La comida equivocada

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Ciclo B – Domingo XVIII Tiempo Ordinario

Juan 6, 24-35
Cuando la multitud se dio cuenta de que Jesús y sus discípulos no estaban en el lugar donde el Señor había multiplicado los panes, subieron a las barcas y fueron a Cafarnaúm en busca de Jesús. Al encontrarlo en la otra orilla, le preguntaron: «Maestro, ¿cuándo llegaste? » Jesús les respondió: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse. Trabajen, no por el alimento perecedero, sino por el que permanece hasta la Vida eterna, el que les dará el Hijo del hombre; porque es Él a quien Dios, el Padre, marcó con su sello». Ellos le preguntaron: «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? » Jesús les respondió: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado». Y volvieron a preguntarle: «¿Qué signos haces para que veamos y creamos en ti? ¿Qué obra realizas? Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como dice la Escritura: “Les dio de comer el pan bajado del cielo”». Jesús respondió: «Les aseguro que no es Moisés el que les dio el pan del cielo; mi Padre les da el verdadero pan del cielo; porque el pan de Dios es el que desciende del cielo y da Vida al mundo». Ellos le dijeron: «Señor, danos siempre de ese pan». Jesús les respondió: « Yo soy el pan de Vida. El que viene a mí jamás tendrá hambre; el que cree en mí jamás tendrá sed».
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El médico salió a la sala y explicó a Praskovya Fyodorovna que la cosa iba mal y que el único recurso era el opio para disminuir los dolores, que debían de ser terribles.

Era cierto lo que decía el médico, que los dolores de Iván Ilich debían de ser atroces; pero más atroces que los físicos eran los dolores morales, que eran su mayor tormento.

Esos dolores morales resultaban de que esa noche, contemplando el rostro soñoliento y bonachón de Gerasim, de pómulos salientes, se le ocurrió de pronto: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»

Este es un fragmento de un cuento de León Tolstoi, titulado “La muerte de Iván Ilich”. El relato nos pone ante una de las situaciones extremas que puede llegar a vivir una persona. En este caso, a Ivan Ilich se le presenta una de las incertidumbres peores que se puede tener en un lecho de muerte: Dudar acerca de lo que hizo de su vida. Y el Evangelio de hoy nos pone delante de Jesús y de la gente que dialoga con él, lo cual dista de una situación como la del cuento, pero que creo que tienen igual fuerza decisiva y de conclusión.

Jesús ha dejado a la gente que quiere hacerlo rey y ahora, sin pelos en la lengua, les revela las intenciones que tiene aquél grupo de personas: «Les aseguro que ustedes me buscan, no porque vieron signos, sino porque han comido pan hasta saciarse». Y les explica lo del Pan del Cielo, que no sabemos bien hasta dónde pudieron entender. Y lo mismo deberíamos preguntarnos nosotros: ¿Hasta dónde entendemos qué es el Pan del Cielo?

Y por supuesto que las respuestas no se hacen esperar, por nuestra parte. Afirmamos con total claridad y seguridad que el Pan del Cielo es Jesús y rápidamente lo asociamos al Pan Eucarístico. Y estamos en lo correcto. Es el Cuerpo de Cristo el que nos da una vida nueva, una vida de Gracia, una vida junto a Dios. Pero me atrevo a decir que es todo eso y más todavía y que sólo se logra entender cuando se vive en realidad.

Y claro que hemos escuchado y aprendido lo que nos dice el Evangelio, pero lo cierto es que, en general, la propia vida la vamos armando como mejor podemos y nos parece, incluso a veces lejos de lo que entendemos que nos pide Dios.

Por otro lado, y esto tal vez requiere una mayor reflexión y autocrítica, es probable que estemos viviendo un esquema parecido al que tenía aquella gente que le pregunta a Jesús:  «¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios?». Es que, posiblemente, pensamos que hay que cumplir con determinadas normas para estar a bien con Dios y con la Iglesia y de este modo hacernos acreedores de la salvación. Y no voy a oponerme a este esquema, que claramente llevado, con la menor cantidad de fisuras posibles, puede, tal vez, darnos en conclusión la Vida Eterna. Pero creo que la propuesta de Jesús es aún mayor y más profunda y tiene que ver con lo que él afirma: «La obra de Dios es que ustedes crean en Aquél que Él ha enviado», y aquí está, a mi entender, lo más importante. Sin esto creo que “la salvación”, el premio más esperado, se desdibuja.

Antes citaba a Tolstoi, con esta historia de Ivan Ilich, y lo que más me llamó la atención es lo que este hombre dice, casi muriéndose: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?» Y esto me lleva a preguntar una cosa: ¿Y si toda la vida estuvimos haciendo lo que no debíamos? Y no me estoy refiriendo a que hayamos cometido pecado, sino a habernos equivocado en el tipo de pan que hemos comido.

Podemos ponderar mucho tipos de panes, algunos mejores que otros, pero debemos saber que no todos nos dan definitivamente a Dios. Y por supuesto que el más adecuado es el Pan de la Eucaristía. Sin duda, recibirlo es garantía de que vamos por el buen camino, seguramente ese que Jesús quiere que recorramos, pero sin embargo creo que no basta con comulgar. No porque no sea buena la Comunión en sí, sino porque nuestro corazón, aun recibiendo el sacramento, puede estar muy lejos del de Jesús.

Hoy Cristo nos pide algo muy profundo y muy personal: Quiere que, para tener verdadera vida, creamos en él. Y creer en él es adherir nuestro corazón al suyo. Y adherirnos a Jesús es más que cumplir normas y preceptos. Es vivir como vivió él y ese es el punto en el que debemos detenernos y ver si nuestra vida está reflejando eso que creemos.

Creer en Dios, creer en Jesús, no significa ajustarnos a las normas y exigencias de una religión, en este caso la católica, es adherir a la vida propuesta por el mismo Cristo. Y claro que esto supone un esfuerzo grande, porque no resulta fácil mantenerse en comunión con él. Ya sabemos con qué facilidad, en ocasiones, terminamos lejos de Dios. Y, para poder perseverar en esta opción por él, está todo lo que la Iglesia nos propone. Pero lo primero es querer, aceptar, adherir, abrazar a Jesús y su propuesta de vida.

Por último, sin temor a equivocarnos, vivir nuestra vida conforme a la de Cristo, aunque en el camino haya errores y contradicciones que siempre se pueden subsanar, nos da la garantía de no tener que pasar por esa pregunta angustiosa en lecho de muerte, como le pasó a Ivan Ilich: «¿Y si toda mi vida, mi vida consciente, ha sido de hecho lo que no debía ser?»

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