Lo perdido

Equilibrio

Ciclo B – Domingo XXIV Tiempo Ordinario

Marcos 8, 27-35
Jesús salió con sus discípulos hacia los poblados de Cesarea de Filipo, y en el camino les preguntó: «¿Quién dice la gente que soy Yo?» Ellos le respondieron: «Algunos dicen que eres Juan el Bautista; otros, Elías; y otros, alguno de los profetas». «Y ustedes, ¿quién dicen que soy Yo? » Pedro respondió: «Tú eres el Mesías». Jesús les ordenó terminantemente que no dijeran nada acerca de Él. Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser rechazado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas; que debía ser condenado a muerte y resucitar después de tres días; y les hablaba de esto con toda claridad.
Pedro, llevándolo aparte, comenzó a reprenderlo. Pero Jesús, dándose vuelta y mirando a sus discípulos, lo reprendió, diciendo: «¡Retírate, ve detrás de mí, Satanás! Porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres». Entonces Jesús, llamando a la multitud, junto con sus discípulos, les dijo: «El que quiera venir detrás de mí, que renuncie a sí mismo, que cargue con sus cruz y me siga. Porque el que quiera salvar su vida, la perderá; y el que pierda su vida por mí y por la Buena Noticia, la salvará».
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¿Dónde estará mi vida, la que pudo
haber sido y no fue, la venturosa
o la de triste horror, esa otra cosa
que pudo ser la espada o el escudo
y que no fue? ¿Dónde estará el perdido
antepasado persa o el noruego,
dónde el azar de no quedarme ciego,
dónde el ancla y el mar, dónde el olvido
de ser quien soy? ¿Dónde estará la pura
noche que al rudo labrador confía
el iletrado y laborioso día,
según lo quiere la literatura?
Pienso también en esa compañera
que me esperaba, y que tal vez me espera.

 

Este es un poema de Jorge Luis Borges, titulado “Lo perdido”. En versos, aquél hombre se pregunta por su propia vida y el lado de ésta que no fue. Es lo que ha “perdido”. Tal vez incluso se podría decir que es el deseo de lo que pudo haber sucedido. Y el Evangelio nos trae un diálogo entre Jesús y sus discípulos, donde aquél le pregunta a éstos quién es él para ellos y para la gente. Pedro parece dar la respuesta correcta, pero Cristo termina contándoles lo que va a suceder con él. Y la pregunta fundamental es: «¿Quién dicen que soy yo?» Y aquí es donde creo ver el punto de encuentro entre el poema de Borges y el Evangelio de Marcos.En primer lugar tenemos esta pregunta acerca de la persona de Jesús, que él mismo hace a sus discípulos. Y creo que no está buscando saber si aquellos hombres tienen la respuesta correcta, sino más bien ver qué han descubierto hasta el momento. Y si bien lo que dice Pedro parece ser lo más acertado, a Jesús le interesa saber acerca de la vivencia personal de los apóstoles, que están conviviendo con el mismo hijo de Dios.Por supuesto, esto nos pone delante de una pregunta: ¿Quién es Jesús para nosotros? Y no se trata de dar una definición acerca del Hijo de Dios. No es necesario hacer Cristología, pero sí es imprescindible que descubramos quién es y qué significa Jesús para cada uno de nosotros. Él nos hace esta pregunta, y creo que quiere que respondamos desde el corazón. Y con esto no se busca una respuesta sensiblera y, tal vez, llorona y emocionada, sino que se hace necesario que tomemos el peso de Jesús en nuestras vidas y lo que eso supone en el modo en que vivimos.

Lo que le pasa a Pedro también puede pasarnos a nosotros. Con total precisión podemos dar una respuesta concisa y quedarnos sólo en eso, en una definición y no pasar de ahí. Dios puede ser un concepto bien aprendido que, a la hora de la experiencia vital y personal puede desdibujarse con mucha facilidad. Y a Pedro le pasa algo así. Muy bien iluminado, dice: «Tú eres el Mesías», pero luego su reacción, al escuchar lo que Cristo cuenta acerca de lo que le va a suceder, evidencia que todavía no ha comprendido casi nada. Aquél discípulo, ante lo que acaba de escuchar de Jesús, no ve más que fracaso, y eso no se corresponde, según su parecer, con el Mesías, el enviado de Dios y libertador de Israel. Entonces vemos que Jesús rechaza fuertemente esta actitud, llamando satanás al mismo Pedro.

Y en nuestro caso, tal vez deberíamos pensar si más bien estamos adheridos al Jesús Glorioso, justo, hacedor de milagros y sinónimo de poder lo imposible, pero poco asociado al sacrificio, al dolor y al dar la vida por los demás. ¿Quién es Jesús para nosotros? ¿Es modelo o paradigma para nuestras vidas? ¿Nuestro anhelo y esfuerzo van hacia querer parecernos cada vez más a él?

Indefectiblemente, creo que esta reflexión nos lleva a pensar en nuestra propia vida, porque en nuestros actos es donde mejor vemos reflejado lo que comprendemos de Dios. Ahí está la respuesta más auténtica, si queremos saber quién es Jesús para nosotros. Porque el modo en que vivimos y el grado de amor hacia el prójimo, aún teniendo en cuenta las limitaciones personales, nos dirán quiénes somos y qué decimos de Dios.

Entonces presentamos a Borges una vez más, quien habla de su vida y, posiblemente, del anhelo de lo que le hubiera gustado para él, pero que no fue. Del mismo modo podemos ver cómo, para Pedro, el Mesías no puede ser fracaso, cruz, sufrimiento y dolor, sino todo lo contrario. Y Jesús le dice, “pudo haber sido un triunfo” sobre los que oprimen al pueblo judío, pudo haber sido un rey glorioso que todo lo puede y todo aniquila con tal de salir victorioso, pudo haber sido un Mesías sin cruz; pero lo que soy —dice Cristo— es amor, es dolor, sufrimiento, entrega, cruz y resurrección. Y esa es la única realidad de amor de Dios. Esa es —continúa Jesús— mi vida y quiero que también sea tuya.

Hay ocasiones en los que, parafraseando a Borges, junto con Pedro decimos: ¿Dónde estará Jesús, el que pudo haber sido y que no fue, dónde el azar de aplastar a sus enemigos y destruir a los míos? ¿Dónde el que siempre me quita los sufrimientos y el que hace todo lo que le pido, dónde el que aniquila a los que me hacen injusticia, dónde el que mide con mi misma vara? Pero resulta que Dios es otra cosa, tal vez muy distinto a lo que somos, y que siempre resumimos en que es perdón, entrega, amor y sacrificio.

Entonces comenzamos a entender que saber de Dios es saber negarnos a nosotros mismos, y quitar todo Yo individualista y egoísta, para que surja un Yo entregado, capaz de dar la vida por los demás. Y esto es lo que Cristo nos pide, para poder llegar a entender y responder, en verdad, quién es Jesús para nosotros.

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Amor sin cruz

Crucificado

Ciclo B – Viernes Santo

Para leer la Pasión de nuestro Señor Jesucristo, según san Juan (18, 1—19, 42), hacer click aquí
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“Impulsados por el amor, los fragmentos del mundo se buscan mutuamente, de manera que el mundo pueda llegar a ser”. Esta es una frase muy sugerente de Teilhard de Chardin, religioso Jesuita, paleontólogo y filósofo francés, fallecido en 1955. También cabe decir que su escritos están en entredicho y hasta prohibidos por la Santa Sede. Los temas controvertidos son varios, pero en este caso no entramos en disquisiciones teológicas, sino simplemente nos abocamos a lo que la frase puede sugerirnos y ayudarnos para la reflexión de este Viernes Santo.

Hemos recordado, una vez más, la pasión de Jesucristo. Y no sé hasta donde nos moviliza, o conmueve. Aunque también sólo puede se un recuerdo, doloroso, pero nada más que una memoria de lo que nos han contado. Y en especial hoy nos detenemos ante la figura de la cruz y el crucificado. Es el punto de atención y el que, al mismo tiempo nos causa desconcierto. Incluso surgen preguntas como: ¿Por qué Jesús tuvo que morir así? ¿Era realmente necesario? ¿No tenía Dios otra forma de salvarnos?

Básicamente todos estos cuestionamientos, me parece, tienen un punto en común: Nos apena ver el sufrimiento y nos quedamos con la imagen horrible de un hombre descarnado y sanguinolento que paga por lo que no hizo. Mira todo lo que sufrió por nosotros, por mí —podemos decir— cómo vamos a seguir portándonos mal —tal vez concluimos. Al mismo tiempo agradecemos que por él obtengamos la salvación, aunque no sé si realmente comprendemos esta muerte relacionada con el que nosotros nos libremos de la pena y de la culpa de nuestros errores.

Entonces, para dar un mejor enfoque al por qué Jesús murió en la cruz, deberíamos asimilar que todo esto no tiene validez por la cruz en sí misma, ni por el sufrimiento físico de Jesús, aunque eso es, probablemente, lo que más nos conmueve, sino que lo vivido y padecido por Cristo tiene su validez por el amor que él manifiesta en esta entrega. Y si hoy adoramos la cruz, no estamos haciendo prensa de su desgarradora muerte, sino de su profundo amor, explícito en esa cruz.

Jesús vivió en un momento en el que sus obras y su mensaje tenían una gran chance de terminar como terminó el Hijo de Dios y, sin embargo, él no se echa atrás, sino que sigue adelante con lo que sabía era lo mejor para todo el mundo: Descubrir el verdadero rostro de Dios y su infinito amor, aunque esto lo llevara a morir como lo hizo.

Esta es la razón más profunda que hoy debemos comprender, que Dios es capaz de morir crucificado para decirnos que nos ama, para no mostrar ambigüedades, para no ser incoherente, para ser claro en su mensaje. No le importa perder la vida con tal de enseñarnos cómo se llega a la salvación. Y es lo que nosotros deberíamos hacer, además de los ritos de adoración y memoria: Comenzar a imitar esta forma de amar y plantearnos que para ser cristianos, para ser seguidores de Cristo, tenemos que ser capaces de amar dando la vida por los demás. Y esto incluso se puede entender hasta de un modo literal. Y por supuesto que no estamos pidiendo la muerte de nadie, porque incluso sin la muerte física puede haber un amor similar al de Jesús, lo cual nos salvará. No es la muerte en sí misma la que salva, sino el amor por el cual la asumimos.

La frase de Teilhard de Chardin nos habla de que el mundo va a llegar a ser cuando los fragementos del mundo, impulsados por el amor, se unan. Y la clave está también en ese impulso, el del amor. Y es lo que hizo Jesús. «Él mismo había anunciado: Cuando sea elevado sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí» (Jn 12, 20-33). Y así fue. El mundo dividido, fragmentado, se hizo uno a causa del amor manifestado en su cruz. Y seguirá haciéndose uno en la medida que ese amor siga vivo y presente en cada instante de nuestras vidas.

Tenemos que aprender a morir por amor. Así seremos uno con Dios, así habrá cielo para nosotros. Por lo tanto habrá que morir a la maldad, al odio, a la violencia, a la mezquindad, a la apatía, al insulto, al ninguneo. Pero en especial habrá que morir al egoísmo. El que sólo nos hace pensar en nosotros mismos y nos aleja, infinitamente de toda cruz, de todo amor y, principalmente, de toda salvación.

I have a dream

Sueño de Jesús

Ciclo B – Domingo V Cuaresma

Juan 12, 20-33
Había unos griegos que habían subido a Jerusalén para adorar a Dios durante la fiesta de la Pascua. Éstos se acercaron a Felipe, el de Betsaida de Galilea, y le dijeron: «Señor, queremos ver a Jesús». Felipe fue a decírselo a Andrés, y ambos se lo dijeron a Jesús. Él les respondió: «Ha llegado la hora en que el Hijo del hombre va a ser glorificado. Les aseguro que si el grano de trigo que caen en la tierra no muere, queda solo; pero si muere, da mucho fruto. El que tiene apego a su vida la perderá; y el que no está apegado a su vida en este mundo, la conservará para la Vida eterna. El que quiera servirme que me siga, y donde Yo esté, estará también mi servidor. El que quiera servirme, será honrado por mi Padre. Mi alma está ahora turbada. ¿Y qué diré: “Padre, líbrame de esta hora? ” ¡Si para eso he llegado a esta hora! ¡Padre, glorifica tu Nombre!»
Entonces se oyó una voz del cielo: «Ya lo he glorificado y lo volveré a glorificar». La multitud, que estaba presente y oyó estas palabras, pensaba que era un trueno. Otros decían: «Le ha hablado un ángel». Jesús respondió: «Esta voz no se oyó por mí, sino por ustedes. Ahora ha llegado el juicio de este mundo, ahora el Príncipe de este mundo será arrojado afuera: y cuando Yo sea levantado en alto sobre la tierra, atraeré a todos hacia mí».

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En 1963, Martin Luther King Jr. pronunció un discurso ante el Monumento a Lincoln, durante la Marcha en Washington por el trabajo y la libertad. Fue el histórico “I have a dream” – “Tengo un sueño”. Sabemos del problema de segregación y discriminación racial que sufría Estados Unidos. Pero este hombre luchó para acabar con aquella situación a través de medios no violentos. Y Martin Luther King soñó con que de verdad todos los hombres fueran creados con igualdad, soñó que negros y blancos puedan comer en la misma mesa de la hermandad, y con que niños negros y blancos puedan caminar unidos de la mano. Soñó con que aquellas tierras se conviertan en oasis de libertad y justicia, y que “algún día los valles sean elevados, y las colinas y montañas sean allanados, los sitios más escarpados sean nivelados y los torcidos sean enderezados, y la gloria de Dios sea revelada, y se una todo el género humano”. Y esta era la fe y la esperanza con la cual podían vivir.

Hoy tenemos a Jesús que, aún sabiendo que los griegos preguntaban por él, comienza a hablar y nos deja un discurso donde parece resumir lo más importante de lo que significa seguirlo, vivir con él, y lo que él debe padecer para ser glorificado. Se compara con un grano de trigo que debe morir para dar fruto y nos muestra también su humanidad al no querer pasar por el mal trago que le espera. Sin embargo, acepta lo que su Padre le pide, porque así se ha de mostrar al mundo el amor profundo que Dios tiene por nosotros.

¿Y cómo entendemos esto? Creo que Cristo hace es un llamado a la plenitud. Él nos enseña el camino y es el que encabeza esta marcha hacia la felicidad, y nos está invitando a poder disfrutar de esta alegría y eso supone aprender el verdadero sentido de nuestras vidas. Y lo descubrimos cuando leemos en sus palabras que el grano de trigo debe morir para dar frutos. Pero no sólo nos está hablando de una muerte física, sino de todo aquello que no nos deja vivir una vida más plena. Si somos egoístas, mezquinos, o sólo atendemos a nuestros sentidos, no hacemos más que encerrarnos en nosotros mismos, en una existencia biológica caduca, y al final somos granos que jamás se abren para dar vida. En cambio si somos capaces de dejar de pensar sólo en nosotros, entonces todo es posible.

Nos dice que su Gloria consiste en el amor que se manifiesta al aceptar y entregar su vida. Y nos invita a disfrutar de su Gloria, la cual alcanzaremos cuando entendamos que el cielo, más allá de nubes, ángeles y un Dios sentado en su trono, es el culmen del amor que podemos vivir. Así llegamos a lo máximo, a lo perfecto de lo que somos. Y eso se logra cuando entendemos que hay que llegar al grado de amor de Dios. Eso es lo que quiere Jesús, que seamos perfectos como el Padre del cielo es perfecto. No porque no tengamos errores o equivocaciones, sino porque somos capaces de llegar a dar la vida por amor. Cosa que se comienza a hacer cuando aprendemos a resignar nuestros caprichos e intereses personales, en favor del hermano que tenemos a nuestro lado, en favor del bien común. Surgen entonces algunas preguntas: ¿Hasta dónde hemos sido capaces de amar? ¿Hasta dónde somos capaces de llegar con tal de asemejar nuestro amor al amor de Dios? Esa es nuestra gloria, nuestra vida eterna, nuestra felicidad, que se disfruta desde que comenzamos a amar.

También en estas palabras de Jesús, descubrimos que el seguimiento es decisivo, y nos pide hacer lo mismo que él. Si decimos vivir con Dios, entonces llegaremos donde él está. Y es el mismo Cristo que nos enseña cómo se logra hacer su camino, viviendo él mismo lo que predicaba. Aquí es donde retomo a Martin Luther King, no porque sea más grande que Jesús, sino porque ambos vivieron como predicaron y lucharon para que la felicidad no sea patrimonio de unos pocos, sino de todo aquél que quiere sumarse. Así soñaron, así hicieron realidad el cambio. Y en esto, si decimos sí, tenemos la certeza de que el mismo Cristo va a estar con nosotros y nosotros con él.

Martin Luther King, entre muchos en la historia, puede ser un ejemplo de que es posible luchar por un ideal, por una causa noble y trascendente. Él decía que «si el hombre no ha descubierto nada por lo que morir, no es digno de vivir». Y es lo mismo que ya nos había dicho Jesús: Haciendo, viviendo, muriendo, como él lo hizo, llegaremos al culmen del amor, es decir al cielo. Nuestra razón, el por qué morir, no puede ser otra que el amor por el amor mismo.

King buscaba la libertad y la igualdad interracial, Jesús el amor, la felicidad, la plenitud y quiere que nos unamos a él para poder disfrutar todo aquello. Por eso al ser elevado atrae a todos hacia él, porque la cruz llega a ser la expresión máxima del amor de Dios. Y esta también puede ser nuestra plenitud, nuestra gloria, nuestro cielo, como lo fue de Cristo. ¿Por qué causa seremos capaces de morir? ¿Es Dios la razón de nuestra vida y de nuestra muerte?

Al final, si es como cuenta el evangelio, parece que los griegos se quedaron esperando conocer personalmente a Jesús, aunque si escucharon y entendieron lo que el Hijo de Dios les dijo, seguramente comprendieron que no sólo para los judíos, sino para todo aquél que acepte a Cristo en su vida, como también podemos nosotros, es posible una vida nueva, una vida eterna. ¿Qué decidimos? ¿Con qué nos quedamos? ¿Con lo caduco que puede llegar a ser el amor humano o con el infinito amor de Dios?

El lado luminoso de la vida

El lado luminoso de la vida

Ciclo B – Domingo IV Cuaresma

Juan 3, 14-21
Dijo Jesús: De la misma manera que Moisés levantó en alto la serpiente en el desierto, también es necesario que el Hijo del hombre sea levantado en alto, para que todos los que creen en Él tengan Vida eterna. Sí, Dios amó tanto al mundo, que entregó a su Hijo único para que todo el que cree en Él no muera, sino que tenga Vida eterna. Porque Dios no envió a su Hijo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él.
El que cree en Él no es condenado, el que no cree ya está condenado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. En esto consiste el juicio: la luz vino al mundo, y los hombres prefirieron las tinieblas a la luz, porque sus obras eran malas. Todo el que obra mal odia la luz y no se acerca a ella, por temor de que sus obras sean descubiertas. En cambio, el que obra conforme a la verdad se acerca a la luz, para que se ponga de manifiesto que sus obras han sido hechas en Dios.

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La película “El lado luminoso de la vida”, también conocida como “El lado bueno de las cosas”, cuyo título original es “The Silver Lining Playbook”, nos cuenta la historia de un joven, Pat (Bradley Cooper), que tras pasar ocho meses en una institución mental por agredir al amante de su mujer, vuelve a vivir en casa de sus padres (Robert De Niro y Jacki Weaver). Aunque tiene una actitud positiva y está decidido a recuperar a su ex-mujer, todo cambia para Pat cuando conoce a Tiffany (Jennifer Lawrence), una chica con ciertos problemas y no muy buena reputación. Ambos se ayudarán para encontrar el lado bueno de sus vidas. Y claro que podemos hablar de una bonita historia de amor, pero también de un drama muy profundo por los temas que que presenta la trama del film, aunque lo importante tal vez está en el mensaje de fondo que podemos descubrir, como creo que nos pasa con el Evangelio de hoy.

Juan nos trae varios temas: La cruz y la salvación, la luz y las tinieblas, el creer o no aceptar. Y todo parece una presentación de las posibles situación que se pueden dar entre nosotros y Dios. Pero me atrevo a decir que estamos hablando de un mismo tema que tiene que ver con Dios y su propuesta y nuestra opción personal.

El ofrecimiento del Señor es la Vida Eterna. Y esto nos hace pensar en varios conceptos, tales como: Cielo, paraíso, vida con Dios, salvación, perdón de los pecados, alegría y felicidad sin fin. Y no vamos a negar nada de lo enumerado, pero tampoco podemos dejar de preguntarnos cómo accedemos a todo aquello. Entonces creo que pensamos en el esquema más común que conocemos, el de los méritos. Me comporto de determinada manera y luego Dios revisa si mis acciones están de acuerdo con sus normas y preceptos. Si apruebo, entonces paso a la vida eterna. Tal vez la imagen es la de la maestra con el bolígrafo rojo en mano, dispuesta a marcar los errores. Hoy, es posible que los métodos de corrección sean otros, y no sé si las profesoras corrigen así o te ponen un hashtag (#), una etiqueta, para indicar la corrección (#error #repetirelejercicio #reprobado). El punto es que en este esquema estamos esperando, a ver si el juicio sale favorable. Y esto tiene que ver bastante con el Antiguo Testamento.

Sin embargo, lo que dice Jesús en el evangelio de Juan es algo diferente. Por supuesto que hablamos de temas parecidos a los anteriores, pero en realidad creo que se no está planteando una nueva visión y percepción de la realidad divina y la Vida Eterna. Si Jesús vino para salvar al mundo y no para condenarlo, entonces se presenta como una alternativa, una opción que nosotros aceptamos si realmente creemos en él. Pero es una acción por parte de nosotros, un movimiento que nos lleva a la luz o a las tinieblas. Somos los que decidimos y eso nos lleva a Dios o lejos de él. No es el Señor quien desde el silencio nos vigila para finalmente terminar dando el visto bueno de nuestras acciones. Los que eligen abrazar la cruz salvadora de Jesús somos nosotros y esa es ya nuestra vida eterna, porque decidimos estar de ese lado.

Antes les conté acerca de aquella película y cómo Pat está decidido a hacer su vida, de tal modo que termine recuperando a su ex mujer. Y si bien no logra su objetivo, su opción sí que lo lleva a algo muy bueno y que él ni siquiera sospechaba. Lo mismo pasa con nuestra aceptación o rechazo de Dios. Optar por él nos llevará a una vida aun mejor de lo que podemos imaginar. Y será al revés si no optamos por él. Pero el “Sí”, o el “No” lo pronunciamos nosotros y esa es nuestra salvación. ¿En qué dirección llevamos la vida?

El que elige a Jesús, aún pasando por el dolor (la cruz) tiene una vida nueva. E imaginariamente podríamos decir que las cosas suceden de este modo:  Elegimos el camino por donde llevar nuestras vidas, y llegamos hasta una gran puerta y llamamos. Y cuando Dios abre y nos ve se alegra, nos abraza y nos hace pasar a disfrutar una vida plena con él. Tal vez puede pasar que no nos abra él, pero recordemos que el camino hasta ese lugar, antes, lo elegimos nosotros.

No quiero reducir esto a un simple viaje donde Dios sólo espera, ya que él, constantemente, nos dará lo necesario (su Gracia) con tal de que sigamos firmes en nuestra opción. Incluso nos la ofrecerá para volvernos hacia él, si nos hemos alejado. Pero caemos en lo mismo otra vez: Nosotros somos los que decidimos si aceptamos o no. San Agustín decía: «Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti», y esto nos revela cuán importante es nuestra intervención en nuestra salvación.

Luego, bien podríamos decir que elegir a Dios es decidirnos por las obras buenas, las de la verdad, la justicia, la paz y el bien común. Esas son las que, indefectiblemente, nos llevan al cielo, a una vida única y plena. No así el egoísmo, el individualismo y la desunión. Y aunque no siempre acertemos, creo que sí tiene que estar clara cuál es nuestra opción fundamental, nuestra opción de fondo, y seguro que siempre estaremos con Dios. El “juicio”, como dice el Evangelio, se realiza en lo que decidimos, cuando aceptamos o rechazamos la Luz que vino al mundo.

Ya nos dijo el mismo Jesús: «Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame» (Mt 16, 24). Nuestra salvación significa una vida decidida por Dios. Y seguramente eso es vivir el lado luminoso de nuestras vidas.