Marca de Dios

Ciclo A – Domingo XI – Corpus Christi

Juan 6, 51-58
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede damos a comer su carne?» Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mi. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente».
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Es conocido el dicho (al menos en Argentina) que dice: “Todo niño que nace, viene con un pan bajo el brazo”. Ciertamente, es un modo de expresar lo que de esperanza nos trae el ver nacer a un bebé, más aún si es en el seno de nuestras familias. Algo bueno siempre nos pasa cuando hay un nacimiento. Y lo que más agradecemos, me parece, es la bendición que supone una vida nueva que hace que tengamos ganas de vivir y ser mejores.

Hoy celebramos esta gran fiesta, el Corpus Christi, y, si aceptan el símil que hago, podríamos decir que Jesús nació en Belén y trajo el pan bajo el brazo, o mejor, vino él mismo, el pan que nos hacía falta. Cuando nació el Niño Dios nadie imaginó la riqueza que esto supondría para todos, y menos aún lo duradera que esta sería. Además de salvación para una vida eterna, supuso alimento que supone fortaleza para el camino que hay que recorrer hasta llegar a Su lado. No hay alimento mejor que se le haya podido ocurrir a Dios para querernos y cuidarnos.

Por otro lado, tenemos que ser conscientes de que esta fiesta que celebramos nos tiene que llevar a pensar en la comunión, no como quien piensa en la primera comunión, sino como quien se hace uno con el otro. Todos participamos de un mismo pan y por lo tanto nos hacemos uno en la mesa del Señor. Cuando comulgo estoy diciendo que me importa la vida del otro, que soy capaz de sentir con el que está a mi lado, que no soy ajeno a la vida de mi hermano, y que no me sólo me regodeo en la dulzura de saber que he recibido al mismo Dios. Y claro que es verdad que nos volvemos templos del mismo Señor, pero no podemos olvidarnos de nuestros semejantes, ya que el cuidado y la atención a los demás es fruto de una verdadera comunión con Jesús Eucaristía.

Cuando recibimos la forma consagrada, el sacerdote nos la presenta y nos dice: Corpus Christi, o sea Cuerpo de Cristo. Y nosotros respondemos amén. Aunque hay algunos que lo reciben y dicen gracias. Y creo que no es un error o una confusión, como podríamos pensar, sino una forma clara de agradecer la grandeza y el valor infinito que supone recibir el Cuerpo de Cristo. Es el mismo Dios y no podemos menos que agradecerlo.

Así mismo, tenemos que entender que este es un hacernos parte del mismo Dios. Él habita en nosotros y nosotros en él. Parece que el sentido común nos lleva a entender que somos nosotros quienes hacemos nuestro ese pedazo de pan y, por lo tanto, “asimilamos” a Dios en nuestra vida. Pero también ocurre lo contrario: Es Él quien nos hace suyos. Es así como entramos en comunión con Dios y con los demás que lo reciben. Nos hacemos parte de un mismo cuerpo, el cuerpo místico de Cristo, y así entramos en comunión con los demás miembros, incluido aquél que no me cae bien. Por eso cuando negamos el saludo y hacemos algún mal a otra persona, al mismo tiempo nos lo estamos haciendo a nosotros mismos, porque todo lo que es el otro, también lo somos nosotros, en Jesús Eucaristía.

Esto me ha recordado un texto que leí en iberlibro.com

Era de esperarse, claro está, que Don Quijote sirviera de inspiración a numerosos autores, ensayistas, músicos y académicos. Como pasa con todas las ideas geniales que hablan de ideales universales y virtudes inmortales; como pasa con esas historias que una vez descubiertas, una vez saboreadas, no pueden más que definirnos como personas y recordarnos ideales que nunca debimos olvidar; son muchos quienes no tienen suficiente con leer (y releer) la obra maestra de Cervantes sino también deben expresar a través de su arte las marcas, y más que marcas cicatrices, que el Quijote les dejó en el alma.

Es que, si de verdad Jesús nos trajo pan, Su Pan, y lo hemos saboreado con profundidad, no podemos más que definirnos como personas y recordarnos ideales que nunca debimos olvidar y así expresar, a través de nuestras vidas, que Jesús, su Pan y Vino, su Cuerpo y Sangre, no ha marcado el alma y no podemos callarlo.

¿Qué haremos o cómo será nuestra vida, después de recibir el Cuerpo de Jesús, sabiendo que llevamos la misma marca de Dios en nosotros?

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