Ciegos

Ciclo A – Domingo IV de Cuaresma

Juan 9, 1-41
Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús- nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». 

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?» Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo». Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos? » Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está? » Él respondió: «No lo sé». 

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? » Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? » El hombre respondió: «Es un profeta». Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? » Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta».

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él». 

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?» Él les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? » Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones? » Y lo echaron. 

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre? » El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en El? » Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante Él. 

Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos? » Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece».
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Con el evangelio de Juan no podemos menos que pensar en algunas de las imágenes y signos que encontramos. Primero tenemos el barro, que nos evoca el relato de la creación del Génesis. Y en este caso tenemos a Jesús que, con barro, da una nueva vida al ciego de nacimiento Porque no sólo es la vista la que obtiene aquél hombre, sino toda una forma de estar en el mundo. A partir de aquél momento, podríamos decir, ya no depende de nadie. Incluso puede dejar de ser un mendigo a la puerta del templo, porque se puede valer por sí mismo.

También vemos que aquél hombre dejaría de estar etiquetado y nadie pensaría que es a causa del pecado, el suyo o el de sus antepasados, por lo cual no puede ver. Recobra una dignidad que no sólo le da un nuevo lugar en la sociedad en la que vive, sino también en su vida en el ámbito religioso.

Al mismo tiempo, y tal vez sea el punto a destacar con mayor vehemencia, encuentra a Dios en su vida. Reconoce, por vista propia, al mismo Jesús, Hijo de Dios, y lo acepta en su vida. Deja de estar en la oscuridad para pasar a vivir en luz de Dios.

Y así podríamos enumerar muchos beneficios que se desprenden de este milagro. Sin embargo, aquellos que lo rodean, no hacen más que resaltar la prohibición a la que se tendría que haber sometido, no sólo él, sino Jesús también. No hay rastros, en todo el relato, de que se alegren de que el ciego por fin pueda ver. No hay ánimos de querer celebrar el gran milagro del que son testigos. Sólo ven error y pecado, por haber desobedecido la ley de Moisés, por haber sido curado en sábado y por dejar de manifiesto que Jesús era el Mesías.

Entonces surge al menos una pregunta: ¿Qué tenemos de ciego y qué tenemos de fariseos y publicanos?

Para ayudarnos a reflexionar, podemos ver y escuchar lo que nos cuenta Pilar Sordo, en el siguiente video:

Me parece oportuno este video porque, si respondemos a aquella pregunta, tengo la impresión de que al final tenemos que aceptar que a veces somos el ciego y otras somos fariseos y publicanos.

Fariseos y publicanos porque nos puede pasar que no reconocemos lo bueno que está pasando delante de nuestro ojos y sólo vemos problemas, dificultades, errores o pecado en los demás. Reclamamos, tal vez, que los otros hacen lo que no deben, o dejan de hacer lo que, a nuestro criterio, deberían hacer. Nos molesta que otros no se ajusten a los tiempos y normas que nosotros mismos preferimos imponer, porque así nos viene bien, porque así lo hemos decidido. Y nos perdemos de ver que, en tantas ocasiones, Dios sigue haciendo milagros delante de nosotros.

Y somos ciegos porque no vemos la infinidad de cosas buenas que están en nuestras vidas, como las supo reconocer aquél ciego que se acercó a la consulta de aquella psicóloga, Pilar Sordo. Porque nos parece normal que podamos caminar, ver, escuchar, compartir, tener un lugar donde vivir, una persona a nuestro lado a quien abrazar, pan en nuestra mesa y la libertad de poder elegir, reconocer y amar a Dios.

¿Dónde estás, Jesús, con tu barro?
Úntame los ojos,
que quiero volver a ver.
Así diré, sin duda:
Creo,
porque al fin te pude ver.

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El Greco

Curacón del ciego, de El Greco
Curacón del ciego, de El Greco

Ciclo B – Domingo XXX Tiempo Ordinario

Marcos 10, 46-52
Cuando Jesús salía de Jericó, acompañado de sus discípulos y de una gran multitud, el hijo de Timeo -Bartimeo, un mendigo ciego- estaba sentado junto al camino. Al enterarse de que pasaba Jesús, el Nazareno, se puso a gritar: «¡Jesús, Hijo de David, ten piedad de mí! » Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí! » Jesús se detuvo y dijo: «Llámenlo». Entonces llamaron al ciego y le dijeron: «¡Ánimo, levántate! Él te llama». Y el ciego, arrojando su manto, se puso de pie de un salto y fue hacia El. Jesús le preguntó: «¿Qué quieres que haga por ti? » Él le respondió: «Maestro, que yo pueda ver». Jesús le dijo: «Vete, tu fe te ha salvado». En seguida comenzó a ver y lo siguió por el camino.
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Si me refiero a Doménikos Theotokópoulos, probablemente no muchos caigamos en la cuenta de quién estamos hablando, aunque tal vez sí nos dice mucho más el escuchar hablar de una pintura de “El Greco”, pintor del final del Renacimiento (entre el siglo XVI y el XVII). Este excepcional artista, nos dejó plasmado un pasaje de la vida de Jesús: La curación del ciego. Y es lo que me detuve a mirar pensando en el evangelio de este domingo. Apenas si entiendo algo de arte y de pintura, pero sí me atrevo a decir que la escena, al menos desde lo que me suscita interiormente, refleja con bastante acierto lo que Marcos en su evangelio nos quiso dejar por escrito.

Tenemos al grupo de discípulos que rodean a Jesús y que, en principio, impiden que el ciego llegue hasta Cristo. Concretamente le dicen que se calle, que no moleste al maestro con sus gritos. Sin embargo, como sabemos, aquél hombre, Bartimeo, no se da por vencido y logra que el Maestro le quite la ceguera. Parece uno más de los muchos milagros que hizo el Hijo de Dios, pero este tiene unas particularidades que no tienen otros, como dar a conocer el nombre del ciego.

Es verdad que lo primero que podemos resaltar es que Jesús alaba la fe de Bartimeo, necesaria para ser curado. Es el punto de arranque, lo cual ya debería hacernos pensar en la fe propia. Nosotros también le pedimos muchas cosas a Dios, a veces las obtenemos y otras no. ¿Tendrá que ver la fe que ponemos o tenemos para recibir una Gracias del Señor? ¿Creemos, estamos convencidos de verdad, que Dios lo puede hacer?

Por otro lado, y antes de pasar a la acción propia de Jesús, podemos poner la mirada en la actuación de los discípulos. Aquí es donde creo que El Greco se luce mucho. En la pintura podemos ver distintas posturas y expresiones de quienes acompañaban a Cristo. Algunos parecen reflejar indignación, otros una cierta apatía, unos pocos parecen estar murmurando acerca de lo que está sucediendo, uno parece sorprendido, otro en una clara actitud de ayuda al ciego, uno con aire de cierto desprecio hacia lo que ve. Y tal vez no fue esa la reacción de quienes rodeaban al Nazareno, pero la pintura sí parece enseñar lo que encierran las palabras del evangelista Marcos: «Muchos lo reprendían para que se callara, pero él gritaba más fuerte: «¡Hijo de David, ten piedad de mí!»

Reprenderlo es signo de rechazo, parece percibirse la molestia y la pesadez que se siente cuando alguien, en este caso un ciego, hace saber a gritos que necesita algo. Y hoy en día no sé si reaccionaríamos de igual modo que aquellos. Más aún si fuéramos nosotros los que acompañamos a Jesús. Eso me hace acordar a muchos fieles laicos que rodean a sus pastores y se convierten en custodios del mismo y regulan quién puede y quién no puede acercarse al cura y hablarle o pedirle algo. Y claro que está bien acompañar y cuidar a un sacerdote, pero volverse el filtro de visitas es otra cosa. Y, en esto también me atrevo a decir que a veces a los curas nos gusta esta “barrera” y la fomentamos y entonces son los laicos los que se ven obligados a dar excusas con tal de no molestar al sacerdote. Habrá que buscar el equilibrio, pero no podemos negar que los consagrados estamos para eso, para servir a los que vienen gritando necesidad y a eso hay que responder. No podemos vivir al resguardo de la sacristía o de nuestras muchas ocupaciones.

Lo siguiente es fijarnos en Jesús. Vemos en la pintura a un Cristo compasivo, que toma de la mano al ciego, y está tocando sus ojos, con delicadeza, sin apuros, en un gesto simple, sin enfado, sin reflejar malestar, totalmente apartado del resto de los que sí veían inconvenientes para que esta curación tenga lugar. Y creo que justamente Jesús es lo que quiere enseñarnos, el modo de atender a quien nos pide algo. Y aquí ampliamos las miras, porque no podemos quedarnos sólo en ciego. Cabe que nos preguntemos si nosotros respondemos de igual modo cuando alguien nos pide algo. Deberíamos revisar el modo en el que nos comportamos. Y tal vez veamos que realmente nuestros gestos se parecen mucho a los de Cristo y eso será una alegría y una gracias. Pero también puede suceder que nos parezcamos poco al Maestro y que, en más de una ocasión, nuestra respuesta, ante la petición e insistencia de alguien, esté más cerca a la imagen que se refleja de los discípulos.

Puede ser que no tengamos tiempo para atender a nadie. Somos personas tan ocupadas que no podemos detenernos ante las minucias de problemas que tienen los demás. Por otro lado es probable que, en ocasiones, sintamos molestia o hasta enfado, por lo pesados que pueden ser algunos al pedir. Tal vez porque encontramos que los demás son muy demandantes, según nuestro criterio. También puede suceder que creamos que de los problemas y necesidades de los demás, más aún en lo relativo a dificultades materiales, se tienen que ocupar otros o algunas instituciones, para eso pagamos los impuestos y damos limosna. Y en todo esto, no podemos quedarnos sólo con “los molestos” de la calle que piden, sino también debemos incluir a “los molestos” que tenemos en casa que se atreven a pedirnos algo. La pregunta es: ¿Cuál es mi actitud, mi respuesta y mi forma de tratar al que me necesita?

Y, después de pensar y reflexionar sobre este evangelio, añadiendo lo que El Greco nos dejó en su pintura, lo que se me ocurre pedirle a Dios es que nos ayude a responder y atender, a los que nos necesitan, del modo más parecido al suyo, deteniéndonos, ocupando tiempo y atención sobre el necesitado. Aunque tal vez lo más urgente, a mi modo de entender la Palabra de Dios, es que nosotros recobremos la vista, para poder ver y reconocer las carencias de aquellos que están con nosotros o pasan a nuestro lado. Porque mientras tengamos la vista de aquellos apóstoles, difícilmente podamos pensar en hacer un alto en el camino para atender a la demanda de cualquiera, ya que siempre veremos primero el propio interés y no el del prójimo.

Aprender

Liberar

Marcos 1, 40-45
Se le acercó un leproso a Jesús para pedirle ayuda y, cayendo de rodillas, le dijo: «Si quieres, puedes purificarme». Jesús, conmovido, extendió la mano y lo tocó diciendo: «Lo quiero, quda purificado». Enseguida la lepra desapareció y quedó purificado. Jesús los despidió, advirtiéndole severamente: «No le digas nada a nadie, pero ve a presentarte al sacerdote y entrega por tu purificación la ofrenda que ordenó Moisés, para que les sirva de testimonio». Sin embargo, apenas se fue, empezó a proclamarlo a todo el mundo, divulgando lo sucedido, de tal manera que Jesús ya no podía entrar públicamente en ninguna ciudad, sino que debía quedarse afuera, en lugares desiertos. Y acudían a Él de todas partes.
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De los topos, aprendimos a hacer túneles.
De los castores, aprendimos a hacer diques.
De los pájaros, aprendimos a hacer casas.
De las arañas, aprendimos a tejer.
Del tronco que rodaba cuesta abajo, aprendimos la rueda.
Del tronco que flotaba a la deriva, aprendimos la nave.
Del viento, aprendimos la vela.
¿Quién nos habrá enseñado las malas mañas?
¿De quién aprendimos a humillar al mundo y atormentar al prójimo?

Esta reflexión de Eduardo Galeano, titulada Primeras Letras, tal vez nos cuestiona, pero no podemos negar que, un poco más un poco menos, refleja la realidad del ser humano. Es posible que una respuesta rápida sea que hemos aprendido a comportarnos de tal manera, equivocada, por ver a otros hacer lo mismo.

El evangelio nos vuelve a traer un prodigio realizado por Jesús, pedido directamente por aquél leproso. Y aunque este hombre se salta la ley, obtiene lo mejor de Jesús, quien también hace caso omiso de lo prescrito por las normas religiosas y preventivas. Y digo preventivas porque no era una simple maldad el enviar a los leprosos fuera de la ciudad, con la premisa de tener que anunciar a viva voz que se estaba enfermo. Esto lo podemos ver en la primera lectura de hoy: La persona afectada de lepra llevará la ropa desgarrada y los cabellos sueltos; se cubrirá hasta la boca e irá gritando: «¡Impuro, impuro!». Esto era necesario para evitar un contagio masivo.

Aquí podríamos pensar en lo feo de aquella situación, y dar gracias a Dios porque vivimos en otra época en la que hay muchos avances para curar a los enfermos, aunque no en todo el mundo se pueden beneficiar de tales adelantos medicinales. Sin embargo, y sin ánimo de ser negativo, tal vez deberíamos pensar qué enfermedades hoy nos siguen aislando y expulsando fuera de las comunidades a las que pertenecemos: familias, trabajos, grupo de amigos; aunque físicamente sigamos presente en todos esos ámbitos de convivencia. Y se me ocurren algunas: El egoísmo, la avaricia, la mentira, la envidia, la codicia, la lujuria, el odio, entre algunas más que se nos puedan ocurrir. Y, aunque un poco exagerado, diría que son las lepras de todas las épocas y que seguimos padeciendo.

Para todo esto, gracias a Dios, hay cura, pero es necesario que estemos decididos a buscar ser sanados. Aquél leproso del evangelio no se quedó encerrado en su dolor, sino que buscó su liberación en Jesús, aun a pesar de romper con la norma. Y recordemos que esta norma, como casi todas, tenían fuerza legal divina. Todo venía mandado por Dios. Y en esto no podemos perder de vista una ventaja que tenía aquél hombre: No era necesario tener que reconocer que estaba enfermo, era evidente, pero en nuestro caso y con estas patologías, es un paso fundamental, si no, no llegaremos a la cura. Si no reconocemos lo que nos pasa, no vamos a ir a buscar la salud.

Por suerte, otra gran ventaja que tenemos, Jesús, es decir Dios, deja de lado los preceptos cuando se trata de salvar a la persona. Hace primar el bienestar del ser humano y transgrede toda norma que impida la liberación o la curación. Bien podríamos decir que esta es una característica que define a Cristo: Siempre busca la salvación de quien se cruza en su camino. Esto, seguramente, surge de su amor al prójimo. Y en este caso a él no le importa arriesgar, incluso su salud, y toca al enfermo para que éste quede sanado. Entonces me pregunto qué tanto arriesgamos con tal de salvar a un hermano que nos necesita. Y en esto me refiero no sólo a hacer el bien a los que conocemos, sino también a aquellos que están lejos del circulo de nuestros afectos. Hay realidades ajenas que nos producen rechazo, tal vez repugnancia, pero que sin embargo están esperando ser atendidas por el amor de Dios, el que también se canaliza a través de nuestro amor y nuestros actos de bondad y compasión.

Antes, con la reflexión de Eduardo Galeano, nos veíamos movidos a descubrir de quién hemos aprendido a humillar el mundo y a atormentar al prójimo. Lo podríamos simplificar en no hacer el bien al que tenemos a nuestro lado. Pero traigo este pensamiento para poder utilizar la contracara, el lado opuesto de lo que dice, con tal de poner los ojos en lo que me parece que el evangelio nos puede enseñar. La pregunta es: ¿De quién aprendemos lo bueno, a hacer el bien al prójimo, a no atormentar a las personas?

En esto sabemos que la mayoría de nuestro aprendizaje, especialmente en la niñez, lo hacemos por imitación. Si los niños ven que sus mayores roban, maltratan, mienten, marginan, discriminan, ellos terminan haciendo lo mismo. Y por muy espirituales que nos pongamos, por ejemplo, al decirles en la catequesis de comunión que Jesús es diosito y que él es bueno y nos ama y que hace el bien, los niños asimilarán con mucha más fuerza lo que vivan a diario.

Entonces, aquí la pregunta es: ¿De quién aprendemos a consolar al hermano, a no humillar al prójimo, a no discriminar, o a no marginar? ¿De quién aprendemos a compartir, a amar, a ser solidarios, generosos, o a no buscar únicamente el propio interés?  La fuente mayor de inspiración es el mismo Jesús, que no tiene reparo en amar y sanar al leproso. Y este es el mayor desafío que tenemos los cristianos. Aprender y actuar en consecuencia, con los mismos sentimientos y criterios con los que actuó Cristo. Y este es un aprendizaje de toda la vida, porque siempre se puede amar un poco más.

¿De qué estamos enfermos? ¿Padecemos egoísmo, avaricia, mentira, codicia, lujuria? Pidamos a gritos ser curados, para después también nosotros poder ayudar a otros, imitando a Jesús, a que también recuperen la salud, aun a pesar de arriesgar nuestra propia comodidad. Y por estos motivos, sí que vale la pena transgredir cualquier norma.

Lo que queda

Abandono
Marcos 1, 21-28
Jesús entró en Cafamaúm, y cuando llegó el sábado, fue a la sinagoga y comenzó a enseñar. Todos estaban asombrados de su enseñanza, porque les enseñaba como quien tiene autoridad y no como los escribas. Y había en la sinagoga de ellos un hombre poseído de un espíritu impuro, que comenzó a gritar; «¿Qué quieres de nosotros, Jesús Nazareno? ¿Has venido para acabar con nosotros? Ya sé quién eres: el Santo de Dios». Pero Jesús lo increpó, diciendo: «Cállate y sal de este hombre». El espíritu impuro lo sacudió violentamente, y dando un alarido, salió de ese hombre. Todos quedaron asombrados y se preguntaban unos a otros: «¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y éstos le obedecen! » Y su fama se extendió rápidamente por todas partes, en toda la región de Galilea. Palabra del Señor.
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Poema de Juan Ramón Jiménez

 

De esta poesía de Juan Ramón Jimenez, visto con ojos literarios, bien se podría decir que el poeta busca la trascendencia y que la única forma de perdurar es a través del poema. Es él y su ser poeta, el que va más allá de la existencia, pero que al mismo tiempo son uno. Y así, el análisis podría llevarnos a varias formas de leer estos versos. Es lo maravilloso que descubro en la literatura, más en la poesía, que lleva el pensamiento y los sentimientos a lugares que, tal vez, ni el mismo autor pensó o sintió. Y en este caso, caprichosamente, deseo que pensemos este poema bajo la luz de una pregunta: ¿Qué o quién quedará en pie cuando muramos?

Hoy tenemos a Jesús que comienza a darse a conocer, especialmente en su forma de hablar y de actuar. Los del templo están admirados por la autoridad con la que el Nazareno habla. Es una nueva forma de escuchar lo que, seguramente, habían oído antes de otros entendidos de la ley de Dios. Sumando, además, el prodigio, la liberación de aquél endemoniado; curado en sábado, como para llamar, aún más, la atención.

La manera de hablar de Jesús es distinta. ¿En qué? Supongo que en el templo leyó lo que decía la Palabra de Dios y, según el texto de Mateo, dijo lo mismo que decían los escribas, pero a la gente le sonaba distinto, con autoridad. Y por supuesto que lo primero que tenemos que hacer es no asociar ese “hablar con autoridad” como un “detentar poder”. Creo que está lejos de Jesús la imagen que, a veces, se tiene de Dios; aquél ser supremo que manda, ordena y hace justicia, desde arriba, desde lo alto. Cristo, que es Dios, habla de tu a tú con las personas, sabe de sus dolores y es capaz de liberar. Sus palabras, me parece, son palabras dichas desde la vivencia personal, de lo que él tenía en el corazón, de aquello que más revelaba a Dios. No habla desde una letra, o desde una ley aprendida de memoria.

En nuestro caso, las preguntas que se nos presentan son: ¿A Dios lo conocemos intelectual o vivencialmente? Nuestro modo de hablar de Dios a los demás, ¿es una repetición de conocimientos (mandamientos, preceptos, normas, definiciones, tradiciones, cuestiones teológicas) o una expresión de la vivencia personal? ¿Qué es lo que más convence hoy a la gente? Me atrevo a decir que, probablemente, a la Iglesia en general le hace falta que los cristianos -sin distinción de cargos- hablen más de la experiencia de Dios que de los deberes y preceptos que hay que saber y cumplir. Parece obvio, pero no sé si, cuando hablamos de nuestra fe, hablamos del amor de Dios y de nuestro amor a Dios. O tal vez la pregunta debería ser: ¿Hablamos de Dios?

Lo siguiente a considerar es la expulsión del espíritu impuro. Y este es un hecho concreto, más allá de las palabras. Dijo, convenció tal vez, mucho más a los que tenía en frente de él. Nos cuenta Mateo que todos quedaron asombrados. En esto, podríamos decir, se cumple el dicho popular: Obras son amores y no buenas razones. Y es lo que también tenemos que tener muy presente en nuestro ser hijos de Dios. Al igual que Jesús, es necesario que nuestra forma de actuar sea parecida a la de Cristo. Deberíamos ser personas capaces de servir, de liberar, de amar a los demás. Es la mejor manera de hablar de Dios y de lo que significa para nosotros. Es probable que los que critican diciendo que “venimos aquí a golpearnos el pecho, pero que después somos iguales o peores que los que no creen en nada”, se queden sin argumentos.

También en esto deberíamos considerar si acaso nos tiene atrapado algún espíritu inmundo. Y en esto no vayamos a creer que estamos hablando de poseídos, como el de la película “El exorcista”. Deberíamos pensar que todo aquello que nos mantiene lejos de Dios, que nos deshumaniza, o que hace que sólo vivamos para lo efímero, probablemente sea uno de esos espíritus que no hacen más que ahogarnos y esclavizarnos. ¿Qué nos tiene atados y no nos deja trascender, alcanzar la plenitud a la que Dios nos llama?

Y ahora sí, vuelvo al poema de Juan Ramón Jiménez y digo que, visto con ojos de fe, ojalá quede en pie, cuando muramos, el bien que hicimos a las personas, el amor que dimos, el servicio que prestamos, las palabra de Dios que pronunciamos. Porque nada de lo demás va a quedar, mucho menos el poder que detentemos, el prestigio que acumulemos o los bienes que contemos.

Es necesario que descubramos en Jesús esa autoridad con la que habla y que reconozcamos su forma de obrar. Esas son las claves para mejorar, para trascender, para llegar a la plenitud a la que estamos llamados. Y es lo que debemos imitar, hacer nuestro, sabiendo que en esto no estamos solos. Dios mismo es quien -parafraseando al poeta- va a nuestro lado aunque no lo veamos y nos olvidemos de él, es quien calla cuando hablamos, o nos perdona cuando odiamos.

Hace falta un testimonio de Dios más vivo y no sólo intelectual. Así, ya no seremos nosotros, seremos Dios.