Retratos de familia

Sagrada Familia - El Greco

Ciclo C – Sagrada Familia

Lucas 2, 41-52
Los padres de Jesús iban todos los años a Jerusalén en la fiesta de la Pascua. Cuando el niño cumplió doce años, subieron como de costumbre, y acabada la fiesta, María y José regresaron, pero Jesús permaneció en Jerusalén sin que ellos se dieran cuenta. Creyendo que estaba en la caravana, caminaron todo un día y después comenzaron a buscarlo entre los parientes y conocidos. Como no lo encontraron, volvieron a Jerusalén en busca de Él. Al tercer día, lo hallaron en el Templo en medio de los doctores de la Ley, escuchándolos y haciéndoles preguntas. Y todos los que lo oían estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas. Al verlo, sus padres quedaron maravillados y su madre le dijo: «Hijo mío, ¿por qué nos has hecho esto? Piensa que tu padre y yo te buscábamos angustiados». Jesús les respondió: «¿Por qué me buscaban? ¿No sabían que Yo debo ocuparme de los asuntos de mi Padre?» Ellos no entendieron lo que les decía. Él regresó con sus padres a Nazaret y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba estas cosas en su corazón.
Jesús iba creciendo en sabiduría, en estatura y en gracia delante de Dios y de los hombres.
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Si observamos la representación de la Sagrada Familia por distintos artistas como Murillo, El Greco, Rafael Urbino, Hendrick de Clerck o János Donát, vemos que en común tienen el mensaje religioso que quieren transmitir y en el que se inspiraron. Sin embargo cada una de las pinturas refleja, o resalta, aspectos distintos. A veces san José aparece joven y en otras se lo ve casi un anciano. María, al igual que el Niño Dios, cambian de cuadro a cuadro. Y de todo esto me surgen dos preguntas: ¿Quiénes habrán sido los modelos de estos pintores, si es que los hubo? ¿Realmente, qué los habrá inspirado a plasmar la familia de Jesús? Tal vez las respuestas nos ayuden a reflexionar acerca del evangelio de hoy.

La Iglesia entera festeja hoy la fiesta de La Sagrada Familia. Toma el evangelio de Lucas que cuenta lo que conocemos como “Jesús perdido y hallado en el templo”. Y un aspecto que destaca la Palabra de Dios es la sabiduría que el niño y cómo los doctores de la ley lo escuchaban y le hacían preguntas: «Estaban asombrados de su inteligencia y sus respuestas». Sólo con esto ya podemos decir que era un chico fuera de serie. Algunos dirán que era el hijo de Dios, por eso hacía lo que hacía. Con todo, no podemos perder de vista que, para la gente de aquella época, José, María y Jesús constituían una familia judía más.

Durante muchísimos años, siempre se nos ha puesto a la Familia de Jesús como el modelo de familia cristiana. Y evidentemente es una imagen muy buena a tener en cuenta. Es nuestro ideal y ojalá no lo perdamos de vista. Pero, al mismo tiempo, somos conscientes de que, aunque tengamos una familia ejemplar, nunca seremos san José, el niño Jesús o la Virgen María. Y esto no tiene que desalentarnos, sino que debería animarnos a que, desde nuestra realidad, como familia, podamos llegar a ser mejores como padres, madres e hijos.

Nuestra sociedad revela que, cada vez más, hay familias disgregadas. Que haya matrimonios que duran más de veinte años, para algunos, es un milagro, y que los hijos crezcan, seguros, en el núcleo familiar, para muchos es todo un desafío. Por lo tanto, creo que es necesario recrear y renovar nuestro concepto de familia, que debería tener el fundamento del amor de Dios que, seguramente, estuvo presente en La Sagrada Familia. Todo esto sin dejar de ser nosotros mismos.

Si aquellos pintores se dispusieran hoy a reflejar la Familia Santa, seguramente tendrían en cuenta muchos de los elementos que consideraron cuando pintaron aquellos cuadros, pero hoy tendrían modelos que en nada se parecerían a una María con velo sobre la cabeza, o un José con túnica de color opaco y un niño vestido con ropas del siglo XVII, sino que posarían, para el cuadro, gente de la actualidad. Y ésta es la imagen que quiero rescatar para este domingo.

Sabemos que Dios quiere que hagamos realidad lo que él nos propone como modo de vida. Esto incluye respeto, amor, paciencia, generosidad, cuidado mutuo, solidaridad, unidad, paz, libertad. Es que con estas virtudes se constituye La Sagrada Familia y, por qué no, nuestra familia también. Son nuestras familias las que tienen que ser modelo de inspiración para reflejar, hoy, la familia de Jesús. Y ojalá que los pintores de nuestra época no sólo tengan delante personas que inspiren un parecido físico, sino también familias  que inspiren las mismas virtudes que la familia de Dios.

Entonces nos preguntamos: ¿Somos buenos modelos para quedar pintados en un cuadro? ¿Cómo está nuestra familia? ¿Qué nos falta para llegar a parecernos, en virtudes, a aquella Familia de Nazaret?

Tal vez el punto de partida para mejorar, cambiar y crecer, sea tener a Jesús en medio de nosotros. Él es quien sabrá, como a los doctores de la ley, dejarnos asombrados con sus respuestas a los problemas que tenemos.

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