Tu reflejo

Ciclo A – Domingo II de Cuaresma

Mateo 17, 1-9  
Jesús tomó a Pedro, a Santiago y a su hermano Juan, y los llevó aparte a un monte elevado. Allí se transfiguró en presencia de ellos: su rostro resplandecía como el sol y sus vestiduras se volvieron blancas como la luz. De pronto se les aparecieron Moisés y Elías, hablando con Jesús. Pedro dijo a Jesús: «Señor, ¡qué bien estamos aquí! Si quieres, levantaré aquí mismo tres carpas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías». Todavía estaba hablando, cuando una nube luminosa los cubrió con su sombra y se oyó una voz que decía desde la nube: «Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo». Al oír esto, los discípulos cayeron con el rostro en tierra, llenos de temor. Jesús se acercó a ellos y, tocándolos, les dijo: «Levántense, no tengan miedo». Cuando alzaron los ojos, no vieron a nadie más que a Jesús solo. Mientras bajaban del monte, Jesús les ordenó: «No hablen a nadie de esta visión, hasta que el Hijo del hombre resucite de entre los muertos».
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“La tarde y la mañana. Dios en cada criatura
En ese laberinto puro está tu reflejo”

Estos son unos versos de Jorge Luis Borges, de su poesía “La moneda de hierro”. Y claro que no están pensadas para este evangelio, pero las tomo como punto de apoyo para poder mirar más allá de lo deslumbrante que parece ser el evangelio y esta manifestación de la Gloria de Dios.

En el evangelio de hoy, tenemos la transfiguración de Jesús frente a Pedro, Santiago y Juan. Es un hecho único que a los apóstoles no les pasa desapercibido. Cristo, viste de un blanco excepcional, junto a Moisés y Elías que representan la ley y los profetas, respectivamente. Una nube que los envuelve y la voz de Dios que deja claro qué es lo que hay que hacer: Escuchar al Hijo de Dios. Y si tuviéramos una experiencia parecida, seguramente sentiríamos miedo y gozo, al mismo tiempo, como lo vivenciaron aquellos tres que querían quedarse allí mismo.

Y es probable que, al igual que los apóstoles, añoremos poder tener una vivencia tan profunda de Dios. Eso —pensamos— afianzaría nuestra fe. Pero a decir verdad, creo que esa experiencia no está tan lejos como nos puede parecer. Es cierto que no vemos blancas vestimentas que deslumbran, pero hay más transfiguraciones de las que imaginamos, delante de nuestros ojos. Hay transfiguración cuando nace un bebé, cuando alguien deja de pasar hambre, cuando un indigente puede vestirse con ropa limpia, cuando un drogadicto o un alcohólico se recupera, cuando se cura una persona. También hay transfiguración cuando el amor de los esposos verdadero, cuando los hermanos viven realmente unidos, o simplemente cuando alguien no muere solo. Más tantísimas formas de transfiguración, tan o más válidas que éstas, y me parece oportuno citarlas para no acotar esta experiencia a un estado místico y fervoroso que, con suerte, tal vez tengamos en algún momento de nuestra vida.

Jesús se presenta delante de sus apóstoles y les hace ver la Gloria de Dios. Así es como será al final, una vez que estemos delante de Dios. Eso es lo que hemos aprendido. Y la felicidad es tan grande que hace que Pedro quiera perpetuar ese momento, acampando allí. Pero el caso es que el Señor sigue transfigurándose, aunque no nos demos cuenta y no haya una teofanía como la descrita en el evangelio. Aquellos ejemplos pueden ser significativos, sobre todo para resaltar que a Jesús glorioso y transfigurado lo podemos encontrar más cerca de lo que creemos. Y si acaso todavía nos cuesta asimilar estas formas de entender cómo Dios se transfigura delante de nosotros, tal vez nos ayude el verlo en sentido inverso. Y es que no vamos a tener verdadera felicidad, cielo, gozo, ni gloria, cuando no dejemos que la vida nazca, o cuando no compartamos nuestro pan, o no vistamos al desnudo. Si se mueren los que no recibieron asistencia y compañía, entonces no hay felicidad, entonces no hay Dios, entonces no hay transfiguración blanca y diáfana ni hay resurrección.

Será entonces que traigo, caprichosamente, los versos de Borges, porque me parece que pueden resumir lo que también es transfiguración para nosotros. Y es que en el laberinto que es la vida y el mundo y nosotros mismos, sigue Dios reflejando su presencia. Porque en todo momento, en cada persona, Jesús sigue manifestando su Gloria y su amor. Y lo puede hacer a través de nosotros, donde también puede haber una verdadera Teofanía. Y así sucede cada vez que hacemos realidad el Amor de Dios, con mayúsculas, porque nuestros actos sólo buscan el bien común y el bien del prójimo, como lo hizo el mismo Hijo de Dios hecho hombre.

Habrá que empezar entonces por pone atención y escuchar la voz que, desde la nube, nos dice: «Éste es mi Hijo muy querido, en quien tengo puesta mi predilección: escúchenlo».

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Estar o no estar contigo

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Ciclo A – Domingo VIII del Tiempo Ordinario

Mateo 6, 24-34
Dijo Jesús a sus discípulos: Nadie puede servir a dos señores, porque aborrecerá a uno y amará al otro, o bien, se interesará por el primero y menospreciará al segundo. No se puede servir a Dios y al Dinero. Por eso les digo: No se inquieten por su vida, pensando qué van a comer o qué van a beber, ni por su cuerpo, pensando con qué se van a vestir. ¿No vale acaso más la vida que la comida y el cuerpo más que el vestido? Miren los pájaros del cielo: ellos no siembran ni cosechan, ni acumulan en graneros y, sin embargo, el Padre que está en el cielo los alimenta. ¿No valen ustedes acaso más que ellos? ¿Quién de ustedes, por mucho que se inquiete, puede añadir un solo instante al tiempo de su vida? ¿Y por qué se inquietan por el vestido? Miren los lirios del campo, cómo van creciendo sin fatigarse ni tejer. Yo les aseguro que ni Salomón, en el esplendor de su gloria, se vistió como uno de ellos. Si Dios viste así la hierba de los campos, que hoy existe y mañana será echada al fuego, ¡cuánto más hará por ustedes, hombres de poca fe! No se inquieten entonces, diciendo: «¿Qué comeremos, qué beberemos, o con qué nos vestiremos? » Son los paganos los que van detrás de estas cosas. El Padre que está en el cielo sabe bien que ustedes las necesitan. Busquen primero el Reino de Dios y su justicia, y todo lo demás se les dará por añadidura. No se inquieten por el día de mañana; el mañana se inquietará por sí mismo. A cada día le basta su aflicción.
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“Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo”.

En esta ocasión creo que podemos partir de una pregunta que, al principio, creí que debía ir al final. Pero me parece mejor ir a ella directamente, porque creo que todo lo demás se explicará mejor una vez que hayamos respondido con total sinceridad.

¿El tiempo de mi vida se mide en función de estar o no estar con Dios?

Como impulso inicial, tal vez nos surge decir que, por supuesto que nuestra vida, vista desde la fe, está supeditada a la unión que tenemos con el Señor, y que procuramos crecer en esta unidad, aunque a veces nos cuesta un poco. Pero al mismo tiempo, me atrevo a decir que son otras urgencias las que más llenan nuestra vida, mente y corazón. Algunas muy importantes, como pueden ser el trabajo, la familia o los amigos. Y los problemas que vamos encontrando, en estos ámbitos y otros, son los que, en más de una ocasión, no nos dejan dormir. Pero no es Dios el que nos quita el sueño. Más bien él —decimos— lo envuelve todo, y ponemos en sus manos nuestras dificultades. Y no es que esto último esté mal hecho, todo lo contrario, pero sabemos que el Señor no puede quedar reducido a ser el depositario y solucionador de nuestros problemas.

Jesús, parece que nos pone en una dicotomía que sólo admite una elección. Y ciertamente es así, aunque no debemos confundirla con creer que se refiere a: O elegimos a Dios, o elegimos al dinero que tenemos en el bolsillo, el banco o bajo del colchón. Esta proposición está hecha en el plano de la divinidad. Sabemos que él se refiere, según el término que utiliza, al Dios del dinero (mammona). Luego es Dios contrapuesto a otro dios. Entonces cuando decimos Dios del dinero, o de la riqueza, también incluimos todo aquello que para nosotros tiene un gran valor.

Y lo que más desea Jesús, aunque nos deja libre elección, es que nos quedemos con Dios. Ya que es con él como podemos llegar a trascender y alcanzar la plenitud a la que estamos llamados. No podemos pretender poner en el mismo plano a Dios con el otro dios. Y mucho menos creer que con el dios de la riqueza o el dinero, vamos a llegar a aquello que sólo el Señor puede prometer. Nadie nunca se ha llevado una propiedad o una cuenta del banco, una vez que se ha muerto. Pero sí logramos permanecer con Dios, según nuestra fe, aun después que nos toca partir de este mundo.

Al mismo tiempo, debemos ser conscientes de que el dinero y todo lo que podemos pensar en relación a este, como es comprar comida o ropa, es absolutamente necesario. Nadie puede vivir (o vive muy malamente) sin estas necesidades básicas cubiertas. Luego, no se trata de demonizar todo lo que suene a monedas y billetes, o medir nuestro desprendimiento de las cosas materiales en función de poseer más, o menos, bienes. Alguien apegado y obsesionado con tres billetes, sean de la denominación que sean, seguramente está eligiendo más al dios con minúsculas, que aquél que con millones de billetes tiene, con sinceridad y desapego, su corazón puesto en el Señor.

Entonces recupero aquél verso de Jorge Luis Borges, de su poema llamado “El amenazado”, porque, aún sin haber sido pensado para esta disquisición bíblico-teológica, nos puede ayudar a conjugar nuestra elección. Nos vale para una o para otra. Le podemos decir al dios del dinero o a Nuestro Padre del cielo: «Estar contigo o no estar contigo es la medida de mi tiempo».

¿Ante cuál de los dos nos detendremos y le haremos tal declaración?

Bienaventurados los locos

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Ciclo A – Domingo IV del Tiempo Ordinario

Mateo 4, 25—5, 12
Seguían a Jesús grandes multitudes que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».
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Bienaventurados los locos, porque de ellos es el reino de los sueños. Y bienaventurado el que no cambia el sueño de su vida, por el pan de cada día. 

Estas ocurrentes bienaventuranzas, la última citada como una frase de Facundo Cabral, cantautor, poeta y escritor argentino, nos pueden evocar muchas ideas. Nos pueden gustar, o no. Lo cierto es que, con el permiso correspondiente, el de cada lector, me atrevería a ponerlas al final de las nueve que tenemos hoy en el evangelio de Mateo.

Y para hablar de la propuesta de Jesús, diría que además de ser una clara propuesta de vida que nos hace, es también una descripción de sí mismo. Siempre afirmamos que Jesús es pobre, justo, pacífico, sin tener donde recostar la cabeza, misericordioso, limpio de corazón, perseguido, paciente y preocupado por el bien del prójimo. Por tanto no podemos menos que pensar que él mismo, con su vida, nos está diciendo que es el modo de ser felices. Pero está claro que en el mundo en el que vivimos, y en aquél tiempo también, este mensaje cuesta entenderlo y mucho más encarnarlo. No es empresa fácil ser bienaventurados con lo que Cristo nos muestra con su vida.

Hoy se nos dice que debemos ser felices, o al menos aparentarlo. Pareciera que todo se reduce a una felicidad marcada, especialmente, por signos externos. No en vano en las redes sociales, tan en auge en nuestro siglo, más triunfa quién más se expone y enseña a los demás lo exitoso que se es. Siempre es mejor una imagen donde salgamos radiantes, que una donde aparezcamos llorando. Incluso podríamos añadir que ahora no es sólo un anhelo el ser dichosos, sino un deber, casi un trabajo. Porque nos han impuesto que hay que publicar, para corroborar que somos felices.

Sin embargo Jesús sigue con su mismo discurso y ejemplo. Y los que decimos que creemos en él así lo deseamos y admiramos, pero no sé si trabajamos por ello decidida y constantemente. Siempre habrá quiénes destacan en toda la propuesta de Cristo, pero los cristianos de a pie no lo tenemos fácil. Todos queremos la paz, ser misericordiosos y tener paciencia, por citar las que menos complicadas parecen. Pero cuando nos dicen que también la persecución es uno de los caminos a sufrir, ya la cosa cambia. Y ni qué hablar si nos referimos a tener alma de pobres, aguantar insultos y ser limpios de corazón. Entonces decimos: ¿Por qué Dios no nos ha revelado algo nuevo, para ayudarnos un poco? Ya tuvo tiempo de actualizar aquél discurso de Cristo. Y aquí es cuando empezamos a entender que, la única forma de poder llegar a comprender todo esto, es viviendo en sintonía profunda con el Espíritu. Otra característica de Jesús. Es que la felicidad, la de Dios, no se vende en internet.

Y esto de buscar una vida profunda en el Espíritu, no significa que nos volveremos “espiritualinos” (si es que existe esta palabra). Para nada pensar en que de ahora en más tendremos que poner vocecita suave y angelical, cayendo casi en el murmullo, o andar levitando sin pisar el suelo, poniendo un gesto en el rostro de santo de altar y hablando a todo el mundo de “hermano”. Esas son superficies, como las que pueden aparecer en cualquier red social, que pretenden argumentar piedad, pero que se quedan en una pose y nada más. Ser y vivir en el Espíritu es sintonizar con Dios y por consiguiente sintonizaremos, directa y profundamente con el ser humano. A veces pienso que no hay nadie más humano que el mismo Jesús, y así es como deberíamos volvernos nosotros: Más humanos.

Entonces podremos hablar de felices los pobres en el Espíritu, los misericordiosos, o los que luchan por la paz, porque sabremos sentir con el que tenemos a nuestro lado y por consiguiente entenderemos que es mejor perdonar, hacer las paces, o ser insultados y perseguidos, porque somos capaces de ponernos del lado de aquellos que lo sufren.

Y para esto he citado antes aquellas pseudo-bienaventuranzas. Porque hay que estar locos de Dios para no dejar de vivir en el reino de los sueños, o del sueño de Dios mismo, que nos quiere a todos en su amor; y que hace falta hacer locuras de amor al prójimo, para que todo se vuelva realidad. Siendo incluso capaces de no claudicar, aunque eso nos lleve a no tener el pan de cada día.

Cuando empezamos a experimentar, verdadera y profundamente, al menos una de las bienaventuranzas, empezaremos a entender la propuesta de Jesús. Podríamos intentar con, por ejemplo, ser misericordiosos…

Imbuidos del Espíritu

empapados

Ciclo A – Domingo III Tiempo Ordinario

Mateo 4, 12-23
Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafamaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz».
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente.
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poema de Emilio Prados

Este es un poema de Emilio Prados, poeta malagueño. Aquellos que están familiarizados con la liturgia de las horas, seguramente, lo habrán rezado como uno de los himnos. Y hoy lo podemos conjugar con el evangelio de Mateo. Es verdad que el evangelista no está haciendo una reflexión de los hechos, o al menos no parece ser su primera intención. Pero sí nos está relatando momentos concretos de la vida de Jesús, que nos dan pruebas claras de los inicios de un anuncio que todavía puede seguir transformando nuestro mundo y nuestra historia.

Vemos cómo Jesús va eligiendo a sus apóstoles y, eso parece, sumándolos a su misión de un modo inmediato. Aquellos no dan evidencia de duda alguna ya que dejan sus quehaceres y siguen sin más a al Maestro. Aquí, más allá de los argumentos e imaginaciones que podamos tener, siempre nos quedaremos cortos al referirnos a lo cautivadora, que debe haber sido, la mirada y la invitación de Jesús.

También vemos uno de los anuncios más importantes que se hacen: El Reino de Dios está cerca. Y se nos anima a convertirnos. Por tanto, es donde primero ponemos la atención. Porque incluso los buenos, los que decimos que no tienen pecado, también deben convertirse. Este cambio, esta metanoia, es un cambio de rumbo, pero no únicamente desde lo malo a lo bueno, desde el pecado a la Gracia de Dios. Es orientar nuestra vida que tal vez, aunque buena, no está hecha completamente para el Señor. Posiblemente haya que añadir que tampoco nos estamos refiriendo a que todos tenemos que volvernos curas o monjas. No. Es empezar a habitar en el Reino de Dios, donde todo está empapado de su Espíritu y esto mismo llevarlo a donde entendemos que no está Dios.

¿Acaso no decimos, por ejemplo, que al bautizarnos estamos en plena Gracia de Dios? Esto es estar completamente habitados por el Espíritu Santo, es decir, por el Señor. Y por lo tanto, hemos pasado de una realidad buena a una mejor. Y aquí es donde debemos procurar vivir, en esta realidad mejor que es estar imbuidos por el Espíritu. Porque es la única forma de ser capaces de hacer lo que Jesús y sus discípulos hicieron a continuación: Proclamar la Buena Noticia del Reino y sanar todas las enfermedades y dolencias de la gente. Sabiendo que no es en los milagros curativos donde encontramos el Reino de Dios. Estos prodigios serán una manifestación de la llegada del Reino, e incluso una invitación, pero no el Reino mismo. Porque el Reino, el Espíritu de Dios, está en aquellos que anuncian y curan. Son ellos los que habiéndose hecho parte del Reino, son capaces de llevarlo a los demás y sanar. Y nosotros estamos invitados a ser parte de ese Reino. ¿Cuándo? Ahora. Para luego poder curar a aquellos que necesitan ser curados. Recordemos que el mismo Jesús primero fue bautizado y el Espíritu descendió sobre él, y luego comenzó su camino.

Así es que, volviendo a aquél poema, creo que está en nuestras manos el recomponer al hombre, para que vea a Dios en su campo, en arreglar la idea para que no caiga en lo soberbio y en remendar el vaso, para que el agua no se pierda. Es que somos nosotros los que, con Jesús, debemos curar la dolencia de la gente, para que encuentren a Dios. Sabiendo que antes hay que hacer el cambio, la metanoia, y decidirnos a vivir en el Espíritu del Señor, porque le hemos dicho sí a la propuesta de Jesús.