De Rey a reo

 

Ciclo A – Domingo de Ramos

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Abrimos la puerta de esta gran semana. Qué plantear o qué decir, que no sepamos ya sobre estos días. En especial sobre el Domingo de Ramos, donde tenemos muy presente esta entrada triunfal de Jesús. Y debo admitir que a partir de hoy, y hasta el Domingo de Pascua, cada año, siempre me ha resultado un tiempo de celebraciones cargadas de misterio y de amor profundo.

Y en concreto, este día en el que vemos cómo Jesús entra como un Rey a Jerusalén, para después escuchar el relato de la pasión, encuentro todo muy lógico y contradictorio al mismo tiempo. Lógico porque es dar una visión concreta y global de lo que pasó con Cristo. Contradictorio porque en una misma celebración vemos contrapuestos dos grandes momentos: El triunfo y la derrota. El Rey y el reo.

Hoy, evidentemente, no haríamos como aquellos mal agradecidos que alababan a Dios por tener a Cristo, para luego darle la espalda y pedir su muerte. Nosotros somos mejores, eso está claro, ¿verdad?. Mucho más inteligentes, por supuesto, y no hubiéramos dejado que Jesús se nos escapara de las manos de esa forma, ¿cierto? No digo que pensemos así, sólo es un posible razonamiento, aunque se me ocurre que el problema de ellos, que también a veces es el nuestro, viene dado por las RR.

Hay un suerte de trabalenguas que aprendí hace muchos años y que dice así: R con R guitarra, R con R carril, mira que rápido ruedan, las ruedas del ferrocarril… Y este me puede valer para expresar que parece que la vida se ha vuelto un trabalenguas que decimos y repetimos, una y otra vez, entonces las R (incluida la de Ramos) las confundimos, igual que le pasó a la gente de aquella época, que en lugar de seguir diciendo Rey, como al principio, terminaron diciendo Reo.

Por supuesto que esto de la pasión, y lo del Domingo de Ramos, no es un juego de niños. Pero en nuestra vida, y en relación con Dios, sucede que a veces lo tenemos al Señor en lo más alto de un pedestal, porque nos concede todo lo que le pedimos, porque sentimos un calorcito en el corazón y entendemos que es Su presencia. Y no hace falta mucho para que sintamos que está en nuestras vidas. Entonces repetimos, con fuerza y convicción: Él es Rey, él es mi Rey. Aunque, a veces, tiempo después, las cosas se vuelven desabridas, experimentamos situaciones sin sentido y lo que le pedimos a Dios no lo obtenemos. Poco a poco, pasamos de decir Él es mi Rey a gritar Él es mi Reo.

Sabemos que casi nadie le llama Reo a Jesús, pero las actitudes que tenemos hacia él, que son la actitudes que tenemos hacia nuestros hermanos, posiblemente se traducen en llamar Reo al que antes era Rey. Cuando somos indiferentes a las necesidades ajenas, cuando estamos llenos de rabia y bronca hacia alguien, cuando se la tenemos jurada a quien nos ofendió, cuando no queremos volver a hablarle a algún hermano, o nuestros padres… entonces estamos gritando Reo con mucha fuerza.

Por otro lado tenemos, déjenme jugar un poco, Re”y” y Re”o”. Es  un juego de letras cambiadas y de palabras, pero fíjense cómo cambia todo el sentido por una sola letra. Una “y” o una “o” y el mundo cambia del día a la noche. Y es que hace falta muy poco para pasar de un concepto a otro. Como, casi sin dificultad, podemos cambiar nuestra relación con los que están cerca de nosotros y donde decíamos que estaba Dios, Rey, pasamos a decir que ahora tenemos Reo. A veces se juzga y se condena con mucha facilidad.

También nos vale, me parece, para pensar que Jesús es el único que acepta ese cambio, que a pesar del dolor es capaz de recibir bien su nueva denominación, sólo y únicamente por amor a nosotros. Acepta ser Rey y después Reo, con tal de ganarnos la salvación eterna.

R con R guitarra, R con R carril, mira que rápido ruedan, las ruedas del ferrocarril… Que la Semana Santa nos sirva para reconocer, al menos, dos cosas: Primero ver Si Dios, en nuestras vidas, es Rey o Reo, y segundo para ver cómo trato a los demás: Como Reyes o como Reos.

Celebrar la Resurrección es aceptar al único Rey y vivir según su ley implacable: La ley del amor.

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