De cansados y agobiados

Ciclo A – Domingo XIV Tiempo Ordinario

Mateo 11, 25-30
Jesús dijo: Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque, habiendo ocultado estas cosas a los sabios y a los prudentes, las has revelado a los pequeños. Sí, Padre, porque así lo has querido. Todo me ha sido dado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo sino el Padre, así como nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquél a quien el Hijo se lo quiera revelar. Vengan a mí todos los que están afligidos y agobiados, y Yo los aliviaré. Carguen sobre ustedes mi yugo y aprendan de mí, porque soy paciente y humilde de corazón, y así encontrarán alivio. Porque mi yugo es suave y mi carga liviana.

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De cansados y agobiados estamos llenos. Hay quienes están cansados de pedir, de rogar, de implorar. Otros están cansados de andar, de no llegar, de siempre tener que añorar. También están los cansados de mirar, de desear, de soñar. Los hay quienes están cansados de esperar, de ser postergados, de resignar. Unos están cansados de hacer por hacer, de aparentar, de sólo cumplir el expediente. Otros están cansados de hablar, de predicar, de aleccionar.  Y también están los cansados de tener que acatar, asumir y sacrificar. Tenemos gente cansada por todos lados y una gran mayoría dicen ser cristianos. Y digo dicen, porque sólo (tal vez exagero) les queda el nombre. ¿Por qué pasa esto?

Tengo la impresión que a lo largo de la vida de la Iglesia, mucho se ha hecho hincapié en las normas y las leyes y preceptos que todo buen cristiano debe cumplir. Empezando por los 10 mandamientos, pasando por los preceptos de la Iglesia, hasta llegar a “las normas de piedad”. Y en el medio se nos quedaron olvidadas algunas enseñanzas de Jesús, donde también incluyo el texto presente de este domingo. ¿Por qué resulta, para muchos, tan gravoso el ser cristianos completamente? ¿Acaso Jesús no nos habla y ofrece un yugo suave y una carga liviana?

Creo que nos hemos centrado en querer agradar a Dios cumpliendo aquello que nosotros mismos nos hemos impuesto. Menos mal que no tenemos 600 preceptos y más de 5000 prescripciones, como tenían que llevar adelante fariseos y entendidos y sabios de Dios. Nuestras “leyes” son menos en cantidad, pero se pueden volver igual de opresivas que aquellas que regían en el tiempo de Jesús. Y no porque las normas sean malas en sí mismas, sino porque han cobrado tal importancia que nos han encandilado y ya no vemos a Dios con claridad. Los preceptos pasaron a ser lo importante y el Señor quedó relegado a un segundo plano, o sólo como consecuencia o premio de cumplir, a la perfección, lo que está prescrito. Nos pesa más el cumplir con el ayuno cuaresmal que hacer la vista gorda y dejar que siga “ayunando” alguien que está en la calle y no tiene qué comer.

Entonces Jesús nos dice que carguemos con su yugo y su carga. Será para recobrar el norte, para descubrir o redescubrir lo verdaderamente importante y para dejar de cargar con cuestiones que pesan más de la cuenta y que más que ayudarnos nos cansan, no agobian y nos afligen. Tal vez así, de la lista primera de cansancios, sean cada vez menos los cristianos en esa situación, porque hemos descubierto lo mejor, lo esencial, lo que, en la mayoría de los casos, es invisible a los ojos.

Hoy Cristo nos plantea que para tener a Dios y su palabra revelada, tenemos que ser pequeños, sencillos y humildes. Y creo que tiene que ver con despojarnos de los ropajes de la soberbia, el engreimiento y la vanagloria, y al mismo tiempo de todo aquello que no nos deja comprender bien a Dios y su mensaje. Entonces tendremos que ser capaces de bajar de nuestros pedestales, dejar aquello que hemos construido como imprescindible y empezar a escuchar con más atención lo que Jesús nos predica. Y nos daremos cuenta de que, al final, lo único que tenemos que comprender y aprender es el lenguaje de Dios, que sabemos que es el lenguaje del amor. Pero amor, como el mismo Cristo nos enseñó. Él mismo nos dice “aprended de mí”.

Ojalá que nadie claudique por tanto cansancio y agobio, y que todos encontremos, asumiendo lo que Jesús ofrece: libertad, descanso y esperanza, tras hacer nuestros su carga y su yugo. Y que seamos más los cristianos que verdaderamente hemos comprendido lo que queda vedado para sabios y entendidos.

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