Celos

Infiltrado

Ciclo B – Domingo XXVI Tiempo Ordinario

Marcos 9, 38-43. 45. 47-48
Juan dijo a Jesús: «Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu Nombre, y tratamos de impedírselo porque no es de los nuestros». Pero Jesús les dijo: «No se lo impidan, porque nadie puede hacer un milagro en mi Nombre y luego hablar mal de mí. Y el que no esta contra nosotros, esta con nosotros.
Les aseguro que no quedará sin recompensa el que les dé de beber un vaso de agua por el hecho de que ustedes pertenecen a Cristo.
Si alguien llegara a escandalizar a uno de estos pequeños que tienen fe, sería preferible para él que le ataran al cuello una piedra de moler y lo arrojaran al mar.
Si tu mano es para ti ocasión de pecado, córtala, porque más te vale entrar en la Vida manco, que ir con tus dos manos al infierno, al fuego inextinguible. Y si tu pie es para ti ocasión de pecado, córtalo, porque más te vale entrar lisiado en la Vida, que ser arrojado con tus dos pies al infierno. Y si tu ojo es para ti ocasión de pecado, arráncalo, porque más te vale entrar con un solo ojo en el Reino de Dios, que ser arrojado con tus dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga».

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“Siempre he sentido que hay algo en Buenos Aires que me gusta. Me gusta tanto que no me gusta que le guste a otras personas. Es un amor así, celoso.” Esta frase, o pensamiento, lo he leído y está atribuido a Jorge Luis Borges. Y tal vez nos veamos un poco identificados, posiblemente por el gusto por Buenos Aires, aunque podríamos reemplazar esta ciudad por la que nosotros queramos, pero sí me parece que en algún momento podemos reconocer que nuestros amores son así, celosos.

Y tenemos el Evangelio, donde los discípulos, casi orgullosos, le cuentan a Jesús que han impedido a uno que haga milagros. La razón: «No es de los nuestros» —dijeron. Podríamos entonces decir que eran celosos de su misión y de lo que sólo Jesús podía autorizar, sin embargo, me parece que lo que más se revela es el ser más auténtico de aquellos hombres, junto a una gran verdad acerca de quién es Dios y cuál es el mensaje de Jesús.

La buena intención de los discípulos, la de defender “lo suyo”, es más que evidente. Sentían que los únicos facultados para hacer ese tipo de proezas eran ellos, aunque a veces fracasaban en el intento (véase Marcos 9, 14-29). Aún así, se sentían dueños y únicos autorizados a poder realizar ese tipo de portentos. Y lo justificaban diciendo que, como aquellos “recién llegados” no eran parte del grupo y no habían sido habilitados para tales milagros, no podían expulsar ningún demonio.

Esto me hace pensar en nosotros, cristianos. En más de una ocasión, me parece, nos parecemos mucho a los discípulos, porque nos sentimos un poco dueños de la verdad, dueños del Dios verdadero, un poco importantes por haber “conocido” lo más auténtico de Dios, no como aquellos pobres infelices de otras religiones y creencias, que no han encontrado a Jesús en sus vidas. Está bien que hablamos del amor al prójimo, pero nos compadecemos de aquellos desgraciados. Así, probablemente, piensan los que pertenecen a otras creencias y para ellos nosotros somos los equivocados. ¿Quién tiene la verdad entonces?

Por otro lado, me atrevo a decir, fácilmente ocupamos el lugar de Dios, creyendo que somos capaces de expulsar demonios y de autorizar a los que pueden obrar en nombre del Señor. Esto me parece verlo, en ocasiones, cuando nos han dado algo de responsabilidad dentro de la Iglesia, de la parroquia o algún grupo de creyentes. En seguida empezamos a ordenar y a dar directivas y nos creemos con suficiente sabiduría para decir quién puede y quien no puede pertenecer al gran grupo de elegidos. Y todo por el bendito “celo apostólico” que decimos tener.

En las Iglesias, en las parroquias, se hacen grupos, bandos, unos más excluyentes que otros. Hay claras divisiones cuando algunos, por ejemplo, creen tener mejor trato y amistad que el resto de los fieles, con el cura de turno; o porque alguien se cree importante por ser responsables de alguna actividad, entonces empiezan las diferencias, las rencillas, el conventillo, los dimes y diretes, lo de llevar y traer “noticias” y concluimos que fulanito de tal es mejor que no esté, que menganito sería mejor que se vaya, porque al final “no es de los nuestros”. Y en esto los curas no quedamos afuera. En más de una ocasión nos pasa, o nos puede pasar, que terminamos envueltos en este vaivén de incluidos y excluidos, pudiendo llegar a creer que somos los más indicados para decir quién puede y quien no puede estar.

Y claro que tenemos que cuidar nuestra Iglesia, y por supuesto que es bueno intentar y buscar hacer las cosas lo mejor posible, pero esto no puede ser la excusa que tengo para terminar de echar a quien, simplemente, no me cae bien.

Antes citaba a Borges, y me gusta su frase porque deja claro que su amor por Buenos Aires es celoso, casi, podríamos decir, quiere a la ciudad sólo para él. Y esto me hace pensar en que para nada podemos creer que Dios es exclusivo de nosotros. No podemos adueñarnos de él y empezar a decidir para quién y para quién no puede estar el Señor. Y creo que esto sucede cuando, por ejemplo, vemos a alguien en la Iglesia y, como creemos saber quién es, terminamos concluyendo que esa persona no debería estar, porque no es digno de Dios, por ser un pecador. Somos celoso (perdón si exagero) y, casi sin querer, terminamos excluyendo a los que pensamos que “no son del grupo”.

Y el mensaje de Jesús está muy lejos de todo esto. Ante la actitud de sus discípulos les explica que, aunque no sean de los suyos aquellos que expulsan demonios, sin pertenecer al grupo de los elegidos, si buscan hacer el bien a la persona (en este caso liberarla de un demonio) entonces están del mismo lado, porque están del lado del bien, del amor, del buscar que el ser humano sea más libre y digno. Y creo que esto es lo revelador, creo que esto es lo que no podemos perder de vista. Y me atrevo a decir que si somos excluyentes antes que inclusivos, con respecto a Dios y su mensaje para todos, en realidad somos nosotros los que no pertenecemos al grupo de los elegidos.

Bien podríamos decir que cualquiera que busque el bien del ser humano, aunque no pertenezca a las filas del catolicismo, perfectamente es de los que ha entendido el mensaje de Jesús, quién busca siempre salvar y liberar a la persona y es lo que nosotros, que nos contamos entre los que son del Señor, no podemos olvidar: Tenemos que esforzarnos por salvar o liberar y no condenar.

Y por supuesto que no podemos dejar de mencionar el gran esfuerzo y bien que hacen miles de fieles y que lo dan todo con tal de que Dios sea por todos más y mejor conocido, buscando siempre sumar. Tal vez en esto se tenga en cuenta que «vale más lo menos perfecto en unidad que lo más perfecto en desunidad», como decía Chiara Lubich; frase que nos sirvió para seguir caminando, en más de una ocasión, en la Parroquia San Agustín de Mendoza.

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