Completa Existencia

Ciclo A – Vigilia Pascual

Mateo 28, 1-10
Pasado el sábado, al alborear el primer día de la semana, fueron María Magdalena y la otra María a ver el sepulcro. Y de pronto tembló fuertemente la tierra, pues un ángel del Señor, bajando del cielo y acercándose, corrió la piedra y se sentó encima. Su aspecto era de relámpago y su vestido blanco como la nieve; los centinelas temblaron de miedo y quedaron como muertos. El ángel habló a las mujeres: «Vosotras, no temáis; ya sé que buscáis a Jesús, el crucificado, No está aquí: ¡ha resucitado!, como había dicho. Venid a ver el sitio donde yacía e id aprisa a decir a sus discípulos: “Ha resucitado de entre los muertos y va por delante de vosotros a Galilea. Allí lo veréis. ” Mirad, os lo he anunciado». Ellas se marcharon a toda prisa del sepulcro; llenas de alegría y de alegría corrieron a anunciarlo a los discípulos. De pronto, Jesús les salió al encuentro y les dijo: «Alegraos». Ellas se acercaron, le abrazaron los pies y se postraron ante él. Jesús les dijo: «No temáis: id a comunicar a mis hermanos que vayan a Galilea; allí me verán».
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“El Realismo nos avisa que el sufrimiento es una parte consustancial de la vida, como el destino y la muerte. Sin ellos la existencia quedaría incompleta”.

Esta es una afirmación que hace Victor Frankl, en su obra “El hombre en búsqueda de sentido”. Claro que lo que escribe lo hace desde la experiencia de haber pasado, sufrido y sobrevivido a un campo de exterminio. Y no está pensada desde lo que celebramos esta noche, pero nos puede ayudar a cerrar el círculo de comprensión.

Mateo nos cuenta, con un estilo directo y simple, que Jesús ya no está entre los muertos, que no está en el sepulcro donde van a buscarlo las mujeres, sino que ha Resucitado. Y que ahora hay que volver a Gelilea para ver de nuevo al Maestro. Y nosotros imaginamos a aquellas dos yendo y dándose con la sorpresa de una gran piedra movida. Y afirmamos sin temor que Él ha resucitado y que creemos y aceptamos lo que pasó. Es una realidad de nuestra fe. Sin embargo, me pregunto: Una vez que hemos conocido y aceptado ¿por qué tenemos que volver a recordarlo y celebrarlo cada año? ¿Por qué parece que empezamos de cero y tenemos que volver a convertirnos (es lo que escuchamos desde el miércoles santo)? ¿Acaso el año pasado no lo habíamos entendido y celebrado también?

Es que tal vez hay una pregunta que no podemos dejar de responder: ¿En qué ha cambiado nuestra vida después de esta Semana Santa? Y aquí vale hacerlo en singular. Preguntarnos a nosotros mismos: ¿En qué ha cambiado mi vida?

Cada uno de nosotros va narrando una existencia, que seguimos escribiendo día a día. Pero siendo sinceros, podemos afirmar sin temor a equivocarnos, que esta historia, la nuestra, no sólo está hecha de episodios vivos, sino de capítulos oscuros. Los problemas, los sufrimientos, las penas, las tristezas, los desengaños, la mentira, la calumnia, al envidia, el egoísmo, la indiferencia, la soledad, el insulto, el desprecio, la delincuencia, el olvido, las malas caras, los malos tratos, las infidelidades, la falta de armonía, la ira, la venganza, el rencor, la intolerancia, el racismo, la droga, el alcohol, la miseria… todos son capítulos sin luz que nos meten dentro de una tumba. Y somos nosotros quienes elegimos estar dentro, a medida que dejamos que el corazón se nos llene de todo esto que hemos enumerado.

Y tal vez estamos en alguna de esas oscuridades, pero hoy viene un ángel, o el mismo Dios, a mover la piedra que nos tiene encerrados y nos invita a salir. Y esto no significa únicamente pensar en el cuerpo glorioso que tendremos, sino también en que vivir como resucitados puede ser una realidad hoy mismo. Es vivir y morir, cada día, para poder resucitar.

Antes citaba a Victor Frankl, porque el dolor, el sufrimiento y la misma muerte son parte de nuestra existencia. Y esta quedará incompleta si no estuvieran aquellos momentos. Y lo mismo nos pasa con nuestra vida de fe. También en ella pasamos por la duda, el dolor, el sufrimiento y la muerte. Porque hay que saber morir a todo aquello que nos encierra, que nos pone en medio de la oscuridad, para poder luego resucitar con el mismo Jesús. Es necesario morir para vivir. Así es como, podríamos decir, logramos una completa existencia.

Depende de nosotros salir de este encierro. Dios nos libera, nos invita a volver a la vida y esto lo aceptamos con entera libertad. Nadie nos obliga. Ni el mismo Dios. Hay que elegir, si queremos resucitar con Cristo y ser personas nuevas, renovadas, alegres, optimista, esperanzadas, generosas, solidarias, bondadosas, fieles, con buena cara para los demás, sonrientes, de los que tratan bien a todos, amables, compañeros, hijos de la verdad, honestos, comprometidos, pacientes, tolerantes, hijos de la luz, lejos de la oscuridad que confundimos con intimidad… ¿O acaso preferimos seguir, aunque oliendo bien a áloe y a mirra, envueltos en una sábana e inertes?

Hoy tenemos fuego (luz y calor) y agua, que son signos de la vida nueva en Dios y también elementos necesario para que tengamos vida biológica. Tal vez sólo nos falta volver a Galilea, donde nos cita Cristo, para volver a escuchar la Buena Nueva. Allí comenzó todo, y habrá que dejar, habrá que morir a lo que sea necesario, habrá que dejar los sudarios y las mortajas, con tal de poder acudir a nuestro encuentro.

Ojalá esta fuera nuestra última pascua. No porque muramos ahora, mañana o el lunes, sino porque hemos comprendido, de verdad y con profundidad, lo que significa que Jesús haya muerto y resucitado. Ojalá pudiéramos decir, con honestidad, que no necesitamos de ayunos ni abstinencias, que la cuaresma no tiene sentido, que hacer la visita a la siete iglesias y los via crucis no caben entre nosotros. Ojalá pudiéramos gritar y afirmar que estos días son un sinsentido porque nuestra vida ha cambiado por fin y de verdad. Porque hemos muerto, pero estamos vivos.

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Pasión

Pasión por Jesús

Ciclo C – Domingo III de Pascua

Juan 21, 1-19
Jesús resucitado se apareció otra vez a los discípulos a orillas del mar de Tiberíades. Sucedió así: estaban juntos Simón Pedro, Tomás, llamado el Mellizo, Natanael, el de Caná de Galilea, los hijos de Zebedeo y otros dos discípulos. Simón Pedro les dijo: «Voy a pescar». Ellos le respondieron: «Vamos también nosotros». Salieron y subieron a la barca. Pero esa noche no pescaron nada. Al amanecer, Jesús estaba en la orilla, aunque los discípulos no sabían que era él. Jesús les dijo: «Muchachos, ¿tienen algo para comer?» Ellos respondieron: «No». Él les dijo: «Tiren la red a la derecha de la barca y encontrarán». Ellos la tiraron y se llenó tanto de peces que no podían arrastrarla. El discípulo al que Jesús amaba dijo a Pedro: «¡Es el Señor!» Cuando Simón Pedro oyó que era el Señor, se ciñó la túnica, que era lo único que llevaba puesto, y se tiró al agua. Los otros discípulos fueron en la barca, arrastrando la red con los peces, porque estaban sólo a unos cien metros de la orilla. Al bajar a tierra vieron que había fuego preparado, un pescado sobre las brasas y pan. Jesús les dijo: «Traigan algunos de los pescados que acaban de sacar». Simón Pedro subió a la barca y sacó la red a tierra, llena de peces grandes: eran ciento cincuenta y tres y, a pesar de ser tantos, la red no se rompió. Jesús les dijo: «Vengan a comer». Ninguno de los discípulos se atrevía a preguntarle: «¿Quién eres? », porque sabían que era el Señor. Jesús se acercó, tomó el pan y se lo dio, e hizo lo mismo con el pescado. Ésta fue la tercera vez que Jesús resucitado se apareció a sus discípulos.
Después de comer, Jesús dijo a Simón Pedro: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas más que éstos?» Él le respondió: «Sí, Señor, Tú sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis corderos». Le volvió a decir por segunda vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me amas?» Él le respondió: «Sí, Señor, sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas». Le preguntó por tercera vez: «Simón, hijo de Juan, ¿me quieres?» Pedro se entristeció de que por tercera vez le preguntara si lo quería, y le dijo: «Señor, Tú lo sabes todo; sabes que te quiero». Jesús le dijo: «Apacienta mis ovejas.  Te aseguro que cuando eras joven, tú mismo te vestías e ibas a donde querías. Pero cuando seas viejo, extenderás tus brazos, y otro te atará y te llevará a donde no quieras». De esta manera, indicaba con qué muerte Pedro debía glorificar a Dios. Y después de hablar así, le dijo: «Sígueme»
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La película “El secreto de sus ojos” nos trae la historia de un policía, Benjamín Espósito (Ricardo Darín) que, a raíz de querer escribir una novela sobre un asesinato que él investigó, encuentra una nueva pista para poder descubrir al verdadero asesino, quien nunca fue detenido. En una escena, tal vez fundamental en toda la trama, Pablo Sandoval (Guillermo Francella), compañero de aquel policía, le dice a Benjamín Espósito: “Te das cuenta Benjamín, el tipo (el supuesto asesino) puede cambiar de todo: de cara, de casa, de familia, de novia, de religión, de Dios. Pero hay una cosa que no puede cambiar, Benjamín: No puede cambiar de pasión (su equipo favorito de fútbol).

Por otro lado, lo que intentamos reflexionar, el Evangelio nos trae una escena preciosa. Jesús resucitado se presenta ante los apóstoles que han pasado la noche sin pescar. Uno de ellos cree reconocer al Señor a la orilla del lago y es Pedro el que se lanza al agua para llegar lo antes posible. Y dice el pasaje bíblico que esta fue la tercera vez que Jesús se apareció a los suyos. Aquellos hombres, con Cristo delante, volvían a encontrar el norte y sentido a todo lo que habían vivido. Y ahí es donde creo que tenemos que mirar.

Podemos hablar de lo extraño que es que los discípulos, habiendo reconocido a Jesús, no se atrevieran a preguntarle quién era. También podemos hacer mención a la cantidad de peces, ciento cincuenta y tres, y el significado de este número (ya sabemos que en la Biblia los número no están puestos al azar) y decir que con esta pesca se puede hablar de abundancia. También podemos hacer mención a las tres veces que Cristo le pregunta a Pedro si lo ama, y cómo éste confiesa su amor por Jesús, no sólo de palabra sino de corazón y sin reservas. Pero lo que más llama la atención es lo que les sucede a aquellos pescadores cuando reconocen al Hijo de Dios y descubren que nada se ha perdido, sino que todo se ha transformado y trascendido con Jesús resucitado.

Se me ocurre pensar que el hijo de María y de José, ese que hizo milagros, devolvió la vida a Lázaro y abrazó la cruz por amor, se volvió para los que lo seguían en la única razón de sus vidas, en su más profunda pasión. Por lo tanto, en lo único que a partir de aquella aparición jamás dejarían o cambiarían, aunque les costase la vida. Y, salvando las distancias, es lo que rescato de aquella escena de “El secreto de sus ojos” y que me atrevo a comparar con lo que sucede en este evangelio. Juan, el primero en darse cuenta, le avisa al resto, es el Señor, y los demás, especialmente Pedro, no dudan y van hacia aquél hombre que estaba en la orilla. Seguramente sus corazones le avisaban, más que su vista, que no era cualquiera quien les hablaba, sino el único que los había transformado por completo.

Entonces me pregunto: ¿Nos pasa igual que a aquellos hombres? ¿Cuál es nuestra pasión? ¿Por que o por quién estamos dispuestos a dar la vida? ¿Es Jesús, es Dios, nuestra máxima pasión, lo es todo, absolutamente todo y estamos dispuestos a hacer cualquier cosa con tal de no perder al Señor?

En las grandes pruebas, podría decir alguno, es cuando se ve la pasión y el amor que le tenemos a Dios. Y le damos la razón, pero al mismo tiempo decimos que en las cosas pequeñas y cotidianas también se mide esa pasión y ese amor al Señor, si es que realmente nos apasiona. Porque también puede suceder que fácilmente lo cambiemos por algo, o que no esté entre nuestras prioridades y nuestro ser cristiano se sustente más en una costumbre, una tradición o simplemente una herencia casi inevitable.

Curiosamente, vemos que Cristo llama a los suyos, al inicio, cuando muchos de estos estaban haciendo lo propio, pescando o arreglando las redes. En Lucas 5, 11 leemos: «Y después de traer las barcas a tierra, dejándolo todo, lo siguieron». Lo mismo pasa en esta aparición. Estaban aquellos pescando y Jesús aparece, luego dejan la barca en la orilla y después lo siguen, haciendo propia la misión del Nazareno. Es el Hijo de Dios el que nuevamente irrumpe en la vida de estos hombres, cuando están en sus quehaceres. Y lo mismo, seguramente, nos pasa a nosotros. Sólo nos basta saber si lo reconocemos o no. Lo cual, probablemente, sólo se dé cuando nuestro amor por Dios sea nuestra mayor pasión.

El Señor se sigue apareciendo en nuestras vidas, a veces vestido de gozo y alegría, otras con ropas sucias o un rostro de abandono o de hambre. Y ahí es donde debemos reconocerlo, en nuestro día a día, mientras hacemos lo que llamamos nuestros asuntos. Y ahí es donde nos dice “sígueme”, como le dijo a Pedro, a lo cual sólo podremos responder si nuestra pasión y amor por Dios se parece a la de los discípulos. Ese es el único “secreto”, la única razón, por la cual deberíamos llamarnos hijos de Dios.

Ven

Dios salvaMateo 14, 22-33
Después de la multiplicación de los panes, Jesús obligó a los discípulos que subieran a la barca y pasaran antes que Él a la otra orilla, mientras Él despedía a la multitud. Después, subió a la montaña para orar a solas. y al atardecer, todavía estaba allí, solo. La barca ya estaba muy lejos de la costa, sacudida por las olas, porque tenían viento en contra. A la madrugada, Jesús fue hacia ellos, caminando sobre el mar. Los discípulos, al verlo caminar sobre el mar, se asustaron. «Es un fantasma», dijeron, y llenos de temor se pusieron a gritar. Pero Jesús les dijo: «Tranquilícense, soy Yo; no teman». Entonces Pedro le respondió: «Señor, si eres Tú, mándame ir a tu encuentro sobre el agua». «Ven», le dijo Jesús. y Pedro, bajando de la barca, comenzó a caminar sobre el agua en dirección a Él. Pero, al ver la violencia del viento, tuvo miedo, y como empezaba a hundirse, gritó: «Señor, sálvame». En seguida, Jesús le tendió la mano y lo sostuvo, mientras le decía: «Hombre de poca fe, ¿por qué dudaste? » En cuanto subieron a la barca, el viento se calmó. Los que estaban en ella se postraron ante Él, diciendo: «Verdaderamente, Tú eres el Hijo de Dios».
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Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, porque la estaba usando en no sé qué aburridas anotaciones, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.

Súbitamente, se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: Había quien quería un cóndor y quién una serpiente, otros preferían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.

Y entonces, en medio de aquel alboroto, un desamparadito, que no alzaba más de un metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

—Me lo mandó un tío mío, que vive en Lima —dijo.

—¿Y anda bien? —le pregunté.

—Atrasa un poco —reconoció.

Este es un cuento de Eduardo Galeano, titulado “Celebración de la fantasía, de su obra “El libro de los abrazos”. Es una historia que se puede leer desde muchos ángulos y con variadas fantasías que surgen de imaginar lo que hay detrás del cuento. Al menos podemos coincidir en que el relato es tan tierno como verosímil. Y me recordó a Pedro, o al revés, el apóstol trajo a mi memoria al niño del reloj dibujado en su muñeca.

Lo primero que podemos rescatar de este evangelio es la necesidad que tiene Jesús de apartarse y buscar un lugar para orar. Es bueno tenerla en cuenta esta imagen, ya que vemos cómo se aparta para acercarse a lo divino. Necesita intimidad con el Padre y no duda en obligar a los discípulos que lo dejen solo. El Hijo de Dios necesita orar. ¿Nosotros también lo buscamos, lo necesitamos? ¿A cuántos hemos echado fuera, o qué hemos dejado de lado con tal de encontrarnos a solas con Dios? ¿Nos conformamos, es suficiente, con alguna oración que decimos de memoria, casi medio dormidos o mientras pensamos en otros problemas que tenemos? A veces me digo: Si Jesús era Dios y necesitaba orar, entonces, qué me queda para mí.

La otra parte del Evangelio que llama mucho la atención es que Jesús camina sobre las aguas y que Pedro también pudo hacerlo hasta que el miedo y la duda se apoderaron de él. Esto, desde la humana lógica-comprensión-del-mundo no se termina de entender. Hace falta acudir a lo sobrenatural y al poder divino de Jesús para asimilar lo sucedido. Si hoy viéramos a alguien caminar sobre las aguas, seguramente nos sentiríamos igual de desconcertados que aquél grupo de discípulos que, además, se veían asediados por la violencia del viento y de las olas.

Esta manifestación de la divinidad de Cristo la podemos entender. Y se me ocurre que hay dos caminos posibles después de leer el relato: Nos quedamos con este gran portento como algo para contar y recordar, porque es un hecho del Dios todopoderoso en el que creemos, pensamos qué nos está diciendo a nosotros, tal vez lo mismo que les dijo y enseñó a los discípulos, especialmente a Pedro.

Claro que es mucho más fácil creer y entender que un niño esté convencido de que lo que tiene dibujado en su muñeca es un reloj de verdad, a tal punto de que el pequeño ve que está fallando y que no le da la hora con exactitud. Pero me gustaría partir de esta escena del cuento porque, salvando las distancias, es lo que le pasa a Pedro después de que ve y acepta que lo que anda sobre las aguas no es ningún fantasma, sino el mismo Jesús. Y éste le dice “Ven” y aquél pescador se lanza sin más. Está seguro de poder caminar sobre el mar turbulento y lo hace. No entra en disquisiciones, de si la física y la ley de Arquímedes se lo van a impedir. Solamente deja la barca y camina. Jesús se lo dijo y así sucedió.

En nuestra realidad, aunque sin barca ni mar enfurecido, nos pasa algo parecido. Creemos en Dios, seguimos a Cristo y nos vemos envueltos en más de una dificultad. Tenemos miedo y pensamos que no salimos vivos. Y caemos en la cuenta de que Dios está ahí, que no se fue ni se olvidó de nosotros y que, desde lejos, nos pide que sigamos adelante. Y lo hacemos, en un primer impulso fervoroso, pero en más de una ocasión, al igual que Pedro, quitamos la mirada puesta en Jesús y le prestamos más atención al viento y a la furia de las olas, nuestros problemas, y nos convencemos de que éstos pueden más que Dios. Y nos hundimos. Nos gana la desesperanza, a veces a tal punto que ni siquiera vemos la mano extendida de Jesucristo que nos está diciendo: ¿Por qué dudaste?

Y sin dejar de lado los problemas que nos abruman y de que Dios siempre está para ayudarnos a salir de ellos, hay algo más profundo y trascendente. Jesús quiere, y por eso nos llama, que seamos capaces de caminar sobre las aguas, es decir, que participemos de su divinidad. Y es a lo que estamos llamados todos. Y, por favor, no pensemos que eso sólo significa que haya algún milagro en nuestras vidas. Esto significa que nuestra existencia , toda, tiene que ser divina, de Dios. Y puede serlo ya, ahora, si aceptamos que él esté en nosotros. Es pensar, vivir convencidos de que ya tenemos el reloj y no sólo un dibujo. No es esperar que algún día lo tendré. Depende de nosotros y si creemos firmemente que, con solo escuchar “Ven”, podremos caminar sobre las aguas del mar.

Videntes

eucaristiaLucas 24, 13-35
El primer día de la semana, dos de los discípulos iban a un pequeño pueblo llamado Emaús, situado a unos diez kilómetros de Jerusalén. En el camino hablaban sobre lo que había ocurrido. Mientras conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y siguió caminando con ellos. Pero algo impedía que sus ojos lo reconocieran. Él les dijo: «¿Qué comentaban por el camino? » Ellos se detuvieron, con el semblante triste, y uno de ellos, llamado Cleofás, le respondió: «¡Tú eres el único forastero en Jerusalén que ignora lo que pasó en estos días! » «¿Qué cosa? », les preguntó. Ellos respondieron: «Lo referente a Jesús, el Nazareno, que fue un profeta poderoso en obras y en palabras delante de Dios y de todo el pueblo, y cómo nuestros sumos sacerdotes y nuestros jefes lo entregaron para ser condenado, a muerte y lo crucificaron. Nosotros esperábamos que fuera El quien librara a Israel. Pero a todo esto ya van tres días que sucedieron estas cosas. Es verdad que algunas mujeres que están con nosotros nos han desconcertado: ellas fueron de madrugada al sepulcro y al no hallar el cuerpo de Jesús, volvieron diciendo que se les habían aparecido unos ángeles, asegurándoles que Él está vivo. Algunos de los nuestros fueron al sepulcro y encontraron todo como las mujeres habían dicho. Pero a Él no lo vieron». Jesús les dijo: «¡Hombres duros de entendimiento, cómo les cuesta creer todo lo que anunciaron los profetas! ¿No era necesario que el Mesías soportara esos sufrimientos para entrar en su gloria? » y comenzando por Moisés y continuando con todos los profetas, les interpretó en todas las Escrituras lo que se refería a Él. Cuando llegaron cerca del pueblo adonde iban, Jesús hizo ademán de seguir adelante. Pero ellos le insistieron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde y el día se acaba». Él entró y se quedó con ellos. y estando a la mesa, tomó el pan y pronunció la bendición; luego lo partió y se lo dio. Entonces los ojos de los discípulos se abrieron y lo reconocieron, pero Él había desaparecido de su vista. Y se decían: «¿No ardía acaso nuestro corazón, mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras? » En ese mismo momento, se pusieron en camino y regresaron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los Once y a los demás que estaban con ellos, y estos les dijeron: «Es verdad, ¡el Señor ha resucitado y se apareció a Simón! » Ellos, por su parte, contaron lo que les había pasado en el camino y cómo lo habían reconocido al partir el pan.
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“Pero sucede que en la Iglesia no se piensa. Un obispo sigue diciendo a los ochenta años lo que a los dieciocho le contaron que tenía que decir, y la consecuencia lógica es que siempre tiene un aspecto delicioso…”.  Esta es una afirmación de Lord Henry, en “El retrato de Dorian Gray”, de Oscar Wilde. Dicha en el contexto del primero capítulo tiene su sentido, aunque no deja de ser una crítica. Además, puede tener otras interpretaciones, pero en este caso, creo que lo curioso está en que nos puede servir para pensar el trasfondo más profundo del evangelio de este domingo.

Tenemos a dos discípulos que se dirigen a Emaús y podríamos situarlos en dos momentos: En la oscuridad de la noche, la desesperanza, la decepción y la tristeza y en la luz del día, la alegría, las fuerzas, el entusiasmo y la esperanza. Dos momento antagónicos entre sí que tienen que ver con haber perdido a Jesús, tras ser crucificado y el reconocer vivo a quien creían muerto. Esta misma dicotomía de aquellos, me atrevo a decir, sigue siendo nuestra, la de muchos cristianos en el siglo XXI.

Es verdad que nuestra realidad de creyentes es muy distinta a la de los discípulos. Hay una diferencia muy grande entre lo que aquellos pensaban y creían y lo que nosotros sabemos, pensamos y creemos. Ahora el camino es mucho más fácil, aparentemente, aunque el día a día trae sus complicaciones y contradicciones. A veces vivimos muy convencidos de que Cristo es nuestra salvación y actuamos en consecuencia y otras, a pesar de saber las verdades de nuestra fe, transitamos la noche oscura, donde nada parece cierto.

Al principio les propuse la afirmación que hace un personaje de Oscar Wilde, y si bien, a priori, se puede entender como una crítica a la Iglesia, donde parece que no se piensan las cosas (no podemos olvidar que fue escrito en el siglo XIX), sin embargo nos está diciendo que hay algo que no cambia, que permanece. Y hacemos bien en afirmar que eso que siempre está son las verdades de nuestra fe, pero más que eso, en realidad lo que es inmutable es Dios mismo. Él permanece y, tanto para los discípulos que se dirigen a Emaús como para nosotros, siempre nos ofrece la misma vida infinita, la misma felicidad eterna, la misma salvación.

Y aquí creo que podría estar el punto interesante, para pensar lo que nos cuenta la Palabra de Dios. Aquellos hombres habían perdido el norte una vez que vieron que Jesús estaba muerto. Ya no tenían al que iba a librar a Israel. Lo que poseían había desaparecido. Luego, al reconocer al resucitado, sienten que sus vidas cambian nuevamente, porque recuperan lo que les habían sustraído. Y nosotros seguimos, en alguna medida, inmersos en el mismo esquema. Cuántas veces escuchamos a personas que dicen que han perdido la fe, y la razón de esta situación son las dificultades que tienen y no pueden resolver. Pensaban que Dios iba a solucionar todo y, al ver que las cosas no caminan, se sienten abandonados. Nadie los va a liberar. Lo que poseían, lo han perdido. Pareciera que para ellos Dios ha cambiado. Pero en cuanto se vislumbra la solución, entonces se vuelve a la alegría y a la fe firme. ¿Acaso no estamos en el mismo esquema de Emaús?

En este ida y vuelta de pérdida y recupero de la fe, según nuestra vivencia, los únicos que cambian somos nosotros. Dios sigue estando igual de vivo y presente como siempre, pero no lo reconocemos como antes. Porque, en palabras del mismo Evangelio, nosotros “esperábamos” que Dios actuara de tal manera, esperábamos que la Iglesia hiciera tal cosa, esperábamos que el sacerdote hiciera lo que imagino que debe hacer, esperaba que tal persona obrar de tal forma. La mirada parte desde nuestras perspectivas y expectativas y de ese modo resulta más difícil reconocer a Jesús Resucitado, el cual no deja de ser quien es.

Aquí, el problema está en reconocer, o no, la presencia de Dios. Pero, felizmente, al menos tenemos dos claves, diría fundamentales, que nos ayudarán para que Dios no se nos escape. Una es la vivencia personal y profunda de Jesús. Y el mejor lugar para lograrlo es en la Eucaristía. Y en esto, aclaro, no nos referimos a “oír misa”, como a veces señalamos. Ir a misa no es suficiente. Puedo ir al cine y no experimentar más que el paso del tiempo delante de una pantalla. Vivenciar la Eucaristía es sentarnos al rededor de la mesa del Señor y compartir su pan. Ahí es donde vamos a reconocer, sin confusiones, que Dios está vivo. Y él siempre está. No se ausenta.

Lo segundo, es saber que esta vivencia siempre se da en comunidad y en la comunidad. Aquellos eran dos caminando hacia Emaús, luego volvieron a encontrarse con el resto, para compartir la experiencia. Y esto es importante, más en nuestra época, donde la carrera individual también se se ha instalado en la fe cristiana. No somos ni podemos pretender ser héroes ante el desafío de conquistar a Dios solos. Jesús se hace presente cuando estamos reunidos. Así es más fácil reconocerlo.

Para todo esto, tal vez sirva, debemos comenzar por suscitar momentos donde compartir, en comunidad, la experiencia personal que tenemos de Dios. ¿Dónde? En casa, por ejemplo. ¿Cuántas veces hablamos de Dios en familia? No me refiero a tomar la lección de catequesis a los niños que van a hacer la primera comunión, sino a hablar de qué ha descubierto cada uno, en su interior, acerca de Dios, eso que se vive, tal vez, al recibir el pan de la Eucaristía.