Dentro de ti

Dentro de ti B&N

Ciclo B – Domingo de Resurrección

Juan 20, 1-9
El primer día de la semana, de madrugada, cuando todavía estaba oscuro, María Magdalena fue al sepulcro y vio que la piedra había sido sacada. Corrió al encuentro de Simón Pedro y del otro discípulo al que Jesús amaba, y les dijo: «Se han llevado del sepulcro al Señor y no sabemos dónde lo han puesto». Pedro y el otro discípulo salieron y fueron al sepulcro. Corrían los dos juntos, pero el otro discípulo corrió más rápidamente que Pedro y llegó antes. Asomándose al sepulcro, vio las vendas en el suelo, aunque no entró. Después llegó Simón Pedro, que lo seguía, y entró en el sepulcro; vio las vendas en el suelo, y también el sudario que había cubierto su cabeza; este no estaba con las vendas, sino enrollado en un lugar aparte. Luego entró el otro discípulo, que había llegado antes al sepulcro: El también vio y creyó. Todavía no habían comprendido que, según la Escritura, Él debía resucitar de entre los muertos.
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“Las cosas que vemos son las mismas cosas que llevamos en nosotros. No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse. Se puede ser muy feliz así, desde luego. Pero cuando se conoce lo otro, ya no se puede elegir el camino de la mayoría. El camino de la mayoría es fácil… el nuestro difícil”. Este pensamiento es de Hermann Hesse, en su obra “Demian”, publicada bajo el seudónimo de Emil Sinclair. Aquél hombre, germano-suizo, fue escritor, poeta, novelista y pintor y falleció en 1962. Y lo que dice, me parece, nos puede ayudar a reflexionar sobre este gran acontecimiento: La Resurrección de Jesús, la Pascua.

Tenemos una escena fabulosa en el Evangelio de la cual, más allá de lo descrito, también podemos imaginar que sus protagonistas sintieron miedo, desconcierto, angustia, nervios, y posiblemente se preguntaron: ¿Qué pasó? ¿Quién fue? ¿Y Jesús? ¿Y su cuerpo? ¿Qué hacemos ahora?

Lo cierto es que a partir de entonces ellos comenzaron un proceso de asimilación de lo que estaba sucediendo y de lo que Jesús les había venido anunciando. En aquél momento, con el sepulcro vacío, dice la escritura, los apóstoles todavía no entendían, pero después sí, y eso lo sabemos por los escritos posteriores. Comenzaron un proceso interior muy profundo, que los llevo a entender lo que significaba la Resurrección y la Vida Nueva propuesta por Cristo. Y aquí la pregunta es si nosotros también, claramente, hemos entendido la Resurrección.

Rápidamente podemos responder que nos estamos refiriendo a la vida después de la muerte, lo cual nos muestra lo que va a pasar con nosotros, cuando fallezcamos. Resucitaremos, es decir, iremos al cielo con Dios, si así lo merece la vida que hemos llevado. Esto incluso lo afirma el catecismo de la Iglesia Católica: «Cristo ha resucitado verdaderamente de entre los muertos, y vive para siempre, igualmente los justos después de su muerte vivirán para siempre con Cristo resucitado y Él los resucitará en el último día» (CCE nº 989).

Es así que, en el pensamiento general de los creyentes, la Resurrección es un momento que tiene más conexión con el futuro después de esta vida, antes que con en el momento presente, aunque sabemos que nuestros actos tienen consecuencias sobre esa posible resurrección. Y no vamos a decir que eso esté mal, pero tal vez esta forma de entender la Resurrección nos fija más en la idea de un premio que se espera obtener por la Gracia de Dios y no tanto de una posibilidad de vida actual, aquí y ahora, como resucitados.

Antes citaba a Hermann Hesse, quien afirma que «No hay más realidad que la que tenemos dentro. Por eso la mayoría de los seres humanos vive tan irrealmente; porque cree que las imágenes exteriores son la realidad y no permiten a su propio mundo interior manifestarse»; y me parece oportuno tomar este pensamiento para plantear que la Resurrección tiene que ver, totalmente, con la vida interior de cada uno de nosotros. Tiene que ver con el “espíritu y no con la “carne”, tiene que ver con la realidad interna y no tanto con la externa, o al menos no en primera instancia. Es así que, para comenzar a vivir como resucitados tenemos que hacer el proceso que hicieron los apóstoles y pasar de lo externo, como pueden ser los milagro, por ejemplo, a lo interno, a una vida nueva, la de Dios.

Por lo tanto, si comenzamos a vivir como resucitados ahora, esa vida perdurará, no acabará con la muerte física. Será un continuar viviendo lo que ya conocimos antes. Es lo que les pasó a los discípulos y a los santos y a todos aquellos que cambiaron su vida por completo, porque entendieron quién era Jesús antes y después de la muerte, el cual fue siempre el mismo, y supieron que vivir como resucitados no tiene raíces en las “felicidades externas y caducas” que nos hacen creer que ahí está el cielo, y que incluso llegan a suscitar cualquier acto con tal de obtenerlas, aun actos que nos alejan de Dios. Y esto no significa necesariamente que tenemos que arrojar fuera todo lo que somos y tenemos, para decir que entendimos la Resurrección, sino que significa que empezamos a vivir lo más auténtico que tenemos de Dios dentro de de cada uno nosotros. Cosas como el humildad, la generosidad, la solidaridad, pero especialmente el amor, que luego se traducirán en actos concretos de vida.

Nos daremos cuenta de que estamos viviendo como resucitados si nos situamos más en el amor que en el egoísmo. La vida interior profunda, la de los resucitados en Cristo, se condice con el amor auténtico, el más parecido al de Dios. En cambio, si nuestra vida está situada más en las realidades externas, es muy probable que estemos más familiarizados con el egoísmo. Tal vez por eso a los que viven una vida interior funda en el amor de Dios les es más fácil pasar por la muerte física, no así a los que viven más externamente, en el egoísmo, porque se aferran a lo que creen su mayor tesoro, lo que pueden ver y tocar.

Esto es posible para cualquiera que así lo desee y se decida a vivir la Resurrección, ahora; experiencia auténtica del amor de Dios. Y, parafraseando a Hesse, una vez que sintamos en Dios auténticamente ya no podremos elegir otro camino, aunque éste sea el más difícil. Porque vivir como Resucitados no es fácil, pero tampoco es imposible. Entonces, ¿qué tenemos que hacer para vivir esta Vida Nueva? Tenemos que decidirnos a amar. Así, como los apóstoles, poco a poco iremos entendiendo lo que es la Resurrección.

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