El Soplo de Dios

Ciclo A – Domingo de Pentecostés

Juan 20, 19-23
Al atardecer del primer día de la semana, los discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos. Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté con ustedes! » Mientras decía esto, les mostró sus manos y su costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. Jesús les dijo de nuevo: «¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes». Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió: «Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».

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Hoy celebramos el nacimiento de la Iglesia, que se da con la venida del Espíritu Santo. Y teniendo en cuentas las lecturas de hoy, para hacer nuestro el mensaje que se transmite, y no sólo tomando estos hechos como memoria de lo que celebramos, creo que podemos poner la mirada en algunas palabras que marcan un camino, a raíz del soplo divino de Dios:

Ruido, infusión, alegría y difusión. Son las cuatro palabras que podemos resaltar hoy.

Ruido.

Fíjense que el Espíritu Santo, según nos cuenta la primera lectura, llega haciendo mucho ruido. Es una ráfaga. No una brisa suave, sin importancia. Hay un estruendo y se produce el milagro, si queremos llamarlo así. Todos reciben el Espíritu y cambian radicalmente de vida. Nunca más miedo, nunca más encierro.

Aquí tenemos que evaluar cuáles son los ruidos de nuestra época. Hay muchos que se le parecen, pero no nos cambian, no nos quitan miedos, más bien todo lo contrario. Los ruidos de hoy, muchas veces nos encierran, en cambio, el ruido de Dios, su irrupción en nuestra vida, siempre libera. Hoy tenemos ruidos de protestas, manifestaciones, bombas, atentados, sirenas, bocinazos, gritos de insatisfacción, de dolor o de indignación, y muchos más que podemos imaginar, pero ninguno habla la lengua del Espíritu Santo. Es más, tengo la sensación de que las voces del cielo comienzan a estar relegadas a ciertos ámbitos. Sí, todo el mundo puede expresarse, pero sin molestar al vecino, y si la Iglesia habla de puertas adentro, mejor para muchos que ven en contra de ella.

 Infusión.

Aquí me refiero a la del Espíritu y a la de cualquiera de los brebajes que solemos tomar, como la manzanilla o el té de boldo. Las propiedades de la hierba pasan al agua y de ahí a quien la bebe. De igual modo, si el Espíritu viene sobre nosotros lo que es suyo pasa a nosotros. Pero hay que prepararse, es decir, hervir el agua para que suceda el milagro de la infusión. Si el agua está fría, muy poco podremos sacar de nuestro preparado. Y si esto lo miramos con ojos de fe, prepararse será, por ejemplo, abrir el corazón a lo que Dios nos dice. Abrir los oídos para escuchar sus palabras y dejar que cale en nosotros lo que su voz quiere transmitirnos. Así sabremos qué tenemos que hacer.

Alegría

Es el fruto del Espíritu. Es el bienestar que nos da la infusión que nos tomamos. Nos duele la panza, tomamos una manzanilla y luego sentimos mejoría, alivio, bienestar, y por qué no, alegría. La mejor manera de evaluar si hay Espíritu Santo en nuestras vidas es ver si vivimos alegres. No digo que no haya problemas y días grises donde se hace difícil vivir, pero en el fondo siempre encontramos fuerza y esperanza para seguir caminando. Experimentamos la alegría de Dios que hace posible que sonriamos aunque las cosas no vayan bien. Creemos que todo se puede con el Señor. Entonces somos capaces de vencer barreras, abrir puertas y ventanas y seguir hacia delante.

Difusión

Esta es la consecuencia natural. No podemos callarnos. Tenemos que compartirlo. No sentimos vergüenza. Incluso hablamos con naturalidad de las cosas de Dios. Es que se vuelve tan cotidiano el Señor en nuestra vida, que nos resulta normal hablar de él y con él. Además de que hay una necesidad de querer compartir la felicidad, la alegría que vivimos una vez que recibimos el Espíritu Santo.

Por tanto, podríamos preguntarnos: ¿Realmente nos transforma el Espíritu Santo? Si es así, como aquellos discípulos, seguro que estaremos transformando, por lo menos, nuestro entorno, ¿no es así? Porque aquel envío que Jesús hace, también es para nosotros. Ser cristianos, llenos del Espíritu, no significa solamente ser buenos cumplidores de las normas y preceptos de la Iglesia. Es salir del encierro y dar a conocer al mundo lo que hemos recibido de Dios. ¡Que nadie nos calle!

Ejercicio práctico: Elijamos un día, en el cual vamos a contar las veces que sonreímos a los demás, el número de cosas buenas y positivas que hacemos, calcular si pasamos el día alegres o tristes. Es como verificar cuánto tiempo compartimos con Dios en un Día.

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