosidad, la solidaridad, pero especialmente el amor, que luego se traducirán en actos concretos de vida.

Nos daremos cuenta de que estamos viviendo como resucitados si nos situamos más en el amor que en el egoísmo. La vida interior profunda, la de los resucitados en Cristo, se condice con el amor auténtico, el más parecido al de Dios. En cambio, si nuestra vida está situada más en las realidades externas, es muy probable que estemos más familiarizados con el egoísmo. Tal vez por eso a los que viven una vida interior funda en el amor de Dios les es más fácil pasar por la muerte física, no así a los que viven más externamente, en el egoísmo, porque se aferran a lo que creen su mayor tesoro, lo que pueden ver y tocar.

Esto es posible para cualquiera que así lo desee y se decida a vivir la Resurrección, ahora; experiencia auténtica del amor de Dios. Y, parafraseando a Hesse, una vez que sintamos en Dios auténticamente ya no podremos elegir otro camino, aunque éste sea el más difícil. Porque vivir como Resucitados no es fácil, pero tampoco es imposible. Entonces, ¿qué tenemos que hacer para vivir esta Vida Nueva? Tenemos que decidirnos a amar. Así, como los apóstoles, poco a poco iremos entendiendo lo que es la Resurrección.