Completa Existencia

Ciclo A – Vigilia Pascual

Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. ” Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de alegría y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
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“El Realismo nos avisa que el sufrimiento es una parte consustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos la existencia quedaría incompleta”.

Esta es una afirmación que hace Victor Frankl, en su obra “El hombre en búsqueda de sentido”. Claro que lo que escribe lo hace desde la experiencia de haber pasado, sufrido y sobrevivido a un campo de exterminio. Y no está pensada desde lo que celebramos esta noche, pero nos puede ayudar a cerrar el círculo de comprensión.

Mateo nos cuenta, con un estilo directo y simple, que Jesús ya no está entre los muertos, que no está en el sepulcro donde van a buscarlo las mujeres, sino que ha Resucitado. Y que ahora hay que volver a Gelilea para ver de nuevo al Maestro. Y nosotros imaginamos a aquellas dos yendo y dándose con la sorpresa de una gran piedra movida. Y afirmamos sin temor que Él ha resucitado y que creemos y aceptamos lo que pasó. Es una realidad de nuestra fe. Sin embargo, me pregunto: Una vez que hemos conocido y aceptado ¿por qué tenemos que volver a recordarlo y celebrarlo cada año? ¿Por qué parece que empezamos de cero y tenemos que volver a convertirnos (es lo que escuchamos desde el miércoles santo)? ¿Acaso el año pasado no lo habíamos entendido y celebrado también?

Es que tal vez hay una pregunta que no podemos dejar de responder: ¿En qué ha cambiado nuestra vida después de esta Semana Santa? Y aquí vale hacerlo en singular. Preguntarnos a nosotros mismos: ¿En qué ha cambiado mi vida?

Cada uno de nosotros va narrando una existencia, que seguimos escribiendo día a día. Pero siendo sinceros, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que esta historia, la nuestra, no sólo está hecha de episodios vivos, sino de capítulos oscuros. Los problemas, los sufrimientos, las penas, las tristezas, los desengaños, la mentira, la calumnia, al envidia, el egoísmo, la indiferencia, la soledad, el insulto, el desprecio, la delincuencia, el olvido, las malas caras, los malos tratos, las infidelidades, la falta de armonía, la ira, la venganza, el rencor, la intolerancia, el racismo, la droga, el alcohol, la miseria… todos son capítulos sin luz que nos meten dentro de una tumba. Y somos nosotros quienes elegimos estar dentro, a medida que dejamos que el corazón se nos llene de todo esto que hemos enumerado.

Y tal vez estamos en alguna de esas oscuridades, pero hoy viene un ángel, o el mismo Dios, a mover la piedra que nos tiene encerrados y nos invita a salir. Y esto no significa únicamente pensar en el cuerpo glorioso que tendremos, sino también en que vivir como resucitados puede ser una realidad hoy mismo. Es vivir y morir, cada día, para poder resucitar.

Antes citaba a Victor Frankl, porque el dolor, el sufrimiento y la misma muerte son parte de nuestra existencia. Y esta quedará incompleta si no estuvieran aquellos momentos. Y lo mismo nos pasa con nuestra vida de fe. También en ella pasamos por la duda, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Porque hay que saber morir a todo aquello que nos encierra, que nos pone en medio de la oscuridad, para poder luego resucitar con el mismo Jesús. Es necesario morir para vivir. Así es como, podríamos decir, logramos una completa existencia.

Depende de nosotros salir de este encierro. Dios nos libera, nos invita a volver a la vida y esto lo aceptamos con entera libertad. Nadie nos obliga. Ni el mismo Dios. Hay que elegir, si queremos resucitar con Cristo y ser personas nuevas, renovadas, alegres, optimista, esperanzadas, generosas, solidarias, bondadosas, fieles, con buena cara para los demás, sonrientes, de los que tratan bien a todos, amables, compañeros, hijos de la verdad, honestos, comprometidos, pacientes, tolerantes, hijos de la luz, lejos de la oscuridad que confundimos con intimidad… ¿O acaso preferimos seguir, aunque oliendo bien a áloe y a mirra, envueltos en una sábana e inertes?

Hoy tenemos fuego (luz y calor) y agua, que son signos de la vida nueva en Dios y también elementos necesario para que tengamos vida biológica. Tal vez sólo nos falta volver a Galilea, donde nos cita Cristo, para volver a escuchar la Buena Nueva. Allí comenzó todo, y habrá que dejar, habrá que morir a lo que sea necesario, habrá que dejar los sudarios y las mortajas, con tal de poder acudir a nuestro encuentro.

Ojalá esta fuera nuestra última pascua. No porque muramos ahora, mañana o el lunes, sino porque hemos comprendido, de verdad y con profundidad, lo que significa que Jesús haya muerto y resucitado. Ojalá pudiéramos decir, con honestidad, que no necesitamos de ayunos ni abstinencias, que la cuaresma no tiene sentido, que hacer la visita a la siete iglesias y los via crucis no caben entre nosotros. Ojalá pudiéramos gritar y afirmar que estos días son un sinsentido porque nuestra vida ha cambiado por fin y de verdad. Porque hemos muerto, pero estamos vivos.

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Ser Santo

Ser Santo

Ciclo B – Domingo XXXI Tiempo Ordinario – Solemnidad de Todos los Santos

Mateo 4, 25—5, 12
Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».
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Cuando escucho este evangelio (tal vez a ustedes les pasa lo mismo) lo primero en lo que pienso es en la “receta” que nos deja Jesús para ser felices. También creo que este es el camino para poder llegar al cielo, pero sobre todo creo que son los valores del Reino de Dios que, al ser sus hijos, no podemos ignorar. Y claro que también sabemos que vivir las Bienaventuranzas nos llevaría a lo que la gran mayoría de los cristianos aspiramos: Ser santos. Bueno, es probable que haya exagerado un poco, porque esto de ser santo, en la época que vivimos, está más cerca de ser una historia lejana o un cuento de fantasía, antes que una aspiración. Algo que hacía la gente de antes. Si hoy preguntamos al cristiano de a pie, aquellos que más bien se limitan a ser practicantes (eso quiere decir, para una gran mayoría, rezar e ir a misa. Punto.) el tema de la santidad queda reservado para las personas excepcionales, aquellas que, por ejemplo, han consagrado su vida a Dios, como la Madre Teresa de Calcuta, o algún Papa bueno, como Juan Pablo II, pero no para las personas comunes como nosotros. Tal vez sí podemos llegar a un elogio, por ejemplo cuando alguien se refiere a otra persona y lo cualifica como “un santo”, porque ven que es un ser humano generoso, bueno, amable, paciente.

Y nos estamos refiriendo a la santidad porque hoy, 1 de noviembre, celebramos la Solemnidad de Todos los Santos. Entonces ponemos la mirada en aquellos que son ejemplos de vida de fe. Tal vez alguno nos motive a un modo y estilo de vida, pero me atrevo a decir que los santos más bien han quedado reducidos a ser intercesores de nuestras peticiones. A Santa Rita se le pide lo imposible, a santa Lucía por problemas de vista, a san Cayetano para pedir trabajo, a san Expedito todo lo que se nos ocurra porque es muy milagroso, a Santa Mónica por los hijos, a san Antonio los novios, a San Benito que nos proteja de las tentaciones del demonio, a san Francisco caridad y humildad, a santa Inés que nos libre de las dudas, a santa María Goretti por un noviazgo santo, a san Luis que nos quite el mal de ojo, a san Ramón Nonato para quitar los dolores de parto, y así, un santo para cada necesidad. Entonces una pregunta que surge es: ¿Esa es la misión de los santos, interceder por nuestras peticiones y nada más? Alguno dirá que también son para que tomemos ejemplo de sus vidas, pero ¿lo hacemos?

Una frase que escuché hace tiempo, en una charla sobre filosofía y estudio de las religiones, es que “uno no puede mojarse con la palabra agua, sino que es la sustancia en sí misma la que nos moja”. Luego me dijeron que se había tomado esta idea de un libro de Alan Watts, filósofo británico, sacerdote anglicano y escritor. Y teniendo presente este pensamiento creo que hoy en día, la santidad, para una gran mayoría, se nos ha vuelto un concepto. Pero debemos ser conscientes de que aún sabiendo lo que significa, aún definiendo perfectamente lo que es un santo, eso no nos hace uno de ellos. Y justamente eso lo que Dios, finalmente, quiere de nosotros, que seamos santos. Y lo quiere porque venimos de él, y si venimos de él, en principio no podemos ser algo distinto a su esencia.  Porque estamos hechos a su imagen y semejanza. Entonces, ¿qué hacemos con la santidad?

El problema de ser santo, o no serlo, creo que debe ser abordado como un problema de amnesia. Estoy convencido de que se nos ha olvidado de donde venimos y creemos que en realidad la santidad es algo a lo que tenemos que llegar y que nunca hemos conocido, porque siempre se nos ha dicho que somos esencialmente pecadores, que somos indignos, que no valemos nada y sólo la misericordia de Dios puede salvarnos. Y esto lo sabemos desde el Antiguo Testamento. Entonces viene Jesús y nos cuenta, pacientemente, quiénes son los santos, quiénes son los felices; lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. Y nos lo dice para que sepamos el camino de regreso al lugar de donde venimos.

Pero saber y aprendernos de memoria lo que son las Bienaventuranzas no alcanza para llegar a Dios ni para ser santo. Como no nos sirve, para mojarnos, saber y repetir la palabra agua. Sólo el agua misma es la que puede empaparnos, no su concepto y lo mismo pasa con Dios: Sólo el contacto con él, con su Espíritu, es lo que nos va a dar la santidad.

Y cuando hablamos de ser santos, por favor, no llevemos el pensamiento a los altares, a los milagros que hay que hacer y a una vida excepcionalmente perfecta sin errores ni manchas, porque no sólo son santos aquellos reconocidos públicamente por las autoridades de la Iglesia, sino todo aquél capaz de amar como ama Dios.

Creo que la santidad comienza por una vida interior más unida al Espíritu. Y esto es lo que nos va a llevar a la perfección pedida por Jesús. Si seguimos leyendo el capítulo 5 de Mateo, el versículo final dice: «Por tanto, sean ustedes perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Y esa perfección se alcanza cuanto más unidos estemos a Dios. Porque al estar en contacto con él, no podemos menos que empaparnos de su esencia, y esto último es lo que hace falta para ser santos. Y veremos, reflejado en nuestros actos externos, si hay un crecimiento en esta dimensión interior y espiritual. Si tenemos a Dios dentro de nosotros, nuestros actos reflejarán lo que nos ha empapado el corazón.

La botella

 

Jesús en el desierto 2

Marcos 1, 12-15
El Espíritu llevó a Jesús al desierto, donde fue tentado por Satanás durante cuarenta días. Vivía entre las fieras, y los ángeles le servían. Después que Juan Bautista fue arrestado, Jesús se dirigió a Galilea. Allí proclamaba la Buena Noticia de Dios, diciendo: «El tiempo se ha cumplido: el Reino de Dios está cerca. Conviértanse y crean en la Buena Noticia».
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Un hombre estaba perdido en el desierto, destinado a morir de sed. Mirando a su alrededor, a lo lejos, vio una vieja bomba de agua. Pensó en un espejismo, pero desesperado se arrastró hacia lo que veía. Llegó, tomó la manivela y comenzó a bombear, a bombear y a bombear sin parar, pero nada sucedía.

Desilusionado, cayó sobre la arena, y entonces notó que a un lado de su descubrimiento había una vieja botella. La tomó en sus temblorosas manos, la limpió de todo el polvo que la cubría, y pudo leer una inscripción que decía: “Usted necesita primero preparar la bomba. Después, por favor, tenga la gentileza de llenar nuevamente la botella antes de marchar”.

El hombre desenroscó la tapa de la botella y vio que estaba  llena de agua. De pronto, se encontró en un dilema: Si bebía el agua sobreviviría, pero si la vertía en la bomba vieja y oxidada, aquello podría ser una completa pérdida. ¿Qué garantías tenía de que aquello funcionaría? ¿Qué hacer? ¿Derramar el agua y esperar a que saliese agua fresca, o beber lo que había en la botella e ignorar el mensaje?

Finalmente decidió echar el agua en la bomba, agarrar la manivela y comenzar a bombear. Más que agua, sintió que vertía su vida.

Después, añadió a lo que estaba escrito: “Créame que funciona, hay que dar toda el agua, antes de obtenerla nuevamente”, y dejó la botella llena.

Esta historia me llegó por email. Desconozco su autor y, aunque adaptada, creo que lo que cuenta sigue siendo igual de sugerente. Y si pensamos en un punto en común con el Evangelio, tal vez el más gráfico sea el desierto, por el cual también pasó Jesús.

Este camino de cuaresma que iniciamos esta semana, lo arrancamos con esta experiencia de Cristo en el desierto. Es tentado durante cuarenta días —dice Marcos— y luego de superar la prueba, se pone a anunciar la Buena Noticia. ¿Qué parecido tiene esto con nuestras vidas?

Lo primero que podemos pensar es que, al igual que el Hijo de Dios, también fuimos bautizados y que, porqué no decirlo, nos toca pasar por el desierto. Tal vez no de un modo literal, con arena, desolación, sol intenso y mucha sed, pero sí pasamos por experiencias donde vivir se hace difícil y las tentaciones, los caminos alternativos, se presentan al alcance de la mano. Y en esto, tal vez sea bueno no quedarnos sólo con la imagen del tentador que nos quiere impuros, o que sólo nos acosa con tentaciones de la carne o el dinero. Hay mucho más que eso.

A todos nos toca tomar desiciones, algunas más importantes que otras, pero en ocasiones pueden ser, claramente, una tentación. Son los atajos de la vida que creemos encontrar, y a veces podemos terminar eligiendo aquello que parece que nos trae, sin dilación, la fama, el prestigio, dinero, el reconocimiento, poder, o una felicidad ostentosa. Y, si elegimos esto, creo que nos quedamos a vivir en el desierto, constantemente intentando alcanzar lo que nos falta, porque al final siempre volvemos a tener sed.

Antes les contaba la historia del hombre sediento. Este buen señor se vio tentado a calmar su sed rápida y fácilmente con el agua de la botella. Eso le habría salvado y dado una satisfacción momentánea y estéril. Sin embargo decide arriesgar, “perder”, para obtener una plenitud mayor: Toda el agua que necesitaba y más. Tanto que pudo volver a llenar aquella botella para el próximo sediento.

Y digo que el beberse lo que había en la botella hubiera sido una elección estéril, porque sólo habría sido para él y nadie más. Y, básicamente, así son la tentaciones que sufrimos: Llenas de egoísmo. Lo que el tentador hace es hacernos pensar sólo en nosotros y nuestro bienestar o satisfacción, nada más. Y, lamentablemente, de esto nos damos cuenta después de caer en la tentación, después de bebernos el agua de la botella.

Hoy Jesús nos está diciendo que hay una vida mucho mejor, más plena, y que podemos gozar de ella si esa es nuestra elección. Estamos llamados a la plenitud y no a la escasez. ¿Con qué nos quedamos entonces?

Cada tentación es un desierto y cada desierto trae una posible tentación, del cual se pude salir airoso; y eso se logra si no perdemos de vista aquello a lo que estamos llamados: A vivir y a dejar agua, es decir vida, para los que vienen por detrás y eso es anunciar la Buena Noticia y elegir vivir con Dios y no sólo para nosotros mismos.