Hasta donde la oración nos lleve

Hasta donde la oración me lleve

Ciclo C – Domingo XVII Tiempo Ordinario

Lucas 11, 1-13
Un día, Jesús estaba orando en cierto lugar, y cuando terminó, uno de sus discípulos le dijo: «Señor, enséñanos a orar, así como Juan enseñó a sus discípulos». Él les dijo entonces: «Cuando oren, digan:  Padre, santificado sea tu Nombre, que venga tu Reino, danos cada día nuestro pan cotidiano; perdona nuestros pecados, porque también nosotros perdonamos a aquéllos que nos ofenden; y no nos dejes caer en la tentación».
Jesús agregó: «Supongamos que alguno de ustedes tiene un amigo y recurre a él a medianoche, para decirle: “Amigo, préstame tres panes, porque uno de mis amigos llegó de viaje y no tengo nada que ofrecerle”, y desde adentro él le responde: “No me fastidies; ahora la puerta está cerrada, y mis hijos y yo estamos acostados. No puedo levantarme para dártelos”. Yo les aseguro que aunque él no se levante para dárselos por ser su amigo, se levantará al menos a causa de su insistencia y le dará todo lo necesario.
También les aseguro: pidan y se les dará, busquen y encontrarán, llamen y se les abrirá. Porque el que pide, recibe; el que busca, encuentra; y al que llama, se le abrirá. ¿Hay entre ustedes algún padre que da a su hijo una serpiente cuando le pide un pescado? ¿Y si le pide un huevo, le dará un escorpión? Si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a aquéllos que se lo pidan! »
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Para centrar la atención en qué nos dice el evangelio este fin de semana, me parece oportuno citar una película alemana, titulada “Hasta donde los pies me lleven”. El protagonista que dice no creer en Dios, sin embargo tiene actitudes y valores en su vida que podrían ser los del más ferviente cristiano. Incluso llega a rezar el Padrenuestro, mientras huye del campo de concentración en Siberia, donde fue enviado con una condena de 25 años de trabajos forzados, después de II Guerra Mundial. El film está basado en hechos reales.

Tenemos a Jesús que enseña, a petición de sus discípulos, cómo deben orar. Y nos encontramos con el Padrenuestro. Es la oración más conocida de la historia, me atrevo a decir, y nosotros cristianos, podríamos estar muy orgullosos de ello. Sin embargo siempre me asalta una duda: ¿Hasta qué punto estamos convencidos de lo que rezamos o repetimos?

Por supuesto que cada uno, podríamos decir, reza a su manera. Seguramente el Padrenuestro es y puede ser paradigma de oración, pero tenemos que encontrar nuestro mejor modo de acercarnos y estar con Dios. Porque para eso es la oración, para tener y expandir un espacio interior de convivencia con Dios mismo. De nada sirven las “fórmulas mágicas” de oración, ni los patrones establecidos arbitrariamente. Decir que todo el mundo tiene que hacer la Coronilla de la Misericordia, para estar a bien con Dios, no es cierto. A algunos les ayudará muchísimo, a otros simplemente no les resultará muy bien. En este tema también hay libertad. Aunque sí creo que hay tener en cuenta algunos puntos que ayudarán a que nuestra oración tenga el espíritu de lo que Jesús nos enseña hoy.

Tal vez lo primero que deberíamos hacer es comenzar por el final del evangelio. Es decir: Pedir el Espíritu Santo. Él será quien inspire mejor en nosotros el modo de dirigirnos a Dios. Porque podemos decir que es el mismo Dios quien suscitará nuestra plegaria. Ya decía san Agustín: Nada de lo que digamos a Dios antes no ha sido inspirado por Dios mismo en nosotros.

El resto tiene que ver con “pedir en plural”. Por supuesto que muchas de nuestras oraciones son a título personal. Incluso creo que gran parte de la oración que hacemos es de forma individual. Pero si nos fijamos en el Padrenuestro, vemos que el tiempo verbal que utiliza es la primera persona del plural, el “nosotros”. Tal vez por dos motivos. Porque nuestra oración no debe ser egoísta, donde sólo prima el “yo”: Yo te pido, dame esto, dame aquello, yo necesito. También debemos pensar en el bien común, en los otros, en el que tenemos a nuestro lado y que también tiene necesidades. Y lo segundo seguramente tiene que ver con lo que Jesús quiere que hagamos: Que recemos juntos. ¿Cuántos nos juntamos a rezar? Está bien decir que la Eucaristía es una oración en común, pero ¿acaso somos capaces de reunirnos para hacer nuestra oración? No sé si hoy es una costumbre, pero lo era para las primeras comunidades cristianas. ¿Rezamos en familia?

Por otro lado, nuestra oración debe ser tenaz. No podemos claudicar en nuestras plegarias, simplemente porque las cosas que pedimos no suceden de un modo inmediato. Si nos fijamos en el ejemplo que nos trae el evangelio, vemos que la insistencia del que va a pedir pan a su amigo no queda reducida a una sola vez. Jesús mismo nos anima a insistir.

Lo siguiente será tener confianza. No podemos rezar y pedir y al mismo tiempo estar pensando: “No creo que Dios me conceda esto”, “es demasiado lo que le estoy pidiendo”, “tal vez el Señor nos conceda lo que pedimos, pero es muy difícil”. Tenemos que aprender a confiar y esperar, con la certeza de que ya lo tenemos y por consiguiente agradecer. ¿Acaso no nos dice el mismo Jesús, en el evangelio de Mateo, capítulo 11, versículo 24: «Por eso os digo que todas las cosas por las que oréis y pidáis, creed que ya las habéis recibido, y os serán concedidas»? Entonces, si creemos que ya las hemos obtenido, deberíamos agradecer.

Y aquí es donde vuelvo a citar aquella película alemana, “Hasta donde los pies me lleven”. Es que me parece percibir en aquél hombre que, aun viendo las condiciones en la que vive, no deja de buscar, de pedir podríamos decir, el volver a casa. Está convencido de que va a regresar con su esposa y sus hijos y es capaz de caminar 14.000 km., con tal de hacer realidad aquello que más anhela.

Si vale la comparación: ¿Hasta dónde hemos sido capaces de esperar, perseverar y pedir, con tal de que Dios nos responda? Y claro que surge otra duda: ¿Hasta cuándo? ¿Por qué Dios nos tiene que hacer esperar tanto? Tal vez la respuesta la podamos encontrar en lo que, otra vez, san Agustín nos dice: «Cuando nuestra oración no es escuchada es porque pedimos aut mali, aut male, aut mala. Mali, porque somos malos y no estamos bien dispuestos para la petición. Male, porque pedimos mal, con poca fe o sin perseverancia, o con poca humildad. Mala, porque pedimos cosas malas, o van a resultar, por alguna razón, no convenientes para nosotros”. (La ciudad de Dios, 20, 22).

Lo principal: Saber que Dios es nuestro padre y nos escucha.

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El Greco

Curacón del ciego, de El Greco
Curacón del ciego, de El Greco

Ciclo B – Domingo XXX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! » Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí! » Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia El. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? » Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
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Si me refiero a Doménikos Theotokópoulos, probablemente no muchos caigamos en la cuenta de quién estamos hablando, aunque tal vez sí nos dice mucho más el escuchar hablar de una pintura de “El Greco”, pintor del final del Renacimiento (entre el siglo XVI y el XVII). Este excepcional artista, nos dejó plasmado un pasaje de la vida de Jesús: La curación del ciego. Y es lo que me detuve a mirar pensando en el evangelio de este domingo. Apenas si entiendo algo de arte y de pintura, pero sí me atrevo a decir que la escena, al menos desde lo que me suscita interiormente, refleja con bastante acierto lo que Marcos en su evangelio nos quiso dejar por escrito.

Tenemos al grupo de discípulos que rodean a Jesús y que, en principio, impiden que el ciego llegue hasta Cristo. Concretamente le dicen que se calle, que no moleste al maestro con sus gritos. Sin embargo, como sabemos, aquél hombre, Bartimeo, no se da por vencido y logra que el Maestro le quite la ceguera. Parece uno más de los muchos milagros que hizo el Hijo de Dios, pero este tiene unas particularidades que no tienen otros, como dar a conocer el nombre del ciego.

Es verdad que lo primero que podemos resaltar es que Jesús alaba la fe de Bartimeo, necesaria para ser curado. Es el punto de arranque, lo cual ya debería hacernos pensar en la fe propia. Nosotros también le pedimos muchas cosas a Dios, a veces las obtenemos y otras no. ¿Tendrá que ver la fe que ponemos o tenemos para recibir una Gracias del Señor? ¿Creemos, estamos convencidos de verdad, que Dios lo puede hacer?

Por otro lado, y antes de pasar a la acción propia de Jesús, podemos poner la mirada en la actuación de los discípulos. Aquí es donde creo que El Greco se luce mucho. En la pintura podemos ver distintas posturas y expresiones de quienes acompañaban a Cristo. Algunos parecen reflejar indignación, otros una cierta apatía, unos pocos parecen estar murmurando acerca de lo que está sucediendo, uno parece sorprendido, otro en una clara actitud de ayuda al ciego, uno con aire de cierto desprecio hacia lo que ve. Y tal vez no fue esa la reacción de quienes rodeaban al Nazareno, pero la pintura sí parece enseñar lo que encierran las palabras del evangelista Marcos: «Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Reprenderlo es signo de rechazo, parece percibirse la molestia y la pesadez que se siente cuando alguien, en este caso un ciego, hace saber a gritos que necesita algo. Y hoy en día no sé si reaccionaríamos de igual modo que aquellos. Más aún si fuéramos nosotros los que acompañamos a Jesús. Eso me hace acordar a muchos fieles laicos que rodean a sus pastores y se convierten en custodios del mismo y regulan quién puede y quién no puede acercarse al cura y hablarle o pedirle algo. Y claro que está bien acompañar y cuidar a un sacerdote, pero volverse el filtro de visitas es otra cosa. Y, en esto también me atrevo a decir que a veces a los curas nos gusta esta “barrera” y la fomentamos y entonces son los laicos los que se ven obligados a dar excusas con tal de no molestar al sacerdote. Habrá que buscar el equilibrio, pero no podemos negar que los consagrados estamos para eso, para servir a los que vienen gritando necesidad y a eso hay que responder. No podemos vivir al resguardo de la sacristía o de nuestras muchas ocupaciones.

Lo siguiente es fijarnos en Jesús. Vemos en la pintura a un Cristo compasivo, que toma de la mano al ciego, y está tocando sus ojos, con delicadeza, sin apuros, en un gesto simple, sin enfado, sin reflejar malestar, totalmente apartado del resto de los que sí veían inconvenientes para que esta curación tenga lugar. Y creo que justamente Jesús es lo que quiere enseñarnos, el modo de atender a quien nos pide algo. Y aquí ampliamos las miras, porque no podemos quedarnos sólo en ciego. Cabe que nos preguntemos si nosotros respondemos de igual modo cuando alguien nos pide algo. Deberíamos revisar el modo en el que nos comportamos. Y tal vez veamos que realmente nuestros gestos se parecen mucho a los de Cristo y eso será una alegría y una gracias. Pero también puede suceder que nos parezcamos poco al Maestro y que, en más de una ocasión, nuestra respuesta, ante la petición e insistencia de alguien, esté más cerca a la imagen que se refleja de los discípulos.

Puede ser que no tengamos tiempo para atender a nadie. Somos personas tan ocupadas que no podemos detenernos ante las minucias de problemas que tienen los demás. Por otro lado es probable que, en ocasiones, sintamos molestia o hasta enfado, por lo pesados que pueden ser algunos al pedir. Tal vez porque encontramos que los demás son muy demandantes, según nuestro criterio. También puede suceder que creamos que de los problemas y necesidades de los demás, más aún en lo relativo a dificultades materiales, se tienen que ocupar otros o algunas instituciones, para eso pagamos los impuestos y damos limosna. Y en todo esto, no podemos quedarnos sólo con “los molestos” de la calle que piden, sino también debemos incluir a “los molestos” que tenemos en casa que se atreven a pedirnos algo. La pregunta es: ¿Cuál es mi actitud, mi respuesta y mi forma de tratar al que me necesita?

Y, después de pensar y reflexionar sobre este evangelio, añadiendo lo que El Greco nos dejó en su pintura, lo que se me ocurre pedirle a Dios es que nos ayude a responder y atender, a los que nos necesitan, del modo más parecido al suyo, deteniéndonos, ocupando tiempo y atención sobre el necesitado. Aunque tal vez lo más urgente, a mi modo de entender la Palabra de Dios, es que nosotros recobremos la vista, para poder ver y reconocer las carencias de aquellos que están con nosotros o pasan a nuestro lado. Porque mientras tengamos la vista de aquellos apóstoles, difícilmente podamos pensar en hacer un alto en el camino para atender a la demanda de cualquiera, ya que siempre veremos primero el propio interés y no el del prójimo.

Celos

Infiltrado

Ciclo B – Domingo XXVI Tiempo Ordinario

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros». Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no esta contra nosotros, esta con nosotros.
Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo.
Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.
Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

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“Siempre he sentido que hay algo en Buenos Aires que me gusta. Me gusta tanto que no me gusta que le guste a otras personas. Es un amor así, celoso.” Esta frase, o pensamiento, lo he leído y está atribuido a Jorge Luis Borges. Y tal vez nos veamos un poco identificados, posiblemente por el gusto por Buenos Aires, aunque podríamos reemplazar esta ciudad por la que nosotros queramos, pero sí me parece que en algún momento podemos reconocer que nuestros amores son así, celosos.

Y tenemos el Evangelio, donde los discípulos, casi orgullosos, le cuentan a Jesús que han impedido a uno que haga milagros. La razón: «No es de los nuestros» —dijeron. Podríamos entonces decir que eran celosos de su misión y de lo que sólo Jesús podía autorizar, sin embargo, me parece que lo que más se revela es el ser más auténtico de aquellos hombres, junto a una gran verdad acerca de quién es Dios y cuál es el mensaje de Jesús.

La buena intención de los discípulos, la de defender “lo suyo”, es más que evidente. Sentían que los únicos facultados para hacer ese tipo de proezas eran ellos, aunque a veces fracasaban en el intento (véase Marcos 9, 14-29). Aún así, se sentían dueños y únicos autorizados a poder realizar ese tipo de portentos. Y lo justificaban diciendo que, como aquellos “recién llegados” no eran parte del grupo y no habían sido habilitados para tales milagros, no podían expulsar ningún demonio.

Esto me hace pensar en nosotros, cristianos. En más de una ocasión, me parece, nos parecemos mucho a los discípulos, porque nos sentimos un poco dueños de la verdad, dueños del Dios verdadero, un poco importantes por haber “conocido” lo más auténtico de Dios, no como aquellos pobres infelices de otras religiones y creencias, que no han encontrado a Jesús en sus vidas. Está bien que hablamos del amor al prójimo, pero nos compadecemos de aquellos desgraciados. Así, probablemente, piensan los que pertenecen a otras creencias y para ellos nosotros somos los equivocados. ¿Quién tiene la verdad entonces?

Por otro lado, me atrevo a decir, fácilmente ocupamos el lugar de Dios, creyendo que somos capaces de expulsar demonios y de autorizar a los que pueden obrar en nombre del Señor. Esto me parece verlo, en ocasiones, cuando nos han dado algo de responsabilidad dentro de la Iglesia, de la parroquia o algún grupo de creyentes. En seguida empezamos a ordenar y a dar directivas y nos creemos con suficiente sabiduría para decir quién puede y quien no puede pertenecer al gran grupo de elegidos. Y todo por el bendito “celo apostólico” que decimos tener.

En las Iglesias, en las parroquias, se hacen grupos, bandos, unos más excluyentes que otros. Hay claras divisiones cuando algunos, por ejemplo, creen tener mejor trato y amistad que el resto de los fieles, con el cura de turno; o porque alguien se cree importante por ser responsables de alguna actividad, entonces empiezan las diferencias, las rencillas, el conventillo, los dimes y diretes, lo de llevar y traer “noticias” y concluimos que fulanito de tal es mejor que no esté, que menganito sería mejor que se vaya, porque al final “no es de los nuestros”. Y en esto los curas no quedamos afuera. En más de una ocasión nos pasa, o nos puede pasar, que terminamos envueltos en este vaivén de incluidos y excluidos, pudiendo llegar a creer que somos los más indicados para decir quién puede y quien no puede estar.

Y claro que tenemos que cuidar nuestra Iglesia, y por supuesto que es bueno intentar y buscar hacer las cosas lo mejor posible, pero esto no puede ser la excusa que tengo para terminar de echar a quien, simplemente, no me cae bien.

Antes citaba a Borges, y me gusta su frase porque deja claro que su amor por Buenos Aires es celoso, casi, podríamos decir, quiere a la ciudad sólo para él. Y esto me hace pensar en que para nada podemos creer que Dios es exclusivo de nosotros. No podemos adueñarnos de él y empezar a decidir para quién y para quién no puede estar el Señor. Y creo que esto sucede cuando, por ejemplo, vemos a alguien en la Iglesia y, como creemos saber quién es, terminamos concluyendo que esa persona no debería estar, porque no es digno de Dios, por ser un pecador. Somos celoso (perdón si exagero) y, casi sin querer, terminamos excluyendo a los que pensamos que “no son del grupo”.

Y el mensaje de Jesús está muy lejos de todo esto. Ante la actitud de sus discípulos les explica que, aunque no sean de los suyos aquellos que expulsan demonios, sin pertenecer al grupo de los elegidos, si buscan hacer el bien a la persona (en este caso liberarla de un demonio) entonces están del mismo lado, porque están del lado del bien, del amor, del buscar que el ser humano sea más libre y digno. Y creo que esto es lo revelador, creo que esto es lo que no podemos perder de vista. Y me atrevo a decir que si somos excluyentes antes que inclusivos, con respecto a Dios y su mensaje para todos, en realidad somos nosotros los que no pertenecemos al grupo de los elegidos.

Bien podríamos decir que cualquiera que busque el bien del ser humano, aunque no pertenezca a las filas del catolicismo, perfectamente es de los que ha entendido el mensaje de Jesús, quién busca siempre salvar y liberar a la persona y es lo que nosotros, que nos contamos entre los que son del Señor, no podemos olvidar: Tenemos que esforzarnos por salvar o liberar y no condenar.

Y por supuesto que no podemos dejar de mencionar el gran esfuerzo y bien que hacen miles de fieles y que lo dan todo con tal de que Dios sea por todos más y mejor conocido, buscando siempre sumar. Tal vez en esto se tenga en cuenta que «vale más lo menos perfecto en unidad que lo más perfecto en desunidad», como decía Chiara Lubich; frase que nos sirvió para seguir caminando, en más de una ocasión, en la Parroquia San Agustín de Mendoza.

Con tenazas

Rechazo

Ciclo B – Domingo XXI Tiempo Ordinario

Juan 6, 60-69
Después de escuchar la enseñanza de Jesús, muchos de sus discípulos decían: «¡Es duro este lenguaje! ¿Quién puede escucharlo?» Jesús, sabiendo lo que sus discípulos murmuraban, les dijo: «¿Esto los escandaliza? ¿Qué pasará, entonces, cuando vean al Hijo del hombre subir donde estaba antes? El Espíritu es el que da Vida, la carne de nada sirve. Las palabras que les dije son Espíritu y Vida. Pero hay entre ustedes algunos que no creen». En efecto, Jesús sabía desde el primer momento quiénes eran los que no creían y quién era el que lo iba a entregar. Y agregó: «Por eso les he dicho que nadie puede venir a mí, si el Padre no se lo concede». Desde ese momento, muchos de sus discípulos se alejaron de Él y dejaron de acompañarlo. Jesús preguntó entonces a los Doce: «¿También ustedes quieren irse? » Simón Pedro le respondió: «Señor, ¿a quién iremos? Tú tienes palabras de Vida eterna. Nosotros hemos creído y sabemos que eres el Santo de Dios».
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“La palabra de Dios es como fuego ardiente y nosotros sentimos la tentación de acercarnos a ella con tenazas para no quemarnos”. Esta es un frase de Georges Bernanos, ensayista, novelista y dramaturgo francés. El bien y el mal y el hombre son, podríamos decir, sus principales temas de reflexión.

El evangelio no habla exactamente de lo mismo que menciona Bernanos, pero sí nos presenta una realidad cruda, como es el abandono de Jesús por parte de algunos discípulos. Estos sienten que es difícil entender y seguir a Jesús y el mensaje que transmite. No son capaces de continuar. Y creo que algo parecido le sucedería a muchos de los que escuchaban la propuesta de Cristo, tal vez por no entender completamente lo que él proponía, o por ver que sería muy difícil hacer lo que se pedía. Por otro lado, también está la pregunta, un poco desoladora, que Jesús le hace a los que se quedan: «¿También ustedes quieren irse?»

A nosotros nos puede sorprender la deserción de algunos discípulos, y la incomprensión, por ejemplo de todos aquellos que escuchaban que, para tener vida eterna debían comer el cuerpo de Jesús, o simplemente no entendían eso de tener que amar al enemigo. En cambio, ahora, desde otra perspectiva y conocimiento, nos puede parece muy natural hablar y enseñar lo que Cristo proponía, pero es muy probable que queda gente se quedara más bien con la literalidad de las palabras que oían. Y, ciertamente, no era un mensaje fácil de sostener.

En la actualidad, aunque decimos que comprendemos más, creo que no estamos tan lejos de aquellos que no entendían, e incluso de los que abandonaron. No porque no tengamos capacidad de comprensión, o porque (como muchas veces definimos) somos pecadores, sino porque nos resulta difícil sostener todo el mensaje de Jesús.

Antes citábamos a Bernanos y su pensamiento: “La palabra de Dios es como fuego ardiente y nosotros sentimos la tentación de acercarnos a ella con tenazas para no quemarnos”. Y me parecía interesante, porque es muy gráfica la frase y la imagen que nos queda, creo refleja lo que puede ser nuestra vida. No somos unos desertores, ni nos negamos al mensaje de Jesús, sino que incluso nos esforzamos por llevarlo adelante, pero también (nos suele pasar) somos selectivos con lo que aprendemos de Dios.

De alguna manera, a la Palabra de Dios, nos acercamos con tenazas, con pinzas, para que no nos queme, porque el mensaje abrasa y no queremos quemarnos. Esto se parece un poco a ir a un restaurante, donde elegimos a la carta lo que queremos comer, y pensamos que con la propuesta de Jesús podemos hacer lo mismo. Pretendemos ser selectivos con lo que él nos ofrece como forma de vida y, no hay vuelta de hoja, o lo tomamos completo o lo dejamos.

De hecho, si nos fijamos en la reacción de Jesús, ante el abandono de los que lo seguían, vemos que pregunta al resto si también lo van a dejar. Él no se detiene a reformular su propuesta, diciendo por ejemplo: «Bueno, muchachos, ¡no se pongan así! Vamos a ver, ¿qué les ha gustado más? Hagamos una cosa, ustedes me escriben en un papel lo que más les ha gustado del encuentro y el mensaje y de ahí vemos cómo hacemos para seguir adelante. ¿Les parece?» No. No hace replanteos. El que quiera y se anime, que lo tome.

Y para nosotros, entonces, también nos suena duro, porque la propuesta que recibimos es la misma, y nosotros somos los que decidimos aceptarla o no. Sin embargo, nos gusta agarrar las pinzas para acercarnos a la Palabra, pero sin quemarnos. Es así que surgen algunas contradicciones en nuestras vidas. Por ejemplo hablamos y predicamos el perdón, pero nosotros no somos capaces de perdonar. O tal vez, afirmamos con total rotundidad que Jesús es la Verdad, pero nuestra vida, en muchas ocasiones, se vuelve una mentira. Y eso de amar a los enemigos, decimos, está bien saberlo, pero llegar a ese grado de amor, difícilmente lo alcanzamos. Y así de ardiente es el mensaje de Cristo. Quema, y el que lo quiere se tiene que quemar.

De este modo, casi de un modo inconsciente, porque no queremos quemarnos del todo, empezamos a elegir lo bonito del Evangelio y “lo que no nos va”, o no nos gusta, lo dejamos de lado. Sin embargo, el mensaje de Jesús es uno y no lo podemos fraccionar a gusto.

¿Qué, es muy radical el mensaje? Claro que lo es, porque Jesús es muy radical y consecuente con lo que predica. Y, a pesar de lo cuesta arriba que se nos hace, sin temor a equivocarnos, podemos decir que si decidimos ser cristianos, seguidores de Cristo, es el camino que tenemos que hacer, completo y sin medias tintas.

Y claro que podemos pensar que así nadie aguanta, porque sabemos que somos débiles y que frecuentemente nos estamos contradiciendo, pero nadie, ni Jesús, ha dicho que seguirlo no tiene golpes y ni caídas, o incluso retrocesos. Pero eso no quita que nuestra convicción y lucha sea llevar adelante lo que él nos propone. Para eso no viene a bien lo que el Señor le dice a san Pablo: Te basta mi Gracia, porque ahí reside la fuerza de nuestra lucha y esfuerzo por caminar los pasos del mismo Cristo.

Hoy Jesús nos vuelve a decir: «¿También ustedes quieren irse?»

¿Qué le vamos a responder?