Ser pueblo elegido

Jesús misericordioso

Ciclo C – Domingo IV del Tiempo Ordinario

Lucas 4, 21-30
Después que Jesús predicó en la sinagoga de Nazaret, todos daban testimonio a favor de El y estaban llenos de admiración por las palabras de gracia que salían de su boca. y decían: «¿No es éste el hijo de José? » Pero Él les respondió: «Sin duda ustedes me citarán el refrán: “Médico, sánate a ti mismo”. Realiza también aquí, en tu patria, todo lo que hemos oído que sucedió en Cafarnaúm». Después agregó: «Les aseguro que ningún profeta es bien recibido en su tierra. Yo les aseguro que había muchas viudas en Israel en el tiempo de Elías, cuando durante tres años y seis meses no hubo lluvia del cielo y el hambre azotó todo el país. Sin embargo, a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una viuda de Sarepta, en el país de Sidón. También había muchos leprosos en Israel, en el tiempo del profeta Eliseo, pero ninguno de ellos fue sanado, sino Naamán, el sirio». Al oír estas palabras, todos los que estaban en la sinagoga se enfurecieron y, levantándose, lo empujaron fuera de la ciudad, hasta un lugar escarpado de la colina sobre la que se levantaba la ciudad, con intención de despeñarlo. Pero Jesús, pasando en medio de ellos, continuó su camino.
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El hambre, que mata callando, mata a los callados. Los expertos, los pobrólogos, hablan por ellos. Nos cuentan en qué no trabajan, qué no comen, cuánto no pesan, cuánto no miden, qué no tienen, qué no piensan, qué no votan, en qué no creen.
Sólo nos falta saber por qué los pobres son pobres. ¿Será porque su hambre nos alimenta y su desnudez nos viste?

Este es un fragmento de una de las historias que cuenta Eduardo Galeano en su libro “Espejos. Una historia casi universal”. Y su reflexión es algo urticante y, en principio, en desconexión con el evangelio de hoy. Sin embargo, creo que, salvando las distancias, nos está hablando de una realidad que no deja de ser la nuestra, que es similar a lo que leemos en la Palabra de Dios en este domingo.

Tenemos a Jesús que se presenta ante los suyos, quienes seguramente, lo vieron crecer. Al mismo tiempo, es a quienes más les cuesta creer lo que ven en aquél hombre, porque no es más que “el hijo de José”. Y en esa definición no caben todos los milagros y curaciones que dicen que hace en nombre de Dios. Mucho menos para ellos, después de sentirse un pueblo no-exclusivo, según lo que Cristo cuenta de la viuda de Serepta y Naamán el sirio. Por eso quieren matar el descarado hijo del carpintero.

Aquella gente se siente ofendida, porque Jesús les está diciendo que ellos no son el pueblo mimado de Dios. Ya que afirmar que el profeta Elías fue enviado a una viuda extranjera y que el profeta Eliseo asistió a un leproso, igual de ajeno al pueblo elegido, era decirles que no tenían la exclusiva. Que Dios no era objeto de su pertenencia y que los beneficios de Yahvé también llegaban a aquellos extraños que no eran merecedores de nada, según los criterios exclusivistas que se barajaban en aquél momento. Yahvé y su liberación sólo podían ser para los que pertenecían al único pueblo de Dios; y nadie, ni Jesús, podía contradecir esa afirmación.

En la actualidad nosotros —decimos— hemos evolucionado y por supuesto que tenemos claro que Dios es para todos, aunque en una época se haya afirmado, sin titubear, “extra ecclesiam nulla salus”, “fuera de la Iglesia no hay salvación”. Pero todo eso ya pasó, ¿verdad? Sin embargo, tengo la impresión de que, de un modo solapado, seguimos teniendo esa misma sensación que, probablemente, experimentaba aquél pueblo de Israel: Dios es nuestro, Jesús es el salvador y también está de nuestra parte. Los que quieran salvarse que vengan, si no, que se atengan a las consecuencias de su propia elección.

O simplemente, en general, no nos preocupamos tanto de ver que esa liberación llegue a los que aún no la conocen, o han elegido otros caminos. Eso, más bien, queda para la tarea pastoral de la Iglesia jerárquica, para los misioneros, o para aquellos que se consagran. No para el cristiano de a pie. El último grupo al que pertenecemos, bastante tiene con tener que cumplir con los preceptos de la Iglesia y las obligaciones de la religión, ¿no es así?

Antes citaba a Eduardo Galeano, y no es que ahora toca hablar de la pobreza, como un tema recurrente, sino que el texto nos puede a ayudar a examinar la actitud de los que escuchaban a Jesús, que se enojan porque Cristo les dice que ellos no son los únicos privilegiados, y así podríamos revisar cuál es nuestra actitud ante aquellos que “no son de los nuestros”.

La actitud de aquellos los llevó a ver a los demás como los que nada tienen, los que son bárbaros, los que son extranjeros, los que no tienen a Yahvé. Pero tal vez esa situación se daba porque tampoco hacían esfuerzo alguno por darles a conocer al que ellos encontraban como su único Dios. Aquél pueblo de Israel estaba conforme con la escritura y sólo les bastaba esperar la salvación del Mesías y, mientras llegaba, hacer lo prescrito por la ley.

Hoy, si me perdonan el atrevimiento, los cristianos seguimos un esquema parecido. Hacemos y cumplimos lo que nos han enseñado que hay que hacer y cumplir, para estar a bien con Dios y, consecuentemente, nos sentimos acreedores de la bondad y la salvación del Señor. Y, en nuestro esquema, pensamos que es justo que Dios premie a los buenos y que castigue a los malos. Y, al igual que los “pobrólogos” de Galeano, que saben qué no comen o qué no visten los pobres, nosotros sabemos de los demás qué no hacen bien, qué pecados cometen, qué cosas hacen mal y qué no cumplen, y pareciera que con eso nos basta. Quedándonos tranquilos, porque es suficiente el sabernos del lado de Dios, aunque aquellos no lo estén. Esto tal vez se evidencia en frases como: “La juventud está perdida”; y no hacemos nada más.

Tal vez aquellos que “hacen mal las cosas” necesitan que alguien les ofrezca algo nuevo, algo bueno, a Dios mismo y que no los demos por casos perdidos. No basta con hablar de los pecadores para diferenciarnos de ellos y sabernos en el “lugar correcto”. Hay que ser capaces de franquear las fronteras y llegar a los pobres, a los que sufren, a los que decimos que no saben de Dios y hacer lo que Yahvé, Dios y Jesús hicieron: Amarlos, aunque no sean de “del pueblo elegido”.

A esto estamos llamados. Porque la Salvación viene para todos, incluso para los pecadores. Y en eso tenemos que ser colaboradores. No simple estadistas para llevar las cuentas de cuántos son los perdidos de Dios. El único modo de salvarnos es amar como ama Jesús. También a los que decimos que no se merecen nada —según nuestro juicio— por ser malos y desobediente lo que manda el Señor.

Y es verdad que Evangelizar, anunciar la Palabra, es cosa de la Iglesia, de los curas, pero también de todo aquél que, sin títulos añadidos, es hijo Dios.

Sólo nos falta saber por qué los pobres son pobres, por qué los que llamamos pecadores lo son. ¿Será porque sus errores hacen que parezcamos buenos y  por tanto acreedores de la salvación?

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4 thoughts on “Ser pueblo elegido

  1. me encantó la reflexión……….es más cómodo decir”la juventud está perdida”, que tratar de salvarlos del sistema, consumista, eso implica compromiso, opciones,renuncias…..en fin….yo sigo mi camino y tu sálvate si puedes,pero vamos a la iglesia y rezamos por un mundo mejor………….cuanta incoherencia. gracias Padre Eduardo que tenga muy buena semana

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  2. Gracias Padre por tanta verdad, una verdad que duele porque a veces no queremos mirar la realidad y nos hace falta su tiron de orejas, siempre tan acertado, pero hecho con amor y es eso lo que tenemos que aprender. Que Dios lo bendiga y que siga escribiendo siempre.Lo necesitamos.

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