Expectativas propias

Jesús es tentado

Ciclo C – Domino I de Cuaresma

Lucas 4, 1-13
Jesús, lleno del Espíritu Santo, regresó de las orillas del Jordán y fue conducido por el Espíritu al desierto, donde fue tentado por el demonio durante cuarenta días. No comió nada durante esos días, y al cabo de ellos tuvo hambre. El demonio le dijo entonces: «Si Tú eres Hijo de Dios, manda a esta piedra que se convierta en pan». Pero Jesús le respondió: «Dice la Escritura: El hombre no vive solamente de pan». Luego el demonio lo llevó a un lugar más alto, le mostró en un instante todos los reinos de la tierra y le dijo: «Te daré todo este poder y el esplendor de estos reinos, porque me han sido entregados, y yo los doy a quien quiero. Si Tú te postras delante de mí, todo eso te pertenecerá». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: Adorarás al Señor, tu Dios, y a Él solo rendirás culto».  Después el demonio lo condujo a Jerusalén, lo puso en la parte más alta del Templo y le dijo: «Si Tú eres Hijo de Dios, tírate de aquí abajo, porque está escrito: Él dará órdenes a sus ángeles para que ellos te cuiden. Y también: Ellos te llevarán en sus manos para que tu pie no tropiece con ninguna piedra». Pero Jesús le respondió: «Está escrito: No tentarás al Señor, tu Dios». Una vez agotadas todas las formas de tentación, el demonio se alejó de Él, hasta el momento oportuno.
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“Con el fin de construir nuestra nación, debemos superar nuestras propias expectativas”.

Esta es una frase que Nelson Mandela (Morgan Freeman), en la película “Invictus”, le dice al capitán de los Springboxs, François Pienaar (Matt Damon), en un diálogo que mantienen ambos en la casa presidencial. Y a partir de ese momento comienza todo un movimiento para que, no sólo aquél equipo gane el Mundial de Rugby de 1995, sino para que esto sea motivo, causa y cauce de la unión de toda una nación, y así superar el apartheid. Y claro que el evangelio trata un tema muy distinto y muy nuestro a la vez, ya que las tentaciones no sólo son de Jesús. Y este pasaje bíblico creo que podemos abordarlo también a partir de aquél pensamiento.

Estas tres tentaciones, que también son nuestras, las podríamos resumir en tentaciones de placer, de gloria y poder, y de vanagloria. Y evidentemente las respuestas de Jesús nos parecen lo más acertado: “No sólo de pan vive el hombre”, “Adorarás al Señor tu Dios” y “No tentarás al Señor tu Dios”. Y, en teoría, sabemos que debe ser así, sin embargo nos vemos más que en aprietos a la hora de decir “No” a las tentaciones que padecemos.

Si bien podemos detenernos en más de una explicación, con ejemplos incluidos, en cada una de las tentaciones, creo que sería bueno resaltar de ellas el punto en común. Aquellas y las que podamos pensar, siempre nos llevan a un mismo lugar: “Sólo pensar en nosotros mismos”. Y de ahí viene el desenlace de lo que llamamos mal o consecuencias del pecado. Y es que cada opción egoísta que hacemos, nos aparta de lo que Dios quiere de nosotros y nos aleja de las personas que tenemos a nuestro lado. Porque sólo pensamos en nuestros propios intereses y beneficios y los demás van quedando lejos de nuestro centro de atención.

Si Jesús hubiera hecho caso y aceptado las ofertas que tuvo, seguramente su misión se habría convertido en un espejismo o una ilusión. Así nos pasa a nosotros, cuando creemos que nuestro cometido principal se sustenta en las fantasías y felicidades que nos venden a diario. Entonces empezamos a bregar para conquistar lo que no es, lo que no existe. O lo que sólo existe en la irrealidad de la ambición y el egoísmo. Y todo por querer conquistar aquello que llamamos felicidad, o lo que pensamos que nos va a hacer felices. Siempre manteniéndonos en el centro de la escena y como beneficiarios únicos.

Antes les traía una frase de Mandela, que dice: “Con el fin de construir nuestra nación, debemos superar nuestras propias expectativas”, y en cuestiones de fe, religión y amor a Dios y al prójimo, debería ser de un modo parecido. Para construir este Reino de Dios, del cual formamos parte, hace falta que dejemos de pensar de un modo individual y egoísta, que vayamos más allá de las expectativas personales y busquemos construir lo que hemos repetido durante años, la Civilización del Amor. Que más bien parece una frase hecha antes que una realidad. Es decir, que evitemos caer en la tentación de sólo pensar en nosotros mismos, para pensar en bien de todos.

Aquí tal vez cabe pensar cómo es nuestra vida, qué proyectos llevamos adelante, en relación a nuestro ser hijos de Dios. Jesús nos ha confiado una misión: Hacer a todos los pueblos sus discípulos. ¿Es ese el objetivo que tenemos personalmente? ¿Buscamos que nuestros planes también tengan que ver con los de Dios? Y cuando pienso en los planes de Dios, no estoy pensando en las grandes proezas evangelizadoras, o en súper misioneros que entregan su vida hasta el martirio, sino que pienso en esos actos de amor que deberíamos ser capaces de hacer. Como “perder el tiempo” escuchando a alguien que lo necesite, o dándole algo de comer a una persona que nos pide todos los días, aunque nos veamos tentados a no hacerlo, pensando que eso no le va a cambiar la vida.

Habrá que aprender a superar, como Jesús, las tentaciones de poder, placer y vanagloria, aunque estas se enmascaren de otras formas y aunque siempre encontremos una razón para justificar nuestros actos. Y para eso tendremos que saber mirar más más allá de las propias expectativas y hacer nuestro el proyecto de amor para la humanidad, pensado por Dios. Sabiendo que la fuerza para no caer la vamos a encontrar en su Gracia, es decir, en dejar que Dios nos habite.

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