Lugar de encuentro

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Ciclo C – Domingo XXXI Tiempo Ordinario

Lucas  19, 1-10
Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era jefe de los publicanos. El quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicómoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.  Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa». Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.  Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador». Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, yo doy la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le doy cuatro veces más».  Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar ya salvar lo que estaba perdido».
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Hay días en que me levanto con una esperanza demencial, momentos en los que siento que las posibilidades de una vida más humana están al alcance de nuestras manos. Éste es uno de esos días […] Les pido que nos detengamos a pensar en la grandeza a la que todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera. Nos pido ese coraje que nos sitúa en la verdadera dimensión del hombre. Todos, una y otra vez, nos doblegamos. Pero hay algo que no falla y es la convicción de que —únicamente— los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana.

Estas líneas están extraídas del inicio de “La resistencia”, libro de Ernesto Sábato. Y me parecían bastante adecuadas para poder abordar el evangelio de hoy. Es que en este domingo creo que tenemos varias claves, o al menos una muy importante, para entender quién es Dios y quiénes somos nosotros.

El punto central del evangelio, a mi entender, está en el encuentro entre Jesús y Zaqueo. Bien podríamos decir que lo más significativo es que este último se convirtió y dio su dinero a los pobres, o que Jesús afirme, con rotundidad, que la salvación había llegado a aquella casa, pero insisto en que lo fundamental está en este encuentro de los dos.

Zaqueo quería ver pasar a Jesús, pero se encuentra con que éste lo llama por su nombre y se autoinvita a la casa de aquél hombre de baja estatura, rico y usurero. Podríamos decir que “externamente”, el uno al otro, se conocían. Pero el real encuentro se da en el interior de los dos.

El cambio que vemos en Zaqueo, creo que no está fundado en la visita inesperada de Jesús a la casa de aquél hombre, o en compartir la mesa, si así lo hicieron, sino en lo que este señor (el pecador según el parecer de los que juzgan la escena), experimenta en su interior. Y me atrevo a decir que éste se siente mirado por Cristo sin prejuicios, experimenta que no es condenado, sino que lo tratan de tú a tú, que es recibido, aceptado tal como es. Y ese trato nace del corazón de Jesús y toca el corazón de Zaqueo.

Entonces vemos a una persona nueva, generosa, capaz dede dar la mitad de sus bienes a los pobres y devolver cuatro veces a aquellos que hubiera perjudicado. Diría entonces que Jesús lo restituye como ser humano y desde ahí ve la posibilidad de ayudar y pensar en otros seres humanos que están necesitados. Eso, ojalá, nos pasara cada vez que nos sentimos amados, perdonados, no juzgados, por Dios. Si él nos acepta como somos, frágiles y pecadores, por qué no aceptar a los demás que también padecen de limitaciones y debilidades. Aunque en esto último, tengo la impresión de que más nos gusta ser perdonados por Dios sin dejar de ser jueces para los demás, aceptados por el Señor, sin dejar de ser intolerantes.

Así es como traigo a Sábato, porque al ver lo que sucede en el evangelio, creo que podemos decir que hay una grandeza a la que «todavía podemos aspirar si nos atrevemos a valorar la vida de otra manera», si tenemos el coraje de situarnos en la verdadera dimensión del ser humano. Porque aunque nos equivoquemos, o cometamos pecados, «—únicamente— los valores del espíritu nos pueden salvar de este terremoto que amenaza la condición humana» y que es la falta de poder amarnos y aceptarnos tal y como somos, como lo hace Dios con nosotros.

Jesús no entra a la casa de Zaqueo para echarle en cara el mal o los abusos que comete, tampoco para recriminarle que acumula riquezas y no las comparte. Ni siquiera lo amenaza con el infierno si no cambia de actitud, sino que le ofrece un amor distinto, profundo, auténtico, que provienen de los valores del espíritu, y que no siempre se manifiesta a través de abrazos o besos, sino desde la autenticidad del corazón que alberga a Dios y eso es lo que transforma y nos da esperanza.

¿Qué tan Zaqueo nos sentimos? ¿Qué tanto necesitamos encontrarnos, de tú a tú, con Jesús en nuestro interior? ¿Cambiamos de actitud cuando nos sentimos amados y perdonados por Dios o seguimos siendo los mismos? Y la pregunta del millón: ¿Amamos y aceptamos a los demás como son? Esta es la forma de actuar de Jesús y la que, a mi entender, salvaría a la humanidad del odio, la incomprensión, el egoísmo, la falta de solidaridad y la falta de amor que se padece en la actualidad.

Dios es como vemos actuar a Jesús. Nosotros, ¿cómo somos?

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Encontrar a Dios

Ciclo C – Domingo XI Tiempo Ordinario

Lucas 7, 36-8, 3
Un fariseo invitó a Jesús a comer con él. Jesús entró en la casa y se sentó a la mesa. Entonces una mujer pecadora que vivía en la ciudad, al enterarse de que Jesús estaba comiendo en casa del fariseo, se presentó con un frasco de perfume. Y colocándose detrás de Él, se puso a llorar a sus pies y comenzó a bañarlos con sus lágrimas; los secaba con sus cabellos, los cubría de besos y los ungía con perfume.
Al ver esto, el fariseo que lo había invitado pensó: «Si este hombre fuera profeta, sabría quién es la mujer que lo toca y lo que ella es: ¡una pecadora! » Pero Jesús le dijo: «Simón, tengo algo que decirte». «Di, Maestro», respondió él.
«Un prestamista tenía dos deudores: uno le debía quinientos denarios, el otro cincuenta. Como no tenían con qué pagar, perdonó a ambos la deuda. ¿Cuál de los dos lo amará más?» Simón contestó: «Pienso que aquél a quien perdonó más». Jesús le dijo: «Has juzgado bien».
Y volviéndose hacia la mujer, dijo a Simón: «¿Ves a esta mujer? Entré en tu casa y tú no derramaste agua sobre mis pies; en cambio, ella los bañó con sus lágrimas y los secó con sus cabellos. Tú no me besaste; ella, en cambio, desde que entró, no cesó de besar mis pies. Tú no ungiste mi cabeza; ella derramó perfume sobre mis pies. Por eso te digo que sus pecados, sus numerosos pecados, le han sido perdonados. Por eso demuestra mucho amor. Pero aquél a quien se le perdona poco, demuestra poco amor». Después dijo a la mujer: «Tus pecados te son perdonados».
Los invitados pensaron: «¿Quién es este hombre, que llega hasta perdonar los pecados? » Pero Jesús dijo a la mujer: «Tu fe te ha salvado, vete en paz».
Después, Jesús recorría las ciudades y los pueblos, predicando y anunciando la Buena Noticia del Reino de Dios. Lo acompañaban los Doce y también algunas mujeres que habían sido sanadas de malos espíritus y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios; Juana, esposa de Cusa, intendente de Herodes, Susana y muchas otras, que los ayudaban con sus bienes.
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Si no das conmigo al principio, no te desanimes.
Si no me encuentras en un lugar, busca en otro.
En algún sitio te estaré esperando.

Estos versos son de Walt Whitman, poeta estadounidense que, con su pensamiento y rimas abrió caminos nuevos en la literatura. Él mismo se definió como: “Soy poeta del Cuerpo y soy poeta del Alma” y así lo aceptó y lo celebró el público. Su obra más grande es “Hojas de hierba” (Leaves of Grass). Y seguramente no escribió aquellos versos pensando en el evangelio de este domingo, pero intuyo que nos puede ayudar a pensar en lo que nos cuenta Lucas.

Tenemos a Jesús en diálogo con Simón, el fariseo, con un tema central: Aquella mujer que enjugaba con sus lagrimas los pies de Cristo, y los secaba con sus cabellos. Ella es “la pecadora”, según el pensar de los dueños de casa, pero para Jesús es alguien que demuestra amor. Y concluimos, para no perder la esencia: Al que mucho ama, mucho se le perdona.

Bien podemos empezar nuestra reflexión manifestando nuestro desacuerdo con la forma que tenía aquél fariseo, y sus invitados, de mirar y catalogar a aquella pobre mujer. Y al mismo tiempo sumarnos a la aceptación y perdón que recibe la que ni siquiera habla, de parte de Jesús. Con lo cual, podríamos concluir con un par de preguntas personales: ¿Cómo tratamos a las demás personas? ¿Etiquetamos o encasillamos a otros según el juicio que hacemos de ellos? Tal vez eso surge cuando se nos hacen familiares algunas expresiones como: “Es que ese es así”, “ya no va a cambiar”, “ya no espero nada de aquél, o de aquella”.

Y aquí es cuando, creo entender, estamos más lejos de Cristo y más cerca del fariseo. Jesús no le pregunta si es verdad que es una pecadora, tampoco la rechaza por el prejuicio que los otros tienen; probablemente por no tener ningún prejuicio. No la reprende ni la condiciona para ofrecerle el amor y el perdón de Dios. ¿Cuál es la brecha entre Cristo y Simón y nosotros? Me parece que es la mirada que tiene el Hijo de Dios, muy distinta a la nuestra. Él mira a la persona, no a sus actos, que pueden se malos o erróneos. Cristo se queda con ella, no con sus faltas. Y así es como ama Dios.

Nuestra manera de ver y de juzgar a las personas tiene más que ver con: “Premio a los buenos y castigo a los malos”. Y es lo que también hemos puesto en el modo de actuar de Dios. Pero, aunque nos cueste aceptarlo, Él ama también a los malos. Y eso nos puede parecer injusto, pero es así. Será por eso que Dios es Dios y nosotros somos nosotros.

Sin embargo, creo que se puede llegar tener la misma actitud y forma de vivir y de tratar a las personas que tiene Jesús. Pero para ello habrá que hacer la experiencia de aquella mujer. Buscar el momento y la forma de acercarnos a Dios y, reconociendo lo que somos (porque no somos perfectos y tenemos más de un pecado en nuestro haber), pedir perdón. Y sin perder de vista esto, perdonar y aceptar a los demás.

Antes citaba a Walt Whitman, con aquellos versos que nos pueden animar en esta búsqueda, para encontrar verdaderamente a Dios y en él ser restituidos y devueltos a la vida, como lo experimentó aquella mujer. Porque a ella no le habrá sido fácil encontrar el lugar y el momento para acercarse al Maestro, pero lo consiguió. Tal vez nosotros también podamos vivir, en carne propia, el dulce perdón del Señor.

Pensemos, mientras leemos estos versos, que es el mismo Dios quien nos dice:

Si no das conmigo al principio, no te desanimes.
Si no me encuentras en un lugar, busca en otro.
En algún sitio te estaré esperando.

Siempre es hoy

Resurrección

Ciclo C – Domingo de Resurrección

Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.
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Cuando empiezas a tomar conciencia de la vida y las responsabilidades que esta conlleva, se suma, a todos los cliché sociales, el concepto que tienen los que te rodean, acerca de cómo hay que vivir. Argumentos contundentes que delimitan las edades en las que puedes, o debes, hacer determinadas cosas, como cuándo hay que estudiar, salir, viajar, casarte, mudarte, tener hijos, buscar trabajo y otros menesteres que supuestamente van, uno detrás de otro, en los años que te toca caminar sobre esta tierra.
Pero lo que no tiene momento exacto ni único y oportuno, lo que no puede encasillarse en determinados años, meses o días es vivir como resucitados.

Hoy Juan nos recuerda cómo fue que aquellos, mujeres y hombres, empezaron a comprender lo que había sucedido con Jesús. Y nosotros estaremos pensando en su Resurrección y el cuerpo glorioso, que también será el nuestro, Dios mediante. Y probablemente estamos con la idea puesta en el futuro, donde por fin viviremos, resucitados, al lado del Señor. Pero no creo que aquellos hombres, seguidores del nazareno, pensaran en todo esto que nosotros definimos y afirmamos acerca de la Resurrección de Cristo y resurrección nuestra.

Entiendo que, al encontrar el sepulcro vacío, aquellos apóstoles, mujeres incluidas, empezaron a entender qué significaban las palabras que el mismo Jesús les había dicho, acerca de su inevitable pasión y hacia dónde iba con todo aquello. Y comprendieron que resucitar no es un acto externo, sino una vivencia interior. Y así lo comenzaron a vivir, a tal punto que todo en sus vidas se convirtió en llevar y transmitir lo que ellos habían encontrado en el mismo Hijo de Dios. Especialmente su vida de amor por la humanidad.

En nuestro caso, a diferencia de aquella reflexión inicial, la cual hice a raíz de escuchar a Maxim, un señor que a sus 92 años pretendía casarse, con la misma ilusión que lo haría un joven de 20, 25 o 30 años. Y es que, al final, parece ser que no hay dogma de vida que no se pueda romper. Pero sobre todo, no hay momento mejor y adecuado para vivir la resurrección. Más bien diría que todos los momentos son los más oportunos.

Sinceramente, creo que si hacemos un repaso por la vida de Jesús, todo en él fue vivir en una dimensión diferente a la nuestra, como resucitado, pero sin haber muerto todavía. Alguien que es capaz de no condenar, sino de perdonar sin condiciones, alguien que pone la otra mejilla cuando le abofetean, alguien que es capaz de darlo todo, con tal de que el amor de Dios quede patente y sin confusiones, no puede ser otro que alguien que ya vive en un lugar diferente, diría del lado de Dios y eso ya lo hacía ser un hombre resucitado, aunque después, efectivamente, llegara todo lo que fue su pasión, muerte y resurrección.

Y a nosotros nos queda saber que, igual que él, igual que aquellos apóstoles y aquellas mujeres, a veces nos toca soltarnos de la mano de lo políticamente correcto, del sentido común, de la prudencia, de los límites de cordura, para empezar a vivir la resurrección en todo momento. Y eso significa que en cualquier lugar o circunstancia, seremos capaces de vivir el amor de Dios, evidenciado en nuestro amor al prójimo.

La Resurrección no es un concepto solamente, ni una explicación teológica de lo que sucedió con Jesús y de lo que sucederá con nosotros. La Resurrección es una vivencia interior que te hace explotar el corazón, porque estás lleno del amor de Dios y no puedes esperar al momento mejor y oportuno para amar, como ama el Señor.

Es vivir, tal vez como Maxim, que no sabía de edades para hacer lo que creía que tenía que hacer, y saber que vivir con Dios siempre se conjuga en presente. Es hoy que resucitamos con Jesús, porque hoy somos capaces de amar, sin importar la edad que tengamos.

Volver a confiar

Volver a confiar

Ciclo C – Domingo III de Cuaresma

Lucas 13, 1-9
En cierta ocasión se presentaron unas personas que comentaron a Jesús el caso de aquellos galileos, cuya sangre Pilato mezcló con la de las víctimas de sus sacrificios. Él les respondió: «¿Creen ustedes que esos galileos sufrieron todo esto porque eran más pecadores que los demás? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera. ¿O creen que las dieciocho personas que murieron cuando se desplomó la torre de Siloé, eran más culpables que los demás habitantes de Jerusalén? Les aseguro que no, y si ustedes no se convierten, todos acabarán de la misma manera».
Les dijo también esta parábola: «Un hombre tenía una higuera plantada en su viña. Fue a buscar frutos y no los encontró. Dijo entonces al viñador: “Hace tres años que vengo a buscar frutos en esta higuera y no los encuentro. Córtala, ¿para qué malgastar la tierra?” Pero él respondió: “Señor, déjala todavía este año; yo removeré la tierra alrededor de ella y la abonaré. Puede ser que así dé frutos en adelante. Si no, la cortarás”».
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“Si conocieras a una persona igual a ti, ¿confiarías en ella?”

Este frase tan simple encierra una reflexión que deberíamos hacer. Algunos seremos más indulgentes que otros a la hora de responder, pero lo importante será ver con sinceridad nuestra propia vida. Y este punto puede ayudarnos a mirar el evangelio para hacerlo nuestro.

Ante la situación que le plantean a Jesús, con respecto a los galileos y su sangre mezclada con la de los sacrificios, él responde que aquellos no eran más pecadores que estos que cuestionaban. Lo mismo responde ante el caso de los que mueren en la torre de Siloé. Y, bien podríamos decir, de fondo está una concepción de Dios muy del Antiguo Testamento: Los pecadores son castigados por Yahvé, por eso sufren desgracias, y los buenos son los premiados y reciben bienes. Finalmente, vemos la parábola de la higuera que, a mi entender, nos está revelando mejor quién es el Señor.

Aquél modo de comprender a Dios, con premios y castigos, aunque decimos que “eso era antes”, tengo la impresión de sigue siendo nuestro esquema. No son pocas las veces que podemos escuchar que alguien dice, por ejemplo: “Todo me sale mal, ¿por qué?, qué hice, en qué me equivoqué. Será castigo de Dios”. Y por consiguiente se empiezan a buscar razones y culpas. Y claro que pueden ser frases hechas, pero  el castigo de Dios, con gran probabilidad, se hace presente en nuestro pensamiento, cuando vemos que en algo hemos fallado. Esto, siempre y cuando tengamos una conciencia al menos medianamente recta.

Y si nos detenemos en el ejemplo de la higuera, vemos que se abre una nueva perspectiva. En primer lugar podríamos destacar los tres años que han pasado, tiempo durante el cual el dueño del campo fue a buscar frutos. Y, según sabemos del significado de los números en la Biblia, vemos que aquella cifra (tres años) está indicando una totalidad. Es decir, hay una plenitud en lo que se indica. Entonces vemos que este número es simbólico, porque nos lleva a pensar en más de 365 días multiplicados por tres. Es un tiempo mucho mayor. Aquí, creo, es donde se empieza a revelar quién es Dios verdaderamente.

Antes les traía aquella frase: “Si conocieras a una persona igual a ti, ¿confiarías en ella?” Y creo que no es simplemente una frase bonita u ocurrente. Sino que estoy convencido de que, junto al evangelio de hoy, podemos descubrir un poco más quién es el Señor. Y creo que es quien, a pesar de conocernos perfectamente, de saber nuestras limitaciones y debilidades, siempre vuelve a confiar en nosotros. Y este es el Dios que viene a revelar Jesucristo. Es el Dios que siempre va a venir a buscar frutos, año tras año, porque vuelve a confiar en que algo daremos, aunque el año anterior nos hayamos presentado con las manos vacías.

Es es Dios que, a pesar del vacío de actos de amor en nuestra existencia, siempre vuelve a creer que la próxima vez lo lograremos. Y no sé si nosotros haríamos lo mismo, esperar y dar una nueva oportunidad, a nosotros mismos, y mucho menos con los demás. Esto es lo que más nos diferencia de Dios, aunque estamos llamados a parecernos a él: Volver a amar a pesar del desamor recibido.

Volver a confiar. Siempre el Señor vuelve a confiar en nosotros, y nos da una nueva oportunidad. Quedan lejos entonces los premios y los castigos, según nuestro comportamiento, y se hace presente un amor constante que siempre vuelve a creer que llegaremos a amar como él nos ama, aunque sólo sea en un simple gesto, en una caricia, en un “te perdono” o una mano extendida que levanta al que está caído. Y eso tenemos que hacer, nosotros también: Volver a confiar, volver a intentar.