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Ciclo A – Domingo V del Tiempo Ordinario

Mateo 5, 13-16
Jesús dijo a sus discípulos: Ustedes son la sal de la tierra. Pero si la sal pierde su sabor, ¿con qué se la volverá a salar? Ya no sirve para nada, sino para ser tirada y pisada por los hombres. Ustedes son la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad situada en la cima de una montaña. Y no se enciende una lámpara para meterla debajo de un cajón, sino que se la pone sobre el candelero para que ilumine a todos los que están en la casa. Así debe brillar ante los ojos de los hombres la luz que hay en ustedes, a fin de que ellos vean sus buenas obras y glorifiquen a su Padre que está en el cielo.
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De vacaciones en Yorkshire, los Chesterton (Frances Blogg y Gilbert Chesterton) conocen al padre O’Connor, un sacerdote que les sorprende con su inteligencia y simpatía. Pero Chesterton reconoce que: «Si me hubieran dicho que diez años más tarde sería yo un misionero mormón en alguna isla de caníbales, no me hubiera sorprendido tanto como la idea de que quince años después yo haría con él mi confesión general y sería recibido en la Iglesia que él servía». En el padre O’Connor, Chesterton nos dice que encontró a un sacerdote, a un hombre de mundo, aún hombre del otro mundo, a un hombre de ciencia y a un viejo amigo.

Este texto es un fragmento del libro “Dios y lo náufragos”, de José Ramón Ayllón. Tenemos apenas una reseña de la vida de Gilbert Chesterton, aquél que tan vivamente habló y escribió acerca de uno de sus personajes de ficción más conocido, el Padre Brown. Inspirado en el antes mencionado padre John O’Connor, quien influyó decisivamente en la conversión de Chesterton. Y al mismo tiempo nos encontramos con la sencillez del mensaje de Jesús. Sal y luz son los elementos que se nos presentan como decisivos a la hora de cambiar el mundo.

Sabemos que la sal sirve para salar y, sin pensarlo, lo asociamos a la comida. Y cuando hablamos de alimentos preparados, de la sal no nos acordamos hasta que esta falta o sobra. A todos nos gusta comer los alimentos bien sazonados, donde la sal sea la justa, ni más, ni menos. Y así podríamos entender nuestra forma de ser sal en el mundo.

Cuando en los ambientes en los que nos movemos se habla mal, o en contra, de los valores en los que creemos, por ejemplo, siempre está la posibilidad de callarnos y no dar nuestro parecer. Las razones de esta actitud pueden ser múltiples, pero sin duda estamos ante una situación en la que nos quedamos cortos de sal. Pero también puede suceder que nos vayamos al otro extremo, como cuando comenzamos a demonizar todo, a poner leyes y prohibiciones divinas que, según entendemos, es lo que todo el mundo tiene que acatar. Entonces, confundimos transmitir la fe con dar un discurso moralizante, y por lo tanto, echamos demasiada sal a la comida.

Aquí es donde debemos poner mucha atención, porque está en nuestras manos el ser la sal adecuada, para que otros encuentren vida en Dios, como aseguramos que hemos encontrado nosotros. Aunque puede suceder que esto no nos importe demasiado, porque bastante ya tenemos con cumplir con las obligaciones religiosas que tenemos. Y esta postura es muy respetable, aunque casi seguro esto es sinónimo de habernos convertido en la sal que no sirve más que para ser pisada, dicho con palabras del evangelio.

Y luego tenemos al luz. Aquí tal vez nos vale pensar en una bombilla, en un foco de luz iluminado, impreso en un hoja de papel. Y claro que evoca lo que conocemos como un artefacto que es capaz de iluminar la oscuridad, aunque por sí mismo no sirve para alumbrar. Si lo sacamos del bolsillo en un lugar donde apenas vemos, no nos va a ayudar, por muy buena que pueda ser la impresión de la imagen. Lo mismo sucede cuando nos sabemos bien la teoría de cómo ser buenos cristianos, pero no ponemos en práctica nada de lo que sabemos. Nos quedamos con tener una cabeza bien ilustrada y poco más.

Pero si nos situamos en la idea de que somos como una lámpara, bien sabemos que esta no funcionará hasta que esté enchufada a la corriente eléctrica. Así nosotros, debemos saber que para ser luz del mundo, hace falta estar conectados con Dios. No hay forma de iluminar si no hay conexión, y ni siquiera nuestras vidas de hijos de Dios tiene sentido. Como no tiene utilidad alguna cualquier reflector que, sin corriente, vemos colgando de una pared.

Pensar entonces en aquél pasaje de la vida de Chesterton que, aun si ser el único caso de conversión que conocemos, nos refleja cómo recibió luz y sal, en la medida óptima. Para terminar entonces abrazando la fe y siendo uno de los cristianos que también, a través de sus textos, supo transmitir lo que recibió. Aquí, seguramente cabe entonces subrayar que aquél padre O’Connor sí que supo entender lo que Jesús nos propone en el evangelio.

¿Y nosotros? ¿Estamos siendo sal y luz? ¿Iluminamos a los demás con la luz divina que llevamos dentro o es que se nos ha roto un filamento y no somos capaces de brillar, aunque decimos estar conectados con Dios? En esto último no hay de qué preocuparse, ya que Dios mismo es el mejor electricista que podrá repararnos, para que sigamos dando Su luz.

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Imbuidos del Espíritu

empapados

Ciclo A – Domingo III Tiempo Ordinario

Mateo 4, 12-23
Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafamaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz».
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente.
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poema de Emilio Prados

Este es un poema de Emilio Prados, poeta malagueño. Aquellos que están familiarizados con la liturgia de las horas, seguramente, lo habrán rezado como uno de los himnos. Y hoy lo podemos conjugar con el evangelio de Mateo. Es verdad que el evangelista no está haciendo una reflexión de los hechos, o al menos no parece ser su primera intención. Pero sí nos está relatando momentos concretos de la vida de Jesús, que nos dan pruebas claras de los inicios de un anuncio que todavía puede seguir transformando nuestro mundo y nuestra historia.

Vemos cómo Jesús va eligiendo a sus apóstoles y, eso parece, sumándolos a su misión de un modo inmediato. Aquellos no dan evidencia de duda alguna ya que dejan sus quehaceres y siguen sin más a al Maestro. Aquí, más allá de los argumentos e imaginaciones que podamos tener, siempre nos quedaremos cortos al referirnos a lo cautivadora, que debe haber sido, la mirada y la invitación de Jesús.

También vemos uno de los anuncios más importantes que se hacen: El Reino de Dios está cerca. Y se nos anima a convertirnos. Por tanto, es donde primero ponemos la atención. Porque incluso los buenos, los que decimos que no tienen pecado, también deben convertirse. Este cambio, esta metanoia, es un cambio de rumbo, pero no únicamente desde lo malo a lo bueno, desde el pecado a la Gracia de Dios. Es orientar nuestra vida que tal vez, aunque buena, no está hecha completamente para el Señor. Posiblemente haya que añadir que tampoco nos estamos refiriendo a que todos tenemos que volvernos curas o monjas. No. Es empezar a habitar en el Reino de Dios, donde todo está empapado de su Espíritu y esto mismo llevarlo a donde entendemos que no está Dios.

¿Acaso no decimos, por ejemplo, que al bautizarnos estamos en plena Gracia de Dios? Esto es estar completamente habitados por el Espíritu Santo, es decir, por el Señor. Y por lo tanto, hemos pasado de una realidad buena a una mejor. Y aquí es donde debemos procurar vivir, en esta realidad mejor que es estar imbuidos por el Espíritu. Porque es la única forma de ser capaces de hacer lo que Jesús y sus discípulos hicieron a continuación: Proclamar la Buena Noticia del Reino y sanar todas las enfermedades y dolencias de la gente. Sabiendo que no es en los milagros curativos donde encontramos el Reino de Dios. Estos prodigios serán una manifestación de la llegada del Reino, e incluso una invitación, pero no el Reino mismo. Porque el Reino, el Espíritu de Dios, está en aquellos que anuncian y curan. Son ellos los que habiéndose hecho parte del Reino, son capaces de llevarlo a los demás y sanar. Y nosotros estamos invitados a ser parte de ese Reino. ¿Cuándo? Ahora. Para luego poder curar a aquellos que necesitan ser curados. Recordemos que el mismo Jesús primero fue bautizado y el Espíritu descendió sobre él, y luego comenzó su camino.

Así es que, volviendo a aquél poema, creo que está en nuestras manos el recomponer al hombre, para que vea a Dios en su campo, en arreglar la idea para que no caiga en lo soberbio y en remendar el vaso, para que el agua no se pierda. Es que somos nosotros los que, con Jesús, debemos curar la dolencia de la gente, para que encuentren a Dios. Sabiendo que antes hay que hacer el cambio, la metanoia, y decidirnos a vivir en el Espíritu del Señor, porque le hemos dicho sí a la propuesta de Jesús.

Doy fe

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Ciclo A – Domingo II Tiempo Ordinario

Juan 1, 29-34
Juan Bautista vio acercarse a Jesús y dijo: «Este es el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo. A El me refería, cuando dije: Después de mí viene un hombre que me precede, porque existía antes que yo. Yo no lo conocía, pero he venido a bautizar con agua para que Él fuera manifestado a Israel». Y Juan dio este testimonio: «He visto al Espíritu descender del cielo en forma de paloma y permanecer sobre Él. Yo no lo conocía, pero el que me envió a bautizar con agua me dijo: “Aquél sobre el que veas descender el Espíritu y permanecer sobre Él, ése es el que bautiza en el Espíritu Santo”. Yo lo he visto y doy testimonio de que Él es el Hijo de Dios».
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“[…] me dispongo a dejar constancia sobre este pergamino de los hechos asombrosos y terribles que me fue dado presenciar en mi juventud, repitiendo verbatim cuanto vi y oí, y sin aventurar interpretación alguna, para dejar, en cierto modo, a los que vengan después (si es que antes no llega el Anticristo) signos de signos, sobre los que pueda ejercerse la plegaria del desciframiento”.

Es un fragmento del prólogo de “El nombre de la rosa”, de Umberto Eco. Es lo que me vino a la memoria por lo que nos cuenta el evangelio de Juan. Este, tal vez, no hace una declaración de intenciones tan explícita como la que leemos en el texto citado, pero sí creo que comparten un mismo espíritu en su propósito.

Hoy nos encontramos con un gran anuncio por parte de Juan el Bautista. Nos dice claramente que Jesús es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y hace referencia a lo que él mismo había anunciado con anterioridad. Es decir, da testimonio de lo que vio y de quién es el nazareno. Nosotros, por supuesto, hemos aceptado, de un modo muy natural, toda esta afirmación, aunque pudiéramos no haber entendido el significado profundo de lo que dijo Juan. Esto lo sabemos, así nos lo han enseñado, pero no sé si lo hemos aprehendido por completo.

En la actualidad estamos inundados de información. Hay muchísimos medios por los que recibimos noticias y novedades. Por decir algunos de mayor influencia, tenemos la radio, la televisión e internet. En este último incluimos las siempre-presente redes sociales. Y en más de una ocasión damos total credibilidad a lo que nos cuentan por el simple hecho de que “está en internet”. Es que si está ahí ya casi no cabe duda de la veracidad de lo afirmado. Si nos cuentan que algo sucedió y hay testigos, pues entonces ya no cabe duda alguna. Y lo mismo, salvando las distancias, pasó en el tiempo de Jesús. No existían todos estos medios, pero la palabra de algunos, especialmente los profetas, era tenida como fuente de verdad. Y en este caso Juan hizo lo propio, anunciando y dando testimonio de quién venía para darnos una vida nueva, en el Espíritu.

Así lo creyeron quienes después confirmaron, en persona, que verdaderamente Jesús era el Hijo de Dios y que venía para salvarnos. Lo siguiente, entonces, es preguntarnos: En nuestra época, ¿quién es el Bautista de turno? ¿A quién le toca seguir anunciando y dando testimonio de que Cristo es el Mesías?

Algunos podrán decir que son los curas y las monjas los que tienen el deber de anunciar y dar testimonio. Otros, con mentalidad más amplia y más verdad, afirmarán que somos todos los bautizados quienes debemos seguir dando testimonio y diciendo que verdaderamente aquél hombre es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Y claro que este anuncio se hace, aunque no sé si todos los cristianos de a pie nos lo tomamos en serio.

Antes les contaba lo del libro de Umberto Eco, porque quien narra lo escrito no dice algo que le contaron, sino algo que le tocó vivir y eso le da credibilidad. Lo mismo pasa con Juan el Bautista, que cuenta y afirma aquello que vio y oyó. Y nosotros deberíamos correr con la misma suerte. Tendríamos que poder hablar como narrador presencial, o narrador testigo, de aquello que sucedió, para que otros también crean. Y claro que en buena lógica podemos pensar que no tuvimos la suerte de Juan, ni la de los apóstoles, de haber convivido con Jesús, pero es nuestra comunión con el Espíritu de Dios en nosotros y nuestra fe, los que deberían dar razón de nuestro testimonio.

En definitiva, tenemos que ser testigos de quién es Dios y qué hace en nuestras vidas, porque hemos experimentado, en carne propia, su amor. No podemos decir y afirmar lo que otros dicen y cuentan. En cuestiones de fe y de divinidad no vale hablar por boca de otro. Sólo convence aquello que se cuenta como experiencia de vida. Será entonces la falta de vivencia de Dios, en nuestros días, la razón por la cual, cada vez más, son los que no encuentran en él la felicidad.

¿Qué testimoniamos? ¿De qué habla nuestra boca de cristianos? ¿Cuál es la razón más profunda que tenemos para creer en Dios? Y todo esto, ¿se lo contamos a los demás?

Juan el Bautista, somos todos.

Ser testimonio

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Ciclo C – Domingo XXXIII Tiempo Ordinario

Lucas 21, 5-19
Como algunos, hablando del Templo, decían que estaba adornado con hermosas piedras y ofrendas votivas, Jesús dijo: «De todo lo que ustedes contemplan, un día no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido». Ellos le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo tendrá lugar esto, y cuál será la señal de que va a suceder? » Jesús respondió: «Tengan cuidado, no se dejen engañar, porque muchos se presentarán en mi Nombre, diciendo: “Soy yo”, y también: “El tiempo está cerca”. No los sigan. Cuando oigan hablar de guerras y revoluciones no se alarmen; es necesario que esto ocurra antes, pero no llegará tan pronto el fin». Después les dijo: «Se levantará nación contra nación y reino contra reino. Habrá grandes terremotos; peste y hambre en muchas partes; se verán también fenómenos aterradores y grandes señales en el cielo. Pero antes de todo eso, los detendrán, los perseguirán, los entregarán a las sinagogas y serán encarcelados; los llevarán ante reyes y gobernadores a causa de mi Nombre, y esto les sucederá para que puedan dar testimonio de mí. Tengan bien presente que no deberán preparar su defensa, porque Yo mismo les daré una elocuencia y una sabiduría que ninguno de sus adversarios podrá resistir ni contradecir. Serán entregados hasta por sus propios padres y hermanos, por sus parientes y amigos; y a muchos de ustedes los matarán. Serán odiados por todos a causa de mi Nombre. Pero ni siquiera un cabello se les caerá de la cabeza. Gracias a la constancia salvarán sus vidas»
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Qué bien nos vendría
un abrazo que nos acomode
un poco. Que nos haga ver
que no estamos tan solos.
Ni tan locos.
Ni tan rotos.

Estos versos tan simples y, tal vez, muy ciertos, creo que pueden ayudarnos a pensar en el evangelio de este domingo. Desconozco el autor de los mismos, pero no creo que hayan sido escritos para explicarnos los presagios catastróficos antes del fin, que leemos hoy en la Palabra de Dios, ni tampoco para reconfortarnos ante los augurios de persecución, a causa del nombre de Jesús.

Hoy, me parece que seguimos con una expectativa similar a la que se plantea en el evangelio. Nos gustaría saber cómo, dónde y cuándo ocurrirá todo aquello, para enterarnos de que el final está llegando. Aunque al mismo tiempo, en más de una ocasión, vivimos como si nada iría a terminar. Pero aquí lo que interesa no es saber cómo será el fin, sino cómo vivimos mientras vamos de camino al encuentro definitivo con Dios Padre.

Sin lugar a dudas, Jesús nos está proponiendo renovar nuestras expectativas y la valoración y concepción que tenemos de nuestra fe. Si antes se refirió al Templo de Jerusalén que, por bonito que era, terminaría destruyéndose, era porque aquellas personas estaban confundiendo lo accesorio con lo principal, ya que el templo no era Dios. Y ahora nos dice algo parecido. No podemos quedarnos en la superficie, o en la apariencia de nuestra fe y religión y pensar que ya tenemos al Señor.

Creer que, por cumplir con los preceptos de la Iglesia, como ir a misa todos los domingos y fiestas de guardar, eso ya nos da a Dios y el cielo, estamos equivocados. Aunque debería decir que no es suficiente. Por supuesto que atender a los preceptos de la Iglesia está muy bien y no debemos olvidarlos ni dejarlos de lado, pero eso no abarca lo que significa ser cristianos e hijos de Dios. Es que, por ejemplo, en mi caso siendo sacerdote, si pienso que por usar perfectamente los colores litúrgicos, o por hacer bien la genuflexión, o hacer una cruz perfecta en el aire, al dar una bendición, sólo por eso ya soy un buen sacerdote, y por lo tanto un perfecto hijo de Dios, mejor que me olvide y me vaya a mi casa.

Hoy Cristo nos llama a ir más allá de la superficie. No es la hermosura del templo la que nos da a Dios, como no son los cumplimientos externos los que nos dan el cielo, sino la experiencia interior y el amor profundo a Dios lo que nos dará la vida eterna. Entonces seremos capaces de aguantar lo que sea con tal de no perder al Señor. Y así podremos decir que somos perseverantes y que damos testimonio de nuestro ser hijos de Dios, porque aunque no tengamos templo, ni normas ni preceptos, seremos capaces de seguir eligiendo al Señor.

A veces me pregunto: ¿Si no fuera obligatorio ir a misa, y mucho menos pecado, cuántos católicos asistirían el domingo a la Celebración Eucarística? ¿Por qué muchos jóvenes ni se plantean acerase a la Eucaristía como un lugar de encuentro personal con Jesús, aunque se dicen católicos? Tal vez porque únicamente se aprende que la religión y la fe son sinónimos de obligaciones y no de vida de Dios encarnada y compartida. Y se llega a la conclusión de que las cosas del Señor son una cuestión íntima (yo y Dios) y no una cuestión de unidad entre todos los creyentes.

Así es como retomo aquellos versos del inicio, porque a pesar del panorama que parece presentarse en la realidad actual, con respecto a nuestra fe, aún en estos tiempos tenemos que saber que no estamos locos, ni tan rotos, y que es posible seguir haciendo patente el amor y el reino de Dios entre nosotros. Hoy más que nunca, tal vez debemos dejar de lado las amenazas del castigo por no cumplir con las normas, para profundizar en la opción de amor que supone elegir a Dios en nuestras vidas. Nos hace falta un abrazo que nos reconforte para seguir adelante, porque aún nos toca seguir mantenido firme y en alto los valores predicados por Jesús y nuestra fe, a pesar de los golpes del mundo que nos quiere convencer de que Dios se ha pasado de moda.