Como Reyes

Servir como el Rey

Domingo XXXIV Tiempo Ordinario – Jesucristo Rey del Universo

Juan 18, 33b-37
Pilato llamó a Jesús y le preguntó: «¿Eres Tú el rey de los judíos? » Jesús le respondió: «¿Dices esto por ti mismo u otros te lo han dicho de mí? » Pilato replicó: «¿Acaso yo soy judío? Tus compatriotas y los sumos sacerdotes te han puesto en mis manos. ¿Qué es lo que has hecho? » Jesús respondió: «Mi realeza no es de este mundo. Si mi realeza fuera de este mundo, los que están a mi servicio habrían combatido para que Yo no fuera entregado a los judíos. Pero mi realeza no es de aquí». Pilato le dijo: «¿Entonces Tú eres rey? » Jesús respondió: «Tú lo dices: Yo soy rey. Para esto he nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz».
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Cuentan que en un lugar lejano, tal vez por algunos conocido, pero que casi nadie visitó, había un Rey. Siempre daba órdenes y nadie se atrevía a contradecirlo. No era un mal hombre, pero tenía un carácter de los que te hacen dudar antes de hacer una broma o contar un chiste. Había días que no hablaba casi nada. Tal vez porque llevar adelante un reino requiere ser precavido en la toma de decisiones.

Es verdad que no tenia muchas dificultades internas y tampoco con otros pueblos. La última vez que hubo un conflicto con un reino vecino, resolvieron la disputa con un torneo de caballeros con armaduras y armas simuladas y corteses, para que nadie saliera herido. Por supuesto, este gran Rey del que estamos hablando, salió victorioso, gracias a sus hombres más valientes y con mejor destreza para la lucha.

Un día, aquél Rey, ordenó que se hicieran tantas coronas como habitantes tenía el reino. Algunos pensaron que había enloquecido. Tal vez desea ejercer tanto su poder —comentaban— que necesita una corona para usar delante de cada uno de sus súbditos. Unos pocos prefirieron no cuestionar, ya que para eso era el Rey, y podía hacer lo que le viniera en gana. Los días pasaron y por fin los orfebres terminaron la última corona necesaria.

Entonces todo el pueblo fue convocado a las puertas del palacio. Salió el Rey al gran pórtico y se detuvo, vistiendo su mejor traje de gala. Observó por un rato a todos los que esperaban saber qué iba a suceder. Mientras, entre la gente y su majestad, había largas mesas llenas de coronas. Todas iguales. Brillantes, como las del propio Rey. Éste se acercó a ellas y tomó la primera que tuvo a mano. Llamó al súbdito que tenía delante y éste se acercó. Nadie entendía nada. Incluso aquél hombre, casi un anciano, al ver lo que el Rey pretendía, se resistió y no quiso recibir la corona. Pero el Rey insistió y, con una mirada firme y decidida, le indicó que inclinara la cabeza. Así, sin mediar palabras o explicaciones, todos fueron coronados. Finalmente el Rey habló.

—Queridos hijos. Hace muchos años que vengo siendo vuestro Rey, pero no fue hasta ahora que entendí cómo hacer de este reino un reino mejor. A partir de este momento, todos somos Rey.

El bullicio no se hizo esperar. Para algunos se confirmaba el diagnóstico de demencia. Otros no hicieron más que reír. Pero el Rey continuó.

—Algunos dirán que enloquecí, pero no es eso. Es que ahora, si cada uno de vosotros se siente Rey y siente suyo este reino, confío en que también querrán lo mejor para él, como han visto que he pretendido. Si trabajan, trabajan para su reino y no para el Rey. Como buenos reyes, entonces, buscarán el bien común y no el beneficio propio. Lucharán por defender su territorio y serán capaces de dar hasta vuestra vida por él. Nadie será esclavo ni súbdito de nadie, aunque todos siempre tendrán a un Rey al lado a quién servir. Y actuarán según se exige a los reyes.

Al principio nadie sabía qué hacer, pero poco a poco todos se lo tomaron muy en serio. Si alguien pretendía empezar a demandar atenciones de otro, caía en la cuenta de que ese otro también era rey y por lo tanto había que servirle antes que pretender ser servido. Todos reyes y todos súbditos, unos de otros.

Así es como un reinado se convirtió en muchos, para ser, al final, uno solo lleno de reyes.

 

Esta idea de reinado, para los entendidos de todos los tiempos, sólo puede existir en las fábulas, casi irrisorias. Sin embargo, es lo que se me ha ocurrido si pienso en el Reino de Dios. Y por supuesto que no pretendo dar una definición de lo que significa el que Jesús diga que su realeza no es de este mundo. Pero no puedo menos que imaginar un reino totalmente diferente a cómo concebimos los reinos. Si Jesús dice que su reinado no es de aquí, entonces tiene que ser muy diferente a cualquiera que se haya pensado a lo largo de los siglos.

Los tipo de reyes que conocemos, son aquellos que llevan corona, un precioso cetro y mucho poder, y es lo que hemos querido otorgarle a Jesús. Siempre se afirma y se dice que él es el dueño de todo un imperio, que está lleno de gloria y poder. Pero creo que eso está lejos de lo que en realidad nos quiso decir. Y si bien celebramos esta solemnidad de Jesucristo Rey del Universo, y está muy bien hacerlo, habría que revisar y ver qué es exactamente lo que celebramos.

En el evangelio de Juan, Cristo nos dice: «He nacido y he venido al mundo: para dar testimonio de la verdad. El que es de la verdad, escucha mi voz». Y aquí creo que está la clave. Si él es nuestro Rey, entonces se convierte en nuestro modelo de verdad y vida. Y por lo tanto deberíamos fijarnos en las virtudes que tiene y que lo hacen Rey. No es el poder, no es la gloria, no es la corona de oro fino, ni el cetro, sino aquello que lo destaca por encima de todos: Su humildad, su servicio, su entrega, su amor y su misericordia. Y estas son los valores que debemos asumir para ser parte del Reino de Dios. Esa es la verdad que debemos escuchar.

Y si aquél cuento propone que todos somos parte del reino, donde todos somos reyes, es porque hacemos nuestras las virtudes del Rey y vivimos como nuestro Rey, como Jesús, y por lo tanto hacemos nuestra su humildad, su servicio, su amor, su perdón y su misericordia. No hay otra forma, no hay otra manera. Este Rey del Universo vino a reinar nuestras vidas, a transformarlas y nos invita a reinar con él, según la Verdad, según lo que él es.

Jesucristo Rey, sí, rey del amor que transforma cualquier pueblo y cualquier nación. Lejos de ser un rey dominante y poderoso que sólo mira desde arriba. Se hace uno con nosotros, para que reinemos con él.

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4 thoughts on “Como Reyes

  1. No es casualidad que hoy elegimos un nuevo presidente,sería muy importante trasladar tu cuento,a nuestra realidad.Nuestro nuevo mandatario solo tiene que leer los evangelios y aplicarlos.Roguemos a nuestro Señor que así sea.

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  2. como dice la reflexión es reinado de servicio,comprensión, perdón, amor, reír con el otr@, llorar cuando hay que llorar, adaptar nuestro caminar en y con la comunidad y por toda la comunidad sintiéndonos hermanos en la diferencia, un abrazo para los hermanos Argentinos y ………bien dios quiera que lo mejor esta por venir

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