Como Reyes

Servir como el Rey

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario – Jesucristo Rey del Universo

Juan 18, 33b-37
Pilato llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres Tú el rey de los judíos? » Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? » Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho? » Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey? » Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».
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Cuentan que en un lugar lejano, tal vez por algunos conocido, pero que casi nadie visitó, había un Rey. Siempre daba órdenes y nadie se atrevía a contradecirlo. No era un mal hombre, pero tenía un carácter de los que te hacen dudar antes de hacer una broma o contar un chiste. Había días que no hablaba casi nada. Tal vez porque llevar adelante un reino requiere ser precavido en la toma de decisiones.

Es verdad que no tenia muchas dificultades internas y tampoco con otros pueblos. La última vez que hubo un conflicto con un reino vecino, resolvieron la disputa con un torneo de caballeros con armaduras y armas simuladas y corteses, para que nadie saliera herido. Por supuesto, este gran Rey del que estamos hablando, salió victorioso, gracias a sus hombres más valientes y con mejor destreza para la lucha.

Un día, aquél Rey, ordenó que se hicieran tantas coronas como habitantes tenía el reino. Algunos pensaron que había enloquecido. Tal vez desea ejercer tanto su poder —comentaban— que necesita una corona para usar delante de cada uno de sus súbditos. Unos pocos prefirieron no cuestionar, ya que para eso era el Rey, y podía hacer lo que le viniera en gana. Los días pasaron y por fin los orfebres terminaron la última corona necesaria.

Entonces todo el pueblo fue convocado a las puertas del palacio. Salió el Rey al gran pórtico y se detuvo, vistiendo su mejor traje de gala. Observó por un rato a todos los que esperaban saber qué iba a suceder. Mientras, entre la gente y su majestad, había largas mesas llenas de coronas. Todas iguales. Brillantes, como las del propio Rey. Éste se acercó a ellas y tomó la primera que tuvo a mano. Llamó al súbdito que tenía delante y éste se acercó. Nadie entendía nada. Incluso aquél hombre, casi un anciano, al ver lo que el Rey pretendía, se resistió y no quiso recibir la corona. Pero el Rey insistió y, con una mirada firme y decidida, le indicó que inclinara la cabeza. Así, sin mediar palabras o explicaciones, todos fueron coronados. Finalmente el Rey habló.

—Queridos hijos. Hace muchos años que vengo siendo vuestro Rey, pero no fue hasta ahora que entendí cómo hacer de este reino un reino mejor. A partir de este momento, todos somos Rey.

El bullicio no se hizo esperar. Para algunos se confirmaba el diagnóstico de demencia. Otros no hicieron más que reír. Pero el Rey continuó.

—Algunos dirán que enloquecí, pero no es eso. Es que ahora, si cada uno de vosotros se siente Rey y siente suyo este reino, confío en que también querrán lo mejor para él, como han visto que he pretendido. Si trabajan, trabajan para su reino y no para el Rey. Como buenos reyes, entonces, buscarán el bien común y no el beneficio propio. Lucharán por defender su territorio y serán capaces de dar hasta vuestra vida por él. Nadie será esclavo ni súbdito de nadie, aunque todos siempre tendrán a un Rey al lado a quién servir. Y actuarán según se exige a los reyes.

Al principio nadie sabía qué hacer, pero poco a poco todos se lo tomaron muy en serio. Si alguien pretendía empezar a demandar atenciones de otro, caía en la cuenta de que ese otro también era rey y por lo tanto había que servirle antes que pretender ser servido. Todos reyes y todos súbditos, unos de otros.

Así es como un reinado se convirtió en muchos, para ser, al final, uno solo lleno de reyes.

 

Esta idea de reinado, para los entendidos de todos los tiempos, sólo puede existir en las fábulas, casi irrisorias. Sin embargo, es lo que se me ha ocurrido si pienso en el Reino de Dios. Y por supuesto que no pretendo dar una definición de lo que significa el que Jesús diga que su realeza no es de este mundo. Pero no puedo menos que imaginar un reino totalmente diferente a cómo concebimos los reinos. Si Jesús dice que su reinado no es de aquí, entonces tiene que ser muy diferente a cualquiera que se haya pensado a lo largo de los siglos.

Los tipo de reyes que conocemos, son aquellos que llevan corona, un precioso cetro y mucho poder, y es lo que hemos querido otorgarle a Jesús. Siempre se afirma y se dice que él es el dueño de todo un imperio, que está lleno de gloria y poder. Pero creo que eso está lejos de lo que en realidad nos quiso decir. Y si bien celebramos esta solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, y está muy bien hacerlo, habría que revisar y ver qué es exactamente lo que celebramos.

En el evangelio de Juan, Cristo nos dice: «He nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz». Y aquí creo que está la clave. Si él es nuestro Rey, entonces se convierte en nuestro modelo de verdad y vida. Y por lo tanto deberíamos fijarnos en las virtudes que tiene y que lo hacen Rey. No es el poder, no es la gloria, no es la corona de oro fino, ni el cetro, sino aquello que lo destaca por encima de todos: Su humildad, su servicio, su entrega, su amor y su misericordia. Y estas son los valores que debemos asumir para ser parte del Reino de Dios. Esa es la verdad que debemos escuchar.

Y si aquél cuento propone que todos somos parte del reino, donde todos somos reyes, es porque hacemos nuestras las virtudes del Rey y vivimos como nuestro Rey, como Jesús, y por lo tanto hacemos nuestra su humildad, su servicio, su amor, su perdón y su misericordia. No hay otra forma, no hay otra manera. Este Rey del Universo vino a reinar nuestras vidas, a transformarlas y nos invita a reinar con él, según la Verdad, según lo que él es.

Jesucristo Rey, sí, rey del amor que transforma cualquier pueblo y cualquier nación. Lejos de ser un rey dominante y poderoso que sólo mira desde arriba. Se hace uno con nosotros, para que reinemos con él.

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¿Por qué no?

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Ciclo B – Dom XXXIII Tiempo Ordinario

Marcos 13, 24-32
Jesús dijo a sus discípulos: En aquellos días, el sol se oscurecerá, la luna dejará de brillar, las estrellas caerán del cielo y los astros se conmoverán. Y se verá al Hijo del hombre venir sobre las nubes, lleno de poder y de gloria. Y El enviará a los ángeles para que congreguen a sus elegidos desde los cuatro puntos cardinales, de un extremo al otro del horizonte.
Aprendan esta comparación, tomada de la higuera: cuando sus ramas se hacen flexibles y brotan las hojas, ustedes se dan cuenta de que se acerca el verano. Así también, cuando vean que suceden todas estas cosas, sepan que el fin está cerca, a la puerta. Les aseguro que no pasará esta generación, sin que suceda todo esto. El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán. En cuanto a ese día y a la hora, nadie los conoce, ni los ángeles del cielo, ni el Hijo, nadie sino el Padre.
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Algunos ven las cosas que existen y se preguntan, “¿por qué?”, pero yo sueño cosas que nunca existieron y me pregunto, “¿por qué no?”.

Esta es una frase atribuida a George Bernard Shaw, librepensador, escritor y dramaturgo irlandés. Y me resultó bastante interesante, porque me lleva a un lugar distinto, que no suele ser tan común, porque me parece que siempre nos situamos más en el cuestionamiento de las cosas que nos pasan, y no tanto en las cosas que no existen. Con esto no digo que no tengamos ideas, o sueños, pero normalmente quedan en eso, en ideas o sueños. Y el evangelio nos habla de algo que no sucedió todavía. Aunque para los apóstoles la segunda venida de Jesús era casi inminente, hasta ahora, no hemos visto ningún signo en el cielo parecido a lo que describe el texto de Marcos. Por consiguiente el Hijo del Hombre aún no ha regresado.

Por supuesto, no dudamos de este anuncio de Jesús y sabemos que la Parusía, el advenimiento glorioso de Cristo, ocurrirá, al menos visto desde nuestra fe. Tal vez por eso salen a la luz muchas personas con un discurso apocalíptico, cuando suceden algunas catástrofes naturales. Llegan incluso a anunciar el fin del mundo. Y entonces, probablemente, surgen en nosotros algunos cuestionamientos, relacionados con nuestra salvación personal. Me atrevo a decir que más que ocuparnos de ver cómo es que vuelve Jesús en todo su esplendor, si así sucediera delante de nosotros, nos preocuparíamos de lo que nos puede pasar, si vamos a ir al cielo o si vamos a ser condenados, si el juicio final saldrá favorable o no.

Pero aquella, la segunda venida del Hijo del Hombre, nos queda como un anuncio muy lejano y de remota resolución. Mientras, seguimos viviendo, con o más o menos preocupación acerca de este presagio descrito en el evangelio. Ocupados más bien en resolver nuestros problemas cotidianos, y soñando, deseando, que un día nos llegue la felicidad del cielo. ¿Es así el esquema de vida que debemos llevar? ¿Es ese el deseo de Dios? Por supuesto que a esto le añadimos nuestras practicas piadosas y religiosas, porque somos personas creyentes, y eso está muy bien, aunque no estoy seguro de que sea suficiente.

Antes citaba a Bernard Shaw y él decía que soñaba cosas que nunca existieron y que se preguntaba “¿por qué no?, como abriendo la posibilidad concreta de que lo que parece que sólo vive en el pensamiento, o en los sueños, se haga realidad. Y tal vez esa sea la actitud con la que tendríamos que vivir nuestra fe. No porque tengamos que imaginar cosas que nunca existieron, más aún aquellas que creemos, sino porque tal vez deberíamos preguntarnos “¿por qué no? ¿por qué no ahora mismo?”

Creo que el anuncio de Jesús y los signos que presagian su segunda venida, no sólo pueden quedar en un simple desconocimiento de cuándo van a suceder. Ni tampoco sólo como el día de mayor preocupación, porque no sabemos si nos va a tocar el cielo. Con esto no pretendo cambiar la Palabra de Dios, pero sí creo que esta nueva presencia de Cristo entre nosotros la podemos hacer realidad en el presente. Es cierto que con esta propuesta no vamos a ver nubes, poder y gloria, pero sí podremos hacer realidad aquello que parece más bien remoto: El cielo y vivir con Dios.

Estoy convencido de que cada vez que hacemos patente la paz, la justicia, el amor, la solidaridad, hacemos patente la segunda venida de Jesús sobre nosotros, porque cuando vivimos estos valores, es Dios el que vuelve a aparecer. Y además, esto trae otros beneficios, especialmente el de la despreocupación. Es que si vivimos en la paz, el amor, la justicia o la solidaridad, eso no puede hacer más que llevarnos al cielo, y por consiguiente, mañana mismo podría suceder el a veces tan temido juicio final, y nada temeríamos, porque sería confirmar que continuaremos viviendo con Dios, como lo venimos haciendo.

Algunos ven las cosas que existen y se preguntan, “¿por qué?”, pero yo sueño cosas que nunca existieron y me pregunto, “¿por qué no?” ¿Por qué no vivir el cielo desde ahora, aquí en la tierra? Esto es posible, la garantía la tenemos en las mismas palabras de Jesús: «El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán». ¿Qué más hace falta para confiar?

Soltar

Amarras 2

Ciclo B – Domingo XXXII Tiempo Ordinario

Marcos 12, 38-44
Jesús enseñaba a la multitud: «Cuídense de los escribas, a quienes les gusta pasearse con largas vestiduras, ser saludados en las plazas y ocupar los primeros asientos en las sinagogas y los banquetes; que devoran los bienes de las viudas y fingen hacer largas oraciones. Éstos serán juzgados con más severidad».
Jesús se sentó frente a la sala del tesoro del Templo y miraba cómo la gente depositaba su limosna. Muchos ricos daban en abundancia. Llegó una viuda de condición humilde y colocó dos pequeñas monedas de cobre. Entonces Él llamó a sus discípulos y les dijo: «Les aseguro que esta pobre viuda ha puesto más que cualquiera de los otros, porque todos han dado de lo que les sobraba, pero ella, de su indigencia, dio todo lo que poseía, todo lo que tenía para vivir».
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Soltando, dejando ir (que es una habilidad natural) abandonamos mucha presión interna; es como dejar caer el peso de la mochila que llevamos, y esta liberación va acompañada de gran alivio y ligereza. Frecuentemente, nos hemos aferrado al bienestar afectivo, económico y laboral, entre otros, y este apego desmedido se ha convertido en nuestra prisión. Cuando dejamos los apegos, somos libres. ¿Quieres ser libre, libre de verdad? La libertad es una conquista que te lleva directo a la felicidad. Es un modo de vivir que puedes aprender. Es una apuesta personal, un compromiso que, sostenido en el tiempo, hará que salga a flote la persona magnífica que realmente eres. Sin poses, sin caretas, sin apegos, sin dependencias, sin un lastre más que te retenga. Sin nada que te impida llegar ahí donde tanto deseas llegar.

Este pensamiento es de Anna Mascaró, pedagoga, filósofa, experta en psicología evolutiva. Y nos trae esto que acabamos de leer, no para explicar el evangelio de hoy, sino para ayudarnos a pensar sobre el peso que a veces llevamos dentro y que no nos deja avanzar ni ser verdaderamente libres. Y la Escritura nos ha contado lo que Jesús elogia de la viuda que sólo puso dos monedas; nada en comparación con lo mucho que ponían los ricos que también asistían al templo. Por otro lado, vemos que Cristo también criticó con dureza a los fariseos, por su vida de apariencia. Aquel pensamiento y la escritura, me parece, convergen en un mismo ideal.

Visto así, de un modo llano y directo, hoy la Palabra de Dios no tiene mucho misterio. Creo que podemos concluir que hay que dar no sólo de lo que nos sobra sino también de lo que tenemos. También podríamos decir que tenemos que dar hasta que duela. Y claro que nos referimos a lo material, al dinero, si deseamos ser aún más específicos. Pero creo que, del mensaje de Jesús, podemos encontrar todavía más que una referencia a cómo debe ser la limosna que damos. Porque hoy seguimos dando limosna, tal vez no del modo que lo hacían en el templo en el tiempo de Jesús, pero sí que damos algo, cuando lo damos.

Lo primero que debemos señalar es que cuando se da, según me parece entender, hay que dar sin miramientos. Y en esto podemos hacer referencia a las excusas que solemos tener bien a mano, con tal de justificar el por qué no ayudamos a otros que menos tienen. Somos tan celosos de nuestros dinero que queremos saber a dónde va a parar la moneda que damos, como si nuestra aprobación del gasto que se hace con el donativo le diera validez a lo entregado. Tal vez lo único que deberíamos hacer, según comprendo lo que enseña el Hijo de Dios, es ponernos, por un momento, en el lugar del que está pidiendo. Si nosotros recibiéramos lo que solemos dar, ¿nos alcanzaría para comer un día? Y claro que alguno estará pensando que, sumando todo lo que un pobre puede recibir, le va a alcanzar de sobra, y eso puede ser verdad. Entonces, ¿hay que preguntar cuánto le falta para comer? Eso, creo que no lo hacemos. Y ya vemos que Jesús, al alabar la actitud de la viuda, está elogiando su desprendimiento, no la capacidad de ser una mujer medida.

Además de las cosas materiales, creo que hay otro tipo de bienes que no podemos perder de vista. Enumero algunos: El perdón, el buen trato, la amabilidad, la honestidad, la esperanza, la alegría, la libertad, los afectos, la comprensión. Hoy en día, hay muchos mendigos de perdón, de comprensión, de alegría, de esperanza, o de afecto. Incluso nosotros mismos podemos pasar por una de esas carencias. Pero vamos a ponernos del lado de los que pueden dar algo. Tal vez podríamos preguntarnos: ¿Por qué, en algunas ocasiones, somos tan mezquinos con el perdón, o con la amabilidad o lo afectos? ¿Somos tan avaros e incapaces de dar, esto que enumeramos, con generosidad? Esta mezquindad nos hace pobres e insignificantes ante Dios. Es sinónimo de no haber entendido nada el mensaje de Jesús. Este “retener” se convierte en un lastre que nos guardamos, un peso muerto que no nos ayuda a llegar al cielo.

Antes citaba a Anna Mascaró, con su planteamiento acerca de lo que hay que aprender a soltar, con tal de poder llegar a ser libres realmente. Y en este pensamiento, según lo leo, me parece encontrar lo mismo que Jesús nos dijo hace más de dos siglos. Y es verdad que todo esto está planteado desde la libertad de la persona y lo que nos puede ayudar a tener una mejor calidad de vida, pero no deja de ser un mensaje evangélico. Son los apegos los que no nos dejan volar al lado de Dios. Son las seguridad que encontramos, por ejemplo, en lo material, o lo que hemos conquistado, lo que nos retiene lejos del Señor. Por eso tal vez nos volvemos mezquinos y no somos capaces de darlo todo, como la viuda. Porque pensamos que sin lo material nuestra vida está perdida; cuando, paradójicamente, los valores para vivir en el Reino de Dios, van en sentido contrario, y nos hablan de total desprendimiento, porque así ganamos una mejor y más autentica vida. Ganamos libertad.

¿Cómo damos limosna? ¿Generosa o mezquinamente? Y aquí, ya vemos el evangelio, no importan las cantidades, sino la actitud del corazón al compartir lo que tenemos. Ahí es donde mira Dios, al corazón, y no a la apariencia externa, como la de los escribas, o tal vez la nuestra. Porque Cristo quiere una limosna con un sentido más religioso y espiritual, y no sólo social o filantrópico. Eso es lo que nos diferencia como hijos de Dios, que compartimos por amor, a Dios y a las personas. De este modo, desprendiéndonos, podremos aspirar a los que Jesús y, en este caso, Anna Mascaró nos proponen: Llegar a ser verdaderamente libres. Porque nos hemos quitado de encima todo lo que no nos deja volar, todo lo que, al final, nos hace prisioneros. Y Dios nos quiere libres.

Ser Santo

Ser Santo

Ciclo B – Domingo XXXI Tiempo Ordinario – Solemnidad de Todos los Santos

Mateo 4, 25—5, 12
Seguían a Jesús grandes multitudes, que llegaban de Galilea, de la Decápolis, de Jerusalén, de Judea y de la Transjordania. Al ver la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a Él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo: «Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices los afligidos, porque serán consolados. Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia. Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados. Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia. Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios. Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios. Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos. Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí. Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron».
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Cuando escucho este evangelio (tal vez a ustedes les pasa lo mismo) lo primero en lo que pienso es en la “receta” que nos deja Jesús para ser felices. También creo que este es el camino para poder llegar al cielo, pero sobre todo creo que son los valores del Reino de Dios que, al ser sus hijos, no podemos ignorar. Y claro que también sabemos que vivir las Bienaventuranzas nos llevaría a lo que la gran mayoría de los cristianos aspiramos: Ser santos. Bueno, es probable que haya exagerado un poco, porque esto de ser santo, en la época que vivimos, está más cerca de ser una historia lejana o un cuento de fantasía, antes que una aspiración. Algo que hacía la gente de antes. Si hoy preguntamos al cristiano de a pie, aquellos que más bien se limitan a ser practicantes (eso quiere decir, para una gran mayoría, rezar e ir a misa. Punto.) el tema de la santidad queda reservado para las personas excepcionales, aquellas que, por ejemplo, han consagrado su vida a Dios, como la Madre Teresa de Calcuta, o algún Papa bueno, como Juan Pablo II, pero no para las personas comunes como nosotros. Tal vez sí podemos llegar a un elogio, por ejemplo cuando alguien se refiere a otra persona y lo cualifica como “un santo”, porque ven que es un ser humano generoso, bueno, amable, paciente.

Y nos estamos refiriendo a la santidad porque hoy, 1 de noviembre, celebramos la Solemnidad de Todos los Santos. Entonces ponemos la mirada en aquellos que son ejemplos de vida de fe. Tal vez alguno nos motive a un modo y estilo de vida, pero me atrevo a decir que los santos más bien han quedado reducidos a ser intercesores de nuestras peticiones. A Santa Rita se le pide lo imposible, a santa Lucía por problemas de vista, a san Cayetano para pedir trabajo, a san Expedito todo lo que se nos ocurra porque es muy milagroso, a Santa Mónica por los hijos, a san Antonio los novios, a San Benito que nos proteja de las tentaciones del demonio, a san Francisco caridad y humildad, a santa Inés que nos libre de las dudas, a santa María Goretti por un noviazgo santo, a san Luis que nos quite el mal de ojo, a san Ramón Nonato para quitar los dolores de parto, y así, un santo para cada necesidad. Entonces una pregunta que surge es: ¿Esa es la misión de los santos, interceder por nuestras peticiones y nada más? Alguno dirá que también son para que tomemos ejemplo de sus vidas, pero ¿lo hacemos?

Una frase que escuché hace tiempo, en una charla sobre filosofía y estudio de las religiones, es que “uno no puede mojarse con la palabra agua, sino que es la sustancia en sí misma la que nos moja”. Luego me dijeron que se había tomado esta idea de un libro de Alan Watts, filósofo británico, sacerdote anglicano y escritor. Y teniendo presente este pensamiento creo que hoy en día, la santidad, para una gran mayoría, se nos ha vuelto un concepto. Pero debemos ser conscientes de que aún sabiendo lo que significa, aún definiendo perfectamente lo que es un santo, eso no nos hace uno de ellos. Y justamente eso lo que Dios, finalmente, quiere de nosotros, que seamos santos. Y lo quiere porque venimos de él, y si venimos de él, en principio no podemos ser algo distinto a su esencia.  Porque estamos hechos a su imagen y semejanza. Entonces, ¿qué hacemos con la santidad?

El problema de ser santo, o no serlo, creo que debe ser abordado como un problema de amnesia. Estoy convencido de que se nos ha olvidado de donde venimos y creemos que en realidad la santidad es algo a lo que tenemos que llegar y que nunca hemos conocido, porque siempre se nos ha dicho que somos esencialmente pecadores, que somos indignos, que no valemos nada y sólo la misericordia de Dios puede salvarnos. Y esto lo sabemos desde el Antiguo Testamento. Entonces viene Jesús y nos cuenta, pacientemente, quiénes son los santos, quiénes son los felices; lo que hemos escuchado hoy en el evangelio. Y nos lo dice para que sepamos el camino de regreso al lugar de donde venimos.

Pero saber y aprendernos de memoria lo que son las Bienaventuranzas no alcanza para llegar a Dios ni para ser santo. Como no nos sirve, para mojarnos, saber y repetir la palabra agua. Sólo el agua misma es la que puede empaparnos, no su concepto y lo mismo pasa con Dios: Sólo el contacto con él, con su Espíritu, es lo que nos va a dar la santidad.

Y cuando hablamos de ser santos, por favor, no llevemos el pensamiento a los altares, a los milagros que hay que hacer y a una vida excepcionalmente perfecta sin errores ni manchas, porque no sólo son santos aquellos reconocidos públicamente por las autoridades de la Iglesia, sino todo aquél capaz de amar como ama Dios.

Creo que la santidad comienza por una vida interior más unida al Espíritu. Y esto es lo que nos va a llevar a la perfección pedida por Jesús. Si seguimos leyendo el capítulo 5 de Mateo, el versículo final dice: «Por tanto, sean ustedes perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto». Y esa perfección se alcanza cuanto más unidos estemos a Dios. Porque al estar en contacto con él, no podemos menos que empaparnos de su esencia, y esto último es lo que hace falta para ser santos. Y veremos, reflejado en nuestros actos externos, si hay un crecimiento en esta dimensión interior y espiritual. Si tenemos a Dios dentro de nosotros, nuestros actos reflejarán lo que nos ha empapado el corazón.