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Ciclo C – Domingo XXIII Tiempo Ordinario

Lucas 14, 25-33
Junto con Jesús iba un gran gentío, y Él, dándose vuelta, les dijo: Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre ya su madre, a su mujer ya sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.
¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: “Este comenzó a edificar y no pudo terminar”. ¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras: el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz.
De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.
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“Han descubierto el único tesoro; han encontrado al otro”.

Este es un verso de “Inferno”, un poema de Jorge Luis Borges, de su obra “La cifra”. Nos cuenta acerca de dos enamorados que se encuentran, que se descubren. Y a nosotros nos podría servir para pensar, por ejemplo, en ese momento único, cuando hallamos a una persona y nos parece distinta al resto, tal vez por los valores que tiene, o también porque nos enamoramos de alguien, como en la historia de la poesía. Ese otro pasa a ser único. Pero creo que hay más en esta frase, o al menos así me gusta pensarlo, especialmente para que nos ayude en la reflexión de este domingo.

Tenemos a Jesús que nos plantea lo que, en un primer momento, podríamos llamar radicalidad en el seguimiento. Y podríamos pensar que es casi “inhumano” y “egoísta”, porque llega a decirnos que tenemos que amarlo más que a nuestra propia familia. Dicho así, a nadie le cae muy bien, o al menos resulta un poco incomprensible lo que afirma en el evangelio. Después está también lo de cargar la cruz y renunciar a los bienes que, en comparación con la primera exigencia, estos últimos pueden parecer hasta más fáciles.

Si hablamos de amar más a Jesús que a nuestra familia, creo que es conveniente entenderlo como una superación y profundización en el amor. Si sabemos bien lo que es amar a Dios, eso nos llevará a amar más y mejor a los nuestros. De hecho sería contradictorio decir que amamos por completo al Señor y no amamos a nuestros seres queridos. Entonces me atrevo a decir que el amor de Dios es inclusivo, y en ese amor cabe el amor a los que tenemos a nuestro lado, como también cabe el amor a nuestros enemigos, como nos pide Jesús, pero esto último es tema de otra charla.

Cuando decimos “cargar con la cruz”, no podemos menos que pensar en el mismo Cristo, que literalmente llevó su cruz y fue crucificado. En nuestro caso, que normalmente no somos colgados de un madero, bien podemos imitar al Hijo de Dios cargando con nuestras dificultades, problemas y contratiempos, dándoles un sentido: Por amor a Dios y al prójimo. Es que para ser discípulo del Maestro tenemos que aprender a seguir sus pasos. Podríamos hacernos la siguiente pregunta: ¿Qué estamos dispuestos a soportar, con tal de mantenernos junto a Dios?  Tenemos que aprender a superar todo aquello que nos impida seguir eligiendo a Dios y a su amor

Y si hablamos de “renunciar a los bienes”, tal vez la clave está en aprender a no volvernos dependientes de lo que poseemos. A veces no nos damos cuenta, pero parece que “si nos quitan algo” la vida ya no es vida. Hay que aprender, por tanto, a ser desprendidos, que es lo que Jesús nos está pidiendo. Por consiguiente, acabaremos siendo más generoso. El egoísmo junto con la acumulación, que es donde tal vez encontramos nuestra seguridad, no deja espacio al Señor. Ya bastante satisfechos nos podemos ver así, y por lo tanto no necesitar ni de Dios.

Al principio cité aquel verso de Borges y nos puede valer para aplicarlo a Jesús. Podríamos decir: «Hemos descubierto el único tesoro, hemos encontrado al Otro», reemplazando ese “otro”, por Otro, con mayúsculas, porque es Dios. Es que cuando verdaderamente descubrimos y encontramos al Señor, no podemos menos que amarlo con profundidad, sabiendo que tenemos un tesoro único. Y al ser conscientes de que somos de Dios y para Dios, seguramente seremos capaces de hacer lo que sea, con tal de no perder lo que hemos hallado. No habrá cruz ni egoísmo ninguno que nos impida amar al Señor y a nuestros hermanos, porque ahí estará la única razón de nuestra existencia.

A quien quiera saborear el poema de Borges…

Inferno, V, 129

Dejan caer el libro, porque ya saben
que son las personas del libro.
(Lo serán de otro, el máximo,
pero eso qué puede importarles.)
Ahora son Paolo y Francesca,
no dos amigos que comparten
el sabor de una fábula.
Se miran con incrédula maravilla.
Las manos no se tocan.
Han descubierto el único tesoro;
han encontrado al otro.
No traicionan a Malatesta,
porque la traición requiere un tercero
y sólo existen ellos dos en el mundo.
Son Paolo y Francesca
y también la reina y su amante
y todos los amantes que han sido
desde aquel Adán y su Eva
en el pasto del Paraíso.
Un libro, un sueño les revela
que son formas de un sueño que fue soñado
en tierras de Bretaña.
Otro libro hará que los hombres,
sueños también, los sueñen.

Jorge Luis Borges, de “La Cifra”

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Soltar

Amarras 2

Ciclo B – Domingo XXXII Tiempo Ordinario

Marcos 12, 38-44
Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Éstos serán juzgados con más severidad».
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».
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Soltando, dejando ir (que es una habilidad natural) abandonamos mucha presión interna; es como dejar caer el peso de la mochila que llevamos, y esta liberación va acompañada de gran alivio y ligereza. Frecuentemente, nos hemos aferrado al bienestar afectivo, económico y laboral, entre otros, y este apego desmedido se ha convertido en nuestra prisión. Cuando dejamos los apegos, somos libres. ¿Quieres ser libre, libre de verdad? La libertad es una conquista que te lleva directo a la felicidad. Es un modo de vivir que puedes aprender. Es una apuesta personal, un compromiso que, sostenido en el tiempo, hará que salga a flote la persona magnífica que realmente eres. Sin poses, sin caretas, sin apegos, sin dependencias, sin un lastre más que te retenga. Sin nada que te impida llegar ahí donde tanto deseas llegar.

Este pensamiento es de Anna Mascaró, pedagoga, filósofa, experta en psicología evolutiva. Y nos trae esto que acabamos de leer, no para explicar el evangelio de hoy, sino para ayudarnos a pensar sobre el peso que a veces llevamos dentro y que no nos deja avanzar ni ser verdaderamente libres. Y la Escritura nos ha contado lo que Jesús elogia de la viuda que sólo puso dos monedas; nada en comparación con lo mucho que ponían los ricos que también asistían al templo. Por otro lado, vemos que Cristo también criticó con dureza a los fariseos, por su vida de apariencia. Aquel pensamiento y la escritura, me parece, convergen en un mismo ideal.

Visto así, de un modo llano y directo, hoy la Palabra de Dios no tiene mucho misterio. Creo que podemos concluir que hay que dar no sólo de lo que nos sobra sino también de lo que tenemos. También podríamos decir que tenemos que dar hasta que duela. Y claro que nos referimos a lo material, al dinero, si deseamos ser aún más específicos. Pero creo que, del mensaje de Jesús, podemos encontrar todavía más que una referencia a cómo debe ser la limosna que damos. Porque hoy seguimos dando limosna, tal vez no del modo que lo hacían en el templo en el tiempo de Jesús, pero sí que damos algo, cuando lo damos.

Lo primero que debemos señalar es que cuando se da, según me parece entender, hay que dar sin miramientos. Y en esto podemos hacer referencia a las excusas que solemos tener bien a mano, con tal de justificar el por qué no ayudamos a otros que menos tienen. Somos tan celosos de nuestros dinero que queremos saber a dónde va a parar la moneda que damos, como si nuestra aprobación del gasto que se hace con el donativo le diera validez a lo entregado. Tal vez lo único que deberíamos hacer, según comprendo lo que enseña el Hijo de Dios, es ponernos, por un momento, en el lugar del que está pidiendo. Si nosotros recibiéramos lo que solemos dar, ¿nos alcanzaría para comer un día? Y claro que alguno estará pensando que, sumando todo lo que un pobre puede recibir, le va a alcanzar de sobra, y eso puede ser verdad. Entonces, ¿hay que preguntar cuánto le falta para comer? Eso, creo que no lo hacemos. Y ya vemos que Jesús, al alabar la actitud de la viuda, está elogiando su desprendimiento, no la capacidad de ser una mujer medida.

Además de las cosas materiales, creo que hay otro tipo de bienes que no podemos perder de vista. Enumero algunos: El perdón, el buen trato, la amabilidad, la honestidad, la esperanza, la alegría, la libertad, los afectos, la comprensión. Hoy en día, hay muchos mendigos de perdón, de comprensión, de alegría, de esperanza, o de afecto. Incluso nosotros mismos podemos pasar por una de esas carencias. Pero vamos a ponernos del lado de los que pueden dar algo. Tal vez podríamos preguntarnos: ¿Por qué, en algunas ocasiones, somos tan mezquinos con el perdón, o con la amabilidad o lo afectos? ¿Somos tan avaros e incapaces de dar, esto que enumeramos, con generosidad? Esta mezquindad nos hace pobres e insignificantes ante Dios. Es sinónimo de no haber entendido nada el mensaje de Jesús. Este “retener” se convierte en un lastre que nos guardamos, un peso muerto que no nos ayuda a llegar al cielo.

Antes citaba a Anna Mascaró, con su planteamiento acerca de lo que hay que aprender a soltar, con tal de poder llegar a ser libres realmente. Y en este pensamiento, según lo leo, me parece encontrar lo mismo que Jesús nos dijo hace más de dos siglos. Y es verdad que todo esto está planteado desde la libertad de la persona y lo que nos puede ayudar a tener una mejor calidad de vida, pero no deja de ser un mensaje evangélico. Son los apegos los que no nos dejan volar al lado de Dios. Son las seguridad que encontramos, por ejemplo, en lo material, o lo que hemos conquistado, lo que nos retiene lejos del Señor. Por eso tal vez nos volvemos mezquinos y no somos capaces de darlo todo, como la viuda. Porque pensamos que sin lo material nuestra vida está perdida; cuando, paradójicamente, los valores para vivir en el Reino de Dios, van en sentido contrario, y nos hablan de total desprendimiento, porque así ganamos una mejor y más autentica vida. Ganamos libertad.

¿Cómo damos limosna? ¿Generosa o mezquinamente? Y aquí, ya vemos el evangelio, no importan las cantidades, sino la actitud del corazón al compartir lo que tenemos. Ahí es donde mira Dios, al corazón, y no a la apariencia externa, como la de los escribas, o tal vez la nuestra. Porque Cristo quiere una limosna con un sentido más religioso y espiritual, y no sólo social o filantrópico. Eso es lo que nos diferencia como hijos de Dios, que compartimos por amor, a Dios y a las personas. De este modo, desprendiéndonos, podremos aspirar a los que Jesús y, en este caso, Anna Mascaró nos proponen: Llegar a ser verdaderamente libres. Porque nos hemos quitado de encima todo lo que no nos deja volar, todo lo que, al final, nos hace prisioneros. Y Dios nos quiere libres.

In Time

In time

Ciclo B – Domingo XVII Tiempo Ordinario

Juan 6, 1-15
Jesús atravesó el mar de Galilea, llamado Tiberíades. Lo seguía una gran multitud, al ver los signos que hacía sanando a los enfermos. Jesús subió a la montaña y se sentó allí con sus discípulos. Se acercaba la Pascua, la fiesta de los judíos. Al levantar los ojos, Jesús vio que una gran multitud acudía a Él y dijo a Felipe: «¿Dónde compraremos pan para darles de comer? » Él decía esto para ponerlo a prueba, porque sabía bien lo que iba a hacer. Felipe le respondió: «Doscientos denarios no bastarían para que cada uno pudiera comer un pedazo de pan».
Uno de sus discípulos, Andrés, el hermano de Simón Pedro, le dijo: «Aquí hay un niño que tiene cinco panes de cebada y dos pescados, pero ¿qué es esto para tanta gente? » Jesús le respondió: «Háganlos sentar».
Había mucho pasto en ese lugar. Todos se sentaron y eran uno cinco mil hombres. Jesús tomó los panes, dio gracias y los distribuyó a los que estaban sentados. Lo mismo hizo con los pescados, dándoles todo lo que quisieron.
Cuando todos quedaron satisfechos, Jesús dijo a sus discípulos: «Recojan los pedazos que sobran, para que no se pierda nada». Los recogieron y llenaron doce canastas con los pedazos que sobraron de los cinco panes de cebada.
Al ver el signo que Jesús acababa de hacer, la gente decía: «Éste es, verdaderamente, el Profeta que debe venir al mundo». Jesús, sabiendo que querían apoderarse de Él para hacerlo rey, se retiró otra vez solo a la montaña
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“In Time” es una película futurista, situada a finales del siglo XXI. El argumento es el siguiente: El tiempo reemplaza al dinero como moneda de cambio. Todo el mundo tiene un aspecto joven, porque a los veinticinco años de edad se detiene el envejecimiento y a cada persona se le da un año más para vivir. Y la gente se muere, a menos que rellene el reloj que tienen implantado en el brazo bajo la piel. A los trabajadores se les paga con minutos de vida y ese tiempo es el que se utilizan para comprar lo que necesitan. Si se atesoran muchos minutos, horas o años, se puede vivir eternamente. Y más de dos mil años antes, el Evangelio nos trae el mensaje de Jesús que dista mucho de aquél escenario, aunque ya entonces presenta una problemática similar a la del film.

Hoy nos encontramos con el episodio de la multiplicación de los peces y los panes. Y a todos nos llama la atención lo que sucede. Dar de comer a tanta gente con tan poca comida, no deja de ser un auténtico milagro que, en principio, sólo Dios, sólo Jesús, puede hacer. Los apóstoles colaboran, aunque también es necesario el aporte del niño que entrega lo que después se multiplicó.

Si repasamos el texto de Juan, él nos presenta dos opciones ante Jesús: Felipe hace cálculos con doscientos denarios (podemos suponer que era una opción viable) y Andrés ofrece lo que el niño llevaba. Y Cristo, sin dudar, elige los pocos peces y panes, aun sabiendo que el dinero era una suma considerable, ya que se calcula que esa cantidad equivalía a más de medio año de salario. Y aquí es donde creo que tenemos que detenernos y tratar de entender, no el milagro, sino el porqué de esta elección.

Si nos fijamos, seguimos teniendo los mismos comunes denominadores que en aquél momento del Evangelio: El dinero y lo que poseemos. Eso no ha cambiado, aun a pesar de lo que el mundo ha evolucionado. Hay quienes tienen para comer en abundancia y otros que pasan hambre. Pero en este caso, creo que Jesús no está denunciado la división entre ricos y pobres, aunque se pueda hacer una lectura de este tipo, sino que está haciendo un llamado mucho más elevado, y eso lo podríamos titular: Llamado al saber compartir.

Antes les contaba acerca de aquella película, “In Time”, donde el tiempo que uno posee es el dinero que tiene para vivir. Y en el film vemos cómo la gente va corriendo de un lado a otro, para aprovechar más su tiempo, la vida. Y surgen entonces, los robos de tiempo entre personas, porque se pueden pasar las horas de una a otra. Todos quieren más y más tiempo, que podríamos decir más y más dinero, para vivir eternamente. Y por supuesto hay uno que tiene un milenio guardado en una bóveda, para él y los suyos, aunque otros se mueran por falta de tiempo.

Y les traigo esta película, porque me parece que tanto en el pasado, en el presente, como en el futuro, seguimos en un mismo esquema. Acumulamos para poder vivir mejor y muy poco hemos aprendido a compartir como Jesús nos enseña hoy. No podemos quedarnos con lo romántico del relato y suspirar por la grandeza de Dios que da de comer, sino que tenemos que aprender a realizar el mismo gesto que hizo Cristo, si de verdad queremos hacer honor a nuestro ser cristianos. Es que decir que somos hijos de Dios y seguidores de Cristo y no saber compartir, nos convierte en mentirosos.

¿Se imaginan cómo quedaría el mundo si de verdad compartiéramos con los demás lo que tenemos? Y para nada estoy hablando de comunismo, porque ya sabemos dónde nos puede llevar esa ideología, pero sí estoy convencido de que habitaríamos en un lugar muy distinto al que tenemos entre manos. Pero, para poder llegar a tal cambio, hace falta algo que es imprescindible: Ser seres trascendentes, místicos si quieren, espirituales tal vez. Porque para poder darlo todo hace falta poder mirar al cielo y buscar otros valores más grandes que los tesoros, que el tiempo o el dinero. Riquezas que no se acaban y que suelen tener que ver con Dios.

Además, creo que también se nos está diciendo que no vale, no sirve, que aquellos que tienen hambre sólo aprendan a ser alimentados por otros. De hecho, vemos en la Palabra de Dios que rápidamente quieren hacer rey a Jesús, pero éste se aparta, se va a la montaña, porque no quiere ser rey y no quiere que aquella gente aprenda mal. Porque el camino fácil es poner arriba al que alimenta a los de abajo y así todos arreglados. Esto no lo quiere Dios, porque todos somos capaces de aprender a compartir y hacernos “alimentadores” de otros.

Sí, habrá que darle de comer al que está muriéndose de hambre, y a eso no podemos ser indiferentes, pero el hambriento, una vez restituido en sus fuerzas y dignidad, tiene que aprender a compartir lo que posee.

Por último, debemos recordar que la salvación, el cielo, no se compra. De nada nos servirán los méritos acumulados si no hemos aprendido a dar todo lo que tenemos, aunque sólo sean cinco panes y dos pescados, para que otros puedan vivir.

Al otro lado del río

Dar de comer el Pan de vidaMateo 14, 13-21
Jesús se alejó en una barca a un lugar desierto para estar a solas. Apenas lo supo la gente, dejó las ciudades y lo siguió a pie. Cuando desembarcó, Jesús vio una gran muchedumbre y, compadeciéndose de ella, sanó a los enfermos. Al atardecer, los discípulos se acercaron y le dijeron: «Éste es un lugar desierto y ya se hace tarde; despide a la multitud para que vaya a las ciudades a comprarse alimentos». Pero Jesús les dijo: «No. es necesario que se vayan, denles de comer ustedes mismos». Ellos respondieron: «Aquí no tenemos más que cinco panes y dos pescados». «Tráiganmelos aquí», les dijo. Y después de ordenar a la multitud que se sentara sobre el pasto, tomó los cinco panes y los dos pescados, y levantando los ojos al cielo, pronunció la bendición, partió los panes, los dio a sus discípulos, y ellos los distribuyeron entre la multitud. Todos comieron hasta saciarse y con los pedazos que sobraron se llenaron doce canastas. Los que comieron fueron unos cinco mil hombres, sin contar las mujeres y los niños.
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Jorge Drexler - Al otro lado del río

Esta es una canción escrita y musicalizada por el uruguayo Jorge Drexler. La misma ganó el Oscar a la mejor canción original, por la película “Diarios de Motocicleta”. No voy a entrar en disquisiciones acerca del film, no es el objetivo. Me interesa la letra y su música que en este momento nos dice algo personal. En esto me aferro al gran teólogo Hans Küng que, en su obra “Música y Religión”, dice: «La música no está acabada una vez que se ha terminado de componer; ni siquiera cuando se la interpreta. Pues incluso el oyente coopera con ello en un contexto diferente cada vez». Y me parecía oportuno traer esta letra por la imagen que deja, parecida a la del evangelio que —a mi entender— sigue siendo reflejo de nuestra realidad.

Cuando los discípulos quieren despachar a la multitud que los seguía, para que fueran a comer, Jesús les dijo: “Denles ustedes de comer”. Esto rompe toda lógica, dado que sólo tenían cinco panes y dos pescados. Y aquí ocurre el gran milagro. Y claro que se puede pensar este hecho como el momento en que Cristo manifiesta su grandeza y divinidad. Porque sólo Dios es capaz de dar de comer, con tan poca comida, a más de cinco mil hombres sin contar mujeres y niños. Aunque no creo que ese sea el único objetivo ni todo el trasfondo del mensaje de hoy. Hay más.

Si Dios es Dios, y sigue siéndolo, ¿por qué entonces no hace un milagrito y le da de comer a los que, en muchas partes del mundo, mueren de hambre? Los que nos piden en la calle, porque realmente no tienen para comer, podrían beneficiarse de un prodigio de este tipo. Así todos estaríamos saciados y tranquilos. ¿No es verdad?

Desde la exégesis bíblica también se dice —así lo pienso— que los discípulos son invitados a compartir lo que tienen y esa actitud hizo que muchos convidaran lo que seguramente llevaban consigo. Cualquiera, con sentido común, prevé el alimento si va a estar fuera un tiempo. Aquella gente seguramente lo hizo, y llevaría algo para comer. Entonces, una vez que aprendieron a compartir, a raíz del gesto de Jesús y los discípulos, pudieron comer todos hasta saciarse.

No quitamos mérito ni a uno ni a otro. Este evangelio vale tanto para los que creen, sin dudar, que todos comieron de cinco panes y dos pescados, como para los que entienden que ocurrió el milagro de convidar lo propio y fraternizar. Lo importante está en querer hacer lo que Jesús pide: Darles de comer. Este es el punto de partida. Si no se es consecuente, entonces todos quedan con hambre.

Antes cité aquella canción. Especialmente por los siguientes versos: En esta orilla del mundo/ lo que no es presa es baldío/ Creo que he visto una luz/ al otro lado del río/ Yo muy serio voy remando/ muy adentro sonrío/ Creo que he visto una luz/ al otro lado del río. Es que me parece que nos deja una imagen, salvando las distancias, parecida a la de aquella gente que se entera que Jesús está por allí, en una barca. Entonces, decididamente, salen a buscarlo y a seguirlo. Entienden que allí hay una esperanza, una luz que ilusiona y que dice que todo puede ser diferente. Y en verdad encuentran. No sólo curaciones y comida, sino algo que les cambia la vida. Aquellas personas no pueden haber vuelto igual que como fueron. Descubrieron que Dios es don por completo. Que se preocupa de los dolores y del hambre. Y entendieron que vivir con Jesús es vivir bajo las mismas condiciones.

Nosotros no podemos menos que pensar en nuestra forma de seguir a Cristo. No podemos quedarnos sabiendo dónde está Dios, dónde lo podemos encontrar y no hacer nada más, pensando que nos basta con saber su paradero. Hay que salir, hay que remar, hay que caminar, con tal de llegar hasta donde está él. Y, una vez encontrado, no perderle el rastro, para poder, finalmente, comer el pan que nos ofrece y que nos deja saciados. Eso supondrá que aprenderemos a obrar como obra Dios.

Y obrar como obra Dios es hacer nuestro el pedido de Jesús: Tenemos que darle de comer a los demás, con los cinco panes y los dos pescados que hemos recibido de manos del mismo Cristo. Debemos ser el canal por el que llegue ese don de Dios. Los que pasan, de mano en mano, la canasta con el alimento y así enseñar a compartir eso que hemos recibido del Señor.

En esto, hay que ser prácticos, como efectivos y prácticos son los milagros de Dios. A aquellos que lo buscaron y creyeron en él los curó y les dio de comer. No fue sólo una oración y buenos ánimos para los que estaban enfermos. Salieron sanos y saciados. Y esa misma efectividad es la que debemos tener. No basta con decirles, a los que tienen hambre, que Dios es bueno y que tienen que rezar mucho. Hay que acercarles el pan y el pescado. Hay que darles de comer, llenarles la panza. Es lo que nos pide Jesús. Si no lo hacemos, nada tenemos que ver con él. Y por supuesto que no vamos a salvar el mundo y que nuestros recursos también los necesitamos para subsistir, pero debemos hacernos la siguiente pregunta personal: ¿A cuántos, efectivamente, les he dado de comer? Y esto es posible, especialmente, cuando hemos sido curados de la enfermedad más diseminada en el mundo entero: El egoísmo.

Después, una vez saciados, curados, limpios, les podremos hablar del Reino de Dios y su justicia y de que hacemos lo que hacemos por amor a Dios y porque así también nosotros nos sentimos cuidados y amados por él.

—¿Qué hacemos Señor con todos estos que incluso llegan a molestarnos y hasta afean nuestras calles? —podremos preguntar. Para escuchar hoy la misma respuesta: Denles ustedes de comer.