Ilusiones

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Ciclo C – Domingo XXV Tiempo Ordinario

Lucas 16, 1-13
Jesús decía a los discípulos: Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: “¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás “más ese puesto”. El administrador pensó entonces: “¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!” Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: “¿Cuánto debes a mi señor?” “Veinte barriles de aceite”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez”. Después preguntó a otro: “Y tú, ¿cuánto debes?” “Cuatrocientos quintales de trigo”, le respondió. El administrador le dijo: “Toma tu recibo y anota trescientos”. Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.
Pero Yo les digo: Gánense amigos con el dinero de la injusticia, para que el día en que éste les falte, ellos los reciban en las moradas eternas. El que es fiel en lo poco, también es fiel en lo mucho, y el que es deshonesto en lo poco, también es deshonesto en lo mucho. Si ustedes no son fieles en el uso del dinero injusto, ¿quién les confiará el verdadero bien? Y si no son fieles con lo ajeno, ¿quién les confiará lo que les pertenece a ustedes? Ningún servidor puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero.
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Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado.

Este texto está extraído de una carta de Jorge Luis Borges a Estela Canto, el amor de su vida, según cuentan los que más saben de la vida de aquél escritor argentino. Entonces, lo que cito tiene sentido sólo si pensamos en el amor de los enamorados, y tal vez lo pierde para la reflexión del evangelio, sin embargo voy a insistir con estas líneas.

Hoy la palabra de Dios nos trae un mensaje muy actual. Vemos cómo Jesús alaba la astucia del administrador infiel, aunque no el modo de proceder o los beneficios que se autoprocuró. Y nos insta a ser sagaces, siendo hijos de la luz. Por último, tenemos el gran cuestionamiento: Servir a Dios o al dinero, aún sabiendo que, tanto en aquella época, como en la nuestra, este último sigue siendo necesario para poder vivir y moverse en este mundo. ¿Qué hacer entonces?

En estos temas, para abordarlos directamente, creo que nos ayudará mucho pensar, con sinceridad, qué nos quita el sueño. O mejor decirnos: ¿Cuántas noches nos pasamos desvelados, preocupados, pensando cómo hacer para amar más a Dios, para ser más de él, y amar a nuestros hermanos? Tal vez la pregunta que sigue debería ser: ¿Nos ha pasado eso alguna vez?

Claro que el dinero siempre estuvo y está en nuestras vidas. Es necesario para poder vivir en este mundo y, por muy espirituales que nos pongamos, no podemos negar que para comer, o recibir atención médica, por ejemplo, hace falta tener los medios que lo posibiliten. Habrá quienes sobrevivan o intenten hacerlo sin pagar nada, pero el resto de los mortales lo precisamos. Entonces, llegados a este punto, habrá que seguir siendo sinceros y examinarnos, diciendo: ¿Quién manda, quién rige nuestras vidas? ¿El dinero o Dios? Es que, en ocasiones, casi sin darnos cuenta ponemos nuestra confianza más en lo material, y no tanto el Señor, como decimos que debemos hacer.

Vamos a ponernos en el lado mejor, en el más positivo y cristiano, pensando que nuestra opción es por Dios, que a él lo queremos y que somos capaces de dejar lo que sea, con tal de no poderlo. Por lo tanto, como administradores fieles que procuramos ser, debemos hacer nuestros cálculos. Y si nos interesa más lo que llamamos la vida con Dios, habrá que calcular qué “negocios” son necesarios, con tal de ganar aquello que más deseamos. O ver qué es lo que hay que evitar, con tal de no perder a Dios.

Aquí no se trata de ponernos a pensar si con los pocos billetes, o los millones que tenemos, calificamos para afirmar que elegimos a Dios o al dinero, porque no es un tema de cantidades, sino de opción del corazón. Aunque esa opción debe traducirse en hechos concretos, que den cuenta de que elegimos al Señor del Cielo.

Antes citaba aquellas líneas de la carta de Borges, porque si bien hoy no hablamos de misivas de enamorados, tal vez pudiera pasarnos lo mismo, si nuestra opción es Dios. Entonces podríamos concluir parafraseando a Jorge Luis, diciendo: Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad, aquello que sé que el dinero o la riqueza me pueden proporcionar; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado, Señor.

Así es como, aunque nos veamos seducidos por el dios dinero y la ambición, no perdemos el norte y sabemos que nuestro corazón está vivo cuando está con Dios. Esa es la opción que hacemos, o que tal vez es tiempo de hacer.

Finalmente, creo que en el día a día, si optamos por el ser humano, por el bien del que tenemos a nuestro lado, por dar de comer al hambriento, por vestir al desnudo, por abrazar al desconsolado o por escuchar al que no tiene con quién hablar, estamos optando por Dios y esa será nuestra mayor felicidad.

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Para los que les gusta leer cartas…

“A pesar de dos noches y de un minucioso día sin verte (casi lloré al doblar ayer por el Parque Lezama) te escribo con alguna alegría. Le avisé a tu mamá que tengo admirables noticias; para mí lo son y espero que lo sean para ti. El lunes hablaremos y tú dirás. Pienso en todo ello y siento una especie de felicidad; luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado. Querida Estela: hasta el día de hoy he engendrado fantasmas; unos, mis cuentos, quizá me han ayudado a vivir; otros, mis obsesiones, me han dado muerte. A éstas las venceré, si me ayudas. Mi tono enfático te hará sonreír; pienso que lucho por mi honor, por mi vida y (lo que es más) por el amor de Estela Canto. Tuyo con el fervor de siempre y con una asombrada valentía, Georgie”.
Jorge Luis Borges, 1945.

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Lenguaje de Amor

Domingo de Ramos

Ciclo C – Domingo de Ramos

Para leer el texto de la Pasión del Señor, según san Mateo, haz click aquí

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“Pero cuando oí aquellos versos (y, en cierto sentido, llevo oyéndolos desde entonces) supe que el lenguaje también podía ser una música y una pasión. Y así me fue revelada la poesía”.

Esto es lo que dijo Jorge Luis Borges en la última de sus seis conferencias en Harvard, en 1968, cuando habló acerca de la poesía, o más bien deberíamos decir de su poesía. Y por supuesto que su intención no era hacer referencia alguna al Domingo de Ramos, y mucho menos al relato de los últimos y decisivos momentos de la vida de Jesús. Sin embargo, creo que en alguna medida nos puede ayudar a pensar qué celebramos hoy y hacia dónde nos encaminamos esta Semana Santa que comienza en este día.

Es por todos conocido el relato de la pasión de Cristo. A lo mejor se nos puede pasar algún detalle, pero somos conscientes de los momentos más importantes. Como cuando Jesús es entregado por Judas, o cuando al gente pide a Barrabás en lugar del Nazareno, a quien quieren crucificado. Y lo que menos se nos olvida es que el Hijo de Dios termina muerto en la cruz y sepultado, envuelto en un lienzo. Y claro que, en alguna medida, nos conmueve, pero también todo esto se nos queda en el recuerdo de lo que fue. Y por supuesto que no perdemos ni fe ni devoción, pero la distancia con aquél momento nos vuelve más bien espectadores.

Tal vez la pregunta es: ¿Qué sentimos, qué nos pasa, cuando escuchamos la pasión? Y aquí no esperamos romper en amargo llanto, aunque siempre alguien nos puede sorprender, pero sí es bueno que tengamos claro qué aprendemos y qué significa volver a saber del relato del momento más importante de la vida de Jesús. ¿Seguimos como si nada hubiera pasado o descubrimos o redescubrimos algo?

Aquí es donde vuelvo a citar a Borges. Él nos dice que al conjugar la música y la pasión en el lenguaje, lo que surge es la poesía y creo que, si me permiten la comparación, algo así descubrimos cuando vemos que en Jesús convergen su vida y su entrega. Entonces se nos revela lo que es el amor. Bien podríamos concluir que en aquél que confluyen vida y entrega, vida y pasión, tiene como resultado un verdadero amor, capaz de darlo todo. Y es que podremos tener vida, sin entrega real, y claro que será vida, pero tal vez no llegue revelar un verdadero amor. Y puede haber entrega, pero sin vida, como cuando damos únicamente lo que nos sobra, con lo cual volvemos a lo mismo: No se revela entonces un verdadero amor.

Por consiguiente, creo que el domingo de ramos, como los días que le siguen, tenemos un tiempo en el que deberíamos ver qué tanto hemos aprendido a conjugar vida y entrega, vida y pasión, para poder hablar del verdadero amor.

Una furtiva lágrima

Una furtiva lágrima

Ciclo C – Domingo II de Cuaresma

Lucas  9, 28b-36
Jesús tomó a Pedro, Juan y Santiago, y subió a la montaña para orar. Mientras oraba, su rostro cambió de aspecto y sus vestiduras se volvieron de una blancura deslumbrante. Y dos hombres conversaban con Él: eran Moisés y Elías, que aparecían revestidos de gloria y hablaban de la partida de Jesús, que iba a cumplirse en Jerusalén. Pedro y sus compañeros tenían mucho sueño, pero permanecieron despiertos y vieron la gloria de Jesús y a los dos hombres que estaban con Él. Mientras éstos se alejaban, Pedro dijo a Jesús: «Maestro, ¡qué bien estamos aquí! Hagamos tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Él no sabía lo que decía.
Mientras hablaba, una nube los cubrió con su sombra y al entrar en ella, los discípulos se llenaron de temor. Desde la nube se oyó entonces una voz que decía: «Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Y cuando se oyó la voz, Jesús estaba solo. Los discípulos callaron y durante todo ese tiempo no dijeron a nadie lo que habían visto.
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El año pasado, gracias a Guillermo y Zulema, junto con mi amigo Pedro pudimos disfrutar de “El elixir del amor”, ópera de Donizetti. Y, creo que estarán de acuerdo conmigo, el punto más álgido es el momento del aria “Una furtiva lágrima”: Nemorino, el enamorado, reconoce en una lágrima de Adina, que ella también lo ama. Y canta, y llega a decir: ¡Ah Cielo! Sí puedo, sí puedo morir! /Más yo no pido, no pido. /Se puede morir, ¡Se puede morir de amor! Y claro que lo presenciado por Pedro, Santiago y Juan está en otro contexto y en una dimensión diferente, sin embargo, me atrevo a decir, podríamos estar hablando casi de lo mismo.

Cabe, tal vez, destacar lo que los teólogos siempre afirman: Junto a Jesús aparecen Moisés (la ley) y Elias (los profetas). Antiguo y Nuevo Testamento hacen una unidad de la Palabra de Dios. Y aquellos apóstoles son testigos de esto que, como bien se dice, es el anticipo de la gloria futura. Y se encuentran tan bien allí que, a propuesta de Pedro, quieren levantar tres tiendas y quedarse en aquél lugar.

Claro que es importante lo que se nos revela en este capítulo de Lucas, más aún cuando ponemos la atención en la transfiguración de Cristo. Esto es lo importante, decimos, y eso está muy bien. Aunque también creo que a nosotros, por ahora, nos interesa poner los ojos y la atención en otro lugar. Y la pregunta que nos podemos hacer es: ¿Cómo llegan a ese momento de la transfiguración?

Lo primero que decimos es que aquellos cuatro se apartaron a la montaña para orar. Y esto es fundamental y no lo podemos perder de vista. Todos queremos encontrar a Dios. Soñamos, rezamos, pedimos y anhelamos poder llegar a verlo y vivir con él para siempre. Pero debemos saber que parte de este proceso, para poder llegar a aquello, es empezar por apartarnos a orar. Lo cual implica querer encontrarse a solas con Dios. Es necesario detenernos, alejarnos del ruido cotidiano para, simplemente, hablar con el Señor. Y en esto, más allá de las formas y los métodos de oración que tengamos, es bueno contarle a Jesús de nosotros y saber de Él. Estar con Él y dejar que Él esté con nosotros, aunque no medien palabras ni oraciones hechas.

Lo segundo será hacer, con mucho empeño, lo que la voz le dice a los tres apóstoles desde la nube: «Éste es mi Hijo, el Elegido, escúchenlo». Esto no puede quedar como una anécdota de la vida de aquellos tres, es también para nosotros. Y hoy, me parece, es más necesario que nunca, ya que son muchas las voces que nos quieren marcar el camino, o un camino, que a veces no coincide con el de Dios. Y desde nuestro ser creyentes deberíamos procurar estar en sintonía con aquello que el Señor nos pide, y que siempre tendrá que ver con el amor, la entrega, la generosidad, la solidaridad, la misericordia, el perdón, la alegría y la esperanza.

Antes le contaba acerca de “Una furtiva lágrima” de la obra de Donizetti, haciendo hincapié en aquello que llega a decir quien ve su amor correspondido. Y claro que hablamos de algo distinto a la Transfiguración, pero tal vez, sea lo que más nos ayude a entender lo de evangelio. Empezando por lo que produce en nosotros el amor humano, para llegar al amor de Dios, más trascendente y profundo. Y es que cuando lleguemos a amar con tanta profundidad, entenderemos el anticipo de lo que es el cielo, como ver a Jesús transfigurado. Y ese punto, el más alto y más profundo debemos intentar alcanzar. Y para eso es necesario empezar por lo que dijimos antes: Apartarnos, orar y escuchar lo que Jesús quiere decirnos. Esto nos llevará a Amar, con mayúsculas, al estilo de Dios. Entonces podremos afirmar que hemos visto el cielo abierto. Incluso llegando a decir que se puede morir de amor; que se puede morir por amor, como lo hizo el mismo Jesús.

El cielo está en llegar a amar como ama Dios.

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Una furtiva lágrima, una versión excepcional de Enrico Caruso

Desde dentro

 

Madre de la Dulce Espera (final)

Ciclo C – Domingo IV Adviento

Lucas 1, 39-45
Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
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Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida.
Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa.
Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.
Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.
Es respirar el ancho viento que por encima de la carne se respira.
Es contemplar desde la cumbre de la persona la razón de las heridas.
Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.
Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.
Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.
Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

Este es un fragmento de un poema de Francisco Luis Bernárdez, titulado “Estar enamorado”. Bernárdez es un poeta argentino, fallecido en 1978. Y si bien hablar del amor y el enamoramiento, que aparecen casi sin que uno se dé cuenta, no es el objetivo de este evangelio, sí creo que nos puede ayudar en la reflexión de lo que Lucas nos cuenta.

Tenemos la visita de María a su prima Isabel, la cual reconoce, desde su seno, que está delante de la que va a ser la Madre de Dios. Así lo declara ella cuando vemos que dice: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre». Es el encuentro de dos grandes mujeres que también forman parte de la vida de Jesús. Y, si me permiten la expresión, el primer dialogo que se da entre ellas es de vientre a vientre. Desde su seno, Isabel se da cuenta de que en María se está gestando al mismo Dios.

Jesús, desde el vientre, le da una nueva vida a María. No sólo por la maternidad en sí, sino por lo que significa la vida de ella a partir de llevar a Dios en su seno. Esta imagen también puede valer para nosotros y, tal vez, hacernos cambiar la mirada acerca de cómo actúa el Señor en nuestras vidas. Es que, en general, esperamos que los cambios, especialmente aquellos que tienen que ver con los que queremos que vengan de Dios, vengan de algún lado, desde el cielo, y nos transformen. Tal vez deberíamos decir como por arte de magia; Dios con un pase de manos debería volvernos más pacientes, o más humildes, más honestos o menos mentirosos. Sin embargo, al igual que a María, los cambios tienen que venir de dentro de nosotros mismos. No porque seamos los que, autónomamente, debemos generar lo bueno que deseamos, sino porque es Dios que desde dentro nos transforma. Y es que así actúa Dios. No en vano decía san Agustín: Yo por fuera te buscaba y tú estabas dentro de mí.

Antes citaba aquellos versos de Francisco Luis Bernárdez, especialmente porque nos lleva el pensamiento, o el recuerdo, al momento en que nos descubrimos enamorados. Estar enamorados es caer en la cuenta, de repente, de la experiencia de amor que podemos tener. No sabemos cómo, pero llegamos vivir, tal vez, lo que describen aquellos versos. A partir de ese momento ya no somos los mismos, sentimos que la vida nos ha cambiado. Y lo mismo pasa con Dios cuando lo descubrimos dentro de nosotros. Ya nos somos los mismos y, a partir de ahí, empezamos a gestar a Dios, para luego dar a luz el amor.

Aunque, para que suceda todo esto bueno en nuestras vidas, para que Dios viva en nosotros, primero hará falta que permitamos que Jesús entre en nuestra existencia. Es decir, el sí de María a la propuesta de Dios, también tiene que ser pronunciado por cada uno de nosotros. Así, sin saber cómo, también engendraremos al Hijo de Dios. Y esto no lo decimos porque queramos “sustituir” a María, sino porque estaremos convencidos de que también el Señor puede obrar maravillas en nuestras vidas y luego, desde dentro de nosotros mismos, salir a la luz para transformar el mundo.

Compartamos al maternidad de María, alegrémonos como la misma Isabel y reconozcamos a Dios que viene nuestro encuentro. Y que el amor, que ya está cerca, nos transforme para dar a conocer lo que el mismo Dios hace en cada uno de nosotros.