Ser iguales

Jesús 2 (light)

Ciclo B – Domingo XX Tiempo Ordinario

Juan 6, 51-59
Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que Yo daré es mi carne para la Vida del mundo». Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede damos a comer su carne? » Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Éste es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. el que coma de este pan vivirá eternamente». Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaúm.
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El otro día leí una frase atribuida a George Bernard Shaw, escritor y dramaturgo irlandés, quien pasó de la educación cristiana protestante al ateísmo, para terminar definiéndose a sí mismo como librepensador. La frase decía: “Hay otra vida, pero está en esta”.

El Evangelio nos vuelve a presentar el insistente discurso de Juan acerca del mensaje de Jesús y el Pan de Vida. Esto, seguramente, por su afán de dejar bien claro lo importante que es para la comunidad cristiana entender lo que aquellos hombres judíos no comprendieron en aquél momento. Y Bernard Shaw y su frase, más bien parecieran contradecir lo que Cristo afirma, porque hasta podría entenderse como una negación a la vida después de la muerte, como si únicamente existiera esta vida que vivimos, y nada más. Sin embargo, creo que, en esencia, están afirmando casi lo mismo.

Una vez más recordamos que el Hijo de Dios es el Pan vivo bajado del cielo, con el añadido, en palabras de Jesús, de tener que comer su carne y su sangre, para poder tener vida eterna, es decir, verdadera vida.

Lo primero que podemos afirmar, sin lugar a dudas, es que Jesús es el camino para poder llegar verdaderamente a Dios. Y eso implica que debemos comer su cuerpo y su sangre, es decir, hacer una sola cosa su vida y la nuestra. Y si bien creemos que todo se refiere a la Eucaristía, también deberíamos pensar qué simboliza el que Cristo sea el pan y el vino que se parte y reparte, hechos cuerpo y sangre.

Si pensamos sólo en el momento eucarístico, la lógica nos dice que al comer al mismo Cristo Eucaristía, se inicia un proceso de asimilación y de nutrición de nuestras vidas con lo que comemos. Lo raro es que después nuestros actos y nuestro cuerpo hablen más bien de comer algo muy distinto a Dios. ¿Acaso no deberíamos “destilar santidad” tras haber ingerido al mismo Jesús? ¿Qué es lo que pasa? Aclaro que estoy tratando de referirme a lo más literal de la afirmación de comer el Pan de la Eucaristía. Si comemos, digo yo, deberíamos volvernos eso que comemos, ¿no es así?

Y por supuesto que nuestra vida, en ocasiones, recorre caminos muy lejanos a los de Jesús, porque nuestros actos más bien contradicen su mensaje, pero eso lo justificamos diciendo que somos débiles, frágiles y pecadores y por consiguiente nos equivocamos. Y es cierto que somos vulnerables, pero ¿dónde queda el Cristo que comemos?

Con todo el respeto que le debemos a la Eucaristía, aún así me atrevo a afirmar, entonces, que no es suficiente recibir el Cuerpo de Cristo y tiene que haber algo más. Y eso, tal vez sea lo que no puede dejar de suceder para que realmente tengamos una vida nueva. Jesús afirma: «El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y Yo en él. Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.» Y aquí está la clave y salto fundamental y trascendente que hace verdad el discurso de Cristo, a lo cual yo llamaría Unidad. Unidad de Jesús con el Padre y unidad, en potencia, de nosotros con Jesús.

Antes citaba a Bernard Shaw, que nos decía: “Hay otra vida, pero está en esta”, y aunque parezca lejos del evangelio, creo que podríamos pensar la frase como una afirmación a favor de poder vivir una vida distinta, tal vez mejor, una vida nueva, sin esperar a otra más adelante. Empezar ahora, desde la vida que tenemos, y experimentar algo nuevo. Y es lo mismo que nos está expresando Jesús al decirnos que, tras hacernos con su vida completa, ahora mismo podemos empezar una vida con Dios y no sólo después de la muerte.

Recibir el Cuerpo de Jesús, esto lo hemos experimentado, no es garantía de vivir su misma vida. Y tal vez no lo sea porque  estamos acostumbrados al signo, es decir, a recibir sólo el pan y no su vida. Y con esto me refiero a que, sin negar la presencia de Cristo en la forma eucarística, su vida no la terminamos de hacer nuestra, porque estamos, probablemente, muy aferrados, o muy convencidos, de que esta vida que vivimos es lo único que tenemos y no queremos arriesgarnos a hacerla de otro modo, donde no podamos controlar todo de manera clara y segura. Podríamos decir, nos cuesta mucho dar un espacio transformador a Dios en nuestra existencia. Más bien (perdón si exagero) la Eucaristía se convierte en una suerte de antídoto o protección, como una pastilla, o un premio, o un seguro que nos cuida de todo mal, pero en esencia seguimos siendo nosotros mismo, que es lo que nos interesa.

Me atrevo a afirmar que a Dios le decimos que sí, siempre y cuando la batuta la sigamos teniendo nosotros. En cambio, llegar a ser uno con Cristo, seguramente pasa por dejarnos llevar de su mano y, sin querer, empezar a confundirnos con él, a tal punto de poder llegar a afirmar lo que dijo san Pablo: “Ya no soy yo, es Cristo quien vive en mí”. Pero alcanzar tal grado de unión con Dios supone haber hecho nuestra su vida, con todo lo que ello supone, una vida en completa unión con él. Entonces comenzaremos a actuar, con hechos concretos, como lo hizo Jesús. No sólo diremos, de memoria, que hay que amar al prójimo, sino que lo haremos realmente. Visitaremos al enfermo, daremos de comer al hambriento, vestiremos al desnudo, iremos a ver al preso y perdonaremos al que nos ha ofendido. Y eso sí que es volverse pan y vino, cuerpo y sangre, nosotros también, para partirnos y repartirnos, como el mismo Jesús.

Si recibir a Jesús no tiene estas consecuencias vitales, entonces sólo estamos recibiendo un signo y no a Jesús por completo. Y por supuesto que esto es gradual. Nadie se vuelve otro Cristo de la noche a la mañana, pero sí creo que es posible llegar a tal grado de amor a Dios. Eso nos hace trascender, nos hace empezar a vivir una vida completamente nueva, aunque sigamos respirando del mismo modo como hasta ahora. Por eso sí que podemos decir que hay otra vida, pero comienza en esta y sigue después.

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