Como una fragancia

flor violeta

Ciclo A – Domingo II Adviento

Mateo 3, 1-12
En aquellos días, se presentó Juan el Bautista, proclamando en el desierto de Judea: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». A él se refería el profeta Isaías cuando dijo: «Una voz grita en el desierto: “Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos”».
Juan tenía una túnica de pelos de camello y un cinturón de cuero, y se alimentaba con langostas y miel silvestre. La gente de Jerusalén, de toda la Judea y de toda la región del Jordán iba a su encuentro, y se hacía bautizar por él en las aguas del Jordán, confesando sus pecados. Al ver que muchos fariseos y saduceos se acercaban a recibir su bautismo, Juan les dijo: «Raza de víboras, ¿quién les enseñó a escapar de la ira de Dios que se acerca? Produzcan el fruto de una sincera conversión, y no se contenten con decir: “Tenemos por padre a Abraham”. Porque yo les digo que de estas piedras, Dios puede hacer surgir hijos de Abraham. El hacha ya está puesta a la raíz de los árboles: el árbol que no produce buen fruto será cortado y arrojado al fuego.
Yo los bautizo con agua para que se conviertan; pero Aquél que viene detrás de mí es más poderoso que yo, y yo ni siquiera soy digno de quitarle las sandalias. El los bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Tiene en su mano la horquilla y limpiará su era: recogerá su trigo en el granero y quemará la paja en un fuego inextinguible».
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“El perdón es la fragancia que derrama la violeta en el talón que la aplastó”

Esta es una frase de Mark Twain, escritor norteamericano, bien conocido por su libro ”Las aventuras de Tom Sawyer”. Pero aquí, si bien el autor nos puede interesar, más nos llama la atención este pensamiento que encabeza la reflexión. Y el evangelio nos pone ante Juan y su llamado a la conversión, él es la voz en el desierto, evocando la figura de quien anuncia lo mejor que está por venir.

Si hablamos de Juan, en seguida lo identificamos y pensamos: Es el primo de Jesús, hijo de Isabel. Un poco raro en sus formas y vestimentas y comidas, pero sabía bien lo que tenía que hacer y cuál era su lugar. Anunciaba la venida del Mesías. Y encarna la figura del profeta descrita en Isaías. Pero en este caso, lo que predica Juan tiene un plus con respecto a los profetas que le precedieron: Presenta a Jesús que vendrá y bautizará en el Espíritu Santo y en el fuego. Y el anuncio es tan novedoso que no lo hace desde el templo de Jerusalén, donde yacía toda religiosidad oficial, sino desde el desierto. Es decir, todo lo que viene con Jesús, es totalmente nuevo, y no más de lo mismo en ese momento.

Aquí creo que podemos preguntarnos, si ese Jesús que viene, sigue siendo tan novedoso para nosotros. Aunque tal vez pensamos que las cosas de Dios las tenemos más bien controladas, porque sabemos qué hay que hacer y qué debemos cumplir, con tal de tener contento al Señor. Y más aún en esta época de Adviento y Navidad, donde todo se puede volver una simple repetición de lo que ya sabemos que va a suceder.

Y en este sentido, si queremos hablar de novedad, no tenemos que ponernos a escudriñar a ver qué es lo que todavía no aprendimos del mensaje de Jesús. O qué misterio aún no se nos ha revelado. La novedad no viene por un mensaje oculto descubierto ahora, viene por el cambio que podemos hacer cada uno de nosotros en nuestras vidas. Por eso es novedoso, porque se nos está llamando a mirarnos con detenimiento y reconocer si el camino que estamos andando es el que mejor nos está llevando al encuentro con Jesús. La novedad está en nosotros. Por eso mismo nos dice Juan que nos convirtamos.

Lo siguiente será dar buenos frutos. Y esto es una consecuencia de lo anterior. Es que cuando damos con el camino de Jesús, entonces nuestra vida y nuestros actos toman otro rumbo. Y ahí es donde podemos constatar si de verdad todo se vuelve novedad para nosotros, o si es más de lo mismo

Antes les traía aquella frase de Mark Twain, porque me parece que nos da la imagen mejor para representar este evangelio y las consecuencias que pudiera tener en nuestras vidas. Juan anuncia a Jesús, y éste sí que supo derramar su fragancia aún a causa de sufrir la muerte. La misma suerte tuvo el Juan. Y tal vez a nosotros podría pasarnos lo mismo, si es que descubrimos y aceptamos los cambios necesarios en nuestra existencia, las novedades, que nos llevarán a reencontrarnos con Jesús que viene hacia nosotros en Navidad.

¿Qué tenemos que dejar? ¿Qué tenemos aceptar? ¿Qué tenemos que emprender?

Este adviento que sea un tiempo de cambio, de novedad, de esperanza. Incluso de ansiedad, por estar deseando acunar a Dios una vez más; y contarle lo que fuimos capaces de cambiar, con tal de tenerlo con nosotros.

Se nos está invitando a ser capaces de aceptar derramar nuestra fragancia, a pesar de los golpes, de los cambios, de los talones que aplastan, con tal de que después haya vida, una nueva vida.

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Pan y circo

Pan y Circo

Ciclo C – Domingo I Adviento

Mateo 24, 37-44 
Jesús dijo a sus discípulos: «Cuando venga el Hijo del hombre, sucederá como en tiempos de Noé. En los días que precedieron al diluvio, la gente comía, bebía y se casaba, hasta que Noé entró en el arca; y no sospechaban nada, hasta que llegó el diluvio y los arrastró a todos. Lo mismo sucederá cuando venga el Hijo del hombre. De dos hombres que estén en el campo, uno será llevado y el otro dejado. De dos mujeres que estén moliendo, una será llevada y la otra dejada. Estén prevenidos, porque ustedes no saben qué día vendrá su Señor. Entiéndanlo bien: si el dueño de casa supiera a qué hora de la noche va a llegar el ladrón, velaría y no dejaría perforar las paredes de su casa. Ustedes también estén preparados, porque el Hijo del hombre vendrá a la hora menos pensada».
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Hace ya mucho tiempo, de cuando no vendíamos nuestro voto a ningún hombre, hemos abandonado nuestros deberes; la gente que alguna vez llevó a cabo comando militar, alta oficina civil, legiones, todo, ahora se limita a si misma y ansiosamente espera por sólo dos cosas: pan y circo.

Este fragmento de la Sátira X del poeta romano Juvenal, puede sonarnos conocido, especialmente por el final: pan y circo. Actualmente la seguimos evocando cada vez que queremos señalar que alguien, o un pueblo entero, son distraídos de los temas realmente importantes. Tal vez hoy podemos decir que fútbol y televisión son el “pan y circo” de la actualidad, los cuales llevan nuestra atención a lo que no es lo más importante para nuestras vidas.

El evangelio nos dice que hay que estar alertas, que no debemos dormirnos ni distraernos de lo fundamental. Dios está por llegar y no podemos perdernos ese acontecimiento, aún a pesar de tener que atender lo que nos ocupa en la vida.

Y si pensamos en el adviento, que nos encamina hacia el nacimiento de Jesús, bien podemos decir que hay una necesidad grande de estar atentos. Como cuando uno espera la visita de alguien, o el llamado de un amigo al que deseamos ver. Pues de igual modo, en relación a Dios y su venida, tenemos que poner el pensamiento en quién está por llegar. Es como ir, poco a poco, tomando conciencia de que al final llega nuestra esperanza y nuestra realidad, como es el Reino de Dios entre nosotros.

Pero al mismo tiempo, para no pensar que estas son sólo disquisiciones espirituales, aunque ciertamente lo son, también debemos decir que es necesario tener un corazón presto a poder asistir a nuestros hermanos. Porque, si para algo nos preparamos en adviento es a poder acunar entre nosotros el Amor, el cual no puede quedar encerrado, sino que debe salir al encuentro de los demás.

Aquella cita del poeta romano, Juvenal, aunque antigua, sigue siendo actual. Él habla de un tiempo pasado donde no se vendía el voto a nadie y de que en aquél momento ya se habían abandonado los deberes propios, sólo abocados al pan y circo. Y, salvando las distancias, no sé si hoy estamos lejos de aquello. No deseo ser pesimista, pero aunque somos conscientes de que vamos a celebrar el nacimiento de Jesús, nuestro salvador, vemos que en torno a esto se hace un “circo” que a veces nada tiene que ver con Dios. ¿Acaso los anuncios televisivos de navidad se desviven por llamar nuestra atención afirmando que es Jesús quien nace el 25 de diciembre?

Es por eso que tenemos que estar atentos. Que no nos quiten la razón de ser de la Navidad: El nacimiento del Hijo de Dios. No vaya a ser que  en estas fiestas armemos demasiado circo, con exceso de pan, y nos distraigamos tanto que al final no reconozcamos a Dios entre nosotros; que aparece en Navidad, pero también aparece en cualquier momento, encarnado en el hermano que tenemos a nuestro lado.

Desde dentro

 

Madre de la Dulce Espera (final)

Ciclo C – Domingo IV Adviento

Lucas 1, 39-45
Durante su embarazo, María partió y fue sin demora a un pueblo de la montaña de Judá. Entró en la casa de Zacarías y saludó a Isabel. Apenas esta oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su seno, e Isabel, llena del Espíritu Santo, exclamó: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre. Feliz de ti por haber creído que se cumplirá lo que te fue anunciado de parte del Señor».
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Estar enamorado, amigos, es encontrar el nombre justo de la vida.
Es dar al fin con la palabra que para hacer frente a la muerte se precisa.
Es recobrar la llave oculta que abre la cárcel en que el alma está cautiva.
Es levantarse de la tierra con una fuerza que reclama desde arriba.
Es respirar el ancho viento que por encima de la carne se respira.
Es contemplar desde la cumbre de la persona la razón de las heridas.
Es advertir en unos ojos una mirada verdadera que nos mira.
Es escuchar en una boca la propia voz profundamente repetida.
Es sorprender en unas manos ese calor de la perfecta compañía.
Es sospechar que, para siempre, la soledad de nuestra sombra está vencida.

Este es un fragmento de un poema de Francisco Luis Bernárdez, titulado “Estar enamorado”. Bernárdez es un poeta argentino, fallecido en 1978. Y si bien hablar del amor y el enamoramiento, que aparecen casi sin que uno se dé cuenta, no es el objetivo de este evangelio, sí creo que nos puede ayudar en la reflexión de lo que Lucas nos cuenta.

Tenemos la visita de María a su prima Isabel, la cual reconoce, desde su seno, que está delante de la que va a ser la Madre de Dios. Así lo declara ella cuando vemos que dice: «¡Tú eres bendita entre todas las mujeres y bendito es el fruto de tu vientre! ¿Quién soy yo, para que la madre de mi Señor venga a visitarme? Apenas oí tu saludo, el niño saltó de alegría en mi vientre». Es el encuentro de dos grandes mujeres que también forman parte de la vida de Jesús. Y, si me permiten la expresión, el primer dialogo que se da entre ellas es de vientre a vientre. Desde su seno, Isabel se da cuenta de que en María se está gestando al mismo Dios.

Jesús, desde el vientre, le da una nueva vida a María. No sólo por la maternidad en sí, sino por lo que significa la vida de ella a partir de llevar a Dios en su seno. Esta imagen también puede valer para nosotros y, tal vez, hacernos cambiar la mirada acerca de cómo actúa el Señor en nuestras vidas. Es que, en general, esperamos que los cambios, especialmente aquellos que tienen que ver con los que queremos que vengan de Dios, vengan de algún lado, desde el cielo, y nos transformen. Tal vez deberíamos decir como por arte de magia; Dios con un pase de manos debería volvernos más pacientes, o más humildes, más honestos o menos mentirosos. Sin embargo, al igual que a María, los cambios tienen que venir de dentro de nosotros mismos. No porque seamos los que, autónomamente, debemos generar lo bueno que deseamos, sino porque es Dios que desde dentro nos transforma. Y es que así actúa Dios. No en vano decía san Agustín: Yo por fuera te buscaba y tú estabas dentro de mí.

Antes citaba aquellos versos de Francisco Luis Bernárdez, especialmente porque nos lleva el pensamiento, o el recuerdo, al momento en que nos descubrimos enamorados. Estar enamorados es caer en la cuenta, de repente, de la experiencia de amor que podemos tener. No sabemos cómo, pero llegamos vivir, tal vez, lo que describen aquellos versos. A partir de ese momento ya no somos los mismos, sentimos que la vida nos ha cambiado. Y lo mismo pasa con Dios cuando lo descubrimos dentro de nosotros. Ya nos somos los mismos y, a partir de ahí, empezamos a gestar a Dios, para luego dar a luz el amor.

Aunque, para que suceda todo esto bueno en nuestras vidas, para que Dios viva en nosotros, primero hará falta que permitamos que Jesús entre en nuestra existencia. Es decir, el sí de María a la propuesta de Dios, también tiene que ser pronunciado por cada uno de nosotros. Así, sin saber cómo, también engendraremos al Hijo de Dios. Y esto no lo decimos porque queramos “sustituir” a María, sino porque estaremos convencidos de que también el Señor puede obrar maravillas en nuestras vidas y luego, desde dentro de nosotros mismos, salir a la luz para transformar el mundo.

Compartamos al maternidad de María, alegrémonos como la misma Isabel y reconozcamos a Dios que viene nuestro encuentro. Y que el amor, que ya está cerca, nos transforme para dar a conocer lo que el mismo Dios hace en cada uno de nosotros.

Novedad de Dios

Niño Jesús

Ciclo C – Domingo II Adviento

Lucas 3, 1-6
El año decimoquinto del reinado del emperador Tiberio, cuando Poncio Pilato gobernaba la Judea, siendo Herodes tetrarca de Galilea, su hermano Filipo tetrarca de Iturea y Traconítide, y Lisanias tetrarca de Abilene, bajo el pontificado de Anás y Caifás, Dios dirigió su palabra a Juan, hijo de Zacarías, que estaba en el desierto. Este comenzó entonces a recorrer toda la región del río Jordán, anunciando un bautismo de conversión para el perdón de los pecados, como está escrito en el libro del profeta Isaías: «Una voz grita en el desierto: Preparen el camino del Señor, allanen sus senderos. Los valles serán rellenados, las montañas y las colinas serán aplanadas. Serán enderezados los senderos sinuosos y nivelados los caminos desparejos. Entonces, todos los hombres verán la Salvación de Dios».
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En 1492, los nativos descubrieron que eran indios,
descubrieron que vivían en América,
descubrieron que estaban desnudos,
descubrieron que existía el pecado,
descubrieron que debían obediencia a un rey y a una reina de otro mundo y a un dios de otro cielo,
y que ese dios había inventado la culpa y el vestido
y había mandado que fuera quemado vivo quien adorara al sol y a la luna y a la tierra y a la lluvia que la moja.

Este texto de Eduardo Galeano, titulado “El descubrimiento”, de su obra “Los hijos de los días”, tal vez resulte algo curioso, o incluso algo urticante o molesto, aunque también es el modo crudo de leer la historia, y me atrevo a decir que lleva una carga de verdad ineludible. Pero no vamos a detenernos en un análisis histórico del descubrimiento de América, como tampoco vamos a hacer un análisis de los aspectos literarios del texto. Sí, con audacia, vamos a tomarlo como contrapunto para poder pensar en el mensaje del evangelio de este domingo.

Tenemos a Lucas que nos cuenta acerca de Juan, que predica un bautismo de conversión para el perdón de los pecados. Y sabemos que aquella voz en el desierto busca el cambio y la penitencia, como único modo de salir airosos ante el juicio de Dios. Pide que preparemos el camino para que nos llegue la salvación. Luego vendrá Jesús que será bautizado por aquél en el Jordán, trayendo consigo la salvación. Y, al mismo tiempo, nos enseñará otro mensaje, otro modo, el más auténtico, de conocer y entender al Señor.

A su vez, traigo en esta reflexión a Eduardo Galeano con su breve narración del descubrimiento, y lo hago porque creo que refleja un modo, no el único ni el mejor, de poder presentar a Dios y anunciar la salvación que viene de Jesús. Pareciera que lo único que refleja es un método impositivo, de culpa y castigo, el cual se corresponde con muchas maneras, no tan antiguas, de transmitir la fe, enseñar la religión y hacer conocer a Dios. Y este relato está más cerca del modo de predicación de Juan, aunque no estoy afirmando que aquél profeta quisiera quemar a quien no aceptara la salvación, pero sí me atrevo a decir que se presentaba a un Dios que, antes que amor imponía mucho respeto con algunas pinceladas de temor.

Y este es el modo en el que todavía parece que seguimos experimentando y presentando al Señor. Recordemos si alguna vez hemos hecho alguna de las siguientes afirmaciones, especialmente dirigida a los niños: “Pórtate bien, si no Dios te va a castigar”, “mira lo que estás haciendo, te vas a ir al infierno”, o, “no tienes perdón de Dios”. Y podemos decir que éstas formas van más en la línea del modo de entender a Dios del Antiguo Testamento y no de la manera en que Jesús nos ha presentado al padre.

Jesús, cuando ve a aquella mujer, después de que casi la matan a pedradas por adúltera, le dice: Mujer, dónde están los que te condenaban. Se han ido, Señor —responde ella. Yo tampoco te condeno, vete y no peques más —concluye Jesús.

Y este es el contraste que hay entre aquellas formas y esta de Jesús, para comprender y conocer a Dios. Y es en Jesucristo donde únicamente podemos afirmar que vemos  revelado el rostro de Dios. Y con esto no digo que lo de Juan no vale para nada, pero sí creo que deberíamos revisar y, tal vez, actualizar nuestra forma de comprender al Señor y su amor y misericordia.

Y esta es la novedad que trae, otra vez, el Niño Dios en Navidad. Este camino de adviento que estamos haciendo es el que podríamos intentar hacer de la mano del asombro y el descubrimiento del rostro de Dios. Hacia ahí vamos, hacia este encuentro de Dios con la humanidad.

Preparemos el camino, el corazón, la vida entera, para poder descubrir esto nuevo que nos trae Jesús, para que queden, las formas antiguas de entender a Dios, en el pasado y renazcamos al amor, la misericordia y el perdón del Señor, que son nuestra salvación.