Completa Existencia

Ciclo A – Vigilia Pascual

Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. ” Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de alegría y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
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“El Realismo nos avisa que el sufrimiento es una parte consustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos la existencia quedaría incompleta”.

Esta es una afirmación que hace Victor Frankl, en su obra “El hombre en búsqueda de sentido”. Claro que lo que escribe lo hace desde la experiencia de haber pasado, sufrido y sobrevivido a un campo de exterminio. Y no está pensada desde lo que celebramos esta noche, pero nos puede ayudar a cerrar el círculo de comprensión.

Mateo nos cuenta, con un estilo directo y simple, que Jesús ya no está entre los muertos, que no está en el sepulcro donde van a buscarlo las mujeres, sino que ha Resucitado. Y que ahora hay que volver a Gelilea para ver de nuevo al Maestro. Y nosotros imaginamos a aquellas dos yendo y dándose con la sorpresa de una gran piedra movida. Y afirmamos sin temor que Él ha resucitado y que creemos y aceptamos lo que pasó. Es una realidad de nuestra fe. Sin embargo, me pregunto: Una vez que hemos conocido y aceptado ¿por qué tenemos que volver a recordarlo y celebrarlo cada año? ¿Por qué parece que empezamos de cero y tenemos que volver a convertirnos (es lo que escuchamos desde el miércoles santo)? ¿Acaso el año pasado no lo habíamos entendido y celebrado también?

Es que tal vez hay una pregunta que no podemos dejar de responder: ¿En qué ha cambiado nuestra vida después de esta Semana Santa? Y aquí vale hacerlo en singular. Preguntarnos a nosotros mismos: ¿En qué ha cambiado mi vida?

Cada uno de nosotros va narrando una existencia, que seguimos escribiendo día a día. Pero siendo sinceros, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que esta historia, la nuestra, no sólo está hecha de episodios vivos, sino de capítulos oscuros. Los problemas, los sufrimientos, las penas, las tristezas, los desengaños, la mentira, la calumnia, al envidia, el egoísmo, la indiferencia, la soledad, el insulto, el desprecio, la delincuencia, el olvido, las malas caras, los malos tratos, las infidelidades, la falta de armonía, la ira, la venganza, el rencor, la intolerancia, el racismo, la droga, el alcohol, la miseria… todos son capítulos sin luz que nos meten dentro de una tumba. Y somos nosotros quienes elegimos estar dentro, a medida que dejamos que el corazón se nos llene de todo esto que hemos enumerado.

Y tal vez estamos en alguna de esas oscuridades, pero hoy viene un ángel, o el mismo Dios, a mover la piedra que nos tiene encerrados y nos invita a salir. Y esto no significa únicamente pensar en el cuerpo glorioso que tendremos, sino también en que vivir como resucitados puede ser una realidad hoy mismo. Es vivir y morir, cada día, para poder resucitar.

Antes citaba a Victor Frankl, porque el dolor, el sufrimiento y la misma muerte son parte de nuestra existencia. Y esta quedará incompleta si no estuvieran aquellos momentos. Y lo mismo nos pasa con nuestra vida de fe. También en ella pasamos por la duda, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Porque hay que saber morir a todo aquello que nos encierra, que nos pone en medio de la oscuridad, para poder luego resucitar con el mismo Jesús. Es necesario morir para vivir. Así es como, podríamos decir, logramos una completa existencia.

Depende de nosotros salir de este encierro. Dios nos libera, nos invita a volver a la vida y esto lo aceptamos con entera libertad. Nadie nos obliga. Ni el mismo Dios. Hay que elegir, si queremos resucitar con Cristo y ser personas nuevas, renovadas, alegres, optimista, esperanzadas, generosas, solidarias, bondadosas, fieles, con buena cara para los demás, sonrientes, de los que tratan bien a todos, amables, compañeros, hijos de la verdad, honestos, comprometidos, pacientes, tolerantes, hijos de la luz, lejos de la oscuridad que confundimos con intimidad… ¿O acaso preferimos seguir, aunque oliendo bien a áloe y a mirra, envueltos en una sábana e inertes?

Hoy tenemos fuego (luz y calor) y agua, que son signos de la vida nueva en Dios y también elementos necesario para que tengamos vida biológica. Tal vez sólo nos falta volver a Galilea, donde nos cita Cristo, para volver a escuchar la Buena Nueva. Allí comenzó todo, y habrá que dejar, habrá que morir a lo que sea necesario, habrá que dejar los sudarios y las mortajas, con tal de poder acudir a nuestro encuentro.

Ojalá esta fuera nuestra última pascua. No porque muramos ahora, mañana o el lunes, sino porque hemos comprendido, de verdad y con profundidad, lo que significa que Jesús haya muerto y resucitado. Ojalá pudiéramos decir, con honestidad, que no necesitamos de ayunos ni abstinencias, que la cuaresma no tiene sentido, que hacer la visita a la siete iglesias y los via crucis no caben entre nosotros. Ojalá pudiéramos gritar y afirmar que estos días son un sinsentido porque nuestra vida ha cambiado por fin y de verdad. Porque hemos muerto, pero estamos vivos.

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De Rey a reo

Ciclo A – Domingo de Ramos

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Abrimos la puerta de esta gran semana. Qué plantear o qué decir, que no sepamos ya sobre estos días. En especial sobre el Domingo de Ramos, donde tenemos muy presente esta entrada triunfal de Jesús. Y debo admitir que a partir de hoy, y hasta el Domingo de Pascua, cada año, siempre me ha resultado un tiempo de celebraciones cargadas de misterio y de amor profundo.

Y en concreto, este día en el que vemos cómo Jesús entra como un Rey a Jerusalén, para después escuchar el relato de la pasión, encuentro todo muy lógico y contradictorio al mismo tiempo. Lógico porque es dar una visión concreta y global de lo que pasó con Cristo. Contradictorio porque en una misma celebración vemos contrapuestos dos grandes momentos: El triunfo y la derrota. El Rey y el reo.

Hoy, evidentemente, no haríamos como aquellos mal agradecidos que alababan a Dios por tener a Cristo, para luego darle la espalda y pedir su muerte. Nosotros somos mejores, eso está claro, ¿verdad?. Mucho más inteligentes, por supuesto, y no hubiéramos dejado que Jesús se nos escapara de las manos de esa forma, ¿cierto? No digo que pensemos así, sólo es un posible razonamiento, aunque se me ocurre que el problema de ellos, que también a veces es el nuestro, viene dado por las RR.

Hay un suerte de trabalenguas que aprendí hace muchos años y que dice así: R con R guitarra, R con R carril, mira que rápido ruedan, las ruedas del ferrocarril… Y este me puede valer para expresar que parece que la vida se ha vuelto un trabalenguas que decimos y repetimos, una y otra vez, entonces las R (incluida la de Ramos) las confundimos, igual que le pasó a la gente de aquella época, que en lugar de seguir diciendo Rey, como al principio, terminaron diciendo Reo.

Por supuesto que esto de la pasión, y lo del Domingo de Ramos, no es un juego de niños. Pero en nuestra vida, y en relación con Dios, sucede que a veces lo tenemos al Señor en lo más alto de un pedestal, porque nos concede todo lo que le pedimos, porque sentimos un calorcito en el corazón y entendemos que es Su presencia. Y no hace falta mucho para que sintamos que está en nuestras vidas. Entonces repetimos, con fuerza y convicción: Él es Rey, él es mi Rey. Aunque, a veces, tiempo después, las cosas se vuelven desabridas, experimentamos situaciones sin sentido y lo que le pedimos a Dios no lo obtenemos. Poco a poco, pasamos de decir Él es mi Rey a gritar Él es mi Reo.

Sabemos que casi nadie le llama Reo a Jesús, pero las actitudes que tenemos hacia él, que son la actitudes que tenemos hacia nuestros hermanos, posiblemente se traducen en llamar Reo al que antes era Rey. Cuando somos indiferentes a las necesidades ajenas, cuando estamos llenos de rabia y bronca hacia alguien, cuando se la tenemos jurada a quien nos ofendió, cuando no queremos volver a hablarle a algún hermano, o nuestros padres… entonces estamos gritando Reo con mucha fuerza.

Por otro lado tenemos, déjenme jugar un poco, Re”y” y Re”o”. Es  un juego de letras cambiadas y de palabras, pero fíjense cómo cambia todo el sentido por una sola letra. Una “y” o una “o” y el mundo cambia del día a la noche. Y es que hace falta muy poco para pasar de un concepto a otro. Como, casi sin dificultad, podemos cambiar nuestra relación con los que están cerca de nosotros y donde decíamos que estaba Dios, Rey, pasamos a decir que ahora tenemos Reo. A veces se juzga y se condena con mucha facilidad.

También nos vale, me parece, para pensar que Jesús es el único que acepta ese cambio, que a pesar del dolor es capaz de recibir bien su nueva denominación, sólo y únicamente por amor a nosotros. Acepta ser Rey y después Reo, con tal de ganarnos la salvación eterna.

R con R guitarra, R con R carril, mira que rápido ruedan, las ruedas del ferrocarril… Que la Semana Santa nos sirva para reconocer, al menos, dos cosas: Primero ver Si Dios, en nuestras vidas, es Rey o Reo, y segundo para ver cómo trato a los demás: Como Reyes o como Reos.

Celebrar la Resurrección es aceptar al único Rey y vivir según su ley implacable: La ley del amor.

Lo que de verdad importa

Ciclo A – Domingo V de Cuaresma

Juan 11, 1-45
Había un hombre enfermo, Lázaro de Betania, del pueblo de María y de su hermana Marta. María era la misma que derramó perfume sobre el Señor y le secó los pies con sus cabellos. Su hermano Lázaro era el que estaba enfermo. Las hermanas enviaron a decir a Jesús: «Señor, el que tú amas, está enfermo». Al oír esto, Jesús dijo: «Esta enfermedad no es mortal; es para gloria de Dios, para que el Hijo de Dios sea glorificado por ella».
Jesús quería mucho a Marta, a su hermana y a Lázaro. Sin embargo, cuando oyó que éste se encontraba enfermo, se quedó dos días más en el lugar donde estaba. Después dijo a sus discípulos: «Volvamos a Judea». Los discípulos le dijeron: «Maestro, hace poco los judíos querían apedrearte, ¿y quieres volver allá? » Jesús les respondió: «¿Acaso no son doce las horas del día? El que camina de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo; en cambio, el que camina de noche tropieza, porque la luz no está en él». Después agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero Yo voy a despertarlo». Sus discípulos le dijeron: «Señor, si duerme, se sanará». Ellos pensaban que hablaba del sueño, pero Jesús se refería a la muerte. Entonces les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto, y me alegro por ustedes de no haber estado allí, a fin de que crean. Vayamos a verlo». Tomás, llamado el Mellizo, dijo a los otros discípulos: «Vayamos también nosotros a morir con él».
Cuando Jesús llegó, se encontró con que Lázaro estaba sepultado desde hacía cuatro días. Betania distaba de Jerusalén sólo unos tres kilómetros. Muchos judíos habían ido a consolar a Marta y a María, por la muerte de su hermano. Al enterarse de que Jesús llegaba, Marta salió a su encuentro, mientras María permanecía en la casa. Marta dijo a Jesús: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto. Pero yo sé que aun ahora, Dios te concederá todo lo que le pidas». Jesús le dijo: «Tu hermano resucitará». Marta le respondió: «Sé que resucitará en la resurrección del último día». Jesús le dijo: «Yo soy la Resurrección y la Vida. El que cree en mí, aunque muera, vivirá; y todo el que vive y cree en mí, no morirá jamás. ¿Crees esto? » Ella le respondió: «Sí, Señor, creo que Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que debía venir al mundo».
Después fue a llamar a María, su hermana, y le dijo en voz baja: «El Maestro está aquí y te llama». Al oír esto, ella se levantó rápidamente y fue a su encuentro. Jesús no había llegado todavía al pueblo, sino que estaba en el mismo sitio donde Marta lo había encontrado. Los judíos que estaban en la casa consolando a María, al ver que ésta se levantaba de repente y salía, la siguieron, pensando que iba al sepulcro para llorar allí. María llegó adonde estaba Jesús y, al verlo, se postró a sus pies y le dijo: «Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto». Jesús, al verla llorar a ella, y también a los judíos que la acompañaban, conmovido y turbado, preguntó: «¿Dónde lo pusieron? » Le respondieron: «Ven, Señor, y lo verás». Y Jesús lloró. Los judíos dijeron: «¡Cómo lo amaba!» Pero algunos decían: «Éste que abrió los ojos del ciego de nacimiento, ¿no podía impedir que Lázaro muriera?»
Jesús, conmoviéndose nuevamente, llegó al sepulcro, que era una cueva con una piedra encima, y dijo: «Quiten la piedra». Marta, la hermana del difunto, le respondió: «Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto». Jesús le dijo: «¿No te he dicho que si crees, verás la gloria de Dios? » Entonces quitaron la piedra, y Jesús, levantando los ojos al cielo, dijo: «Padre, te doy gracias porque me oíste. Yo sé que siempre me oyes, pero lo he dicho por esta gente que me rodea, para que crean que Tu me has enviado». Después de decir esto, gritó con voz fuerte: «¡Lázaro, ven afuera! ». El muerto salió con los pies y las manos atados con vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Jesús les dijo: «Desátenlo para que pueda caminar». Al ver lo que hizo Jesús, muchos de los judíos que habían ido a casa de María creyeron en Él.
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Ante un hecho tan humano, como lo es la muerte misma, no son sólo los humanos los que sufren la pérdida, también Dios, Jesús, que es humano al mismo tiempo, llora la pérdida de su amigo. Se conmueve.

En la época en la que vivimos nos falta todavía lograr ser humanos en serio. Bueno, no todo es así y menos mal que hay quienes viven su “ser humanos” con profundidad, si no, esto no habría quién pudiera aguantarlo.

Recuerdo una película que vi hace poco tiempo. Se titula “Lo que de verdad importa”. Desde el inicio este film tiene algo especial: Es completamente benéfico. La historia es simple y misteriosa al mismo tiempo. Aunque también deberíamos decir que es de una espiritualidad sin reflexión alguna. Más bien es “mágica”. Pero es cierto que apunta justo al centro de lo que una gran mayoría anhelamos, de uno u otro modo: Un milagro. O mejor, el señor de los milagros. A todos nos vendría bien que alguien nos curara mágicamente. Entonces, podríamos decir, seguimos en el mismo esquema de lo que esperaba la gente en el tiempo de Jesús.

Y es que parece que es lo que más recordamos y anhelamos de Jesús de Nazaret. Ojalá pudiéramos tocarlo, y todo quedaría solucionado —decimos con cierta nostalgia. Aún así, me cuesta creer que nuestra fe en Dios es más grande cuanto más grande es la evidencia de su milagrosa intercesión.

Si nos fijamos en las palabras de Marta y de María, ellas deseaban que Jesús hubiera llegado antes de que muriese Lázaro. Es que esperaban el milagro de la curación. Lo mismo nos pasaría a nosotros. Sin embargo vemos que Cristo no llega y luego llora por la pérdida de su amigo. ¿Cómo es que llora si, según nos relata el evangelio, sabía lo que iba a hacer?

Este es el punto que deseo subrayar del mismo Dios y de su humanidad: No deja de conmoverse con el que está sufriendo. Y así lo hace (eso me gusta pensar y creer) con nosotros cada vez que pasamos por algún dolor. Él no se ausenta, sino que llora a nuestro lado y nos vuelve a dar esperanza. Y de esto, probablemente, somos conscientes, aunque me parece que en ocasiones no nos satisface del todo. Tal vez porque seguimos deseando (y rabiando porque no sucedió como queríamos) que Cristo se hubiera adelantado y evitado nuestro sufrimiento.

Y esto es lo que aprendemos de este evangelio: Que Dios no puede ser aquél que sólo viene a evitarnos los golpes y dolores, aquél que sólo está para remediar nuestros males y evitar los desgarros y las pérdidas. Porque si esa es nuestra concepción de él, entonces pueden surgir preguntas como: ¿Por qué Dios permite esto?

La vida transcurre, con sus alegrías y sus penas, incluida la muerte, episodio tan indeseado como cierto de suceder. Entonces nos aferramos a la promesa de Jesús, de vivir eternamente con él. Y todo lo percibimos como una suerte de premio que consuela nuestra incertidumbre de no saber qué va a suceder, una vez que muramos. Pero no creo que sea exactamente esa la propuesta de Cristo.

Para hacerlo fácil y corto: Él nos promete una vida nueva desde el momento en que lo aceptamos en nuestro corazón. Bien podríamos decir que él se hace nuestra Resurrección, de modo inmediato, porque hemos sido capaces de dejar todo aquello que nos ata y no nos deja ser de Dios. Luego, viviendo esta nueva vida en Él, no hay muerte que valga, porque no dejará de ser una anécdota en este vivir continuo con el Señor.

Creo que a esta conclusión y experiencia personal llegaron aquellos que pudieron decir, como Santa Teresa:

Vivo ya fuera de mí,
después que muero de amor;
porque vivo en el Señor,
que me quiso para sí:
cuando el corazón le di
puso en él este letrero,
que muero porque no muero.

¿Qué es entonces lo que de verdad importa?

Ciegos

Ciclo A – Domingo IV de Cuaresma

Juan 9, 1-41
Jesús vio a un hombre ciego de nacimiento. Sus discípulos le preguntaron: «Maestro, ¿quién ha pecado, él o sus padres, para que haya nacido ciego?» «Ni él ni sus padres han pecado, -respondió Jesús- nació así para que se manifiesten en él las obras de Dios. Debemos trabajar en las obras de Aquél que me envió, mientras es de día; llega la noche, cuando nadie puede trabajar. Mientras estoy en el mundo, soy la luz del mundo». 

Después que dijo esto, escupió en la tierra, hizo barro con la saliva y lo puso sobre los ojos del ciego, diciéndole: «Ve a lavarte a la piscina de Siloé», que significa «Enviado». El ciego fue, se lavó y, al regresar, ya veía. Los vecinos y los que antes lo habían visto mendigar, se preguntaban: «¿No es éste el que se sentaba a pedir limosna?» Unos opinaban: «Es el mismo». «No, respondían otros, es uno que se le parece». El decía: «Soy realmente yo». Ellos le dijeron: «¿Cómo se te han abierto los ojos? » Él respondió: «Ese hombre que se llama Jesús hizo barro, lo puso sobre mis ojos y me dijo: «Ve a lavarte a Siloé». Yo fui, me lavé y vi». Ellos le preguntaron: «¿Dónde está? » Él respondió: «No lo sé». 

El que había sido ciego fue llevado ante los fariseos. Era sábado cuando Jesús hizo barro y le abrió los ojos. Los fariseos, a su vez, le preguntaron cómo había llegado a ver. Él les respondió: «Me puso barro sobre los ojos, me lavé y veo». Algunos fariseos decían: «Ese hombre no viene de Dios, porque no observa el sábado». Otros replicaban: «¿Cómo un pecador puede hacer semejantes signos? » Y se produjo una división entre ellos. Entonces dijeron nuevamente al ciego: «Y tú, ¿qué dices del que te abrió los ojos? » El hombre respondió: «Es un profeta». Sin embargo, los judíos no querían creer que ese hombre había sido ciego y que había llegado a ver, hasta que llamaron a sus padres y les preguntaron: «¿Es este el hijo de ustedes, el que dicen que nació ciego? ¿Cómo es que ahora ve? » Sus padres respondieron: «Sabemos que es nuestro hijo y que nació ciego, pero cómo es que ahora ve y quién le abrió los ojos, no lo sabemos. Pregúntenle a él: tiene edad para responder por su cuenta».

Sus padres dijeron esto por temor a los judíos, que ya se habían puesto de acuerdo para excluir de la sinagoga al que reconociera a Jesús como Mesías. Por esta razón dijeron: «Tiene bastante edad, pregúntenle a él». 

Los judíos llamaron por segunda vez al que había sido ciego y le dijeron: «Glorifica a Dios. Nosotros sabemos que ese hombre es un pecador». «Yo no sé si es un pecador, respondió; lo que sé es que antes yo era ciego y ahora veo». Ellos le preguntaron: «¿Qué te ha hecho? ¿Cómo te abrió los ojos?» Él les respondió: «Ya se lo dije y ustedes no me han escuchado. ¿Por qué quieren oírlo de nuevo? ¿También ustedes quieren hacerse discípulos suyos? » Ellos lo injuriaron y le dijeron: «¡Tú serás discípulo de ese hombre; nosotros somos discípulos de Moisés! Sabemos que Dios habló a Moisés, pero no sabemos de dónde es éste». El hombre les respondió: «Esto es lo asombroso: que ustedes no sepan de dónde es, a pesar de que me ha abierto los ojos. Sabemos que Dios no escucha a los pecadores, pero sí al que lo honra y cumple su voluntad. Nunca se oyó decir que alguien haya abierto los ojos a un ciego de nacimiento. Si este hombre no viniera de Dios, no podría hacer nada». Ellos le respondieron: «Tú naciste lleno de pecado, y ¿quieres damos lecciones? » Y lo echaron. 

Jesús se enteró de que lo habían echado y, al encontrarlo, le preguntó: «¿Crees en el Hijo del hombre? » El respondió: «¿Quién es, Señor, para que crea en El? » Jesús le dijo: «Tú lo has visto: es el que te está hablando». Entonces él exclamó: «Creo, Señor», y se postró ante Él. 

Después Jesús agregó: «He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven». Los fariseos que estaban con Él oyeron esto y le dijeron: «¿Acaso también nosotros somos ciegos? » Jesús les respondió: «Si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “Vemos”, su pecado permanece».
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Con el evangelio de Juan no podemos menos que pensar en algunas de las imágenes y signos que encontramos. Primero tenemos el barro, que nos evoca el relato de la creación del Génesis. Y en este caso tenemos a Jesús que, con barro, da una nueva vida al ciego de nacimiento Porque no sólo es la vista la que obtiene aquél hombre, sino toda una forma de estar en el mundo. A partir de aquél momento, podríamos decir, ya no depende de nadie. Incluso puede dejar de ser un mendigo a la puerta del templo, porque se puede valer por sí mismo.

También vemos que aquél hombre dejaría de estar etiquetado y nadie pensaría que es a causa del pecado, el suyo o el de sus antepasados, por lo cual no puede ver. Recobra una dignidad que no sólo le da un nuevo lugar en la sociedad en la que vive, sino también en su vida en el ámbito religioso.

Al mismo tiempo, y tal vez sea el punto a destacar con mayor vehemencia, encuentra a Dios en su vida. Reconoce, por vista propia, al mismo Jesús, Hijo de Dios, y lo acepta en su vida. Deja de estar en la oscuridad para pasar a vivir en luz de Dios.

Y así podríamos enumerar muchos beneficios que se desprenden de este milagro. Sin embargo, aquellos que lo rodean, no hacen más que resaltar la prohibición a la que se tendría que haber sometido, no sólo él, sino Jesús también. No hay rastros, en todo el relato, de que se alegren de que el ciego por fin pueda ver. No hay ánimos de querer celebrar el gran milagro del que son testigos. Sólo ven error y pecado, por haber desobedecido la ley de Moisés, por haber sido curado en sábado y por dejar de manifiesto que Jesús era el Mesías.

Entonces surge al menos una pregunta: ¿Qué tenemos de ciego y qué tenemos de fariseos y publicanos?

Para ayudarnos a reflexionar, podemos ver y escuchar lo que nos cuenta Pilar Sordo, en el siguiente video:

Me parece oportuno este video porque, si respondemos a aquella pregunta, tengo la impresión de que al final tenemos que aceptar que a veces somos el ciego y otras somos fariseos y publicanos.

Fariseos y publicanos porque nos puede pasar que no reconocemos lo bueno que está pasando delante de nuestro ojos y sólo vemos problemas, dificultades, errores o pecado en los demás. Reclamamos, tal vez, que los otros hacen lo que no deben, o dejan de hacer lo que, a nuestro criterio, deberían hacer. Nos molesta que otros no se ajusten a los tiempos y normas que nosotros mismos preferimos imponer, porque así nos viene bien, porque así lo hemos decidido. Y nos perdemos de ver que, en tantas ocasiones, Dios sigue haciendo milagros delante de nosotros.

Y somos ciegos porque no vemos la infinidad de cosas buenas que están en nuestras vidas, como las supo reconocer aquél ciego que se acercó a la consulta de aquella psicóloga, Pilar Sordo. Porque nos parece normal que podamos caminar, ver, escuchar, compartir, tener un lugar donde vivir, una persona a nuestro lado a quien abrazar, pan en nuestra mesa y la libertad de poder elegir, reconocer y amar a Dios.

¿Dónde estás, Jesús, con tu barro?
Úntame los ojos,
que quiero volver a ver.
Así diré, sin duda:
Creo,
porque al fin te pude ver.