Lo que de verdad importa

Ciclo A – Domingo V de Cuaresma

Juan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá? » Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se sanará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? » Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron? » Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? » Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tu me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera! ». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
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Ante un hecho tan humano, como lo es la muerte misma, no son sólo los humanos los que sufren la pérdida, también Dios, Jesús, que es humano al mismo tiempo, llora la pérdida de su amigo. Se conmueve.

En la época en la que vivimos nos falta todavía lograr ser humanos en serio. Bueno, no todo es así y menos mal que hay quienes viven su “ser humanos” con profundidad, si no, esto no habría quién pudiera aguantarlo.

Recuerdo una película que vi hace poco tiempo. Se titula “Lo que de verdad importa”. Desde el inicio este film tiene algo especial: Es completamente benéfico. La historia es simple y misteriosa al mismo tiempo. Aunque también deberíamos decir que es de una espiritualidad sin reflexión alguna. Más bien es “mágica”. Pero es cierto que apunta justo al centro de lo que una gran mayoría anhelamos, de uno u otro modo: Un milagro. O mejor, el señor de los milagros. A todos nos vendría bien que alguien nos curara mágicamente. Entonces, podríamos decir, seguimos en el mismo esquema de lo que esperaba la gente en el tiempo de Jesús.

Y es que parece que es lo que más recordamos y anhelamos de Jesús de Nazaret. Ojalá pudiéramos tocarlo, y todo quedaría solucionado —decimos con cierta nostalgia. Aún así, me cuesta creer que nuestra fe en Dios es más grande cuanto más grande es la evidencia de su milagrosa intercesión.

Si nos fijamos en las palabras de Marta y de María, ellas deseaban que Jesús hubiera llegado antes de que muriese Lázaro. Es que esperaban el milagro de la curación. Lo mismo nos pasaría a nosotros. Sin embargo vemos que Cristo no llega y luego llora por la pérdida de su amigo. ¿Cómo es que llora si, según nos relata el evangelio, sabía lo que iba a hacer?

Este es el punto que deseo subrayar del mismo Dios y de su humanidad: No deja de conmoverse con el que está sufriendo. Y así lo hace (eso me gusta pensar y creer) con nosotros cada vez que pasamos por algún dolor. Él no se ausenta, sino que llora a nuestro lado y nos vuelve a dar esperanza. Y de esto, probablemente, somos conscientes, aunque me parece que en ocasiones no nos satisface del todo. Tal vez porque seguimos deseando (y rabiando porque no sucedió como queríamos) que Cristo se hubiera adelantado y evitado nuestro sufrimiento.

Y esto es lo que aprendemos de este evangelio: Que Dios no puede ser aquél que sólo viene a evitarnos los golpes y dolores, aquél que sólo está para remediar nuestros males y evitar los desgarros y las pérdidas. Porque si esa es nuestra concepción de él, entonces pueden surgir preguntas como: ¿Por qué Dios permite esto?

La vida transcurre, con sus alegrías y sus penas, incluida la muerte, episodio tan indeseado como cierto de suceder. Entonces nos aferramos a la promesa de Jesús, de vivir eternamente con él. Y todo lo percibimos como una suerte de premio que consuela nuestra incertidumbre de no saber qué va a suceder, una vez que muramos. Pero no creo que sea exactamente esa la propuesta de Cristo.

Para hacerlo fácil y corto: Él nos promete una vida nueva desde el momento en que lo aceptamos en nuestro corazón. Bien podríamos decir que él se hace nuestra Resurrección, de modo inmediato, porque hemos sido capaces de dejar todo aquello que nos ata y no nos deja ser de Dios. Luego, viviendo esta nueva vida en Él, no hay muerte que valga, porque no dejará de ser una anécdota en este vivir continuo con el Señor.

Creo que a esta conclusión y experiencia personal llegaron aquellos que pudieron decir, como Santa Teresa:

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

¿Qué es entonces lo que de verdad importa?

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Ciegos

Ciclo A – Domingo IV de Cuaresma

Juan 9, 1-41
Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús- nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». 

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?» Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo». Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos? » Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está? » Él respondió: «No lo sé». 

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? » Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? » El hombre respondió: «Es un profeta». Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? » Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta».

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él». 

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?» Él les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? » Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones? » Y lo echaron. 

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre? » El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en El? » Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante Él. 

Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos? » Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece».
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Con el evangelio de Juan no podemos menos que pensar en algunas de las imágenes y signos que encontramos. Primero tenemos el barro, que nos evoca el relato de la creación del Génesis. Y en este caso tenemos a Jesús que, con barro, da una nueva vida al ciego de nacimiento Porque no sólo es la vista la que obtiene aquél hombre, sino toda una forma de estar en el mundo. A partir de aquél momento, podríamos decir, ya no depende de nadie. Incluso puede dejar de ser un mendigo a la puerta del templo, porque se puede valer por sí mismo.

También vemos que aquél hombre dejaría de estar etiquetado y nadie pensaría que es a causa del pecado, el suyo o el de sus antepasados, por lo cual no puede ver. Recobra una dignidad que no sólo le da un nuevo lugar en la sociedad en la que vive, sino también en su vida en el ámbito religioso.

Al mismo tiempo, y tal vez sea el punto a destacar con mayor vehemencia, encuentra a Dios en su vida. Reconoce, por vista propia, al mismo Jesús, Hijo de Dios, y lo acepta en su vida. Deja de estar en la oscuridad para pasar a vivir en luz de Dios.

Y así podríamos enumerar muchos beneficios que se desprenden de este milagro. Sin embargo, aquellos que lo rodean, no hacen más que resaltar la prohibición a la que se tendría que haber sometido, no sólo él, sino Jesús también. No hay rastros, en todo el relato, de que se alegren de que el ciego por fin pueda ver. No hay ánimos de querer celebrar el gran milagro del que son testigos. Sólo ven error y pecado, por haber desobedecido la ley de Moisés, por haber sido curado en sábado y por dejar de manifiesto que Jesús era el Mesías.

Entonces surge al menos una pregunta: ¿Qué tenemos de ciego y qué tenemos de fariseos y publicanos?

Para ayudarnos a reflexionar, podemos ver y escuchar lo que nos cuenta Pilar Sordo, en el siguiente video:

Me parece oportuno este video porque, si respondemos a aquella pregunta, tengo la impresión de que al final tenemos que aceptar que a veces somos el ciego y otras somos fariseos y publicanos.

Fariseos y publicanos porque nos puede pasar que no reconocemos lo bueno que está pasando delante de nuestro ojos y sólo vemos problemas, dificultades, errores o pecado en los demás. Reclamamos, tal vez, que los otros hacen lo que no deben, o dejan de hacer lo que, a nuestro criterio, deberían hacer. Nos molesta que otros no se ajusten a los tiempos y normas que nosotros mismos preferimos imponer, porque así nos viene bien, porque así lo hemos decidido. Y nos perdemos de ver que, en tantas ocasiones, Dios sigue haciendo milagros delante de nosotros.

Y somos ciegos porque no vemos la infinidad de cosas buenas que están en nuestras vidas, como las supo reconocer aquél ciego que se acercó a la consulta de aquella psicóloga, Pilar Sordo. Porque nos parece normal que podamos caminar, ver, escuchar, compartir, tener un lugar donde vivir, una persona a nuestro lado a quien abrazar, pan en nuestra mesa y la libertad de poder elegir, reconocer y amar a Dios.

¿Dónde estás, Jesús, con tu barro?
Úntame los ojos,
que quiero volver a ver.
Así diré, sin duda:
Creo,
porque al fin te pude ver.

Imbuidos del Espíritu

empapados

Ciclo A – Domingo III Tiempo Ordinario

Mateo 4, 12-23
Cuando Jesús se enteró de que Juan Bautista había sido arrestado, se retiró a Galilea. Y, dejando Nazaret, se estableció en Cafamaún, a orillas del lago, en los confines de Zabulón y Neftalí, para que se cumpliera lo que había sido anunciado por el profeta Isaías: «¡Tierra de Zabulón, tierra de Neftalí, camino del mar, país de la Transjordania, Galilea de las naciones! El pueblo que se hallaba en tinieblas vio una gran luz; sobre los que vivían en las oscuras regiones de la muerte, se levantó una luz».
A partir de ese momento, Jesús comenzó a proclamar: «Conviértanse, porque el Reino de los Cielos está cerca». Mientras caminaba a orillas del mar de Galilea, Jesús vio a dos hermanos: a Simón, llamado Pedro, y a su hermano Andrés, que echaban las redes al mar porque eran pescadores. Entonces les dijo: «Síganme, y Yo los haré pescadores de hombres». Inmediatamente, ellos dejaron las redes y lo siguieron. Continuando su camino, vio a otros dos hermanos: a Santiago, hijo de Zebedeo, y a su hermano Juan, que estaban en la barca con Zebedeo, su padre, arreglando las redes; y Jesús los llamó. Inmediatamente, ellos dejaron la barca y a su padre, y lo siguieron. Jesús recorría toda la Galilea, enseñando en las sinagogas de ellos, proclamando la Buena Noticia del Reino y sanando todas las enfermedades y dolencias de la gente.
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poema de Emilio Prados

Este es un poema de Emilio Prados, poeta malagueño. Aquellos que están familiarizados con la liturgia de las horas, seguramente, lo habrán rezado como uno de los himnos. Y hoy lo podemos conjugar con el evangelio de Mateo. Es verdad que el evangelista no está haciendo una reflexión de los hechos, o al menos no parece ser su primera intención. Pero sí nos está relatando momentos concretos de la vida de Jesús, que nos dan pruebas claras de los inicios de un anuncio que todavía puede seguir transformando nuestro mundo y nuestra historia.

Vemos cómo Jesús va eligiendo a sus apóstoles y, eso parece, sumándolos a su misión de un modo inmediato. Aquellos no dan evidencia de duda alguna ya que dejan sus quehaceres y siguen sin más a al Maestro. Aquí, más allá de los argumentos e imaginaciones que podamos tener, siempre nos quedaremos cortos al referirnos a lo cautivadora, que debe haber sido, la mirada y la invitación de Jesús.

También vemos uno de los anuncios más importantes que se hacen: El Reino de Dios está cerca. Y se nos anima a convertirnos. Por tanto, es donde primero ponemos la atención. Porque incluso los buenos, los que decimos que no tienen pecado, también deben convertirse. Este cambio, esta metanoia, es un cambio de rumbo, pero no únicamente desde lo malo a lo bueno, desde el pecado a la Gracia de Dios. Es orientar nuestra vida que tal vez, aunque buena, no está hecha completamente para el Señor. Posiblemente haya que añadir que tampoco nos estamos refiriendo a que todos tenemos que volvernos curas o monjas. No. Es empezar a habitar en el Reino de Dios, donde todo está empapado de su Espíritu y esto mismo llevarlo a donde entendemos que no está Dios.

¿Acaso no decimos, por ejemplo, que al bautizarnos estamos en plena Gracia de Dios? Esto es estar completamente habitados por el Espíritu Santo, es decir, por el Señor. Y por lo tanto, hemos pasado de una realidad buena a una mejor. Y aquí es donde debemos procurar vivir, en esta realidad mejor que es estar imbuidos por el Espíritu. Porque es la única forma de ser capaces de hacer lo que Jesús y sus discípulos hicieron a continuación: Proclamar la Buena Noticia del Reino y sanar todas las enfermedades y dolencias de la gente. Sabiendo que no es en los milagros curativos donde encontramos el Reino de Dios. Estos prodigios serán una manifestación de la llegada del Reino, e incluso una invitación, pero no el Reino mismo. Porque el Reino, el Espíritu de Dios, está en aquellos que anuncian y curan. Son ellos los que habiéndose hecho parte del Reino, son capaces de llevarlo a los demás y sanar. Y nosotros estamos invitados a ser parte de ese Reino. ¿Cuándo? Ahora. Para luego poder curar a aquellos que necesitan ser curados. Recordemos que el mismo Jesús primero fue bautizado y el Espíritu descendió sobre él, y luego comenzó su camino.

Así es que, volviendo a aquél poema, creo que está en nuestras manos el recomponer al hombre, para que vea a Dios en su campo, en arreglar la idea para que no caiga en lo soberbio y en remendar el vaso, para que el agua no se pierda. Es que somos nosotros los que, con Jesús, debemos curar la dolencia de la gente, para que encuentren a Dios. Sabiendo que antes hay que hacer el cambio, la metanoia, y decidirnos a vivir en el Espíritu del Señor, porque le hemos dicho sí a la propuesta de Jesús.

Que sea justicia

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Ciclo C – Domingo XXIX Tiempo Ordinario

Lucas 18, 1-8
Jesús enseñó con una parábola que era necesario orar siempre sin desanimarse: «En una ciudad había un juez que no temía a Dios ni le importaban los hombres; y en la misma ciudad vivía una viuda que recurría a él, diciéndole: “Te ruego que me hagas justicia contra mi adversario”. Durante mucho tiempo el juez se negó, pero después dijo: “Yo no temo a Dios ni me importan los hombres, pero como esta viuda me molesta, le haré justicia para que no venga continuamente a fastidiarme”». Y el Señor dijo: «Oigan lo que dijo este juez injusto. Y Dios, ¿no hará justicia a sus elegidos, que claman a Él día y noche, aunque los haga esperar? Les aseguro que en un abrir y cerrar de ojos les hará justicia. Pero cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará fe sobre la tierra? »

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En este día, creo que simplemente me aboco a lo más esencial y directo del mensaje de Jesús: Justicia. Todos queremos justicia. Y cuando no la obtenemos para nosotros, entonces protestamos. Con muchas razón, seguramente, pero al mismo tiempo hay otros factores, otras realidades, que son las que suceden mientras padecemos la injusticia o la falta de lo que decimos que es justo.

Hoy tenemos a la viuda, como símbolo de lo más desamparado de la época de Jesús. Y aquél juez no se ocupaba de ella. Entonces la primera crítica puede ir en contra del letrado que no era capaz de actuar como debía. Y, casi sin quererlo, nos ponemos del lado de la viuda, o incluso llegamos a “encarnarnos” en ella, ya que también podemos ser víctimas de la no justicia. Entonces entra la figura de Dios. A quien tenemos que pedir con insistencia para que él sí nos haga justicia y atienda nuestras necesidades. Y de repente estamos pisando dos ámbitos, el humano y el divino

Y claro que el ejemplo que pone Jesús —decimos— es para hacernos entender cómo el Señor atiende nuestras súplicas, pero creo que final hemos confundido las dos cosas y terminamos afirmando que, cuando sufrimos una injusticia humana le tenemos que pedir a Dios que nos haga justicia y que intervenga y lo cambie todo, a favor de nosotros. Con las conclusiones posibles, como la de pensar que Dios no nos escucha, cuando los problemas no se resuelven.

Por supuesto que a nuestro Padre del cielo le podemos pedir lo que queramos, pero también debemos pensar que está en nuestras manos, en la de los que habitamos este planeta, el resolver y dar respuesta a las viudas que todavía siguen esperando que se les haga justicia.

El evangelio de este domingo, creo que nos invita, en primer lugar, a mirar y revisar nuestras vidas, especialmente desde la meditación y la oración, donde podamos descubrir y encontrar a Dios, donde encontremos las respuestas y las posibles soluciones a las dificultades que sufrimos en la vida. Y en esto debemos ser perseverantes. No siempre se resuelve todo a la primera de cambio.

Al mismo tiempo, tendremos que empezar a andar un camino donde debemos preguntarnos si somos justos con los demás. Y esto tal vez sea lo primero que habrá que pedirle a Dios. Dado que lo que pedimos para nosotros, también se lo debemos a los demás. Y creo que esta es la forma principal para hacer que Dios intervenga ante las injusticias que sufren las personas. No podemos quedarnos, simplemente, esperando la intervención superpoderosa de Dios que viene y aplasta, delante de nosotros, a los malos de la película.

También, el adentrarnos en la intimidad con el Señor del cielo hará que sepamos descubrir y hacer nuestra su fuerza, para saber llevar adelante las dificultades, cuando nos toca pasar por la incomprensión que sufre la viuda del evangelio. Con la esperanza cierta de saber que posiblemente conseguiremos aquello que deseamos obtener y que es de justicia.

En todo, no podemos caer en la mezcla simplista de lo humano y lo divino y pensar, tal vez de un modo infantil, que es Dios quien tiene que venir a resolver nuestros problemas. Y claro que los milagros pueden suceder, pero también debemos hacer lo que esté a nuestro alcance, para que la justicia, la equidad y el bienestar, sean una realidad y no sólo buenos deseos.

¡Que sea justicia!