Ascensión, prueba irrefutable

Subir al Cielo

Ciclo C – Domingo VIII Tiempo Pascual – Ascensión del Señor

Lucas 24, 46-53
Jesús dijo a sus discípulos: «Así está escrito: el Mesías debía sufrir y resucitar de entre los muertos al tercer día, y comenzando por Jerusalén, en su Nombre debía predicarse a todas las naciones la conversión para el perdón de los pecados. Ustedes son testigos de todo esto. Y Yo les enviaré lo que mi Padre les ha prometido. Permanezcan en la ciudad, hasta que sean revestidos con la fuerza que viene de lo alto». Después Jesús los llevó hasta las proximidades de Betania y, elevando sus manos, los bendijo. Mientras los bendecía, se separó de ellos y fue llevado al cielo. Los discípulos, que se habían postrado delante de Él, volvieron a Jerusalén con gran alegría, y permanecían continuamente en el Templo alabando a Dios.
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“La única prueba que tenía de haber dormido era la pesadilla. Una prueba atroz, pero en fin…”

Este es un pequeño fragmento de un libro titulado “El palabrista. Borges, visto y oído”, de Esteban Peicovich. Donde recoge frases y pensamientos de Jorge Luis Borges, dichas en distintos momento y circunstancias, como entrevistas que le hicieron y que no se encuentran exactamente reflejadas en una obra de Borges.

Esta solemnidad, La Ascensión del Señor, nos pone en perspectiva la subida de Jesús al cielo. Así lo hemos entendido, especialmente desde lo que leemos tanto en el Evangelio de Lucas como en los Hechos de los apóstoles. Y por supuesto esto nos hace pensar, tal vez, en la vida futura, junto a Dios, deseando ir y habitar una de esas habitaciones que el mismo Jesús nos prometió que iba a preparar, en la casa de su Padre. Pero, ¿mientras qué? ¿Nos conformamos con añorar y desear o hay algo más que debemos hacer?

Tengo la impresión de que cuando hablamos acerca de la vida futura, de la ascensión al cielo o del Reino de Dios, casi siempre pensamos en un tiempo remoto, lejano, idílico, entre nubes, que no alcanzamos con las manos. Y más aún si concluimos que para ir al cielo hace falta morirse. Eso, cuanto más lejos, mejor. No porque no queramos ir con Dios, sino porque no tenemos ninguna urgencia para adelantar acontecimiento, ¿verdad? Sin embargo creo que, repasando el mensaje que hoy leemos, Jesús nos promete el Espíritu Santo, no para poder esperar pacientemente hasta que nos toque el turno de ir al cielo, sino para poder hacer lo que nos enseñó y ascender con él, ahora, en cada momento, a la casa del Padre. Así lo entendieron, lo vivieron y transmitieron los apóstoles.

Todo esto está más cerca, más a mano, de lo que tal vez imaginamos. Y esto lo creo por las palabras de San Pablo, en la segunda lectura de hoy (Efesios 1, 17-23), que pide que Dios nos dé el Espíritu que nos ayude a comprender y conocer y que ilumine nuestros corazones para que podamos valorar la esperanza a la que hemos sido llamados. Y es ahí, en el corazón donde nos podemos hacer conscientes de esta realidad divina en cada uno de nosotros, la cual nos da al Dios mismo y nos hace capaces de darlo a los demás. Y es que si no somos conscientes de esto, claro que el cielo, Dios y la ascensión nos van quedar siempre muy lejos. Aquí podemos recordar aquello que san Agustín decía: «¡Tarde te amé, Hermosura tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y tú estabas dentro de mí y yo afuera, y así por fuera te buscaba». Ahí es donde comienza el camino de ascensión al cielo.

Entonces recordamos nuevamente aquella frase de Borges: “La única prueba que tenía de haber dormido era la pesadilla. Una prueba atroz, pero en fin…” No porque esto que celebramos hoy sea una pesadilla, sino porque podríamos preguntarnos cuáles son las pruebas de que todo esto es verdad, de que hay cielo y de que hay Dios, y de que Jesús subió al Padre y de que todo puede estar al alcance de la mano. ¿Cuáles son las pruebas?

Las pruebas las tenemos en todo aquello que dice que somos de Dios y para Dios. Como cada acto de amor que realizamos que nos asemeja al mismo Cristo. Y es que cuando dejamos que el Espíritu nos habite, y somos capaces de olvidarnos un poco de nosotros mismos y damos rienda suelta al prójimo, para conjugarlo de todas las formas posibles,  entonces hay pruebas de que Dios existe. Porque hacemos realidad aquél mandamiento que nos lleva al cielo: Amar al prójimo como a nosotros mismos. Entonces ascendemos al cielo, aunque sigamos caminando en esta tierra. Y esas son las pruebas irrefutables de que, junto con Jesús, subimos al mismo seno del Padre, aunque no hayamos muerto físicamente.

¿Qué prueba tienes de que el Reino de Dios ha llegado a tu vida y estás ascendiendo al cielo?

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