No pensar mucho

Ciclo A – Domingo VI Tiempo Pascual

Juan 14, 15-21
Durante la Última Cena, Jesús dijo a sus discípulos: Si ustedes me aman, cumplirán mis mandamientos. y Yo rogaré al Padre, y Él les dará otro Paráclito para que esté siempre con ustedes: el Espíritu de la Verdad, a quien el mundo no puede recibir, porque no lo ve ni lo conoce. Ustedes, en cambio, lo conocen, porque Él permanece con ustedes y estará en ustedes. No los dejaré huérfanos, volveré a ustedes. Dentro de poco el mundo ya no me verá, pero ustedes sí me verán, porque Yo vivo y también ustedes vivirán. Aquel día comprenderán que Yo estoy en mi Padre, y que ustedes están en mí y Yo en ustedes. El que recibe mis mandamientos y los cumple, ése es el que me ama; ; y el que me ama será amado por mi Padre, y Yo lo amaré y me manifestaré a él.

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Escuchar el evangelio de Juan nos lleva a algunas conclusiones tan rápidas como ciertas. Tenemos que cumplir los mandamientos para decirle a Jesús que lo amamos, debemos ser conscientes de la presencia de Dios y de su Espíritu en nosotros, y saber que no estamos huérfanos porque él vuelve a nuestro encuentro. Por consiguiente asumimos la tarea del esfuerzo de cumplir lo que nos enseñó el Señor. Y eso está muy bien, aunque hoy en día, se me ocurre, esto lo asociamos directamente con los preceptos y normas de la Iglesia y a tener presente los diez mandamientos que no siempre recordamos en su totalidad, salvo dos o tres que se llevan la palma: el sexto, el noveno y el décimo. ¿Que cuáles son? Seguro que ya los estamos recordando.

Y si más o menos lo llevamos bien, nos quedamos bastante tranquilos, máxime cuando concluimos que mientras no le hagamos mal a nadie, la cosa está fenomenal. Y claro que, si decididamente no hacemos mal a nadie, ya hemos ganado mucho terreno, pero tal vez no sea suficiente. Como probablemente no es suficiente con cumplir los mandamientos y los preceptos que conocemos. No porque no valgan o no sea correcto el actuar así, sino porque creo que lo que nos pide el evangelio y a través de él, Jesús, es que adoptemos una actitud positiva y activa en la forma de vivir nuestra fe. No se trata sólo de un restringirse o un aguantarse, como consecuencia de los “No” que encontramos en el decálogo (no matarás, no robarás, no levantarás falsos testimonios, no desearás), sino que entramos en el diálogo de los “Sí”, que es lo que entiendo que nos pide el mismo Cristo.

Cuando él nos dice que como consecuencia de nuestro amor a Dios cumpliremos sus mandatos, nos está diciendo que lo primero es amar y con ello mismo estamos haciendo lo que nos pidió. Creo que no deberíamos tomar esta afirmación del evangelio, solo con una interpretación: Que el amor que le tenemos al Señor se lo vamos a demostrar a través del cumplir los mandatos, sino pensar que en al amar a Dios, ya estamos cumpliendo lo que nos ha dicho. El cumplir los mandamientos sería la consecuencia de amar primero al Señor.

Si amamos de verdad no haremos aquello que no puede ser fruto y consecuencia del amor. Y aquí es donde viene el desafío de ser los más auténticos y veraces posible, para que nuestros actos sean ciertos y se conviertan en verdaderos actos de amor. Tal vez en este contexto sea más fácil comprender el “ama y haz lo que quieras”, de san Agustín. Porque quien dice que ama y hace daño a su hermano, probablemente se le pueda llamar mentiroso.

Son nuestras obras, nuestros actos concretos, los que evidenciarán nuestro amor a Dios y, consecuentemente, nos pondrán en la situación de haber cumplido los mandamientos de Dios.

Por último, creo que nos ayudará el leer el siguiente texto:

Para aprovechar mucho en este camino y subir a las moradas que deseamos, no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho; y así lo que más os despertare a amar, eso haced. Quizá no sabemos qué es amar, y no me espantaré mucho; porque no está en el mayor gusto, sino en la mayor determinación de desear contentar en todo a Dios…

Es de los escritos de santa Teresa de Jesús, el número 7 del capítulo 1 de la Cuarta Morada, y seguramente nos da para otra reflexión más, pero me atrevo a resumirlo en una de las palabras que nos dice y que, podríamos decir, hace resonar el evangelio de hoy: no está la cosa en pensar mucho, sino en amar mucho.

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